Friends (serie TV, 1994-2004)

  06 Febrero 2018

Sancta sanctorum

friends-1Muchos dicen (decimos) que la importancia de una serie como Friends trasciende lo meramente audiovisual para retratar a toda una generación, definir un nuevo estándar por el simple hecho de incorporar a la historia un lenguaje real, un modelo de comportamiento real, la ruptura con los viejos patrones familiares, laborales o sexuales que a principios de los noventa ya existían en la calle y que los medios aún no habían incorporado.

Y para eso llegaron Marta Kauffman y David Crane, que ya habían creado Dream on en 1990, un enfoque distinto y un tono más sosegado e introspectivo para narrarnos la vida de Martin Tupper, un divorciado con hijo adolescente que ha crecido viendo televisión en casa y cuya propia vida filtra como si de una escena de cine se tratase. La cultura audiovisual de los nacidos tras la televisión, el modo de percibir la propia realidad y un nuevo modelo de familia. Mismas ambiciones pero menos éxito para una obra que puso los cimientos del templo que iban a construir cuatro años después.

Niños de treinta años

Es lo que hay. Y lo sé porque soy uno. Si veo hoy alguna de las series familiares de finales de los 80, me vengo abajo. Los tipos de mi edad ya eran señores y en absoluto se parecían a lo que soy yo ahora, ni siquiera a lo que eran mis padres entonces. Con los niños, lo mismo. Resultaban ñoños y sin picardía, personajes escritos sin más ambición que arrancar ternuras al espectador. En fin.

Friends rompió eso, abrió una ventana y los ruidos de la calle entraron. Claro que es una sit-com, con lo que ello implica. La luz del set, los decorados interiores, el público... son elementos que limitan mucho la narración y que hoy en día parecen un poco trasnochados, aunque éxitos como Big Bang aún estiran el chicle. Sin embargo, el contenido, la forma de entender la vida de estos cuasi treintañeros, todo eso era nuevo, porque era familiar.

Nada nuevo que descubrirle a nadie, seis amigos en Nueva York, seis perfiles diferentes que nos definen a todos, porque todos somos una mezcla de todos ellos. La compulsiva del orden, el nerd (o al menos una versión beta), el graciosete, la mística, la pija y el tonto. La búsqueda de la felicidad, el choque generacional, el sexo en las relaciones y fuera de ellas, la lucha laboral, los tropiezos en la vida, la vida, todo bien mezcladito con ese humor natural y el encanto tanto de los actores como de las relaciones que se establecen entre ellos, dentro y fuera de plató.

El culebrón de Ross y Rachel alcanzó cotas épicas, y recuerdo como si fuese hace 20 años el ansia de tener que esperar todo un verano para saber si Ross entró a la habitación de Rachel o de su novia calva. Y es que la serie se ha convertido en una especie de lugar común, un modo de expresión en sí mismo sin necesidad de contexto. Porque si yo, de la nada, digo que «estábamos tomándonos un descanso» o te invito a jugar una partida al «copas» no hay más que hablar.

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¿Y qué pasa con los millenials?

Lo que ocurre con esta clase de productos es que redefinen la comedia en televisión y enseguida nos acostumbramos, como si siempre hubiera estado allí. Pero no es así, y para ello invito a cualquiera a ver un episodio al azar de Enredos de familia (con Michael J. Fox) o ¿Quién es el jefe? (aquí Toni Danza, menos lustre). Pasa como con internet, que ya no nos acordamos de cómo pasábamos el tiempo, de cómo organizábamos nuestra vida.

Y la pregunta entonces es, ¿qué tienen los chicos de la Generación Y que se parezca? No soy uno de ellos así que no lo sé, pero creo que nada. Nada tan homogéneo como Friends, nada tan identificador. Para mí, es una serie que me recuerda lo que fui, lo que quise y aún quiero, y que me hace reflexionar sobre el tiempo que ha pasado.

La mejor cápsula del tiempo del mundo.

Escribe Rubén Tellería


Más información sobre Friends:

http://wwws.warnerbros.es/television/friends/container.html

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