La ficción televisiva en España

  28 Noviembre 2017

Nunca es tarde si la dicha es buena

historias-para-no-dormirEl nuestro ha sido siempre un país poco valiente en términos de ficción televisiva. Esta reflexión se extiende a más ámbitos pero aquí y ahora nos centraremos exclusivamente en los sesenta años de caja tonta que llevamos a las espaldas. Decimos que hemos sido poco valientes, y es cierto pero, aunque aquí tenemos mucha tradición de ser demasiado autocríticos, vamos a romper esa inercia tan nuestra y vamos a darle a nuestra historia un contexto.

Son dos los factores que han hecho de nuestra tele lo que ha sido, lo que aún es. Por un lado, un caudillo censurador de, entre otras cosas, los contenidos televisivos y su mensaje, un medio utilizado como herramienta política y social aquí y en tantos sitios, entonces y ahora.

Desde octubre de  1956, año en el que arranca la televisión terrestre en nuestro país, la ficción sólo tarda cuatro meses en irrumpir de la mano de Los tele-Rodríguez, precursora de las sit-com en España y que trataba los avatares de una familia media cuyas vidas cambian con la llegada del nuevo electrodoméstico. Su creador fue Mario Antolín y estuvo dos años en emisión; la serie plagiaba el formato de I love Lucy pero sin ningún atisbo de transgresión en el contenido (Lucy era una ama de casa que abandona el hogar para dedicarse a su carrera artística en Nueva York).

En Los tele-Rodríguez, se trataba más de mostrar una imagen próspera y actualizada durante la «España del hambre» de los años cincuenta. Así pues, la andadura de la pequeña ficción comenzaba tímidamente y bajo el control militar, y así seguiría durante unos cuantos años, lo que nos lleva al segundo factor que ha hecho de nuestra tele lo que es.

El monopolio de lo público

Hasta 1990 no llegaron las cadenas privadas, así que estamos hablando de treinta y cuatro años de emisión pública, bajo el filtro de la censura pero no del de la audiencia, años con muchas más sombras que luces. La familia Telerín nos decía a qué hora teníamos que irnos a la cama (españolitos dóciles).

En 1965, nació el UHF, lo que hoy conocemos como La dos, y ya entonces tenía una marcada intención de difusión cultural: se convirtió en la plataforma de lanzamiento de series como Cuentos y leyendas, que durante ocho años fue la encargada de difundir, en pequeñas píldoras, obras de la literatura española e internacional. Sin embargo, la tele tenía aún un sabor gris, la difusión cultural no era sinónimo de calidad en los contenidos, de creación.

Quien cambió el rumbo fue Narciso Ibáñez Serrador y sus Historias para no dormir, que desde mediados de los sesenta hasta 1975 tuvieron un tremendo éxito, con tres temporadas y muchas reposiciones. Fue el primer gran éxito patrio, y abrió camino a otras, a la vez que abordó un género nunca antes visto en nuestra pequeña pantalla, el terror, adaptando obras cumbre de Allan Poe o de Ray Bradbury. Ibáñez Serrador se convirtió en una figura clave en la evolución de nuestra tele.

Y sin embargo, seguía habiendo pocas opciones, muchas hamburguesas pero pocos filetes. Tras la muerte de Franco, llegaron éxitos como Cañas y barro, adaptación de la obra homónima de Vicente Blasco Ibáñez, que repasa la vida y conflictos de una familia durante tres generaciones; y Anillos de oro, que sólo pudo salir al aire gracias a una reforma en el Código Civil que introdujo la figura del divorcio. La serie, creada por Pedro Masó, repasaba otros temas tabú como el aborto o la homosexualidad, y retrataba a una España aperturista tras el régimen pero aún no lo suficientemente madura para aceptar ciertos temas. Anillos de oro fue una serie por momentos incómoda de ver, y eso es bueno.

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El mercado se abre, hay fruta para todos

Fuera de nuestras fronteras se estaban haciendo grandes series, mucho más frescas y caras para el estándar de la época. Comedias como El gran héroe americano o historias culebrónicas de ciencia ficción como V triunfaban, pero no era sólo eso, hubo otro invitado a la fiesta que cambió las cosas para siempre. 

En los años ochenta llegaron las autonómicas, de ámbito reducido pero que suponían abrir las puertas a mucho talento emergente que, de repente, tenía espacio para existir. TVE tenía el problema —y lo sigue teniendo— de que como medio público es controlado por el gobierno de turno; al contrario que en otros países, aquí no existe un Consejo Superior que regule el buen uso del medio por parte del Estado, así que la única cadena de televisión, que además es pública, se encontró por primera vez con competencia.

En 1982 nació ETB, en 1983 TV3 y en 1985, la gallega TVG. En 1989, prácticamente todas las comunidades autónomas tenían su propio canal y en cada territorio le daban un pequeño bocado al puñado de espectadores que hasta el momento poseía TVE. Había que ponerse las pilas.

En Cataluña, la más interesante, Tricicle estrenaba su primera serie, Tres estrelles, que se convirtió en la más vendida a nivel internacional, y nuevos talentos como Ángel Casas irrumpían en el panorama. Además, sabían comprar exitosas series extranjeras —como Dallas— e introdujeron el manga en nuestras vidas con Bola de drac.

Pero hicieron otra cosa innovadora, cuidar mucho sus contenidos infantiles. En TV3 nació el primer programa propiamente infantil, Tevetresa, y otro del que guardo especial buen recuerdo, Planeta imaginario, que se emitió en TVE pero hecho en Cataluña y sólo para audiencia catalana. Hasta el momento, la cadena nacional contaba con Barrio Sésamo, cómo olvidarla, desde 1979, pero fue La bola de cristal quien rompió con el esquema de tele-teatro infantil.

Las cosas habían empezado a cambiar, los viejos patrones iban desapareciendo y una nueva forma de hacer ficción se instalaba en nuestros hogares. Sin embargo, el auténtico cañonazo se esperaba en 1990 con la llegada de las televisiones privadas.

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El falso mesías

La sociedad Antena 3 S.A. se constituye en 1979 con la intención de lanzar un nuevo canal de televisión, el primero privado. La solicitud fue denegada por el Tribunal Constitucional y no fue hasta 1988, con la llegada de la nueva Ley de Televisión Privada, cuando nació propiamente Antena 3, el día de navidad de 1989. A continuación, de la mano de Valerio Lazarov, Tele 5.

Dejando aparte otras cuestiones, ambos canales apostaron fuerte por las series, pero fue Antena 3 la que se llevó primero el gato al agua con Farmacia de guardia, una comedia trágica costumbrista que desde 1991 reunió a la familia frente a la tele cada jueves durante cuatro años. Nacieron muchas otras bajo el amparo de la serie de Antonio Mercero, ninguna con tanto éxito. Títulos muy olvidables como Lleno, por favor, Hermanos de leche o Los ladrones van a la oficina, con la colaboración de actores de cierto prestigio como Juan Echanove o Antonio Resines.

Tele 5 no cosechó tanto éxito porque su apuesta fue más pequeña y el producto extranjero era su principal sustento. Fue en 1995, cuando la farmacia de Lourdes Cano cerraba sus puertas, cuando llegó el doctor Nacho para meternos en un mundo aún más edulcorado. Médico de familia fue el gran éxito de la cadena amiga y marcó un esquema de dramedia de hora y media que se repitió sucesivamente. Unido al éxito de Al salir de clase, Tele 5 marcaba la pauta de lo que funcionaba en televisión.

Y sin embargo, uno tenía la sensación de llegar tarde a todos los sitios, de que lo que se hacía en nuestro país estaba bien «para ser de aquí» pero no tenía punto de comparación con todo lo que veíamos aquí que se hacía fuera. Nuestra tele traía mensajes viejos, retratos gastados de una sociedad a la que no reflejaban.

Inglaterra, con una tradición televisiva sin pelos en la lengua y con otro modelo empresarial, venía de hacer Doctor Who, pasando por los Monty Python y su Flying Circus o bien Fawlty towers hasta llegar en los noventa a Prime suspect, con Hellen Mirren, una de las mejores series policíacas de todos los tiempos que estuvo en antena durante quince años.

Una vez más, la comparación con nuestros vecinos cercanos (olvidémonos de los Estados Unidos) resultaba sonrojante en todos los sentidos. Y no sólo con las series que hemos mencionado, que son éxitos y joyas televisivas; de nuevo, el estándar de calidad iba a la zaga del resto de países, el espectador español era aún poco exigente.

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El World Wide View

Mundo digital, autopistas de información, nuevas plataformas. Las barreras se caen definitivamente (otras nacerán) y tenemos acceso a tiempo real a lo que hay fuera. Ya no tenemos que esperar un año como mínimo para ver una versión doblada de las cosas, ha nacido el pirateo y ha pillado con el pie cambiado a todo el mundo. Poco a poco, el aparato legislativo se ha puesto en marcha para acotar este nuevo terreno de juego y las plataformas como HBO, la pionera, y Netflix después, han sabido dar orden a todo ese tráfico ilegal.

Nada nuevo bajo el sol, en cualquier caso, la tele de pago existe en el mundo desde hace más de treinta años. Pero estos nuevos mecenas de la ficción han puesto orden, y precio, en el caos imperante, ofreciendo previo pago contenidos extraordinarios, complejas historias bien interpretadas, rebosantes de talento y con gran atención al detalle en cada departamento: The Sopranos, Breaking bad, Game of thrones.

Ha sido tal el éxito de este nuevo modelo de negocio que hasta en nuestra pequeña y anticuada península se han sentido los efectos del terremoto. En este sentido, aunque aún con bastante bisoñez, las televisiones privadas han liderado el cambio. Canal + rompió la baraja con Crematorio en 2011, una década después que en el resto de Europa. Después, nada.

Y ahora, en este 2017, el otoño nos trae series que huelen a cosa buena, avaladas por la fama de los autores que las firman y con sabor a cine. Pero la audiencia se ha fragmentado completamente desde los primeros tiempos de TVE, donde la audiencia estaba garantizada y no había por qué cuidar tanto la emisión.

El problema ahora es el contrario, nos hemos sofisticado a la vez que hemos aprendido a desconfiar de lo propio, a prejuzgar el trabajo de aquí, y eso ha ocurrido por la falta de ambición de las propias cadenas, por esa condescendencia para con el espectador y por esa falta de fe —tan española— en nosotros mismos como industria capaz de hacer buen entretenimiento.

Ahora llegan La zona y La peste en Movistar +, o Las chicas del cable en Netflix, que recogen el testigo de La casa de papel, en abierto en Antena 3, o El ministerio del tiempo, de TVE, ambas mejorables pero a la vez intentos serios de subir el nivel.

Ojalá los viejos fantasmas vuelvan al desván, ojalá este arranque que suena tan prometedor no sea un fiasco más. Y si lo es, ojalá no por ello dejemos de seguir intentándolo

Escribe Rubén Tellería

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