The shape of water (La forma del agua, 2017)

  14 Julio 2018

Cuando Del Toro devolvió la sirenita al mar

la-forma-del-agua-1Como todos sabemos —o deberíamos saber—, La forma del agua —título original: The shape of water—, del director mexicano Guillermo del Toro, ha sido la gran vencedora de los Academy Awards del pasado mes de febrero. Junto al galardón a mejor película ha sido premiada también con el Oscar a mejor director, mejor banda sonora original y mejor diseño de producción.

Sin embargo, no son pocos los que justifican la victoria de esta anacrónica fábula de hadas y monstruos a una afrenta hollywoodiense dirigida al presidente Donald Trump, conocido —entre otras muchas peculiaridades— por su intención de construir un muro divisorio entre el país mexicano y los Estados Unidos. También es conocida la animadversión que el señor Trump produce entre los académicos, los cineastas y la industria cinematográfica en general.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad, La forma del agua es justa y clara vencedora del festival más allá de los asuntos políticos y otras frivolidades que no han afectado a esta decisión. Más aún, podemos afirmar que si la película de Del Toro hubiera sido presentada el pasado año o el próximo también habría ganado, y esto no se debe tanto a lo que cuenta la película de forma explícita sino al mensaje oculto en cada uno de sus planos y diálogos, idea que desarrollaré a continuación.

Antes, pero, haremos una exposición del argumento liminal: La película está ambientada en los años de la guerra fría, en plena carrera espacial y con Martin Luther King apelando por los derechos de la población negra estadounidense. La protagonista, una mujer muda llamada Eliza —Sally Hawkins—, trabaja en una base del Gobierno norteamericano que se encarga de diversos experimentos secretos, entre ellos el que nos atañe. En un momento determinado, una extraña criatura —Doug Jones—, proveniente de los ríos de Sudamérica —lugar en que como ya sabemos puede suceder cualquier cosa (para más información lean a Gabriel García Márquez y la literatura de lo real maravilloso)—, llega encerrada en un tanque de agua. La criatura es una especie de —al gusto del consumidor—, hombre-pez, sireno o tritón. Poco a poco se establece una romántica relación digna de los cuentos de Disney entre la protagonista y el hombre-pez que finalmente terminan por enamorarse.

El antagonista, un rudo agente secreto americano, guarda un profundo resentimiento a la criatura y se ensaña con ella en cada oportunidad hasta que convence al alto mando para asesinar a la criatura con pretexto de diseccionarla y saber qué oculta en su interior. Se trata de un antagonista planísimo llamado Strickland —Michael Shannon—, sin motivación aparente, indigno de los guiones contemporáneos.

Eliza, conocedora de esta información, rescata a la criatura al más puro estilo E.T. El extraterrestre o Free WillyLiberad a Willy—, todo ello con la ayuda de su compañero de piso, Giles —Richard Jenkins—, un entrañable anciano y artista homosexual de otra época, que no consigue vender ninguno de sus cuadros debido al incipiente fantasma del modernismo.

Finalmente, todo confluye —a través de una carrera de espionaje y contraespionaje medio surrealista por lo cómico de la situación— en un muelle de la ciudad, donde se produce el gran final con tiroteo incluido, fantasía y final feliz de estilo neorromántico. La criatura se lleva a la mujer al fondo del mar donde parece sufrir una esperada transformación y, allí, viven felices y comen pescaditos. Como colofón final, Guillermo del Toro nos deja caer que toda esta historia que hemos visto está siendo narrada por el anciano artista: «y vivieron felices para siempre en el fondo del mar, aunque eso es algo que ciertamente jamás podré saber».

En las siguientes líneas analizaré el verdadero mensaje de la película. Para ello tenemos que hacernos algunas preguntas evidentes: ¿por qué una película tan anacrónica como The shape of water se ha llevado el Oscar —y de forma merecida— a la mejor película? ¿Por qué ha venido a contarnos a estas alturas Guillermo del Toro un cuento de hadas o la rejuvenecida historia del ser incomprendido de Mary Shelley, Frankenstein?

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La respuesta es sencilla y al mismo tiempo sumamente complicada: lo que el director pretende con este film no es contarnos la fábula del sireno y la princesa ni muchísimo menos, lo que Del Toro pretende hacer con esta película es todo un homenaje a Hollywood y al cine en general, un homenaje a la fábrica de los sueños, tan elocuente y sutil a la vez que perfecto, que no podía sino resultar ganadora del premio. Podrá pensar el espectador que cualquier película puede ser un homenaje a la industria cinematográfica, pero continuemos analizando algunas de las referencias de forma detallada.

Si atendemos a los aspectos generales podemos decir que el argumento de La forma del agua nos recuerda al monstruo de E.T. El extraterrestre, esta es una de las comparaciones más sencillas. La película de Steven Spielberg narra la llegada de un ser alienígena que quiere regresar a su hogar mientras que el ser humano trata por todos los medios de atraparlo y retenerlo con afán de experimentar con él, llegando a producirle casi la muerte. Idéntica situación. Narra de algún modo —como ya hemos dicho antes—, la historia de Frankenstein —el ser solitario e incomprendido—. Añadiré como dato cultural que Mary Shelley se inspiró —a su vez— para crear el monstruo de Frankenstein en el Quijote de Cervantes.

Otra de las referencias destacables en la película es la del cine del macartismo, cuando el cine de Hollywood se llenó de monstruos de todas las clases y tamaños, los había que venían solos y los había que venían en marabunta, cada uno de ellos más terrorífico que el anterior. (Para más información buscar La mujer y el monstruo, 1954)

Coincidió esta época con la guerra fría, época en la que está ambientada precisamente la película. Todo comenzó cuando el senador Joseph McCarthy instó al pueblo americano a desconfiar de su prójimo, porque cualquiera podía ser un comunista infiltrado y, por consiguiente, un monstruo. La sociedad, como hemos visto, vivía rodeada de monstruos.

Tras el cine de los monstruos surgió de forma natural el cine de reconciliación monstruosa. Cuando el ser humano se reconcilia con las bestias. Hablamos de películas como Free Willy (1993).

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Además del cine macartista existía, por supuesto y de forma lógica, el cine de espías. James Bond solo es un alfiler dorado en medio de un vasto desierto de películas de espionaje y contraespionaje entre soviéticos y capitalistas. Queda clara la referencia a este tipo de cine en la película durante todo el argumento y he aquí, quizá, la respuesta a por qué el antagonista es un personaje tan sencillo. Lo que Guillermo del Toro nos está diciendo es que no es un personaje de nuestros días, como sucede con muchos otros personajes en la película.

Todo esto pareciera un análisis subjetivizado por la visión de un fanático del cine, pero las continuas alusiones a la fábrica de los sueños de Purilia, es decir, los guiños que hace Guillermo del Toro de forma ininterrumpida a Hollywood, no hacen sino llevarnos irremediablemente a la misma conclusión. Ya en los primeros minutos del metraje aparece una escena de baile entre Eliza y el anciano —mientras ven televisión— en la que homenajean los grandes bailes del cine: los bailes de Charlot, Astaire y muchos otros. Del Toro nos está indicando el camino.

Cabe destacar que Eliza y Giles viven justo encima de un cine. Cuando un cine aparece en el cine estamos haciendo un tributo al metacine, nos están diciendo «aquí es donde todo puede ocurrir». Tanto es así que aprovecha esta situación, un inteligentísimo Del Toro, para introducir en este momento la alabanza al cine histórico. Cada vez que aparezca el cine Orfeo (Orpheum), no veremos sino escenas del cine histórico. La más remarcable de todas ellas es la Cleopatra de Elizabeth Taylor.

Huelga decir que en el cine nada se deja al azar y, por supuesto, el nombre de esta sala patente en la película tampoco lo es. ¿Qué significa pues, Orfeo (Orpheum)? ¿Qué relación tiene Orfeo con todo esto? Bien, el padre de los músicos, protagonista del famoso mito de Orfeo y Eurídice era hijo del dios-río Eagro y una de las nueve musas. Esto ya es suficiente para relacionar a Orfeo con la criatura marina que, como hemos dicho previamente,  proviene de un río de Sudamérica. Además, Orfeo navegó junto con los argonautas donde su labor consistía en marcar el ritmo de los remos con la lira, protegiendo con su música a los marineros —atención— del canto de las sirenas. Para más inri, el mito de Orfeo y Eurídice no es sino el símbolo del mirar atrás, volver la vista al pasado, que es exactamente lo que está haciendo Guillermo del Toro en esta película: echar un melifluo vistazo al cine de toda la vida. Orfeo también era conocido por atraer a los hombres para escuchar sus historias y sus cantares, lo que hace, sin lugar a dudas, el séptimo arte. Nombre lógico para una sala de cine.

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Nos recuerda el monstruo marino a otra de las películas de Guillermo del Toro y —quizá— hasta ahora, su obra maestra. No hablamos de otra que de El laberinto del Fauno. También en aquella película era mucho más importante lo que no se decía que lo que entraba realmente por nuestros globos oculares. Aunque en este caso solamente podemos encontrar un parecido físico entre algunas de las criaturas de los mundos creados por el director. También algunas de las características del tritón nos recuerdan al Avatar de James Cameron, como por ejemplo una especie de terminaciones luminiscentes que se ponen en marcha cada vez que el ser usa una suerte de poderes paranormales. Tan dicharachero es el mexicano que hasta se permite realizar un guiño al cine español, concretamente al Torrente de Santiago Segura.

Continuando con el tributo a las distintas modalidades del cine, no se olvida nuestro querido director del cine musical. Realiza una magistral escena hacia el último tercio de la película en la que Eliza —en un aparte teatral en escala de grises— canta una canción de amor incomprendido entre ella y el ser marino, que aparece volando como en un sueño. Una escena brechtiana —en la que canta una mujer muda— que sirve para romper la ilusión de la pantalla. Guillermo del Toro está diciendo «esto es cine, es una ilusión, el cine puede hacer cualquier cosa, puede crear monstruos marinos y hacer que las personas mudas canten, nosotros —Hollywood—, somos la fábrica de los sueños, donde los sueños pueden hacerse realidad», al mismo tiempo que acerca el séptimo arte a sus orígenes teatrales. Este es el verdadero mensaje de la película. Por cierto, el baile nos recuerda desde La La Land hasta los castos, pero sugerentes, bailes de la época muda.

Las referencias no acaban aquí. No podríamos entender un homenaje completo al cine sin hablar del cine bíblico: este cine también tiene cabida en este florilegio ideado por Guillermo del Toro, dado que Strickland cuenta en diferentes escenas la historia de Sansón. ¿Qué es lo que da pie a que esto suceda? Es el simple hecho de que otra de las mujeres de la limpieza, la señora Zelda —Octavia Spencer—, tiene un segundo nombre. Dalila. (Para más información sobre Dalila y Sansón, acuda a la Biblia: Libro de los Jueces, capítulos 13 a 16). En el cine nada, pero absolutamente nada, se deja al azar.

Seguro que después de todo este repaso todavía nos hemos dejado muchas más referencias, pero no todo es reiteración; también hay originalidad en la obra de Del Toro, puesto que aprovecha el maestro mexicano la contemporaneidad para hacer una película de otro tiempo, colocando en ella elementos que la industria no habría aceptado en su día como es, verbigracia, el señor Giles. Un anciano homosexual no habría estado bien visto en la década de los 60. Otro ejemplo es la rotura con el estándar patriarcal, esquema en el que el hombre blanco salva siempre a la mujer. El director le da la vuelta a la tortilla haciendo que sea en este caso ella —que, además, por ser muda, la marginan algunos de los personajes— quien salva a la criatura.

Por cierto, ¿recuerdan qué famosa princesa de Walt Disney se queda muda al salir del agua?

Escribe Marc Caballer Galcerá

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