La pasión de Carl Dreyer

  21 Marzo 2018

La timidez de un gigante

dreyer-1Cuando pienso en Carl Theodor Dreyer (1889-1968), lo primero que me viene a la cabeza es el puñado de films con los que cimentó su fama a una escala mundial: La pasión de Juana de Arco, Vampyr, Dies Irae, Ordet y Gertrud bastan para asegurarle a su artífice un puesto entre los mejores.

Pero bastan también para definir una práctica cinematográfica y una ética del trabajo difícilmente equiparables a las de otros directores de cine. En un medio como éste, donde la libertad de expresión artística ni abunda ni es aconsejable, Dreyer se empeñó en realizar sus últimas obras maestras siguiendo su propio criterio y no el de otros.

A lo largo de cuarenta años, se responsabilizó sólo de esas películas que he mencionado más arriba, tardando una media de una década en lograr las condiciones idóneas que ampararan sus proyectos más queridos y radicales. De ahí que nunca pudiera rodar su visión personal de la vida de Cristo, y de ahí también que la única vez que diera su brazo a torcer acabó siendo un fiasco (Dos seres).

Nadie escribió un libro que convenciera al mundo de su importancia, como hiciera Truffaut con Hitchcock, ni contó con un productor deseoso de apadrinar todas sus películas, como Fellini. No le dieron la oportunidad de sacar una cinta al año, que es, para mí, la principal explicación de que un colega suyo como Ingmar Bergman se impusiera rápidamente, arrasara en las entregas de premios y cobrara una importancia fuera de los círculos estrictamente cinematográficos que incluía la promoción de su imagen pública. Todavía hay despistados que afirman que Dreyer era discípulo de Bergman.

Fue en 1964, cuatro años antes de su muerte y con ocasión del estreno de Gertrud, cuando los miembros más destacados de la Nouvelle Vague le dedicaron un tardío, pero sincero homenaje. Dreyer fue a París para promocionar su última obra maestra y las imágenes que tenemos del encuentro entre el anciano director y los chicos de Cahiers muestran la timidez de un gigante del celuloide que no se sentía a gusto con nadie, ni siquiera cuando era el centro de atención.

Como cuando le agasajaron en su patria, Dinamarca, en una fiesta en la que todos hablaban con todos menos Carl Dreyer, que permanecía apartado de los demás, probablemente pensando en algún nuevo proyecto porque, al fin y al cabo, su única pasión era el cine.

Escribe José Belón de Cisteros | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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