El vehículo en la road movie

  25 Octubre 2016

De Dos en la carretera (1967) a Priscilla, reina del desierto (1994)

dos-en-la-carreteraLas escenas del film de Donen y aquel espectacular montaje son hoy imitados, a su manera, por películas de más alto presupuesto. Idas y vueltas en el tiempo, retales de una época y de otra, escenas caleidoscópicas que según avanza el metraje van conformando en la mente del espectador el puzzle de la trama. Aquella película, además, enamoraba con la banda sonora de un Henry Mancini en estado de gracia, y el resultado final era que un comienzo sencillo y casi átono devenía en un argumento que iba atrapando al espectador hasta mantenerlo (mantenerme) con la boca abierta los últimos minutos del film.

Pero Dos en la carretera tenía —y tiene, dada la actualidad de su argumento— un protagonista que no ha forrado con pósters paredes ni carpetas, un protagonista que no ha vendido discos ni filmado más películas, un protagonista mudo, poco visible, pero omnipresente: un protagonista que no es otro que el vehículo.

¿Cuántas películas podemos recordar que tengan algún vehículo como protagonista? Por tierra, mar y aire nos ha arrastrado el celuloide en su siglo largo de historia. Quizá no sea casual que la llamada primera película de la historia fuera la famosa llegada del tren, de los hermanos Lumiére. Desde que aquella locomotora hizo huir despavorido al público parisino en 1895, muchos vehículos nos han hecho soñar en la gran pantalla. El viaje a la luna, de Georges Méliès, en 1902, nos sacó del planeta medio siglo antes de que la USS Enterprise nos llevara más allá de las estrellas. Pero también hemos viajado en barco, en avión, en extraños coches como el que conducía el excéntrico profesor Fate en The great race (La carrera del siglo), en globo e, incluso, en autobús.

El autobús es uno de los vehículos, junto al tren, más sugestivos del mundo, porque a pesar de que pueda viajar en ellos mucha gente, son habitáculos que invitan a la intimidad, a la introspección y a la confidencia. Aunque la mayoría de road movies están protagonizadas por dos personas en un coche —como es el caso de Dos en la carretera, Thelma y Louise, o de otra forma, Lolita—, también en el mundo de las películas en movimiento encontramos tríos o incluso más protagonistas.

Me viene a la memoria uno de los filmes que más han hecho por el movimiento LGTB, y que no es otro que Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Ya el título reivindicaba el protagonismo de aquel destartalado autobús, un Ford Denning tuneado, si mis fuentes no me fallan, que fue vehículo y hogar de los tres anti-héroes que atravesaban el desierto australiano en busca, quizá, de ellos mismos. Un viaje iniciático, como todas los road movies, o puede que de catarsis, que lleva a sus protagonistas a luchar contra su pasado, contra su presente y contra el futuro al que parece que están destinados. Un viaje en autobús bajo el paraguas de una de las bandas sonoras más bailadas de la historia, donde en medio de éxitos ya divinizados sobresalía, como un himno, I will survive, de Gloria Gaynor.

Tres magníficos actores dieron vida a tres roles geniales y cambiaron la concepción que occidente tenía de las drags queens, e incluso de la homosexualidad. Nos enseñó aquella película que debajo de las boas, las lentejuelas, el maquillaje y los tacones imposibles, viven personas, seres humanos con ilusiones, preocupaciones, miedos, amores y odios. Que cuando baja el telón, se apagan los focos y se retira el maquillaje, la vida sigue con todos los complementos que la vida nos da y nos quita cada día. Entendimos que las pestañas postizas, las plataformas, el habla deslenguada y la pluma hiperbólica son, a menudo, modernas armaduras que protegen en su interior a personas con unas vivencias muy duras, o que, simplemente, quieren airear y gritar a los cuatro vientos la alegría de vivir, el orgullo de ser como uno es, y la marcha que a uno le quema por dentro.

Priscilla, protagonista metafórico del film, brillaba como un diamante en medio de la arena rojiza del desierto; fue vilipendiada con pintadas ignorantes e intolerantes, y maquillada de rosa por sus protagonistas. Sufrió averías por el camino, como ellos en sus corazones rotos, corazones de hombre, de mujer, de padre, de hijo, de amante... Y finalmente llegó a su destino un poco más vieja, pero mucho más sabia.

Esta es la esencia de la road movie, de Priscilla o de Dos en la carretera: el cambio, la evolución, el aprendizaje, o quizá, sólo la contemplación de los días, de los cambios. Puede que solamente se trate de asistir como espectadores, como meros observadores, incapaces de actuar sobre lo que vemos, sintiendo incluso impotencia ante lo que ocurre en la pantalla; espectadores que se limitan a ver el deterioro de la pareja, de los principios, de la ilusión.

Escribe Óscar Hernández Campano

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