Super 8: la herencia Spielberg

  04 Septiembre 2011

El  eterno retorno

super-8-2El estreno de Super 8, una película escrita y dirigida por J. J. Abrams y producida por Steven Spielberg, revela un significativo intento por renacer un cine hoy casi olvidado: la aventura fantástica juvenil de los años 70 y 80. En el mismo año en que Spielberg dirige Las aventuras de Tintin: El secreto del unicornio y produce Transformers 3: El lado oscuro de la Luna, la aparición de este título no es ni mucho menos algo casual o aislado.

Spielberg es ya uno de los iconos indiscutibles de la historia del cine. Un hombre con su propio estilo, con sus obsesiones, con sus preferencias y con sus defectos. Convertido casi en una marca que para algunos es símbolo de calidad y para otros simple reclamo comercial, cuando se cumplen cuarenta años de su debut cinematográfico, la jubilación es un tema a tener en cuenta.

Y la herencia también.

Spielberg comenzó como muchos compañeros de su generación, a comienzos de los 70, dando el salto desde la televisión a producciones de pequeño calado. En su caso fue El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), la que le permitió exhibirse por festivales y salas de cine, aunque originariamente fuera una producción para televisión. Luego llegó Loca evasión (The Sugarland Express, 1974), que tuvo una acogida irregular.

Y entonces filmó Tiburón (Jaws, 1975), la película que no sólo se convirtió en el film más taquillero de la historia, sino que también cambió algunos conceptos en la forma de distribuir el cine: nada de estrenos en capitales, luego en ciudades menores y finalmente en provincias, se acabaron las exhibiciones durante meses en pocas pantallas… a partir de Tiburón nace el blockbuster veraniego, ese estreno masivo simultáneamente en todas partes, con cientos de copias y amplia campaña publicitaria, sobre todo en televisión. Lo que importa es la recaudación del primer fin de semana, antes de que el boca a oreja pueda dañar la taquilla.

Con Tiburón nació también el high concept film, esa película contada en pocas líneas, casi siempre con referencias a otros títulos y géneros clásicos. Películas concebidas para que los productores las entendieran a la primera, al ser los nuevos ejecutivos de los estudios gente que difícilmente tenía tiempo para leer un guión… y eso suponiendo que supieran leer, algo que sigue sin estar demostrado.

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El Nuevo Hollywood

Tras la crisis de los grandes estudios de los 60, la generación de Spielberg fue la que devolvió el éxito a Hollywood, aunque con un cambio de mentalidad: ahora el director era la estrella.

El concepto se mantuvo vigente durante los 70, pero acabó desapareciendo a comienzos de la década de los 80, debido al fracaso de proyectos como La puerta del cielo (Heaven’s gate, 1981) de Michael Cimino y Corazonada (One from the Heart, 1982) de Francis Coppola, los últimos bastiones del “cine de director” que certificaron la definitiva desaparición del Nuevo Hollywood y el retorno al cine de productores, de grandes estudios, de secuelas, remakes, de absoluta falta de originalidad.

Steven Spielberg, George Lucas, Francis Coppola, Martin Scorsese, Woody Allen o Brian de Palma son probablemente los nombres más conocidos de aquella generación. Aunque también destacaron por distintos motivos Michael Cimino, Hal Ashby, Bob Fosse, Walter Hill, John Carpenter, Joe Dante, John Landis, Paul Mazurski y muchos otros hoy más olvidados.

Con más o menos irregularidades, el primer grupo sigue activo, probablemente junto a alguno más que nos dejamos en el tintero. Pero el relevo generacional se hace preciso. O mejor dicho, tras los sucesivos relevos dados por realizadores provenientes del campo de la publicidad y el videoclip (en los 90 y principios de este siglo), los últimos directores-autores ya piensan en su jubilación y algunos también en dejar huella, en buscar herederos.

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El rey Midas de Hollywood

Desde sus inicios, Spielberg fue generoso con sus coetáneos. Produjo la primera película de Robert Zemeckis —Locos por ellos (I wanna hold your hand, 1978)—, dio su gran oportunidad con grandes multinacionales a Joe Dante —Gremlins (1984)— y también apostó por jóvenes promesas que buscaban hueco en el mercado norteamericano, como George Miller, que codirigió uno de los episodios de En los límites de la realidad —The twilight zone (1983)—.

De hecho, en los años 80 fue el rey indiscutible de la taquilla, no sólo como director (En busca del arca perdida, ET: El extraterrestre, El color púrpura, Indiana Jones y el templo maldito…), sino también como productor ejecutivo a través de Amblin Entertainment: Poltergeist (1982), Los Goonies (1985), El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), Fievel y el nuevo mundo (An American tail, 1986), la trilogía de Regreso al futuro

Con el tiempo, Spielberg como director fue alternando sus películas netamente comerciales (la saga de Indiana Jones o la de Parque Jurásico) con títulos más ambiciosos, con los que aspiraba al reconocimiento de la crítica y los premios (La lista de Schindler, AI: Inteligencia Artificial, Munich).

Incluso se planteó en 1994 la independencia de los grandes estudios con la creación de Dreamworks SKG, una gran productora formada gracias a su asociación con Jeffrey Katzenberg (ex directivo de Walt Disney) y David Geffen (experto en el mercado musical). Con su presencia en el cine, la animación y la música, Dreamworks fue un sueño de independencia y calidad, sin olvidar la comercialidad, como en su día fueron la BBS de Bob Rafelson o el Zoetrope Studios de Francis Coppola, ya definitivamente desaparecidos.

Dreamworks funcionó hasta cierto punto durante una década, pero acabó vendida a Paramount-Viacom por 1.700 millones de dólares en 2007. Un año después, volvió al mercado de la mano de Katzenberg, quien mantiene la franquicia de Dreamworks Animation, que sólo se ocupa de aprovechar cualquier título de éxito para crear distintas sagas animadas: Shrek, Kung fu panda, Megamind, Cómo entrenar a tu dragón...

Su destino fue similar al de otras productoras más o menos prestigiosas, más o menos independientes, finalmente asimiladas por las multinacionales (Miramax es el caso más conocido). De hecho, hoy sólo Pixar Animation Studios puede presumir de independencia… aunque relativa, si consideramos que forma parte del gran conglomerado de Walt Disney, eso sí, con unas condiciones muy particulares que siguen dándole el control a John Lasseter, Ed Catmull y sus chicos.

Finalizadas las distintas joint ventures, con muchos proyectos en cine y televisión como productor ejecutivo, Spielberg parece retornar en 2011 a sus orígenes.

Tras tres años sin dirigir y no con demasiada fortuna (Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal —2008— ha sido una de las peores recepciones críticas de su carrera), Spielberg vuelve a apostar por recuperar su emblemática productora de los 80 (Amblin Entertainment), su capacidad de dirigir y, al mismo tiempo, produce dos títulos muy distintos entre sí, pero muy significativos: Las aventuras de Tintin: El secreto del unicornio, junto a Peter Jackson, y Super 8, junto a J. J. Abrams.

Rodada el año pasado prácticamente toda en los estudios de Peter Jackson en Nueva Zelanda, Las aventuras de Tintin: El secreto del unicornio es la gran apuesta comercial para finales de este año. Desde el rodaje, Spielberg se ha desentendido prácticamente del proyecto (que será, cómo no, una trilogía), para centrarse en dirigir un drama bélico (War Horse) y ha sido el productor, Peter Jackson, el encargado de su finalización, ya que se trata de un título rodado por el sistema de captura de movimiento (ese que tanto gusta a Zemeckis) y en 3D, por lo que se plantea como la cima de las últimas tecnologías aplicadas al cine. Curiosamente la reunión de ambos ha dado como resultado físico la transformación de Jackson: ha dejado de ser aquel desaliñado gordinflón para convertirse en... ¡una fotocopia del joven Spielberg!

Paralelamente, Spielberg se ha convertido en mentor de J. J. Abrams. Un hombre iniciado en la televisión (Alias y Perdidos son sus series más exitosas), que ya ha dirigido un par de películas de éxito, curiosamente ambas nuevas versiones de viejos éxitos (Misión Imposible 3 y Star Trek), que ha producido nuevos clásicos de la ciencia ficción (Monstruoso, dirigida por su amigo Matt Reeves) y, en definitiva, que parece llamado a ser el “nuevo rey Midas de Hollywood”.

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Super 8

Aunque es la primera vez que trabajan juntos, Abrams ya había tenido contacto con Amblin y con el cine de Spielberg. Concretamente, fue llamado por la productora para que rehiciese las primeras películas dirigidas por Spielberg, unos cortos realizados en… super 8 milímetros.

Educado con el cine de Spielberg, la oportunidad de trabajar con su maestro surgió cuando Abrams le presentó una idea en la que estaba trabajando, pero que contó con un pequeño cambio por parte del productor: hacía falta introducir un toque de ciencia ficción para que la historia de la maduración de un grupo de chicos fuese completa.

Y ese “pequeño toque” se nota y mucho.

Super 8 narra las aventuras de un grupo de cinco amigos que tratan de realizar una película casera mientras la aburrida vida cotidiana a su alrededor se transforma en algo misterioso. El eje es Joe, un joven cuya madre ha fallecido en un accidente en una fábrica y su padre, ayudante del sheriff del pequeño pueblo, apenas tiene tiempo para ocuparse de la educación de su hijo.

Su crecimiento vendrá un verano, durante las vacaciones, mientras ruedan una película de zombis a la que irán incorporando aquellos elementos de una realidad cada vez menos cotidiana y más fantástica: un tren que descarrilla intencionadamente, algo que escapa, el ejército que lo invade todo, los perros que desaparecen, las personas que son secuestradas… hay mucho más misterio en lo que les rodea que en su propia ficción en super 8.

Pero, sobre todo, hay un tipo de cine que ya no se hace.

Super 8 está contada con elegancia. No hay abusos de efectos especiales (quizá sobran algunos planos del monstruo en la parte final, por cierto, parece un primo hermano de la amenaza apenas entrevista en Monstruoso); los planos son largos, descriptivos, sin efectismos de montaje; aunque hay un par de canciones en la banda sonora, ésta es instrumental, elegante, una nueva muestra del gran talento de Michael Giacchino; las relaciones entre los niños están bien planteadas, con atención a los detalles y a las miradas, que cuentan mucho más que las palabras (ojo a la memorable escena del primer ensayo de la chica: todos quedan boquiabiertos); la relación con los padres están suficientemente matizadas (aunque el final feliz es inevitable para ambas familias disfuncionales: la del joven y la de la chica)… en definitiva, hay historias y se toman su tiempo para ser contadas. No estamos ante la enésima versión de Transformers, sólo ruido y efectos especiales.

Pero hay mucho, mucho más, porque estamos ante una revisión exhaustiva del cine de Spielberg de los 70 y los 80.

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La herencia Spielberg

Joe, el joven protagonista pertenece a una familia disfuncional. Aquí falta la madre, un guiño irónico a Spielberg, en cuyas producciones la aventura surgía siempre ante la ausencia del padre: Encuentros en la tercera fase, Gremlins o ET: El extraterrestre, son buenos ejemplos ello. Aunque también la chica que le gusta, la actriz de su peli, pasa por problemas: con un padre adicto al alcohol y sin madre, no es el ejemplo de familia perfecta.

La acción transcurre en una pequeña población donde nada extraordinario ocurre nunca, hasta que se desencadena la aventura. Una aventura que vivirán especialmente los jóvenes protagonistas, a menudo montados en sus bicicletas, y siempre dispuestos a meter las narices en todo aquello que les haga crecer, madurar, convertirse en adultos. El mismo planteamiento que en Poltergeist, ET: El extraterrestre, Exploradores o Los Goonies.

Allí llega un extraterrestre perdido en la Tierra. Alguien sin intenciones hostiles, pero que es maltratado por todos los adultos, sobre todo el ejército. Su único interés es construir una nave para poder regresar a su casa… aunque aquí no quiere construir un teléfono, el depósito de agua municipal será la clave para la construcción de su propia nave.

Si solamente repasamos por encima la trama podríamos concluir que ET: El extraterrestre ya tiene su versión del siglo XXI.

Eso sí, con algo menos de candidez y un poco más de mala leche en el bichito de marras. Aunque en el fondo, nunca lo olvidemos, él es un bicho bueno… los malos son los humanos que lo encierran y maltratan. Sobre todo el ejército, aunque ya se ocupará de darles su merecido.

Parece como si Spielberg y Abrams hubieran reunido en un solo film los elementos más atractivos de aquel cine. Así, hay algo de la mala uva de Joe Dante (director de Aullidos, ExploradoresGremlins y El chip prodigioso), un poco del humor irónico de John Landis (responsable de Un hombre lobo americano en Londres y un episodio de En los límites de la realidad), unas gotitas del Spielberg sentimental (todo su cine está lleno de sentimientos que en ocasiones desembocan en el sentimentalismo) y la pasión por la tecnología de todos ellos, incluido el hijo pródigo Zemeckis (cuya trilogía de Regreso al futuro también sirve de modelo para alguna escena).

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Una apuesta clara por recuperar el espíritu de los 80. Sin melancolía, con una prudente adaptación a los nuevos tiempos. Sin perder de vista la taquilla, pero con respeto al espectador y a su inteligencia. Aunque Spielberg no dice adiós a las franquicias meramente comerciales (su asociación con Michael Bay y la serie Transformers), hay un intento de recuperar un cine más honesto, más inteligente… e igualmente rentable.

Con todo, la operación no es perfecta.

El guión adolece de algunos agujeros difícilmente justificables. Así, sorprende que el ejército invada la ciudad y no encuentre la cueva situada en el cementerio (una idea que parece un guiño a El misterio de la pirámide); la manipulación de las armas del ejército para que disparen hacia cualquier sitio no queda explicada (y no se entiende cómo no aplica ese poder antes, si el bicho lleva años capturado); no se explica cómo el oficial del ejército no asocia la caja de película en super 8 (en el lugar de la fuga del extraterrestre) con la filmación que están realizando unos jovencitos en la población.

Y no digamos nada de permitir que esos jovencitos rueden con los soldados de fondo (¿de verdad el ejército es tan tonto?) o de la injustificable escena en que los niños van encerrados en un autobús que es atacado por el monstruo (¿salen de patrulla para marcar al alien y se llevan a los niños?). Trucos de guión para añadir emoción, aunque poco justificables.

Eso sí, a cambio nos ofrece unos títulos de crédito finales impagables. Tomando la idea puesta de moda por Pixar (ofrecer tomas falsas del rodaje ¡de películas animadas!) aquí se nos ofrece la dichosa película en super 8 que nunca hemos visto completa. Una idea perfecta para obligarnos a permanecer sentados durante los créditos.

Puede ser una simple operación de marketing. Pero también es una apuesta por un cine clásico que merece todos nuestros respetos. A ver si cunde el ejemplo.

Escribe Mr. Kaplan

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