Senderos de gloria (1957) de Stanley Kubrick

  22 Julio 2016

El verdadero enemigo

senderos de gloria 1La Tierra: ese fantástico planeta azul en el que oleadas de racismo, homofobia, xenofobia e intolerancia nos golpean la cara, en el hemisferio norte y en el sur; a la luz del día, o en la oscuridad de la noche. Un planeta cuyos habitantes son incapaces de reconocer cualidades tan aparentemente opuestas como el “bien” y el “mal”, o distinguir a los “buenos” de los “malos”.

Sociedades que creen que los inmigrantes roban puestos de trabajo; que achacan el color negro o los tonos morenos a cualquier acto de vandalismo, crimen o atentado. Ciudadanos que culpan a toda la comunidad musulmana de los ataques yihadistas y considera “invasores” a los refugiados sirios que huyen de sus propios invasores. Un mundo en el que más de la mitad de población estadounidense —ese gran país, tan moderno y avanzado— apoya a Donald Trump, considerándolo el gran salvador, y está a punto de concederle el liderazgo para que expulse a la morralla, a los “malos”. Definitivamente, un mundo confundido.

Así, Kubrick dio en el clavo realizando la pregunta que subyace a lo largo de toda la película: ¿Quién es el verdadero enemigo? Es cierto que, en términos generales, se hace una dura crítica a la guerra interna de cada ejército sumido en una guerra con su vecino; al feroz autoritarismo de quienes viven acomodados en sus despachos desde la cobardía, juzgando la cobardía de soldados que están luchando y muriendo por ellos en las trincheras.

Sin embargo, lo que el director pretendía crear era un manifiesto, una crítica al fracaso humano con la que buscaba enviar un claro mensaje: “Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos”. Puede que la guerra no sea más que una herramienta o ejemplo extremo utilizado por el director para decir: “cuidado”.

Cuidado”, porque lo que aparece escrito en los libros de historia es el enfrentamiento entre países: el bando bueno (en el que se incluye a Francia) y el malo, los enemigos, los alemanes —entre otros—.

Supuestos enemigos que ni una sola vez aparecen en la diégesis de la película. Incluso en ese momento de tensión y de temor a que aparezcan los alemanes, cuando un soldado es obligado a acercarse a la cima de la colina y de la injusticia; cuando se hace creer al espectador que el soldado francés ha sido capturado o asesinado por los “malos”, y por eso tarda tanto. Momento clímax en el que una música alarmante y el miedo a que aparezca el enemigo enredan un nudo en la garganta del espectador. El mensaje subyacente de Kubrick sale a relucir en esa escena, cuando el coronel Philippe, cubierto de cobardía, lanza la granada, asesinando a su propio soldado y huye del lugar. Cuando se muestra quién es el verdadero enemigo.

Esta pregunta subyacente se va respondiendo a lo largo de la película, pero un segundo clímax llega en la escena final; en un bar, cuando decenas de soldados franceses, hambrientos de una ligera ráfaga de feminidad, lanzan sucios piropos a la frágil chica alemana, supuesta perteneciente al bando de los enemigos cuya voz convierte la escena en una catarsis.

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Este instante funciona como una cura, tanto para los soldados, que dejan de comportarse como unos salvajes y caen en su cruda realidad, como para el espectador, que pasa de sentir repulsión hacia esos hombres intimidadores de la cantante, a sentir lástima por ellos y su situación. Pero no de los personajes presentes en dicha escena, sino de la suerte de aquellos millones de soldados que, de un bando u otro, fueron víctimas de sus propios dirigentes.

Esta escena, como uno de los mejores finales de la historia del cine, no responde a la principal pregunta subyacente de la película; no responde a “quién es el verdadero enemigo”. Sin embargo, sí responde a “quién no es”. Es curioso cómo una canción alemana, saliendo de las cuerdas vocales de una mujer alemana, es precisamente el golpe que necesitan esos pobres soldados franceses para para dejar entrever que son, en realidad, seres sensibles; hombres que solo desean volver a casa con sus familias; individuos que acaban de darse cuenta de que, por mucho que acaben ganando la guerra, son víctimas de los mandamases; tanto de los de un bando, como de los del otro.

Pero no es la única escena indignante en una película que se retuerce en la contradicción, exprimiendo la rabia del espectador, aún más cuando se pide a los condenados a muerte que dejen de protestar, de luchar por sus vidas, de llorar. Que asuman que van a ser fusilados y dejen este mundo con dignidad, que se rindan. “Rendirse”, precisamente la misma palabra por la que se les condena a morir. Y esta rabia crece exponencialmente cuando, en el momento de la ejecución de los tres inocentes, uno de los ejecutores —el coronel Philippe Paris— es culpable de aquello por lo que se condena a los soldados.

Pero, a pesar de su vileza y cobardía, el peso de la furia del espectador no recae únicamente en el coronel Philippe; se centra en aplastar moralmente a los dos mandamases con más poder; los generales George Broulard y Paul Mireau. Existe entre ambos, para colmo, una disputa de maldad; de quién de los dos es más vil. A lo largo de la película, uno se da cuenta de que no es quien parecía serlo: no es el general Paul Broulard, con la cicatriz en su rostro deliberadamente resaltada por Kubrick y con sus atroces acciones, algunas de ellas mencionadas. Ni siquiera entre ellos, el más “malo” es el que lo aparenta; realmente, el impulsor de la misión suicida que da lugar a la película y el hombre que mira para otro lado cuando es consciente de cada decisión injusta, es el simpático, bajito y regordete coronel Mireau.

Se trata, por tanto, de una rima entre dos dirigentes viles que ya engañan desde el inicio de la película, pareciendo más malo el que no lo es tanto, y la pregunta que subyace a ella —¿Quién es el verdadero enemigo?— que hace referencia a los gobiernos, dictadores del fatal destino de sus propios ciudadanos, pero que les convencen de que los “malos” son los otros.

Escribe Irene Mollá

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