La ofensa (1973), de Sidney Lumet

  27 Noviembre 2011
Reflejos en espejos oscuros 

la_ofensa-1En toda filmografía que se precie encontramos algunos títulos injustamente olvidados o menos valorados que otros. Si hablamos de Sidney Lumet y nos referimos a películas como Una cita, Perversión en las aulas o Supergolpe en Manhattan con casi toda seguridad los menos versados en la materia tendrán dificultad en reconocer su autoría.

Es lo que ocurre también con La ofensa (The offence, 1973), un film que no está considerado como de los mejores de su director (la sombra de clásicos como Tarde de perros, El príncipe de la ciudad o Doce hombres sin piedad sigue siendo muy alargada), pero que es un título claro a reivindicar.

Vaya por delante un par de anécdotas dignas de remarcar: la película, de bajo coste y filmación reducida (se rodó en tan sólo un mes) fue un fracaso bastante considerable de taquilla, e incluso hubo países, como Francia, que tardaron la friolera de veinticinco años en llegar a estrenarla. Por otra parte, éste fue uno de los dos proyectos que Sean Connery impuso a la United Artists como condición para volver a interpretar a James Bond en pantalla (concretamente en Diamantes para la eternidad). El segundo fue una versión de Macbeth que no se llegó a filmar debido al fracaso en taquilla de La ofensa.

Quizás se trate de uno de los trabajos más ásperos de Lumet, habida cuenta de que estamos ante un drama psicológico en el que un policía asqueado de su horripilante trabajo debe investigar las muertes de unas niñas a manos de un sádico. Lo original de la propuesta radica en que aquí la investigación de los asesinatos es tan sólo un MacGuffin que permite al realizador mostrarnos en toda su crudeza la caída a los infiernos de un hombre inestable y carcomido por sus demonios interiores.

Basado en una pieza teatral de John Hopkins (El pacto de Berlín, Asesinato por decreto), que adaptó a su vez el guión del film, asistimos a una interpretación majestuosa de un inconmensurable actor, Sean Connery (quien ya había coincidido con Lumet en otra muy buena película, La colina, y que alcanzó su madurez profesional en la década de los setenta, con trabajos tan incontestables como El hombre que pudo reinar, de John Huston, o Robin y Marian, de Richard Lester), y así de forma paulatina vamos adentrándonos en la tortura interna de un individuo que ha vivido en sus carnes un sinfín de atrocidades que han acabado por desquiciarle.

El film se estructura en tres conversaciones bien definidas en las que interviene el personaje al que da vida Connery: primera, con el sospechoso material de los asesinatos infantiles; segunda, con su mujer; y por último, la que tiene lugar con el hombre contratado para investigar el incidente ocurrido en la sala de interrogatorios.

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Después de un acto violento en el que golpeará salvajemente a un presunto sospechoso (un soberbio Ian Bannen), el héroe hastiado de la función deberá enfrentarse a su familia, en la figura de una esposa que no le comprende y a la que desprecia continuamente; a sus superiores, destacando la brillante escena en la que se produce el interrogatorio al que es sometido por parte de un excelente Trevor Howard; y lo que es peor, a sus propios miedos y sentimientos.

El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son, dijo Protágoras y rubrica Sidney Lumet. Es difícil enfocar la mente humana, y el realizador británico no sólo lo consigue de manera literal sino que además es capaz de convertirlo en un ejercicio estético depurado y original, en parte ayudado por la moda setentera y los tintes que las técnicas de la época imprimían a las cintas.

La locura y el desvarío campan a sus anchas en una trama servida bajo un manto de violencia extrema, tanto física (la paliza que el protagonista propina al sospechoso, como psíquica (toda la parte que tiene lugar en el apartamento del detective Johnson, donde el maltrato verbal hacia su entregada mujer nos remite a clásicos como Los comulgantes de Ingmar Bergman o la más reciente La cinta blanca, de Michael Haneke).

Entramos en la película por trama policíaca, nos hace preguntarnos quién es el asesino y violador de unas pobres niñas, y seguimos las idas y venidas de el policía encargado de llevar a cabo la investigación. Al inicio, te preguntas si puedes estar ante una versión anglosajona de El cebo, de Ladislao Vajda. No, la cosa va por otro sitio. Los merodeos iniciales conducen sin remisión a la sala de interrogatorio policial, el confesionario.

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Es el monstruo manifiesto el único capaz de identificar al monstruo agazapado, latente y lleno de potencialidades que el otro guarda en su interior. Ahí está la confesión del monstruo manifiesto, ese que ya ha cometido los peores actos tabú. Es el código de estos monstruos, ¿cuántas reglas de lógica contranatural no encontramos en el mundo de los vampiros?, unos seres estéticamente más aparatosos pero también interesados en poseer niñitas.

La traducción del título es más que discutible. The Offence se conoce como La ofensa en España, propongo que los traductores de títulos vean las películas para encontrar el sentido justo de los términos, en este caso offence se refiere más a “violación de la ley o delito”. ¿Dónde hay una ofensa en la película, quién ofende a quien? Pero no nos engañemos, el título bien traducido resultaría pobre, por eso en Australia lo rebautizaron como Something Like the Truth y en Italia como Riflessi in uno specchio scuro, ¡qué importante es tener a mano un buen titulador italiano!

La ofensa es un film difícil de digerir, sobre todo para aquel público acostumbrado a un suspense más convencional y no tan abigarrado. Aquí el ambiente es opresivo, malsano, incluso en ocasiones demasiado brusco. El director asume muchos riesgos y se mueve por el reducido espacio como pez en el agua, apoyado en una fotografía hermética y de colores fríos. Toda una “rara avis” que recomendamos desde ya mismo.

Escribe Francisco Nieto  


Más información:
Monográfico dedicado a Sidney Lumet


  

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