Mud (Mud, 2012)

  01 Diciembre 2013

Aquellos maravillosos años 

mud-10El adentrarse en un río en busca de no sé muy bien qué, el conocimiento del amor, un mundo que se resiste a desaparecer, un hombre perseguido con un pasado a cuestas, dos adolescentes que aprenden a ser hombres, una mujer fatal todo ello tiene cabida en este mágico filme de Jeff Nichols, uno de los directores más importantes pescado en la aguas revueltas del cine independiente americano, como lo atestigua junto a esta su última película, las dos anteriores y únicas que ha realizado, Shotgun stories (2007) y Take Shelter (2011), todas ellas escritas por él mismo y con fotografía excelente de Adam Stone.

No tan lejos como se podía esperar de Take Shelter, su obra anterior, Mud también habla de trabajo, de la tierra cultivada (en este caso del río y de lo que se produce) como forma de sustento, de un peligro que se cierne sobre los personajes, de una misión que cumplir. Y, también, de unos niños, o de unos adolescentes que miran y aprenden a vivir repitiendo otras historias en las que han bebido, compartiendo otras que vienen de lejos y que cuentan y se cuentan en todas partes.

Es la vida que fluye como las aguas del río inmenso que parece traer y llevar leyendas, que esconde en el allá aventuras casi imposibles y que incluso abraza casas, símbolo del pasado, que parecen haber nacido en sus orillas. Un mundo mítico que tiende a ser destruido por la llamada de la ciudad, el imperio de la ley que exige regular todo. Eliminar los vestigios de un pasado sustituyéndolo por un presente cotidiano, vulgar.

Realidad y magia se juntan en esta película que cruza, ata y desata diversos géneros cinematográficos y literarios con destreza.

No hay una isla del tesoro, pero como si la hubiera en ese transitar de unos adolescentes en busca de sus preciados tesoros en un islote, donde encontrarán la aventura de su vida, la que les marcará para siempre. Un isla donde habita un extraño Robinson que ha vuelto en cumplimiento de una promesa, de una fidelidad, de un encuentro alargado en el tiempo, fiel al amor, casi eterno, de una mujer que vuela hacia otros lugares en busca de comodidades, de riquezas.

El mundo de la ciudad y del río, el de las luces engañosas y el de la tradición. El de la aventura libre, el de un mañana que no se sabe si existirá, el de lucha por la subsistencia, frente al otro donde se tiene, es un decir, de todo, donde el individuo deja de serlo para convertirse en colectividad.

Todo es posible dentro de la aventura, todo, porque las aventuras forman parte también de sueños fantásticos. Por eso allí en la isla, en la copa de un árbol, alguien vive en una barca que ha ascendido hasta allí arriba: una casa, en definitiva, que también puede semejar a la de un Tarzán selvático. Porque Mud, incluso, también sabrá moverse entre lianas.

Una barca varada en un árbol, que quizá, vaya usted a saber, fue llevada allí por un inmenso temporal y que ahora hay que bajar para que Mud pueda llegar a la civilización y marcharse feliz y contento con su imposible amor. Tan imposible como que los tiempos vuelvan a ser lo que era, como que Mud siga siendo, salvo en las historias que los niños y adolescentes se seguirán contando convirtiéndose en protagonista de lo que relatan, ampliando y adornando lo que probablemente fue algo más simple.

El filme de Jeff Nichols, el tercero que realiza (sólo tiene 35 años), en principio puede parecer sencillo, pero es complejo en sus múltiples derivaciones, en el trazado de sus diferentes personajes, en el interrogante que van generando las diversas historias que se cruzan y que, como bien han apuntado algunas críticas, nunca sabremos si son reales o han sido creadas por la mente del protagonista adolescente.

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Mud comienza con el río, con dos adolescentes en una lancha, al amanecer, saliendo hacia la isla cercana. Un inicio que se abre a más personajes y más historias como la de los padres de Ellis, el adolescente protagonista a punto de separarse: él, el marido, fiel a su mundo en esa casa que se deshace, casi una reliquia, de las últimas que quedan sobre el río, dedicado a pescar a vivir de su trabajo, y ella, la mujer, queriendo marcharse a la ciudad para vivir en una señora casa. El marido opta por la tradición y el pasado, la mujer por el futuro donde los individuos ya han dejado de existir. Y, por tanto, la aventura. Se pasa del uno, del individuo, a la colectividad. La muerte, en definitiva, de un mundo.

Y junto a los padres divididos, otros habitantes del rio que se niegan a morir como el tío del otro adolescente cogiendo imposibles —o posibles porque en el mundo de la aventura todo es posible— ostras con perlas gigantes, que obtiene de sus inmersiones, enfundado en complejos trajes de buzo que él mismo se va construyendo.

Como todos los habitantes de ese mundo en declive, ese personaje saca cosas, las construye de la nada, con objetos de desechos. Al igual que Mud desea poner su barca varada en funcionamiento, una vez en tierra (bajada de lo alto con complicados procedimientos ideados personal y manualmente), gracias a aquellas cosas aparentemente inservibles que encuentra o le traen del pueblo los dos adolescentes: hélices, motores…

Allá en la isla, el misterio de la barca en el árbol, de unas pisadas, de la existencia de alguien. Del encuentro y amistad de los adolescentes con el vagabundo que ha vuelto a su pueblo en busca de su amor perdido una y otra vez. No todo es tan fácil porque Mud es reclamado por la justicia y perseguido por una familia ricachona con matones a sueldos.

Mud, película y personaje, tiene sus secretos, como el pozo de las serpientes o la mujer que ama, y que idealiza, o como su propio pasado, nunca claro siempre oculto, entre historias de ayer que hablan de perseguidos, hombres solos luchando contra el destino, héroes de un pasado que quiere ser borrado. Mitos, en definitiva, que forman parte de leyendas que se cuentan adolescentes soñadores, en un intento de aprehender, revivir un mundo desaparecido donde ya no hay sitio para las aventuras, ni las escapadas a mundos fantásticos.

Por entre las imágenes de la película se escapan ecos de otras narraciones literarias,  fílmicas y pictóricas acordes con la tradición americana y que entroncan con el espíritu que embarga a los personajes ideados por Jeff Nichols, autor total de esta obra que nos asombra, sugiere y deleita.

Por allí, por el gran río Mississippi, se mueven los adolescentes en su viaje iniciático, como un día lo hicieran Tom Sawyer y Huckleberry conducidos por la pluma de Mark Twain o el Robinson Crusoe explicado por Daniel Defoe.

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Cualquier obra actual, venga de donde venga, no es pura, está sujeta al recuerdo de otras que toman posesión de nosotros y reconducen nuevas obras, tan bellas e innovadoras como las primigenias, que a su vez lo probable es que también se encuentren contagiadas de hasta quizá ancestrales relatos o realidad perdidos en la noche de los tiempos.

Si hay rastro literario en Mud, el cinematográfico también existe, amplio y heterogéneo mecido siempre por relatos de crecimiento iniciático de jóvenes en busca de su madurez y, por tanto, en cuanto emisores de la trama, envueltos en aventuras de seres valientes, huidizos, perseguidos, distintos. La unión entre unos y otros, entre realidad e imaginación para reproducir en sí misma otras existencias.

Sus imágenes se ilustran y se impregnan de la grandeza de los clásicos, como pueden ser un Ford o un Hawks en su trasunto narrativo, pero sin dejar a un lado el recuerdo de títulos concretos, tales como Cuenta conmigo de Rob Reiner, Un mundo perfecto de Clint Eastwood, La noche del cazador de Charles Laughton, Raíces profundas de George Stevens…

Todo es posible en esta historia de los adolescentes enfrentados al peligro… de vivir. Ellis y Neckbone tratando de entender el mundo que habitan y lanzados hacia un futuro no muy claro. A lo mejor todo lo que vemos no ha existido más que en la imaginación de Ellis, empeñado en crear un ser con el que identificarse.

En este sentido, sería coherente ese final imposible en el cual Mud ha logrado salir victorioso de la cacería de que ha sido objeto gracias a su amigo-padre, ese personaje secundario pero importante en el relato interpretado por Sam Shepard. De ahí las sucesivas propuestas antefinales de un final que nunca es final y que concluye con la supervivencia de una leyenda: la imposibilidad de la muerte del vagabundo-héroe solitario.

Avocados uno y otro, Ellis y Mud, a los mismos peligros, sus existencia se reflejan unas en otras. La adolescente que enamora a Ellis es un claro reflejo del amor desesperado, y eterno, roto, descompuesto y vuelvo a engarzar, de Mud hacia Juniper, la culpable de gran parte de sus problemas. La adolescente por la que se siente atraída Ellis, al igual que Juniper, se acerca y se distancia, juega con el personaje sabiendo que siempre lo tendrá ahí pero nunca dispuesta a quedarse con él. Bello gesto de entendimiento, en las escenas finales, de la chiquita a Ellis en la ciudad, después de haberle rehuido en unas escenas anteriores.

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Hay más elementos de unión entre Mud y Ellis, como es la mordedura de la serpientes. La de ayer a Mud, su peligro de muerte y el vivir siempre sabiendo que una nueva picadura (¿del reptil?, ¿de la vida?) ya no tendrá antídoto posible.

Al fin y al cabo, todas las historias que rodean a la principal transitan por el mismo mundo de reflejos, de historias parejas, de insatisfacciones, relaciones difíciles de pareja, dificultad de elección o imposiciones de forma de vida.

La narrativa de Jeff Nichols es excelente. Brillante es la progresión del filme, la forma en que mezcla sus ideas, en que sugiere mundos reales o imaginarios, presenta la muerte de un mundo a manos de otro o entronca sus imágenes con la vitalidad propia de un western urbano, tal cual es el caso del tiroteo final, donde la aventura, la amistad y el paisaje, en una historia de búsqueda y venganza. Sobre ello, la libertad de cada uno, aplastada por la imposición de una ley y un orden que niega unas determinadas formas de vida.

Si Take Shelter era una película compleja, Mud también lo es, bajo su apariencia de sencillez, de una simple narración de aventuras. Por ello, por su aparente, sólo aparente, simplicidad, quizá se llegue a no dar la importancia debida a una gran película, olvidando, una vez más, las múltiples sugerencias y caminos que plantean el filme, desde su estructura, tempo, espacio y los variados personajes que ilustran un mundo a punto de desaparecer. Nuestro mundo. Un mensaje no tan lejano al de la anterior película de Jeff Nichols

En Cannes gustó, pero el jurado pareció no fijarse en ella en pos de otros títulos que sonaran a más trascendentes. Tampoco, lo normal, es que los señores de los Oscar se fijaran o se fijen en ella. Es su problema. Eso mismo ha ocurrido muchas veces en la historia del cine.

Un ejemplo, en su momento en muy pocos sitios repararon en la grandeza de la que es sin duda una de las grandes obras maestras del cine de John Ford, Centauros del desierto (The searchers, 1956). Hoy es un clásico, una obra maestra. Ese hermoso filme de Ford, como otros de los suyos, nos hablaba, entre otras muchas cosas, de la soledad de los hombres del oeste. De la dificultad de encontrar su casa. En cierta forma Mud también habla de ello. Y como el filme de Ford, quizá, dentro de unos años, Mud sea una obra clásica del cine.

Escribe Adolfo Bellido López

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