Skyfall: precipitación, decadencia y regresión de 007

  02 Mayo 2013 Será un placer M. Será un placer”

skyfall-10Con estas palabras concluye Skyfall (Sam Mendes, 2012, GB-EEUU), la última película del agente Bond (Daniel Craig). La citada frase es la respuesta de Bond a la pregunta de M, su jefe directo. Una pregunta dirigida a confirmar que 007 no ha perdido la convicción y la confianza necesarias para el desempeño de su trabajo. Una pregunta que muchos empleadores quisieran hacer abierta y permanentemente a sus empleados.

Una respuesta que todo empleado quisiera dar espontánea y sinceramente en cualquier momento. Un juego de escudriñamiento mutuo que bien podría pertenecer al puro orden de los deseos, tal como el mundo de Bond pertenece al de las proyecciones fantasmales de la cinematografía.

En cualquier caso, la citada frase reflejaría la mítica conjugación entre el orden del trabajo asalariado moderno y el del deseo, bajo la igualmente mítica fórmula de un trabajo deseado. Cual superación dialéctica de la enajenación producida por el trabajo servil, la figura de Bond se erigiría aquí como el soporte iconográfico de la proyección ideal de una particular forma de eficiencia laboral. Eficiencia que bien podría denominarse patética (1), toda vez que cierto tono melodramático acompaña la narración y la puesta en escena de este Bond eficiente, heroico y, por sobretodo, vulnerable.

En efecto, Skyfall es la tercera película en la que Craig interpreta el personaje de Fleming y en esta ocasión lo hace a través de un guión que mezcla en distintas proporciones las estrategias narrativas de un cine de acción con las de uno de corte dramático. La principal figura cinematográfica elegida para desplegar este híbrido de acción y drama es la de la caída.

Caída que, primero, vemos aparecer como precipitación: culminando la primera larga secuencia introductoria, esa en la que Bond persigue —como ya es habitual— acrobáticamente al villano de turno y que se despliega, a su vez, a través de las convenciones narrativas del cine de acción, le vemos caer al vacío y sumergirse en las aguas torrentosas de un río que lo lleva a precipitarse por una catarata.

Luego, en un segundo momento, reaparece en una forma un tanto menos espectacular y más oscura, a saber, como decadencia: el paso por el mundo, literalmente, subterráneo de la agencia de espionaje —el MI6— junto a una cierta ralentización del relato, sirven al propósito de sumergir, esta vez, al propio espectador en la experiencia de la merma de las capacidades físicas y mentales de Bond.

Finalmente la encontramos, en un tercer momento, de la forma menos obvia y más compleja: como regreso al origen (o regresión si se quiere destacar el tono psicológico que desarrolla en esta parte el relato al enfatizar la ambigüedad contenida en la relación semiparental que mantienen Bond y M), al lugar de la infancia, a la hacienda abandonada de la familia Bond: a Skyfall.

No obstante, de las tres formas que adopta la caída: como precipitación, como decadencia y como regreso/regresión, sería esta última la que mejor se avendría con el carácter melodramático que emergería en esta última cinta del súper agente. El reencuentro con una parte de su pasado familiar, la parte más desconocida de Bond para los demás —más no para su empleador—, permitiría al espectador identificarse de manera más íntima con este mítico personaje y, de paso, lo acercaría al nunca del todo discernible umbral que separa la pura ficción de la pura no ficción.

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En efecto, pues, si algo cabría destacar del éxito de Bond entre las masas que no sea el mero plot con todas sus acrobáticas secuencias de acción e impresionantes paisajes, es todo aquello que se lee entre líneas, aquello que se sospecha y se supone de Bond. De acuerdo a esto último cabría afirmar que, más que de agentes, las de Bond son cintas de espectadores-detectives que desean saber quién fue y quién es 007: este particular empleado incapaz de establecer lazos sociales o familiares como no sea con su propio empleador.

El MI6 resulta ser, en este sentido, la metáfora ideal de algo que podría denominarse la empresa total (2).

Un lugar en el que el trabajo asalariado se convierte en razón de ser. El breve paso por el interior de sus instalaciones, el breve periplo de su destrucción y reconstrucción, el mini tour a través de sus modos de reclutamiento y preparación nos ofrecen un interesante paralelo con aquellos modos de selección y adiestramiento del mundo laboral real en el que las pruebas de rendimiento, la psicologización del personal, la medición de parámetros, etc., conforman un universo que contribuye a reforzar la analogía entre el agente y el empleado, aun cuando Bond emplee, a veces, cierto tono patriótico para enfrentarse a cierta problematización de su trabajo; tono que se debilita, empero, cuando resuena el eco del extremo pragmatismo que rodea la empresa del espionaje estatal y que se ve reflejado, por ejemplo, en el permanente celo con el que el MI6 controla los gastos de su hijo/empleado.

Interesante es ver, por otra parte, la manera en la que Mendes integra y contrasta ciertos elementos fundamentales y los convierte en un medio para articular una especie de relato y retrato psicosocial del empleado moderno. La vasta presencia del agua (el río, el océano) del aire (el cielo), del fuego (las llamas) y de la tierra (el subterráneo) haría de Skyfall un film elemental que se sirve, entre otras cosas, del contraste entre luz y sombra, entre desolación y compañía, para expresar el particular patetismo heroico presente en esta cinta de Bond.

Dos de las escenas claves, la de la isla abandonada e iluminada por un sol inclemente (metáfora de una luz desoladora) y la de la casa familiar abandonada en medio la campiña británica ya entrado el crepúsculo (metáfora de una sombra desoladora) muestran, a su manera, un Bond cargado o, mejor dicho, recargado emocionalmente para los tiempos de la eficiencia y de la competencia laboral. Tiempos en los que, por lo demás, no hay lugar para el patetismo de ningún tipo de (di)sentir particular.

Tal vez sea este mismo patetismo el que podría explicar, en parte, el éxito de esta nueva entrega de la saga Bond. La recarga en clave patética de 007 vendría a ser, al mismo tiempo, la descarga empática de un público inmerso en una red de relaciones de eficiencia en la que el fantasma de la empresa total, esto es, la amenaza de tener que vivir para trabajar en lugar de trabajar para vivir, recorre los espacios del mundo laboral moderno. En Skyfall vemos este fantasma encarnado en Bond quien, en un gesto más propio de un zombi que de un ser humano, termina por responder a su empleador que su próximo trabajo será un placer.

Escribe Carlos Novoa Cabello (3) 

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Notas

(1) Patético en el sentido de impresionar y llegar a ser sentido de manera especial.

(2) Total en el sentido de abarcar —o al menos intentarlo— el amplio espectro de la acción humana: tanto su dimensión pública como privada.

(3) Magister en filosofía, ciencias cinematográficas y ciencias de la educación (Freie Universität Berlin / Universidad Libre de Berlín, Alemania). Profesor de filosofía (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Santiago de Chile).

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