El autor y el punto de vista

  07 Abril 2018

El autor (2017), de Manuel Martín Cuenca

el-autor-30En ocasiones una película cambia completamente en función del punto de vista con que nos es mostrada. Una narración vista desde fuera, objetivamente, puede parecernos absolutamente ridícula por momentos; sin embargo, esa misma trama, vista a través de los ojos de un personaje cobra otro significado: la ilógica se convierte en lógica del personaje, lo incongruente se torna absolutamente normal si es visto a través de los ojos de su protagonista.

Pensemos en El niño con el pijama de rayas (2008), de Mark Herman, donde la película se mantiene siempre fiel a lo que ve el niño protagonista, quien no entiende de holocaustos ni de crematorios de judíos; para él todo es un juego, su vida alrededor de un campo de exterminio. Si la cámara fuera objetiva, la película sería absolutamente inadmisible (porque estaría justificando la barbarie nazi), vista a través de los ojos del niño es un gran título, superior incluso a la novela de la que parte, porque ésta, en su tramo final, se aleja del punto de vista infantil para narrar un epílogo lamentable… mientras que la película se mantiene fiel a los ojos del niño hasta su inevitable final.

Algo parecido sucede con El autor, el último film de Martín Cuenca: todo lo que vemos es a través de la mirada de nuestro presunto autor. Y eso cambia el sentido de muchas escenas discutibles si las analizamos objetivamente.

Sólo al inicio, en la escena de la entrega del premio a su mujer, Martín Cuenca se permite acceder a la sala un minuto antes que el protagonista… en parte para subrayar que éste (Javier Gutiérrez) llega tarde. Y la cámara nos muestra cómo el acompañante de ella (que ocupa la silla del marido que aún no ha llegado) acaricia la mano de la joven autora de éxito… una caricia que no deberemos olvidar, porque nos está sugiriendo esas historias reales que nuestro proyecto de escritor nunca llega a ver.

Nuestro autor, metido cada vez más en su libro, ignora la realidad: nos parece increíble que no haya firmado el finiquito y se quede en la calle sin más (esos compañeros del trabajo); nos parece increíble que no sepa que su mujer se acuesta con su editor (esa caricia); nos parece increíble que su mujer muestre el trabajo de nuestro autor a su profesor de novela y que no reaccione (ese triunfo editorial).

Todo resulta demasiado forzado, casi increíble visto desde fuera… Ridículo, como ridículo es nuestro hombre: incapaz de ver más allá de sus narices.

Pero la película es subjetiva: acompañamos a Javier Gutiérrez continuamente, vemos lo que ve, o lo que quiere ver, descubrimos lo que él sabe (aunque podamos intuir que le engañan aquí y allá), le acompañamos siempre, aunque el plan que ejecute (si es que hay un plan) no nos parezca aceptable desde un punto de vista moral.

Quizá por ello también es incapaz de crear, de ser realmente un escritor, un creador, y debe acudir, literalmente, a lo que hay a su alrededor para contar algo de verdad. Pero esa verdad es anodina, intrascendente, de ahí que (siguiendo de una forma demasiado literal los consejos de su profesor de escritura) deba reelaborarla.

Y en esa reelaboración entra su imaginación, pero también las decisiones propias de los personajes que le rodean, porque, no lo olvidemos, no son ficciones literarias, sino personas reales, con sus pasiones y sus miserias.

el-autor-35

De ahí que acabe solo, literalmente devorado por su obra, una obra que ya no vemos como una ficción inventada por él, sino como la realidad que lo absorbe.

Esa escena final en la cárcel, donde sigue jugando a crear situaciones inverosímiles, nos da otra clave para entender que lo que estamos viendo no es algo real: es la obra que transcurre en la mente del autor, en su cabeza.

En la historia del cine hay un ejemplo sublime para ilustrar este uso del punto de vista: Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton. Se trata de una adaptación magistral de la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca. La película muestra los fantasmas que rodean a una institutriz en su vida cotidiana, mientras cuida a unos inocentes niños. Esos monstruos no existen en la vida real, sólo en su cabeza, en la imaginación de una mujer educada bajo una estricta moral que ve «maldad» allá donde sólo hay inocencia. Nosotros, espectadores, vemos siempre el punto de vista de la institutriz (Deborah Kerr) y eso nos hace partícipes no de la realidad, sino de su mundo interior.

Igual que sucede en El autor.

Así se comprende que este pobre hombre, incapaz de crear, de transmitir realidad a sus escritos, se tome al pie de la letra el consejo de su profesor y ponga, literalmente, los huevos encima de la mesa para intentar acercarse a la inspiración. Una escena ridícula vista desde fuera, pero absolutamente sublime para definir a un personaje que no sabe qué es la creatividad, que no sabe escribir y que sólo puede acudir a cursos, a talleres, a charlas… buscando una inspiración de la que carece.

el-autor-37

Así también se comprenden las sombras chinescas proyectadas en su ventana, una idea extraída de La ventana indiscreta (Rear window, 1954) de Hitchcock, otro gran ejemplo de cómo adoptar un punto de vista cambia la historia: aquí acompañamos a James Stewart en su enfermedad y en sus recorridos por la vida que proyectan sus vecinos frente a su ventana. Y él imagina distintas historias para cada vecino a partir de lo poco que ve.

En El autor la idea se repite. En el fondo, esas sombras chinescas son una demostración clara de que asistimos a algo que no es real, sino una proyección de su mente, una ilusión de quien cree encontrar la inspiración y el drama en los vecinos de su nueva finca.

Pero en el fondo, todo ello no es más que una proyección de sí mismo, como los ejercicios ridículos de concentración dando vueltas por las habitaciones o como —un gran ejemplo de realización— la habitación que sigue en blanco, impoluta, sin muebles… como su propia imaginación. Su hogar como proyección de su incapacidad de creación: blanco absoluto, la nada.

La perfecta identificación entre el autor y su mundo: primero la casa vacía y, al final, esa cárcel en la que él está realmente encerrado, pero su mente sigue viéndolo todo como un juego, como ese libro que sigue imaginando pero nunca llega a escribir.

Exactamente igual que aquel niño vestido con un pijama de rayas en un campo de concentración nazi.

Una gran lección de cine.

Escribe Mr. Kaplan

el-autor-39