Sobre la pretensión en el cine y otros vicios

  18 Julio 2016

todo-pocilgaA lo largo de mi carrera como crítica de cine he pasado por muchos festivales donde una ve de todo, y no sólo me refiero a las obras, que las hay mejores y peores, sino a todas las personas que forman parte del festival: los organizadores, invitados, jurados y, cómo no, el público.

Este último es, al fin y al cabo, el receptor final de todo el trabajo de los cientos de profesionales que sacan adelante una obra, un festival o una simple proyección. El público va a tener la última palabra, su reacción va a ser el premio o la desilusión del director, y de ese poder inmenso y a veces inconsciente en muchos de los espectadores algunos se benefician, usándolo como metralla para descargar y dinamitar contra cualquier blanco fácil.

Quizás sea que no se aprecian las cosas cuando se adquieren fácilmente, quizás que el espectador está atascado en una narrativa que pasó de moda, quizás cueste admitir la evolución de un cine vivo, quizás el conservadurismo se quiera imponer en las artes maquillándose de falso progreso o quizás simplemente se ve todo con más claridad desde las alturas de la cabina de proyección…

Pero hay circunstancias en las que una querría tener un poco menos de educación o saber estar para responder a algunos de los pretenciosos que de vez en cuando se pasean por las salas de los festivales de cine con la única intención de ver qué pueden criticar, cómo pueden presumir de su exquisito gusto por el cine independiente de los 50 y de sus conocimientos en política y sociología contemporánea.

Pongamos la siguiente situación: un joven director alemán llamado Jakob Schmidt presenta un cortometraje llamado Gewitterzellen (Storm cells) y que, a mi juicio, estaba muy por encima de la media con respecto al resto de los cortometrajes a concurso. Esa, sin embargo, no es la cuestión; lo que aquí me interesa es destacar a ese señor que se sienta en la última fila y que sin ningún pudor, comienza su discurso en un alemán perfecto. Claro, ante esa situación, sólo el sr. Schmidt le entiende. Al principio está contento de que alguien hable su idioma, pero después su cara cambia de expresión, algo le incomoda. El señor sigue hablando, parece una pregunta difícil, interminable. La traductora se pone nerviosa y trata de cortar al señor de la última fila, que muy calmado y levantando la mano en señal de stop le dice “tranquila, ahora lo digo en español”.

Preferiría que se hubiese ido la luz en ese momento a dejar que este señor empezara a traducir su pregunta, viéndolo regocijarse en su ego; pero la luz no se va y el señor de la última fila suelta lo siguiente “le he manifestado al señor Jakob lo mucho que me desagrada que ya no se haga cine conceptual de contenido político al estilo de Pasolini en lugar de oscuras neuras y traumas personales. Todo el cine que veo ahora sigue ese modelo que detesto”.

Sí, posiblemente Pasolini también lo detestara a usted, por ser de ese tipo de personas estancadas en un ideal incapaces de aceptar el cambio. Posiblemente Pasolini no viviera una época donde, gracias a Dios, manifestar nuestros ideales abiertamente sin esconderse en simbolismos ya no sea perseguido. Posiblemente Pasolini hubiera sentido la misma vergüenza ajena que sentimos los ahí presentes al oír un comentario tan fuera de lugar, tan pretencioso, tan falto de tacto y tan narcisista.

todo-jakobJakob Schmidt no supo qué contestar, el señor seguía repitiendo su pregunta, complicándola cada vez más, pero diciendo lo mismo; miraba al director como si no entendiera nada, como si fuera un inculto…

Mire, señor de la última fila, quizás en los círculos donde usted se mueve hablar de Pasolini y su cine poético conceptual suene muy sofisticado pero un festival internacional de cine no es el lugar más adecuado para dárselas de intelectual porque sí, conocemos la obra de Pasolini, y si nadie le respondió fue porque no dábamos crédito al ridículo que estaba haciendo. Por cierto, si tanto conoce al director sabrá que Pocilga (Porcile, 1969) es una obra tan cruda y realista que me extraña que entre en los cánones de su idealizado cine conceptual.

Por desgracia el señor de la última fila no es el único que provoca ese tipo de situaciones incómodas e improductivas. Veamos otro ejemplo: los brasileños Andre Meirelles y Nara Sakare presentan su cortometraje Cylene, el cual destaca por su transgresión, al poner a una actriz principal que es a la vez la voz narradora y que mira a cámara continuamente para hablarle directamente al espectador. Hay mucho que preguntar a nivel técnico, todo él, sus planos, su escenario o su estética son interesantes para debatir. Pero a la señora pretenciosamente progresista del público le parece más interesante cuestionar que el personaje de Cylene, una criada de clase baja que trabaja en una casa de señores burgueses paulistas, le parece poco creíble al ser de tez blanca y no negra, tal y como ella considera que debe ser, aparentemente, todo criado en Brasil.

El sr. Meirelles y la sra. Sakare le dicen educadamente que el cortometraje cuenta la historia real de la abuela de ésta y que el tema de la pobreza en Brasil no es una cuestión de razas sino de clases; pero a la señora aparentemente progresista le apetece seguir insistiendo en una cuestión que no sólo no encaja en un debate sobre asuntos cinematográficos, sino que insiste en que el color de la piel es decisivo en la separación de clases en un país del que probablemente no vaya a saber mucho más que lo que ha leído o conocido en su mes de vacaciones veraniegas, si sigue teniendo la capacidad de escucha que demostró en su bochornosa intervención.

Por triste que parezca, situaciones como estas se repiten con bastante frecuencia en festivales, charlas, programas culturales, ponencias o muestras de cine. Ante tanta pretensión hay veces que una agradece preguntas tan inocentes como “¿la chica desnuda que el personaje protagonista observaba a través de sus prismáticos es una actriz o es tu vecina de verdad?”.

Escribe Gala Gracia

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