Fallas 37: El arte en guerra, de Óscar Martín

  15 Marzo 2013

Un documental explosivo 

Fallas_37_0Óscar Martín (Aranda de Duero, 1973) es una de esas personas de las que puede decirse que viven por y para el cine. Técnico docente de Comunicación Audiovisual en la Universidad Jaime I, director y productor en Xerea films, tuve la ocasión de conocerlo gracias a un hecho en apariencia anecdótico: fue gracias a un evento organizado en una red social, cuyo objetivo no era otro que el de salvar una de las pocas salas de cine que programaban versiones originales en Valencia.

Su implicación me llamó la atención, y no pude menos que seguir su trayectoria intelectual y vital, primero con curiosidad y después con admiración y respeto.

Esa implicación era el reflejo de toda una manera de entender el cine como elemento socializador , vertebrador y lúdico  —Óscar es devoto de las salas antiguas, de los cines de barrio donde las familias obreras saciaban sus ambiciones estéticas, su afán de aventuras y sus ganas de ver mundo—, pero más allá de esos aspectos, definía también su interpretación del cine como trinchera, como elemento de propaganda y agitación, como vector de otras manifestaciones artísticas cuyo mensaje se multiplicaba al ritmo de 24 fotogramas por segundo.

Desde esta perspectiva es posible comprender tanto su primer largometraje, Celuloide colectivo: El cine en guerra (2009) —un documental que narra cómo se llevó a cabo la socialización de la cinematografía en la guerra civil y cómo se cubrió el conflicto, informativamente hablando, desde ella—, como el cortometraje que nos ocupa, Fallas 37: El arte en guerra, una joya minimalista cuyo alcance, a pesar de su nombre, trasciende los consabidos localismos falleros.

En efecto, Fallas 37 habla de una época social, militar y políticamente convulsa, pero también de una etapa en la que —como siempre tardíamente en España— arribaban los ecos de los manifiestos artísticos que se habían prodigado en Europa desde cincuenta años antes.

En ese sentido, el documental narra cómo Josep Renau, el gran artista gráfico famoso por su faceta cartelista y después (sobre todo en el exilio) muralista, elaboró un manifiesto sobre las fallas, en el que se reivindicaba la fiesta no sólo por su potencial propagandístico, sino también por su función crítica social y que acabó, por iniciativa del propio Renau y la inestimable colaboración de los artistas falleros, casi todos cenetistas, por impulsar la construcción de cuatro fallas antifascistas financiadas por el Gobierno de la República.

El documental muestra, en un trabajo de arqueología reconstructiva digno de encomio —dado que esas fallas no llegaron nunca a plantarse— el aspecto que hubieran tenido los monumentos, mientras la voz pausada de José Sacristán desmenuza paso a paso cada uno de los elementos de su feroz crítica antifascista.

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Uno de los aspectos más destacables del filme es la comparativa entre las fallas republicanas y nacionales (plantadas nada menos que en Toledo), donde se ve a las claras la falta de finura intelectual y crítica de las segundas, quizá por el hecho de no contar con verdaderos artistas entre sus filas.

Con todo, el mensaje profundo del filme parece claro: la Victoria (que no la paz) trajo consigo la disolución del espíritu crítico de las fallas, que se plagaron de motivos religiosos y elegíacos, además del exilio y la diáspora de la mayor parte de los artistas e intelectuales que habían contribuido a su creación y a la reinvención de la fiesta: éste es el motivo que explica la profusión de fiestas falleras por medio mundo, especialmente en Sudamérica.

Toda vez que Óscar Martín ha sido lo bastante inteligente como para no establecer comparaciones odiosas, quien esto suscribe no se resiste a ver en aquella debacle el origen de alguno de los males actuales que aquejan la fiesta: el talante generalmente conservador, la complacencia con algunos poderes locales antes que la crítica y el escarnio y la sacralización excesiva de sus postulados, en su origen muy vinculados a ritos paganos.

Este documental, cuyo único pero es su cortísima duración —apenas 19 minutos que nos dejan con ganas de más— es además de interesante, necesario: muestra cómo una expresión cultural popular puede ser revolucionaria y transformadora, no ya tanto por el descontento que sugiera, como por el fomento de una imaginación satírica y explosiva, que pone en la calle el espíritu crítico de unos ciudadanos siempre acusados de desafección política.

Escribe Ángel Vallejo

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