Adiós a Théo Angelopoulos

  30 Enero 2012

Ese otro cine 

Angelopoulos-1El pasado martes 24 de enero fallecía en Atenas Théo Angelopoulos. La noticia de su muerte ha tenido un discreto eco en el mundo de la información, probablemente porque el presente quiere un poco menos a los cineastas que no persiguieron nunca el gran público. La resonancia del luto nos llega desde el mundo del cine, donde los lamentos por la marcha del autor conciernen también a la sensación de una pérdida mayor; la de un cine diferente. Tenía 76 años y medio siglo de cine a sus espaldas.

Galardonado con la Palma de Oro de Cannes en 1998 por la arrolladora La eternidad y un día, el reconocimiento internacional de Angelopoulos llegó con La mirada de Ulises (1995), película de consagración que se convertiría en una de las catedrales del cine europeo moderno.

Obsesionado con la filmación del tiempo y totalmente desinteresado por el concepto de síntesis, Angelopoulos experimentó con el argumento del viaje como figura retórica principal de su cinematografía, en la que también destacan Paisaje en la niebla (1988), El viaje de los comediantes (1975), El paso suspendido de la cigüeña (1991) o Alejandro Magno (1980).

Sus películas reconstruían paisajes lluviosos e hivernales, inciertos y oníricos, donde tenían lugar los capítulos del viaje del individuo por el tiempo histórico y el tiempo de la memoria. Su Grecia natal, patria eterna y omnipresente en las últimas preocupaciones del autor, siempre estuvo presente en su obra.

Aunque ésta no fuese amada por todos los públicos, lo que mejor defendió Angelopoulos fue su genuinidad, un estilo propio y sincero, comprometido e indudablemente único e irremplazable. No porque formase parte de cierta generación, no porque entre sus contemporáneos europeos el antihollywoodianismo fuese un valor genético, simplemente porque Angelopoulos fue un siervo de la imagen, en el sentido más estricto y auténtico que podamos entender de esta definición, y a pesar de todo.

Angelopoulos-3Había en el maestro griego ese valor intrínseco del artista que no aspira a tocar los límites del canon o del beneficio industrial, sino a entender su obra como el camino de regreso a uno mismo. “Es con mi cine con lo que logro volver a casa”, decía. En su servilismo hacia la imagen, en su talento enorme por el plano secuencia, encontramos una vuelta sobre los mismos pasos de los autores clásicos que construyeron los argumentos universales, los mismos maestros que, volviendo sobre la leyenda de lo humano, fueron hilvanando poco a poco el reflejo de la perpetuidad milenaria de la leyenda occidental y también la de su público. Angelopoulos fue fiel a esa verdad, y creyó siempre en la fuerza de la imaginación y en nuestro poder de evocación. Nada de lo que nos enseñó su paciente y potente mirada puede resultarnos extraño.

Su mirada registraba instantes documentales, grandes sucesos, celebraciones familiares, recuerdos y proyecciones, y la capacidad de captar lo grande y lo pequeño de un devenir siempre a la escala del individuo. Inolvidable ese Ulises encarnado por Harvey Keitel que desafiaba los surcos del tiempo para lograr el deseo nunca cumplido de bailar con su madre.

Los desdoblamientos temporales y multiplicidad de roles en un mismo personaje fueron un lugar común en su cine. La continuidad de las vidas y un extraño optimismo a veces difícil de concretar pero presente fueron claves en la factura simbólica de quien fue un maestro de la melancolía. “Los tres dones que la divinidad dio a los hombres fueron el viaje, la duda y la nostalgia, dijo alguna vez.

Algunos se empeñarán en recordarle como un cineasta aburrido por sus lentísimos planos, como si la velocidad fuese una virtud indispensable para amar el siglo XXI. El de Angelopoulos era un cine que vivía al margen, sin dependencias hacia la realidad veloz del audiovisual contemporáneo. Era ese otro cine mal comprendido pero verdadero, otro cine que sentimos que se termina un poco con embajadores del calibre y la sinceridad de Angelopoulos.

Angelopoulos-4Su nombre será siempre el privilegio de lo visual sobre cualquier otra consideración, el respeto por la imagen que tuvieron los hombres del siglo pasado, su veneración profunda hacia la entidad del plano “seres vivos, con respiración propia, en cuyo ritmo no se puede intervenir”.

Su poesía jugaba la carta contraria a la que dice que cuanto más veloz es lo que transcurre en el plano, más se atrofia nuestra capacidad de emitir juicios morales hacia aquello que vemos. La única imagen violenta que hallaremos en su biografía será la escena de su muerte. Es curioso y triste que fuera esa velocidad lo que acabó con su vida al ser atropellado mientras se dirigía a las localizaciones del rodaje de su última película, El otro mar.

El otro mar, un film que probablemente sea terminado por su hija Eleni y que contendría la preocupación del autor por la Grecia de la crisis. Su último protagonista fue probablemente el que más echará de menos su partida; esa patria amada que dejó de ser la cuna de la civilización para convertirse en el ejemplo doloroso de que esta Europa se muere.

Ese otro cine que nos supera en su capacidad por captar pensamiento y emoción, fue el cine de Angelopoulos. Un cine de estallidos simbólicos, de cadencias de profunda poesía, sorprendente en su capacidad de evocación y en su fuerza por generar instantes únicos. La belleza de sus comparsas fúnebres, de sus escenas de baile, esas reconstrucciones libérrimas de secuencias del pasado que nos hacían aferrar la eternidad caminando al lado de sus personajes.

Su talento poseía la manera de reconstruir el origen de la nostalgia que tenían Proust, Faulkner u Homero, y así supo plasmarlo en el legado que nos deja. Un cine comprometido con la filmación del tiempo, un cine que compartió con nosotros los grandes retos emocionales que supone el viaje de la memoria. Un cine a la búsqueda constante de la belleza. No la de lo atractivo o lo fugaz, sino la belleza arrolladora que surge al contemplar la permanencia de las cosas que llevan milenios impresas en el mundo. Un cine que nos regaló el tiempo de los recuerdos.

Otro cine, al fin y al cabo, que se deja de latir un poco con su partida hacia la eternidad.

Escribe Marga Carnicé

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