El cine de John Le Carré

  08 Diciembre 2012
Traición y culpabilidad

el-topo-1Se anuncia para finales de diciembre de 2011 el estreno de la adaptación cinematográfica de  la novela de John Le Carré El topo. El título del filme será el original de la novela publicada en 1974, Tinker, Taylor, Soldier, Spy,  y con este mismo nombre (Calderero, Sastre, Soldado, Espía) ya se pudo ver en 1979 en Televisión Española, la única que existía entonces, una esplendida adaptación televisiva protagonizada por Alec Guiness en el papel de Smiley. Le Carré es un autor que ha interesado ocasionalmente al cine.

Encuadrando su obra dentro del género de la novela de espías, el universo  que describe el autor británico en sus páginas es de un pesimismo que desgraciadamente coincide con la visión actual de nuestra sociedad. Desde sus primeras novelas, utilizando la guerra fría como telón de fondo, ha descrito la ambigüedad de un país como Inglaterra que enfrentada a los peligros que representa el bloque comunista, aparece como una sociedad decadente que utiliza los mismos métodos execrables de sus enemigos.

Mediatizado por un antiguo pasado glorioso, los restos del imperio británico son ahora un pequeño elemento que apenas destaca en el enfrentamiento entre los dos grandes bloques políticos que representan los EEUU y la URSS.

Los protagonistas, espías, diplomáticos o héroes anónimos, se ven inmersos en una lucha que les supera. Cargados de sentimientos que van desde el patriotismo hasta el desanimo, victorias y derrotas se igualan en un pesimismo que supone una terrible acepción: el individuo siempre pierde respecto a la maquinaria del estado.

John Le Carré, el seudónimo empleado por David Cornwell para publicar sus novelas, sabe de quÉ habla pues en sus inicios trabajó para el ministerio de Asuntos Exteriores británico, lo que favoreció el conocimiento de la estructura y organización de todo el entramado burocrático de los servicios de información, hasta que el éxito de su tercera novela, El espía que surgió del frío (1963), hizo que este funcionario inglés abandonara su puesto para volcarse íntegramente a su nueva carrera literaria.

El topo pertenece a la etapa clásica del escritor y precisamente ese fatalismo es la conclusión a la que se llega a través de las vicisitudes del personaje de Smiley, que ya aparecía como personaje en El espía que surgió del frío.

Smiley es un inteligente y oscuro funcionario que desde la segunda guerra mundial pertenece al servicio de espionaje inglés, y que ahora, arrinconado por las nuevas generaciones, tiene que volver para la que parece una última misión que consiste en descubrir un infiltrado de los soviéticos en su organización. El viejo espía emprenderá su cometido para ir confirmando que su opinión negativa sobre la sociedad se va afianzando paso a paso. Los héroes parecen villanos, los enemigos son inteligentes, y en el fondo todos desarrollan el mismo juego cínico.

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Globalización del pesimismo

A mediados de los años 80, cuando la caída del telón de acero fue un hecho patente, se podía pensar que la extinción de la guerra fría podría afectar a la narrativa de Le Carré pues el enfrentamiento entre los dos grandes bloques dejó de existir. Sin embargo, esa situación no ha hecho más que favorecer las novelas del antiguo funcionario inglés pues trasladando sus argumentos a diferentes lugares del mundo —como las ex repúblicas soviéticas, el Caribe, Turquía, Oriente Medio, África o la propia Inglaterra— nos damos cuenta que sus temas no eran locales o exclusivamente pertenecientes a un momento histórico concreto, como la guerra fría, sino que en realidad son universales e intemporales.

En este sentido, si alguien quiere conocer el conflicto palestino-israelí nada mejor que acercarse a La chica del tambor, un libro donde la ficción pone las mejores descripciones sobre Palestina en boca del oficial israelí que realiza un verdadero lavado de cerebro a la protagonista. Otra vez tenemos a héroes anónimos que luchan por sus causas y otra vez veremos como la protagonista, esta vez una actriz inglesa de ideología izquierdista, sufre las consecuencias de encontrarse en medio de un conflicto.

la-casa-rusiaComo todos los personajes descritos por Le Carré, la ambigüedad y los sentimientos de culpabilidad presiden las actuaciones de unos personajes que sufren la lucha internamente. Dentro del supuesto equilibrio que mantiene el libro entre judíos y palestinos, y donde todos juegan sus bazas (muchas veces de una manera sucia) no resulta difícil encariñarse con el sufrimiento y la lucha palestina.

Cuando no es la lucha por un país o una ideología es el enfrentamiento con grandes trust o empresas como El jardinero fiel, donde Le Carré cambia el conflicto este-oeste, por el de norte-sur, es decir, países ricos y pobres, trasladando la acción a África. Al final, siempre es lo mismo, unos personajes sufrirán las consecuencias de un conflicto y en este caso el enemigo tendrá la cara visible que representan las industrias farmacéuticas.

Sus novelas trascurren un multitud de lugares pero las disputas siempre suceden en el interior de los personajes, pues todos muestran los diferentes lados de las personas. No encontramos personajes íntegros, cargados de razón, todo lo contrario. La duda y los sentimientos de culpabilidad recorren su actuación ya que tarde o temprano descubren la triste realidad que les anuncia que sus creencias férreas no lo son tanto.

Por ello es difícil adaptar las noveles al cine. La chica del tambor o La casa Rusia se quedan en el argumento, en la corteza, pero es difícil describir las sensaciones de personajes y las motivaciones que impulsan sus movimientos.

En la última parte de su trayectoria el cinismo, ya presente a lo largo de su obra, se acrecienta y parece que con los años el ya veterano escritor incide en remarcar el carácter derrotista y pesimista.

En Un traidor como los nuestros, su postrera obra, podemos ver cómo los problemas se repiten con una nueva generación de personajes: los protagonistas, una pareja inglesa de vacaciones, se verá involucrada en una trama de espionaje con un mafioso ruso y, tras las más de 300 páginas, los sentimientos de afirmación y colaboración con su país quedan en un segundo plano frente a la mediocre realidad que les hace ver cómo los individuos no son más que parte —despreciable— del engranaje de los diferentes aparatos del estado.

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De la novela al cine

Las adaptaciones cinematográficas de la obra de Le Carré comienzan en 1965 con el que fue su primer éxito de ventas, El espía que surgió del frío. El encargado de poner en imágenes la novela fue Martin Ritt que en la película del mismo título, protagonizada por Richard Burton, realiza un adecuado acercamiento al original literario. No vino nada mal que un director de la llamada generación de la televisión, adscrito a la izquierda liberal americana, se acercara al texto de Le Carré pues fue capaz de comprender el sentido ambiguo del texto original y darle el enfoque crítico necesario.

No hay que olvidar que nos encontramos en 1965, en plena guerra fría, y no es fácil en esa coyuntura histórica equiparar despectivamente los métodos y argucias de ambos bloques para conseguir sus fines. La película de Ritt, de la que también es productor, rodada en un excelente blanco y negro, destaca ese universo gris, melancólico y decadente mediante la descripción fría de personajes que aparecen envueltos en brumas.

El guión de la película, que recoge frases literales de la novela, sin embargo, se enfrenta a la dificultad de la que ya hemos hablado anteriormente. Las novelas de Le Carré justifican, mediante la descripción de todo el tejido psicológico que envuelve a los personajes, las actuaciones de los protagonistas. En el cine, y teniendo en cuenta que la narración de los hechos se impone, no es fácil comprender los motivos reales que mueven los hilos de un determinado personaje.

la-chica-del-tamborPese a todo ello, la película se mantiene fiel al espíritu de la novela y la sensación pesimista que supone el enfrentamiento entre el individuo y el estado permanece en el espectador tras el visionado del filme.

Avanzando en el tiempo nos encontramos en 1979 con la serie de televisión basada en El topo (Calderero, sastre, soldado, espía), de la que ya hemos comentado que supuso un acertado acercamiento al texto literario pues el formato televisivo, con una mayor duración, permitió dedicar un mayor tiempo a la descripción de los personajes. Este éxito televisivo tuvo su continuidad unos años después con la miniserie Smiley’s people (1982) que alargó las aventuras protagonizadas también por Alec Guiness.

A partir de ese momento las adaptaciones se suceden salteadas en el tiempo y producidas al abrigo de un posible éxito similar al que el original literario haya obtenido en las listas de bestsellers de medio mundo.

La lucha entre palestinos e israelíes que describe La chica del tambor es llevada al cine por George Roy Hill en el año 1984. Protagonizada por Diane Keaton y con un reparto internacional, la película es un claro ejemplo de cómo la realización se queda en el simple argumento. La densidad del texto no encuentra traducción en imágenes y la película se limita a exponer ante el espectador una serie de variadas localizaciones (Inglaterra, Alemania, Grecia, Líbano), que sirven de soporte a una historia donde no se justifica el cambio interior del personaje que por amor es capaz de someterse a las ordenes de las altas instancias de los servicios de espionaje que rigen las vidas de los individuos implicados.

La película de Roy Hill ya tiene bastante en exponer a lo largo de dos horas toda la acción del libro, pero no encuentra espacio para profundizar en los verdaderos motivos (inseguridad, culpabilidad) que hacen que la protagonista se involucre en el doble juego propuesto por los servicios secretos israelíes.

Tampoco tendrían demasiada fortuna la siguiente adaptación que tuvo un lanzamiento internacional, La casa Rusia. Dirigida por Fred Schepisi y protagonizada por Sean Connery y Michelle Pfeiffer, nos mostraba la nueva situación planteada tras la Perestroika. Filmada en exteriores con localizaciones muy reconocibles de Moscú y Leningrado (junto con Londres y Lisboa), la película de Schepisi describe con cierta nostalgia la nueva situación del país.

Otra vez un personaje anónimo, un editor inglés, se ve implicado en una historia de espionaje, siendo utilizado por los servicios secretos ingleses y americanos. Con un estilo muy transparente basado en suaves movimientos y panorámicas, acompañadas por la cuidada banda sonora de Jerry Goldsmith, La casa Rusia, parece ahora un filme que al menos no traiciona el original y que cubre con cierto desánimo la transición soviética tras los primeros momentos de euforia tras la caída del muro y la reestructuración de Rusia y sus países satélite.

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No soy James Bond

Y tras los fracasos comerciales de estos dos filmes, con el nuevo milenio y cerrada definitivamente la lucha derivada de la guerra fría, nos encontramos con dos proyectos que vuelven a acercarnos al universo de Le Carré.

El sastre de Panamá, una película dirigida por John Boorman, recoge el cinismo y el sarcasmo de la última parte de la obra de Le Carré. Parece que el autor de El honorable colegial, conforme envejece, incrementa el descrédito y la desconfianza ante los aparatos del estado. Dictadores, espías venidos a menos y ciudadanos corrientes se ven implicados en una trama sobre la desestabilización de un país narrada a través del personaje de un sastre (interpretado por Geoffry Rush) que por su trabajo tiene acceso al tirano.

La presencia en el reparto de Pierce Brosman como espía inglés, él precisamente que durante esos años encarnó al personaje de James Bond, sirve también para situar la diferente perspectiva que representan los personajes creados por Ian Fleming y John Le Carré. Frente a la elegancia y el triunfalismo que supone la presencia de Bond, todos los protagonistas de Le Carré significan precisamente lo contrario.

Como el propio escritor explica en uno de los diálogos de El espía que surgió del frío: “(…) ¿Qué te imaginas que son los espías: sacerdotes, santos y mártires? Son una lamentable procesión de memos, vanidosos y traidores” (Le Carré, John: El espía que surgió del frío, Debolsillo, Barcelona, 2009, pág. 253.). Por eso, los personajes de El sastre de Panamá, caricaturizados hasta lo grotesco, se adaptan a la medida de este traje de imperfección y cinismo que elaboró Le Carré en esta novela.

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En un sentido más realista, el último acercamiento a la literatura de Le Carré lo tenemos en El jardinero fiel. Una lúcida novela que incide en los temas clásicos de su autor: vidas fracasadas, sentido de culpabilidad, individuos frente a estructuras de poder y un hedor pesimista que flota en el ambiente desde el principio al final. En esta película la lucha ya no es entre el este y el oeste sino entre norte y sur y las víctimas son la población maltratada y desvalida del continente africano.

La película, una producción estrenada en el año 2005 y dirigida por el portugués Fernando Meirelles, nos muestra a través de un atormentado Ralph Fiennes, la toma de conciencia de un hombre de su propia cobardía frente a la actuación valiente de su esposa. La traición amorosa de su esposa, finalmente, es menos dolorosa que la propia traición del marido, un hombre aletargado y sumido en el conformismo que únicamente asumirá su papel cuando los acontecimientos giren dramáticamente.

En un argumento enrevesado y con múltiples puntos de vista, El jardinero fiel, coherente con el texto original, muestra al espectador cómo la lucha del individuo contra las grandes corporaciones, en este caso la industria farmacéutica, es una batalla perdida, en la que las personas sólo aspiran a mantener su orgullo, orgullo perdido durante años de postcolonialismo y que al final se salda con unas vidas que se suman a la sangría trágica de África.

Para terminar esta aproximación al cine basado en la obra de Le Carré tendremos que esperar al estreno en diciembre de Tinker, Taylor, Soldier, Spy, dirigida por el sueco Tomas Alfredson (Déjame entrar), con guión de Peter Straughan (Los hombres que miraban fijamente a las cabras) y que nos dejará el duelo interpretativo entre Gary Oldman —Smiley en la ficción— y Colin Firth.

Las noticias de su estreno en la 68ª Biennale de Venecia nos hablan de un excelente filme y una interpretación de Oldman que se adecua perfectamente al personaje creado por Le Carré.

Escribe Luis Tormo

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