‘Hannah Arendt’ de Margarethe von Trotta

  17 Julio 2013

Pensar es una tarea solitaria 

hannah-arendt-4Hannah Arendt, Heidegger, Margarethe von Trotta... Suficientes ingredientes para conseguir un producto abstruso, hermético, plúmbeo incluso. Y nada de eso. Hannah Arendt es una película luminosa, cristalina. No es necesario ser un iniciado para penetrar en el debate que en ella se plantea, y hay que ser muy opaco para no caer rendido ante la fascinante personalidad de la filósofa que la directora nos muestra. La de Arendt y la de todos los personajes que la rodean.

La epidermis de la película la constituye el problema del mal emanado del juicio a Adolf Eichmann, artífice, uno más, del holocausto judío. Pero la película va mucho más allá. Por debajo de lo inmediato laten algunas líneas de fuerza que articulan el auténtico entramado del relato.

La más importante gira alrededor del problema de la fidelidad, centro de gravedad que unifica la mirada y acerca a los personajes.

En efecto, Eichmann y Arendt son dos manifestaciones de ese culto a la fidelidad, pero lo son cada uno a su manera, como dos rectas que, proviniendo de lugares distantes, se cortan en un punto y continúan su camino en una divergencia infinita.

Eichmann hace de la fidelidad al Führer su razón de ser. Su honor es su fidelidad, proclama en el juicio. Pero esa actitud es justo la que Arendt repudia en tanto que ignora el pensamiento, lo único que merece reverenciarse. Por encima incluso de la figura de Heidegger, en quien reconoce algo más que humano como objeto de su admiración, si bien al hacerlo está rindiendo el mayor de los homenajes posibles al hombre Heidegger, en tanto que vehículo de lo más noble que pueda existir. Arendt es fiel al pensar, y en ese gesto es fiel a su maestro.

Sin embargo la fidelidad de Eichmann es, a ojos de Arendt, la peor de las traiciones, la sumisión a un ídolo que no merece ser adorado, el refugio en una masa que indica un camino y que nos libera de la tarea de pensar. Un pensamiento que se torna colectivo, y en esa medida se desnaturaliza, desaparece. Pensar requiere de la soledad, como Heidegger enseñó, y como la propia Arendt repite hasta en las formas a través de esos paseos por los caminos del bosque (Holzwege, claro) que tan gratos eran al maestro y que no conducen a ningún lugar físico, en todo caso a la tarea que nos es prioritaria.

La soledad del pensamiento es la que obliga y es también la que amenaza. Amenaza incomprensión, una incomprensión que, una vez más, se refugia en la masa, en los lugares comunes, en lo preestablecido. Los ataques que Arendt recibe calcan en el fondo la actitud de Eichmann en tanto que representan el refugio, en este caso en las directrices que fija una comunidad, que libera de la labor del pensamiento, la única a la que no podemos renunciar so pena de perder nuestra condición de humanos.

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Y es ahí, justamente ahí, donde arraiga la demoledora crítica de Arendt a Eichmann. La banalización del mal, a diferencia de lo que los críticos le achacaron, no es una disculpa al jerarca nazi, sino la constatación de que, al ampararse en unas pautas que evitaban el ejercicio del pensamiento individual, se degradaba hasta un nivel subhumano, renunciaba a los valores morales y a las categorías estéticas, se convertía en un no-hombre. Incluso quienes ejercen el mal como fruto de la deliberación interesada, quienes encuentran una razón para el horror, conservan los rasgos humanos que Eichmann perdió. Y no sólo Eichmann.

Todo esto, como decíamos, está contado con una brillantez y una fluidez asombrosas. Pero con todo no es lo mejor de la película. Los mejores momentos habría que buscarlos en aquellos en los que aflora la duda, cuando las convicciones flaquean, cuando los sentimientos asaltan la fortaleza del pensamiento.

Ocurre en diversas ocasiones: en el momento en el que Eichmann se encuentra ante la posibilidad de asesinar a su padre; cuando Heidegger, mayor y gastado, reconoce su debilidad frente a los nazis; cuando Hannah Arendt le suplica un salida que le salve; cuando ella misma necesita los besos para seguir pensando; cuando contra su costumbre enciende el cigarrillo antes de la conferencia en la que se explicará; cuando el amigo se resiste a pensar aunque el pensamiento le obligue; cuando el amor por Heidegger es la verdadera losa que impide la reconciliación con su viejo compañero.

Y hay sentido del humor, y existe una hiriente visión de lo que va de Europa a Estados Unidos. Y hay, sobre todo, una película encerrada en ésta. Una película que asoma incontenible, irremediable. Sí, claro, la de Martin Heidegger. Si alguien es capaz de hacerla con la entrega, la delicadeza y el rigor con los que ésta se ha hecho nos aguardan momentos de intenso disfrute.

Escribe Marcial Moreno

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