Adiós a José Luis Martínez Montalbán, "Monti"

  20 Noviembre 2016

Desde aquellos lejanos días…

monti-cinestudioUn piso en la planta baja de un edificio cercano a la plaza de Colón en Madrid. Un año en el que España seguía moviéndose entre la pobreza intelectual y el lento despertar a unos tiempos nuevos, más libre.

Un grupo de personas a las que nos gustaba el cine que casi todos los días nos encontrábamos en aquel piso, donde algunos alardeaban de los libros que le habían llegado de París. Más probable es que alguno hubiera estado en París y hubiera pasado aquellos libros escritos en español por una editorial nacida en Francia en 1961, Ruedo Ibérico u otros que se publicaban sobre todo en Buenos Aires (Editorial Sudamericana,  Editorial Losada…), a través de las cuales podíamos conocer a autores españoles prohibidos (Sender, Aub, Ayala…) o extranjeros (¡aquella edición del Ulises de Joyce!) y también de libros que hablaban sobre aquella contienda civil de la que se nos había hurtado la verdad.

Todo esto ocurría mientras vivíamos en la mitad de la década de los sesenta.

No sólo se hablaba de cine, por supuesto, o de grandes literatos, también charlábamos, se nos daban a conocer autores de ciencia-ficción o de la novela negra.

Mientras, también se ponía en marcha una revista de cine, día a día, menos los festivos, acudíamos a aquella casa de la calle Hermosilla un grupo de jóvenes más o menos inquietos. Charlas diarias llevadas a cabo de 18 a 21 horas, cuando se terminaba nuestro pequeño o gran empleo. Aunque también pudiera ser que algunos viniesen de alguna facultad con los libros en sus cartetas o en sus manos.

El que más hablaba era Garci, José Luis Garci, todo un veterano de aquellos encuentros, a pesar de su juventud. La catatara cinéfila, y no sólo, que volcaba nos apabullaba. Ahí estaba su amor por Ray Bradbury en particular, que nos llegaba a través de, cómo no, una editorial argentina, Minotauro, y por la ciencia ficción en general: libros con pésimas traducciones de la colección Galaxia, publicados por Vértice, o los de Edhasa. Garci vivía con pasión el cine y su particular, y peculiar literatura, en una cinefilia que después le llevaría a su reconocida mitomanía personal.

Allí también estaban los más pausados Giménez Rico y Ángel Llorente, la suave ironía de Mercero, el reposado saber de Fernando Moreno y de José Luis Hernández Marcos, todos ellos orquestados por el hombre de muchos empleos (tenía que mantener a su gran familia), Pérez Lozano, la batuta directora de la revista que allí ahora se cocinaba, Cinestudio.

No solamente estaban ellos, también era frecuente la presencia de Mamerto López Tapia. Y a veces se acercaban Adolfo Castaño o Carmelo Bernaola.

Eran los chicos de Cinestudio. Y bien dicho eso de los chicos porque por allí no aparecía ninguna chica. Ninguna además escribía en la revista. Ni en esta, ni en las otras de cine que entonces existían en Madrid. En la catalana Destino, que no era sólo de cine, estaba Maruja Torres, que durante algún tiempo tuvo relación con el grupo madrileño.

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Desembarqué allí en 1965. Duraría mi aventura madrileña algo más de dos años. Iba al cine, seguía dirigiendo a distancia el cineclub Universitario (aquel que había fundado en mitad de los años cincuenta Basilio Martín Patino). Para subsistir trabajaba en la Federación Nacional de Cineclubs desde las nueve hasta las cinco o seis de la tarde, con una hora o algo más para comer. También llevaba coloquios en cineclubs madrileños e, incluso, de distintos sitios de España, siempre que los transportes me permitieran estar los lunes a las nueve de la mañana (o poco más tarde) en mi puesto de la Federación (casi, casi situado enfrente de la plaza de toros de Las Ventas).

En la Federación trabajaba Jesús Orozco, uno de los asiduos de la calle Hermosilla, aunque escribiera muy poco. No sé si fue por él o por José Luis Hernández Marcos —director gerente de la Federación y el anterior director del cineclub salmantino—, o por Fernando Moreno, por lo que comencé a acudir a la sede de Cinestudio. Durante un tiempo fui el tímido jovenzuelo de provincia que escucha y trata de aprender de toda aquella catarata culturizante que se iba desgranando día a día.

Pérez Lozano me recibió bien, bueno recibía bien a todos los recién llegados (e incluso era capaz de ayudar ofreciendo colaboraciones en otras publicaciones para ganar un dinero, ya que todos los que escribíamos en Cinestudio lo hacíamos gratis). Venía de una lamentable historia que le llevó a dejar otra revista de cine que entonces se seguía publicando, Film ideal.

No eran Film ideal y Cinestudio las únicas revistas serias de cine que se publicaban en Madrid. Había una tercera, Nuestro cine.

Cinestudio, con financiación jesuítica, era una especie de cajón de sastre donde cualquier cosa era válida; Film Ideal, creyéndose heredera de la mítica Cahiers du Cinema francesa, se escoraba a la derecha, desde su aplauso a lo formal; mientras que Nuestro Cine, con su querencia sobre el fondo, miraba a la izquierda.

Durante algunos meses, pocos, estuve acudiendo a Cinestudio. No presenté ningún artículo, crítica, no comenté a nadie, ni mucho menos al gran jefe, mi interés por escribir. ¡Qué iba a hacer yo frente a tanto aparente saber! Tuvo que ser Fernando Moreno el que me propusiera integrarme en la revista:

—¿Cómo es que no escribes para la revista?

—Simplemente, porque nadie me lo ha pedido.

—Pues nada, prepara algo para un próximo nuevo y vemos si se puede publicar.

De momento nada de crítica, se me proponía (de prueba) un artículo largo. Peritas a más que cuando me pongo a escribir no hay quien me pare… Así que me puse a escribir ese artículo que me diera la posibilidad de entrar a formar parte de la revista.

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En el número 42 publiqué mi primer trabajo con el título de Blake Edwards o la evolución de un testimonio. El siguiente sería en el 44, una larga reflexión sobre el Godard que comenzábamos a conocer: Este extraño Godard, De la A de A bout de souffé a la A de Alphaville, pasando por la V de Vivre sa vie. Nada menos. Y en el número siguiente entro en nómina (sin sueldo) al entrar en el apartado crítico con la crítica de Eva de Losey. Estos números de la revista corresponden al año 1966.

Detrás de mí vino gente nueva a Cinestudio. A los que llegaron en el tiempo que seguí en Madrid, por supuesto, les conocí dando sus primeros pasos, comportándose más o menos como yo. Luego, cuando dejé Madrid, siguió llegando gente nueva, hasta el cierre de la revista en los años setenta: gente como Carlos Losada (incorporado en nuestra Encadenados), Carlos Pumares o Carlos F. Heredero.

Uno de los que llegaron a Cinestudio poco después de mí, tuvo una actitud personal parecida a la mía: acudía regularmente, escuchaba, callaba o con su gran pericia incluía algún sardónico comentario. Creo que lo llevó Jesús Orozco, aunque no lo recuerdo muy bien. Lo que sí tengo claro es que enseguida conecté con ese recién llegado que era de misma edad y que además había estudiado, o estaba terminando, Químicas. Eso sí, él en Madrid y yo en Salamanca. Había un tercer licenciado en Químicas en aquella redacción, Ángel Llorente.

Aquel recién llegado se llamaba José Luis Martínez Montalbán al que siempre acompañaba —y siempre en su vida se acompañó de ella— una cartera repleta de libros y de folios, como si ya desarrollase su gran espíritu de investigación, búsqueda de cualquier cosa perdida en lo más recóndito del libro más inaccesible existente en una biblioteca. José Luis no dejará, desde entonces, de buscar, de investigar, de innovar en sus clases como profesor de instituto de física y química (otro hecho que sirve para emparentarnos).

En aquel Madrid, José Luis era silencioso, la mayor parte de las veces, tomaba notas, refugiándose en el grupo, lo suyo nunca fue estar en primera fila, sacar pecho, dejar que se le rindiese pleitesía. Busquen una fotografía suya en Google o donde sea, en un festival, una presentación o una celebración que tenga que ver con el mundo del cine. No la encontrarán. No le gustaba ser un personaje público, señalado, aplaudido. Era una hormiguita que hacía, y muy bien, su trabajo.

En aquellos días de 66 ya dejaba ver su impronta. Con aquel joven silencioso, casi apartado ya que no quería competir con la sapiencia de algunos otros, me sentí bien. Charlamos de cine, de literatura… Lo que se podía. José Luis, ya lo he dicho, no era una persona de mucho hablar, si de mucho hacer y de mucho pensar.

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Su historia, su relación, con la revista. O mejor sus comienzos fueron idénticos a los míos. No escribía porque nadie se lo había propuesto. Pero aquí, fue el nuevo, el que le dio ese impulso. Le pregunté por qué no escribía.

—Nadie me ha dicho que escriba.

—Pues yo te lo digo. Anda, escribe algo. Lo que quieras.

—Pero ¿tú vas a proponerlo?

—Claro.

Y ese claro fue que lo expuse en la primera reunión de la redacción que tuvimos: “Podemos tener un nuevo colaborador y os aseguro que es muy bueno”.

Entonces fue cuando para abreviar le di el nombre de Monti, era muy largo lo de Martínez Montalbán y muy corriente, y repetido, lo de José Luis. Así que desde entonces todos comenzaron a llamarle Monti y así fue conocido por todos sus amigos, que eran muchos, y me figuro, también en todos los sitios donde intervino y colaboró, que fueron un montón. Aunque todos sus artículos, todos sus libros, todo lo que hizo lo firmó como José Luis Martínez Montalban, creo que le gustaba que le llamásemos Monti.

Su primer trabajo para Cinestudio fue en el número 45-46 (mayo-junio, 1966), se titulaba Jacques Becker, un olvidado. Y desde ese momento sus artículos y críticas fueron habituales en la revista.

Cuando me fui de Madrid seguí colaborando durante bastante tiempo con la revista y con varios del grupo seguí en contacto. También con Monti.

Cuando iba a Madrid siempre quedaba con él y con algunos de aquel grupo (Carlos Losada y  José Luis Hernández Marcos) a los que con los años se unirían colaboradores de Encadenados, y sobre todo Milagros López.  Y, claro, charlábamos, comíamos y hablamos de todo y de todos, pero en especial de cine

A los homenajes que en Madrid se hicieron a Basilio Martín Patino o cuando inauguró su instalación Espejos en la niebla, le avisaba y allí estaba con su cartera, su alegría, su entusiasmo. Terminábamos cenando con Patino. En una de aquellas ocasiones apareció un antiguo colaborador de Cinestudio, Mamerto López Tapia.

Cuando puse en marcha junto a Sabín, Luis Tormo, Marcial… la revista digital de cine Encadenados me puse en contacto con Monti y Losada. Quería contar con ellos. Y se unieron a la revista. Carlos con sus críticas, Monti con sus impresionantes datos filmográficos y biográficos de los directores analizados en la sección Rashomon; además se encargó de una sección, que él propuso, dedicada al cine mudo (El silencio es oro). También reseñando todos los libros que se editan de cine en España. Una labor impresionante.

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Monti ha formado parte del grupo crítico de la revista Reseña y de su hermana Cine para leer. Ha dado clases en escuelas de cine privadas de Madrid. Y, acorde con su afán de investigación, ha colaborado en varias enciclopedias sobre cine español. Su honradez le llevó a no querer hacer la entrada de Cinestudio, en una de las últimas y voluminosas enciclopedias. Él había sido parte activa de la misma lo que, entendía con buen criterio, le impedía ser objetivo en su juicio.

Libros como La novela semanal cinematográfica, la coordinación de El hombre tras la máscara. José Mallorquí: su escritura y su tiempo o el libro sobre Lola Salvador Maldonado y sus trabajos en revista como Nueva dimensión, Ad Infinitum, Zikkurath y su asesoramiento y dirección de la revista de cine Secuencias sobre cine e Historias de la UAM, dan prueba de su gran actividad.

Hace unos días recibí una llamada de su mujer. Una mala noticia. Me informaba de su fallecimiento. Inesperado para todos nosotros.

No hacía ni cuatro días que habíamos recibido una colaboración suya para el Rashomon dedicado a Paul Verhoeven: su filmografía. Será su último y estupendo artículo, como todas las búsquedas que ha llevado a cabo: tan precisas, detalladas, recónditas, admirables por la dedicación extrema desarrollada, por las horas que le llevaron, sin importarle: todo un ejemplo de responsabilidad, dignidad y ética.

Cuando vuelva a Madrid ya no será igual. Nos faltará Monti.

De aquellos que nos reuníamos en Hermosilla, para hablar de cine y de otras cosas, para dar forma a cada número de Cinestudio, las pérdidas son numerosas: Pérez Lozano, Fernando Moreno, Ángel Llorente, Mamerto López Tapia (cito sólo los que tengo constancia) y ahora Monti.

Estés donde estés, si existe un lugar donde estar cuando uno se va, siempre te recordaremos, querido Monti, amigo, te echaremos de menos. Encadenados está triste porque se ha ido un amigo que nos ha dejado algo más huérfanos. Gracias a él por todo lo que hizo, por todo el minucioso y estupendo trabajo que hizo en Encadenados. En nuestras páginas, mientras nuestra revista siga ahí, estarás siempre presente dando lecciones de buen hacer.

Escribe Adolfo Bellido López

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