Hay que olvidarse de los malos “Amigos”

  19 Julio 2011
¿Debemos ver las malas películas?

amigos-0Sabemos que una respuesta adecuada pudiera ser múltiple, entre otras cosas porque, en el fondo, por supuesto que también en la forma, ¿qué es una mala película?

Difícil de responder, al margen de la subjetividad de cada cual, ya que engarza con los gustos personales y las sensaciones que experimentemos a la hora de verla. Objetivamente puede que no exista una respuesta contundente, salvo excepciones, dado que se presupone que la maldad, lo malo, es subjetivo.

Vamos a dar una vuelta al planteamiento, haciendo una proposición para entendernos mejor. ¿Debería pagarse por ver una película que es como una imitación, a lo grande, alto y ancho, de programas televisivos que se basan en el supuesto mal ajeno y alentada por la provocada, y provocadora, estulticia de sus protagonistas?

Nunca; sobre todo, como es el caso, cuando se trata de seguir escarbando en la abyección a la que nos conducen las supuestas vivencias de quienes conviven de cara a la galería, para ser filmados en todo momento. Y de esto sabe demasiado Telecinco, ya que es notorio que produce la más ingente cantidad de programas basura —es una expresión— para dentro y fuera de sus pantallas. Y que no se ofendan. Faltaría más, dirán; porque ni se darán por aludidos, seguro; y si lo hicieran, nos tacharían de inútiles cinéfilos exquisitos y recalcitrantes.

Cuando producen, o colaboran en su producción, intentan disimularlo —en esta ocasión, con Amigos…, ni lo han ocultado—. Y así se lanzan a malgastar tiempo y dinero en una llamada película, que esperamos que nadie vaya a ver, a pesar del continuo bombardeo, desde cualquier televisión, para que nos rasquemos el bolsillo y nos riamos más —es un decir— que desde el sofá de casa.

Pues lo dicho, que Telecinco Cinema, en combinación con Dark Light Productions, nos ofrece Amigos…, con dirección de Borja Manso y Marcos Cabotá, y ambos dicen que han hecho una comedia, donde lo único importante es reír y pasárselo bien, añadiendo que “es una película sobre el género masculino (que no una película para hombres)”. Ellos sabrán por qué, porque a mí ni se me alcanza. La distribuye Tripictures, ¿oliendo posibles ganancias?

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Y para más señas de identidad, ha sido galardonada en la 14ª edición del Festival de Málaga, con el Premio del Público. ¿Qué más se puede pedir? Hala, en Málaga el público no se puede equivocar, naturalmente, y quienes cuestionamos sus bondades, pues estamos equivocados, esto es. Y ni el derecho al pataleo, porque el público que ve en su casa —repetimos, en su casa— el programa Gran Hermano, y parecidos, pues ha decidido que Amigos… sea su película favorita.

Pues muy bien, con su pan se lo coman; pero que no nos digan, encima, que eso es el cine, porque va a ser que carecen tanto de criterio como de saber distinguir entre la luz y las tinieblas.

No, no nos estamos pasando; es más, nos quedamos cortos. Ante incoherentes mamarrachadas como Amigos… no se puede ser benevolente ni ecuánime, sobre todo cuando pretenden llamar película, o sea cine, a un remedo de los programas basura de Telecinco.

Porque copian, con descaro total, a su Gran Hermano y secuelas afines, para que en los cines de gran pantalla, así dicen, el espectador lo disfrute todo mejor. ¿Y de qué tiene que disfrutar? La pescadilla que se muerde la cola, que diríamos, porque engañan a quienes ya están engañados, van engañados, como lo hacen desde sus casas, con la salvedad de que, al estar en casa, hasta pueden desconectar el televisor.

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¿Qué hacen en los cines? Pues aparte de reírse —vaya usted a saber—, revolverse en la butaca —si es cómoda pueden dormitar—, y esperar que termine cuanto antes. Sí, lo sabemos, a los espectadores de Málaga no les pasó eso. ¿Están hechos de otro material humano o son masoquistas? Dejémoslos, que a lo mejor —a lo peor— disfrutaron con los actores…

¿Hay actores en Amigos…?

Salvo porque han puesto su persona, a cambio de emolumentos, como es de menester, no tiene nada que ver con interpretar. Gesticulan, se mueven, pronuncian palabras, hacen todo lo que se les pide, y ya está. De eso a interpretar, a moldear un personaje, a creérselo o intuirlo, hay tal abismo que ninguno de sus protagonistas se atreve a cruzarlo.

Pues como decíamos —no, ayer no; ahora mismo—, hay que desear que nos libren de las patochadas que se escapan de los televisores para amargarnos la vida, y hasta para que terminemos pensando que no debemos ver películas españolas porque son muy malas. Con películas así, ellos mismos se hacen su peor propaganda. ¿Y luego se lamentan de que el público no acuda a las salas a ver películas españolas?

Sí, sí, vuelven a repetirnos lo de Málaga. Y se creen que ya están justificados. Un Festival de Cine, cualquiera que éste sea, no se puede comparar al día a día de las salas de todas y cada una de las ciudades y pueblos —y cada vez quedan menos salas, como es fácil de comprobar—, porque las personas que acuden a ellas quieren algo a lo que aferrase —emoción, risas, amor, aventuras, comedia— y hasta poder identificarse, si es posible, con lo que sucede en la pantalla.

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En resumen, alejarse de este tipo de Amigos… es un bien más que necesario; es imprescindible. Para embrutecernos un poco más, aparte de ver las televisiones basura, incluidas las autonómicas, sólo tenemos que fijarnos en el ejemplar espectáculo que todos, europeos y americanos, nos están ofreciendo diariamente con la mal llamada “crisis” que, como siempre, favorece a todos los que tienen dinero.

Conclusión provisional: siempre hay que huir de las malas películas como si de la peste se tratase. Es posible que así consigamos la tranquilidad de conciencia necesaria para vivir con sencillez, con armonía, conscientes de nosotros mismos.

Y conclusión definitiva: hay que olvidarse de estos malos Amigos…, y esperar que no se sigan cometiendo estas tropelías, merecedoras de un “cero” contundente; y, por si lo han olvidado, también reciben dinerillo extra de alguna que otra institución filantrópica. Ya nos entendemos.

Porque lo que no entendemos es que Amigos… pueda complacer, o entretener, a alguien al que le guste el cine, al margen de sus productores y directores, naturalmente.

Escribe Carlos Losada

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