Nueve encuentros con Basilio Martín Patino

  21 Agosto 2017

No era Basiliev

UNO

patino-casa-102Año 1996. Mes de agosto. Lugar: Universidad de Valladolid, Cátedra de cine: cursos de cine. Allí estoy con Basilio para presentar a los estudiantes, como complemento al taller que imparto sobre su obra, uno de los capítulos de la serie que está terminando para la televisión andaluza con el título Andalucía, un siglo de fascinación. En realidad un complemento-continuación del homenaje que en el mes de junio de ese año le hemos rendido en Valencia dentro del festival Cinema Jove.

En el festival valenciano, la Filmoteca de la Generalitat Valenciana, bajo la dirección de Ricardo Muñoz Suay (1), prepara un ciclo completo proyectando toda su obra, destinada a ser presentada en salas de cine, televisiones, museos, exposiciones, eventos. En ese momento Basilio tiene 66 años. Campechano, huidizo, afirma que no quiere trabajar más a pesar que prácticamente todos los días urde nuevas tramas desde su taller-estudio, La linterna mágica. Es claro: su pensamiento será seguir trabajando por eso aún se enfrentara a una película, Octavia (2002), su doctorado Honoris Causa por la Universidad de Salamanca (2007) con Palimpsesto salmantino, el interesante proyecto audiovisual Espejos en la niebla (2008), un montaje (conjunto con Isabel Coixet y Bigas Luna) para el pabellón español en la feria internacional de Shangai (2010) y Libre te quiero (2012), emocionante documento sobre el movimiento 15-M.  Al menos que sepa. Puede que exista alguna otra producción acabada o sin terminar.

En aquel año 1996, en agosto ambos habíamos realizado un viaje de Valencia a Valladolid,  con un espacio entre uno (el festival) y otro evento (la catedra).  En ambos sitios compartimos muchas cosas. Parecía repetirse, por motivos parecidos, el viaje (con el mismo destino pero distinto inicio) que treinta años antes nos había llevado, también para presentar un filme, desde Salamanca a Valladolid, con homenaje por medio en Salamanca, en su cineclub aniversario, el que fundara Basilio y que en ese momento yo dirigía. En una y otra ciudad la razón era la misma: la proyección de Nueve cartas a Berta.

Treinta años después, juntos en Valladolid, pasábamos a proyectar una de sus obras. El lugar no era una sala comercial sino un salón de la Universidad y con un público también diferente, aparentemente sabiondo en cine. Todos ellos eran alumnos de los cursos veraniegos de cine.

En Valencia habíamos hablado sobre qué película proyectarles de la serie Andalucía, un siglo de fascinación. A varios de los de Encadenados nos entusiasmaba Casas viejas. Basi se mostraba, en principio, reacio; consideraba que había otros títulos de la serie más fáciles. Al final le convencí, aunque después de la proyección trató de demostrar que mi elección había sido errática. Probablemente tenía razón.

Casas viejas narra los trágicos sucesos que tuvieron lugar en aquella población gaditana en 1933. Una revolución anarquista que concluyó sangrientamente. Para acercarse a este suceso, desde la gran originalidad de todo su cine, junto a entrevistas con historiadores reales sobre lo que significó aquel suceso, filmó, como si fueran reales dos falsos documentales acreditándolos a un realizador soviético (uno de ellos) y a un documentalista inglés (el otro).

patino-adolfoLa perfección del método crea dos documentos que parecen filmados en aquel momento. Al final en el coloquio, con los asistentes despistados, incapaces muchos de ellos de entender el juego propuesto por el director, pidieron explicaciones sobre los materiales. Basilio no dijo en ningún momento que todo lo presentado había sido filmado por él. Al menos durante el coloquio-charla. Eso sí, explicó uno de esos cuentos que tanto le gustaban, para que supieran cómo, por ejemplo, le había llegado la película rusa que narraba la historia de la sublevación anarquista a sus manos. Habló del buen director Basiliev, bastante “desconocido entre nosotros”, dijo, autor de esa película que posteriormente pasó a España por un combatiente de la División Azul. La mayoría de los asistentes lo dieron por bueno. Muchos dijeron que vaya cara, coger dos películas, unirlas y dárnoslas en una entrega.

Casas viejas, como todo el cine de Patino, es un artilugio, un juego que ofrece al espectador para que juegue con él. Un juego en el que hay claras reglas para llegar a la casilla final o a salir vencedor del mismo. En la propuesta socio política trágica ocurrida durante el periodo republicano hay datos para comprender la verdad, pero hay que buscarlos. El espectador debe dejar su cómoda posición en la butaca y activarse para pensar, discurrir, entender. Por ejemplo, en este mediometraje existen varias llamadas de atención: un rótulo indica que Muñoz Suay es el director de una filmoteca dadaísta, varios actores representan más de un papel, el cura del lugar es distinto en la parte rusa y en la inglesa, los encuadres, el montaje alternativo del filme ruso hacen imposible que esté rodado in situ

Al terminar el coloquio varios alumnos se quedaron hablando con Basilio y conmigo y fue entonces cuando fuimos descubriendo las trampas en las que habían caído al ver el filme. La sorpresa de algunos fue tan grande que, incluso, hubo alguno que llegó a dudar de todo, incluso del suceso y de la población. Lo más sorprende es que esa ignorancia me fue transmitida por un estudiante andaluz.

Quizá, como dije luego a Basilio, se equivocó en el nombre del realizador soviético (y eso que Basiliev era una clara referencia a su nombre), quizá si hubiera dicho Patinov, hubieran caído en la cuenta. O quizá no.

Basiliev-Basilio siempre, en su cine, ha ofrecido ese juego para despertar al público. Lo hizo en todos sus documentales, en sus cortos y largos, fueran o no de ficción. La verdad es que su cine, algo sobre lo que siempre hablábamos ambos, a pesar del sambenito que se le cuelga de documental, no lo es. Es una narración libre que toma, en muchos casos, imágenes reales de aquí o de allá. Lo que hay que hacer, lo que hace Patino, es conexionarlas, relacionar las imágenes y producir un idea, un sentido. Se trata desde la mentira del cine: desde la propia manipulación del montaje buscar la realidad, la idea, descubrir lo oculto.

Lo mismo ocurre con su cine de ficción, por llamarlo de alguna manera. Y digo de alguna manera porque en esta enorme obra patiniana los términos se confunden. No hay por ejemplo mejor crónica política y social de unos años que la mostrada en la trilogía salmantina compuesta de Nueve cartas a Berta, Los paraísos perdidos y Octavia. O como titulé uno de los numerosos artículos que he escrito (2): De la Salamanca de Franco a la del PP pasando por la del PSOE.

DOS

patino-canet-21963. Encuentro del cine español organizado por el cineclub Universitario de Salamanca. Formo parte en ese momento de la directiva del cineclub, siendo el año siguiente vicepresidente y desde 1965 hasta el curso 69-70, presidente, y en ese tan fallido como reventado evento —debido a la oposición que desde el primer momento plantean los más derechistas (la revista Film Ideal sobre todo)— para evitar ocurra como en las Conversaciones cinematográficas salmantinas (mayo de 1955) dirigidas por el partido comunista. El momento, el primer instante, en que el cine, en España, entra en la Universidad.

En aquel encuentro ilusionado saludé a Patino, un mito para un joven amante del cine. Y en las sesiones de aquellos días pude ver sus cortos (El noveno, Torerillos y su excelente práctica fin de carrera en la escuela de cine: Tarde de domingo, un ensayo con tintes que remiten a Michelangelo Antonioni.

1965. Basilio rueda su primer largo en Salamanca. Al rodaje se incorporan como actores o seguidores algunos de mis compañeros del cineclub, como Luciano Valverde, Toti, junto con un grupo de amigos, debido a la amistad que el padre tiene con el director. Asisto al rodaje de lejos, pero no recuerdo que intercambiara ninguna palabra con Patino

1966. En el cineclub Aún de Madrid se pasa un ciclo de películas españolas de directores recién llegados al mundo de la realización. Se trata de películas que aún no tienen distribución comercial. Sobre todo recuerdo dos títulos que me impresionaron: La caza de Saura y, sobre todo, Nueve cartas a Berta. Un retrato de una ciudad cualquiera de provincias pero que era, en el fondo, la mía y el intento de entender, o asentarse, en el mundo de un joven, Lorenzo. Allí estaban sus dudas, frustraciones, contradicciones junto a una sociedad cerrada, enquistada, horrible.

El grupo de la revista Cinestudio (Fernando Moreno, jefe de redacción de la revista, era el director del cineclub Aún) al terminar la proyección esperamos a Basilio para hablar con él. Allí estábamos Garci, Giménez-Rico, Montalbán y yo. Hablamos, y mucho, hasta que Basi nos invitó a seguir la conversación en su casa en Fuencarral (años después viviría en un precioso ático en una calle perpendicular a la calle Mayor). Se nos hizo las tantas. Daba igual aunque al día siguiente, pronto, teníamos que trabajar al menos Garci (en un banco) y yo (en la Federación Nacional de Cineclubs).

Lo importante de aquella noche, aparte de aprender muchas cosas, es que conocí e hice amistad con Basilio quien, tirando de la madeja, resulta que casi está emparentado conmigo, ya que es primo carnal de una tía mía. Cosas de ciudades pequeñas, el padre del colaborador de la mayor parte de su obra, José Luis García- Sánchez (primo de Basilio) es el padrino de uno de mis cuñados.

Desde ese momento existirá una buena relación entre nosotros dos. Poco después, ante el estreno de la película en Salamanca, patrocinada por nuestro cineclub, se le hace entrega del premio que le ha otorgado la Federación de Cineclubs en el festival de cine de San Sebastián. Sorprendentemente la película, que triunfa, sobre todo entre la juventud, es acogida con frialdad. Al día siguiente lo comentamos mientras comemos. Y luego nos vamos a Valladolid para asistir allí al pase de la película. Un éxito. Nos preguntamos por qué no ha cuajado en Salamanca. Algo que experimentará, con dolor, a lo largo de su carrera.

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TRES

Mientras sigo en Madrid quedamos algunas veces. Charlamos largamente. Luego, vuelvo a Salamanca para terminar la carrera y marcho primero al instituto de Ciudad Rodrigo y luego a Valencia, a donde arribaré como profesor de química-física y coordinador de todas las actividades cinematográficas de la recién inaugurada Universidad Laboral de Cheste.

El cineclub COUL, que pongo en marcha en Cheste, y las actividades que desde el mismo se llevan a cabo serán un referente de primer orden en el ambiente educativo y… más. De ahí, salen cinéfilos y artistas que ejercerán su labor en diferentes ámbitos. Los actores-directores de teatro Carles Alberola,  Xema Palanca, Santiago Sánchez…, el montador de televisión Jesús Arranz, los cinéfilos Sabín, Luis Tormo, Marcial Moreno, Ángel Vallejo…  estos últimos cuatro integrados en la revista Encadenados.

En realidad Encadenados nace en papel en el año 1980 (y lanza 27 números, el último en 1987). A Basilio le gusta la revista por su tono, ¡cómo no!, ácrata… Pero, dice, ¿os dejan poner esas cosas? Está bien no dejar títere con cabeza.

Siempre que, por cualquier cosa, Basi viene a Valencia, me llama desde donde sea. Así lo hará desde el vestíbulo del cine Artis donde va a presentar Canciones para después de una guerra. Estamos en 1976, ha habido que esperar que se muera el dictador y, antes Carrero Blanco, que dijo aquello, profético, de que no se vería el filme mientras él viviera. Pues eso, me llama y me dice que estaba en el vestíbulo. Y añade: sólo para que lo sepas. Ahora mismo, le contesto, voy para allá. Mientras tenía lugar la proyección hablamos sobre lo humano y lo divino.

1986. Todo el grupo de Encadenados acude en la Mostra de Cine del Mediterráneo en Valencia, al pase  de Los paraísos perdidos (y no conectan los espectadores con la grandeza crítica del filme). Tenemos, con magnetofón por medio, una larga conversación sobre su cine.

1987. Madrid es aclamada en el festival de Troia (Portugal). Cuando acude al mismo, sufre un grave accidente en su coche que le deja señales en su rostro y en la pierna. El filme no se llegará a estrenar prácticamente en ningún sitio. Dos o tres años más tarde hacemos gestiones para que proyecte en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana. Sin problemas. Muñoz Suay siempre que me ve me pregunta por Basilio. También me pide le proponga que todos sus artefactos cinematográficos (Patino ha sido un gran coleccionista en ese aspecto) pasen a la filmoteca. Basilio termina por cederlos a la Filmoteca de Castilla y León con sede en Salamanca, al fin y al cabo su ciudad (nacido en un pueblo de la provincia, Lumbrales).

Desde luego el sagaz ladino de su director, Pérez Millán (fallecido este mismo año) conspiraría como buen jesuita (estuvo a punto de profesar en la orden) para hacerse con ese tesoro. ¿Es Lisboa Story de Wenders una (soterrada) copia de Madrid? ¿Conocería el director alemán la película de Patino a partir de uno de sus actores fetiches, Rüdiger Vogler, intérprete principal de Madrid?

CUATRO

patino-canet-11991. Su película para televisión La seducción del caos es premiada como la mejor obra en el festival de televisión de Cannes.

1996. Le rendimos un homenaje en Cinema Jove proyectando toda su obra. Me encargo del correspondiente libro en el que analizo sus películas. Con Sabín planteamos un libro-juego al estilo de su cine-juego. A Muñoz Suay no le parece serio al igual que ocurre con algunos (para nosotros) divertidos pies de fotos. Basilio piensa que no va a salir el libro. Es cuando me enteré que Pérez Millán lleva, al menos eso dice, desde hace años escribiendo otrolibro. Estamos en Navidades y el libro tiene que estar terminado en marzo.

Voy a Salamanca y me pongo en contacto con Pérez Millán, años antes se consideraba (por razones que habrá que explicar en otra parte) muy amigo mío —unido a mí, a lo que hago—, pero pasado un tiempo trata de evitarme, eso sí aduciendo prisas, sonrisas (¿farisaicas?) que suenan a desplantes. “Sé que estas escribiendo un libro sobre Basilio. En Cinema Jove le vamos a hacer un homenaje y me han propuesto escribir un libro. Si tú tienes el tuyo renuncio”, le dije. Me contestó que no hacía falta, que el suyo estaba en mantillas y que tal y cual.

Probablemente, al igual que Basilio, nunca pensó que el libro se terminase en tan poco tiempo. Pero se hizo gracias a la ayuda Sabín, de Jesús Arranz, de mi hijo Adolfo. Patino llamaba y me preguntaba por el libro, que le enviara lo escrito. “No lo verás hasta que no esté terminado”, era mi respuesta habitual.

El libro (Basilio Martín Patino, un soplo de libertad) estuvo a tiempo y gustó a casi todo el mundo, tuvo buenas críticas, algunas tibias, aunque las más duras las efectuó Patino: que por qué esto o lo de más allá, que él no había dicho tal cosa. No sólo había dicho sino mucho más que habíamos eliminado (referido a la entrevista), que si Charo López le iba a retirar la palabra. De todas maneras, aunque dijera todo aquello, estaba orgulloso con su libro. En la dedicatoria decía: “Gracias: Me habéis devuelto la confianza en mí mismo. Me habéis regalado, sobre todo, el goce de la sincera amistad”.

Esas palabras suyas deberían haberse referido a las diferentes cartas de conocidos suyos, incluidas en el libro, parcelando partes de su vida. No entendió así algunas de ellas. Cómo sucedió con Muñoz Suay, quien no quiso entender alguna respuesta de Patino en su entrevista, cuando hablaba de Suay, lo que motivó que no estuviera presente en la presidencia durante la presentación del libro. Cuestión de egos.

1996 fue también, como queda dicho al principio, el año de la Cátedra de cine de Valladolid.

A partir de este año y durante muchos veranos, algunos días de agosto seremos habituales visitantes de Basilio en su casa salmantina, situada al lado del Patio Chico y colindante con el huerto de Melibea. Allí, durante largas horas, al atardecer, en su jardín, compartiremos conversaciones, confesiones, proyectos, acompañados de productos de la tierra, de unos deliciosos moritos y vino del Duero.

Nosotros, pasamos en Salamanca algunos días de agosto, hasta recién comenzado el nuevo siglo. Una delicia el jardín de Patino con su charca para darse un buen baño. Y Basilio con su mujer Pilar y su hija Teresa pasa los veranos, aunque asegura: “¿Sabes? No salgo mucho de casa, no me gusta encontrarme con ciertas personas en esta ciudad que está sobrada de gente. Aquí respiro y me siento a gusto”.

A veces, más tarde que nosotros, llega el también lumbralense Nacho Francia, íntimo del director, que nunca quiso salir de la ciudad, donde conoce a todos y todo, ensartando sin parar dichos, rumores y verdades tejidos en la provinciana ciudad. Nacho es oído y voz, colador y suministrador de noticias variadas.

Las conversaciones zumban y rezumban sobre esto o aquello, sobre directores y películas que pueden ser y no son, sobre las existentes y poco necesarias. Crítico elocuente, certero, habla de estos y de otros y también de sus viejos y nuevos proyectos, como ese sobre Urruti que permanece sobre una mesa, apiñado junto a revistas y libros. Pero eso es dentro de la casa, fuera, al frescor del jardín, haciendo soportable el calor de agosto, todo es más ligero, más amigable, sincero y cercano. Un jardín que será anexionado y certificado para la posteridad en su siguiente película, Octavia.

No sólo serán nuestros encuentros en Salamanca, también habrá otros en su maravilloso ático madrileño con el Palacio Real al fondo.

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CINCO

2001. Salamanca ha conseguido el título de Ciudad Europea de la Cultura. El primer coordinador de tal evento había sido Pérez Millán, que de forma sorprendente dimitió. Sobre esta persona (al igual que de otras), como he indicado fallecida hace unos meses  (en mayo de este año), ya escribiré, cuando corresponda, en el apartado de mis memorias (sección Amarcord de la revista de cine Encadenados).

Allí, en la ciudad, Pérez Millán se atribuyó haber creado la primera escuela de cine en un ayuntamiento, y luego fue recompensado con la medalla de oro de la ciudad (2014). No está mal que creara esa escuela, pero no hubiera estado de más, con premios y no premios recibidos por ello (galardones que se conceden casi siempre entre grupos amigables), haber reconocido que en el principio tal idea le surgió después de haber conocido personalmente (y tomar buena nota en una larga conversación conmigo en dos tiempos: en la laboral de Cheste, donde le invité a dar una charla, y luego en una terraza de la Plaza Mayor en la que mi charla fue transcrita con papel, pluma y magnetofón en ristre) tanto la labor sobre cine que llevaba a cabo en aquel centro educativo como la puesta en marcha, en 1982, de la escuela de cine en un ayuntamiento de la Comunidad Valenciana, el de Puçol, donde por cierto, Sabín, aparte de hacerse cargo durante años de ese proyecto, montó la primera televisión municipal que hubo en la Comunidad Valenciana. Con inteligencia y poco dinero. Con sus dificultades, claro, parecidas a las que tuvo que enfrentarse Basilio cuando creó una emisora de televisión en el círculo de Bellas Artes de Madrid (3).

2002. El año de la capitalidad europea para Salamanca. A Basilio le encargan una película. Libertad absoluta para rodar. Mi hijo está de meritorio en el rodaje. Me hubiera gustado estar siguiendo el rodaje, pero por mi trabajo es imposible. De todas maneras en un puente me traslado a Salamanca y durante dos días estoy con él en el rodaje. Se lleva a cabo sin problemas aunque Basilio no está demasiado de acuerdo con su director de fotografía porque dice no compartir la belleza de las imágenes. Algo que no entenderé demasiado, ya que esa belleza (de Salamanca) es el contraste con la fealdad del quehacer diario.

La película, titulada Octavia, va al festival de San Sebastián. Basilio me anima a que le acompañe invitado por el certamen al pase de la película. Rehúso por problemas personales. Las críticas son, en general, buenas aunque algunas enseñan el hacha. El público, al parecer, la recibe fríamente, nada en comparación con lo que ocurrirá el día que en una gran sesión de alto copete se proyecta en Salamanca, como punto fuerte de los actos de la capitalidad europea.

Desde el impresentable alcalde de la ciudad, aquel batallador alcalde pepero que tomó como objetivo de la lucha los papeles de la guerra (in)civil depositados en el Archivo Histórico, hasta algunos enrabietados prebostes de la ciudad que pidieron que fuera lapidado o al menos expulsado de Salamanca el autor de aquella degradación de la ciudad.

El bello filme —final de la trilogía— ponía su acento sobre el encanto político de la ciudad bajo el dominio de la derecha. Una belleza (de ahí que defienda la fotografía) que oculta miseria de todo tipo. Duro trago para Patino el desdén con el que se recibió el filme y más los ataques personas que tuvo que padecer. Aquello le llevó a refugiarse, aislarse aún en más, en su bella, y muy silenciosa, morada. Menos mal que el consejo ciudadano no decidió quitarle la medalla de oro de la ciudad que recibiera en 1996. Uno más de los muchos galardones recibidos, algunos de los cuales adornan las paredes del… cuarto de baño de su ático madrileño.

En 2002, el festival de Valladolid también quiere apuntarse un tanto con el homenaje  al director en el que aseguran “por primera vez se proyectará la obra completa del director”, una falacia ya que esa obra, en su totalidad (exceptuando Octavia que aún no se había realizado) se había pasado en el festival Cinema Jove de Valencia. Claro que en Cinema Jove no deja de ser, para los de la Seminci más que un festivalillo. El grande es el suyo, faltaría más. Allí está aún de director Fernando Lara y entre los colaboradores Pérez Millán, que al parecer durante unas meses comparte un discutible trabajo con el de director de la Filmoteca de Castilla y León, como he dicho con sede en Salamanca.

Hay más, Millán va a presentar un libro más completo (cuenta con Octavia) que el presentado por mí en Valencia en 1996. También se van a celebrar varias mesas redondas sobre el realizador. De parte de estas cosas me entero por Basilio que me llama repetidamente para preguntarme si he recibido la invitación para estar presente en una de las mesas redondas. Se indigna al saber que no me ha llegado nada. “De todas maneras, ven. Tienes que estar presente”. Pues no, Basilio, no voy a entrar en batallitas absurdas. Si no me quieren, que no me quieran. No voy a rogar la admisión en tal distinguido club.

La verdad es que clubs de estos, en el mundo del cine hay muchos. Si no se lo creen pregunten en algunas revistas por nuestro Encadenados, en los foros o libros de consulta que quizá se han llevado a cabo. Probablemente, aunque de sobra nos conozcan, aparezcamos como prohibidos, desaparecidos o silenciados, incluso por antiguos colaboradores nuestros que deben renunciar a sus orígenes si quieren entrar en la cofradía de los números uno. Es el precio que deben pagar. Somos poco cosa para competir con sus excelencias. Patino, el querido Basilio, sabía mucho de ello.

De todas maneras la primicia de Octavia —un primer montaje en el que entre otras cosas luego cambiaría el comienzo— la tuvimos Sabín y yo en la casa salmantina de Patino, donde habíamos acudido a una especie de congreso (organizado por la filmoteca salmantina) donde se habló de muchas cosas y también, para eso estaba Basilio, sobre las célebres conversaciones cinematográficas del 55. Un dato curioso: allí, como participantes en los debates, estaba el realizador André Delvaux, que pocos días después de terminar aquel evento se trasladaría a Valencia donde moriría de un ataque fulminante.

2005. Basilio recibe la medalla de oro de la Academia del Cine. Se lo merece. Al fin la academia reconoce su labor. Una forma de resucitarle, porque muchos cinéfilos (ni siquiera han visto Octavia) están convencidos de que ha muerto.  

2006. En el festival Tirant organizado entre otros por el diario Levante deciden darme un premio por mis años de trabajo (en los centros de profesores y fuera de ellos) en pro del audiovisual escolar valenciano con el fin de lograr incluirlo en la enseñanza no universitaria. Me lo conceden en un momento malo para, mí ya que me encuentro inmerso en una gran depresión. Intento que no se lleve a cabo pero es imposible.

Sin que me entere, mi mujer, mis hijos y Sabín se encargan de avisar a distintos amigos de aquí y de allá sobre el acto. Mi sorpresa es grande cuando me entero que va a venir Basilio. “Cómo me lo voy a perder, faltaría más. Aquí me tienes”, me dice cuando nos vemos.

Vinieron más amigos madrileños (Hernández Marcos, Carlos Losada, Milagros) todos ellos queridos, pero para mí, en aquel emotivo acto (mi familia, la gente de la revista, Carles Alberola, Juan Manuel Soler, Piti, Dora, Daniel… y muchos más) la presencia de Basilio fue más que una sorpresa. Era la constatación, por si lo dudaba, de la gran amistad que (mutuamente) nos profesábamos.

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2007.  En noviembre la Universidad de Salamanca se acuerda de él: es salmantino, ha estudiado en la universidad y ha creado grandes obras e innovadoras obras cinematográficas. Le nombran Doctor Honoris Causa.

Allá estoy en el Paraninfo, asistiendo a su doctorado, que se completa con una película (Palimpsesto salmantino), montaje con fragmentos de sus anteriores títulos, emisora de un claro discurso junto a unas palabras de las que reproduzco el final: “Hoy vuelvo a estar aquí, medio siglo después (se refiere a la celebración de las primeras Conversaciones nacionales de cine de las que he hablado antes), quizá algo más experimentando pero igualmente libre. Me conmueve ser el motivo responsable del encuentro. De nuevo he regresado, si es que de verdad me he marchado alguna vez. Estoy aquí como siempre, con películas incluso propias, con aquella misma pasión de amor-odio que nos une con lo que más se quiere. Querer es tratar de comprender sinceramente y comprender implica también la libertad de poder disentir. Siempre en la amistad y en la alegría de estar en lo que te gusta, para poder convivir por encima de todos los posibles desacuerdos. Cada uno debe poder seguir su propio camino”.

A Salamanca, para dar fe del acto también se ha trasladado una de las colaboradoras de Encadenados, hoy día desaparecida en los mares del tiempo, Daniela, con quien escribo un largo artículo en nuestra revista.

Hablo, antes del acto, brevemente con Basilio, mucho más breve (enhorabuenas, abrazos por aquí y por allá) al terminar. Y marcho con mi mujer y unos amigos. Al día siguiente me llama Basilio: “¿Cómo no has venido a la comida? Te esperaba. Allí estaba…”.

Seguro estaban muchos corifeos y chupópteros, incluso cronopios, aduladores de ocasión. Nada de eso le dije. Fui escueto: “Nadie me ha invitado, me ha dicho nada sobre esa comida”. “No lo entiendo”, respondió. “Sabían que contaba contigo, así estaba previsto… tuvieron que decirte”. “No pasa nada, Basilio, aparte que aquí voy a estar pocos días y tenía que estar con unos amigos. No te preocupes, donde hemos comido también hemos levantado una copa por ti”.

2008. Basilio realiza un maravilloso ensayo audiovisual, Espejos en la niebla, en el Círculo de Bellas artes de Madrid (años antes fue director de la entidad). Basilio me avisa de la inauguración de tal evento y allá me presento como había hecho años antes en el mismo sitio, para participar —por imposición de Basi— en una mesa redonda sobre su cine, aunque mi nombre no apareciera en el programa original. Me maravilla su montaje. Hablamos, cenamos y nos despedimos hasta muy pronto porque tengo en mente una idea que nos volverá a juntar a ambos.

Me pongo en contacto con el festival de Huesca, donde he conocido a sus dirigentes el año anterior, y les propongo, con motivo de este montaje, llevar a cabo, dentro de su certamen, un homenaje a la obra del director. No estaría de más llevar, como complemento, el montaje audiovisual.

Problemas de coste y de propiedad hacen imposible presentar ese montaje, pero no el homenaje a Basilio, así como preparar un libro —más sobre Espejos en la niebla que sobre la obra completa del director—. En el libro va a colaborar una de las nuestras, Milagros, gran admiradora del cine de Patino y que, al ser vecina de Madrid, no se ha perdido ninguno de los actos que sobre el director se han llevado allí a cabo. En el proyecto entran otras dos personas más.

El libro lo presentamos Milagros y yo en el festival de Huesca. Comemos, cenamos, hablamos con Patino, que vuelve a estar contento, en forma. De todas maneras de vez en cuando se queja, ante nuestra incrédula sonrisa, de su memoria.

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SEIS

2011.  En Madrid, y luego en gran parte de España, aparece una marea de indignación ante la realidad política que se vive. Se ha iniciado con una manifestación, el 15 de mayo en Madrid. De ahí surgirán acampadas en las plazas céntricas de las principales ciudades. La más importante la de la Puerta del Sol de Madrid. Un día, porque le apetece pasarse por allí, o bien porque su hija Teresa le ha hablado de ese movimiento del que forma parte, Basilio recorre la Puerta del Sol. Hablan con los acampados, se interesa por lo que allí se lleva a cabo. Sonríe desde su ansía libertaria al reconocer a una juventud —hasta entonces dormida— ahora activa y luchadora, emergiendo en busca de soluciones desde la solidaridad.

Le ha impresionado tanto que vuelve un día y otro, hasta que se decide a filmar aquella explosión de sensata libertad. Toma imágenes tras imágenes que luego en su estudio-taller montará con mimo. Pondrá un título Libre te quiero, alusión al poema de García Calvo al que Amancio Prada, amigo de Basilio, ha puesto música. La canción ya ha aparecido en una de sus películas anteriores, Los paraísos perdidos. Ahora el título, y no sólo, lo va a utilizar para dar forma a su documento (4).

Sería en 2013 cuando recibí una llamada de Pilar (hacía tiempo que no hablábamos), la mujer de Basi: “que sí sé que mañana vamos a Valencia”; (pues no) “a la Facultad de Filología para presentar para un departamento ‘Libre te quiero’, el documental”. (No tenía muy claro por qué, ni para qué; dijo departamento como podría haber dicho aula o para tal profesor). “Voy con Basilio”. Me dice la hora y el lugar (12 de la mañana en el salón de grados de Filología). Añade algo que me deja perplejo: “Basilio no está muy bien. Te advierto de ello. A veces no contesta a lo que se le dice o repite las cosas”.

Aquellas palabras no me sonaron bien.

No sabía nada. No había leído en ningún sitio indicación alguna sobre aquel acto, así que avisé a todos los que acudían al taller de cine que imparto en una asociación de mayores, con una cierta relación con la Universidad de Valencia. Menos mal porque si no se llega a realizar esa comunicación el vacío hubiera sido casi total. Lamentable en una facultad que además añade a la palabra Filología lo de Comunicación (y Traducción). Con  nuestra gente, incluso, no superamos las cincuenta personas. Y eso tirando de largo.

Esperé a Patino en la entrada. Nos abrazamos. Me conocía, claro, pero su discurso era repetitivo, se trabucaba y volvía con la misma cantinela. Fue muy triste comprobar su estado. De todas maneras, él, un hombre libre, cantor de la libertad, había sido capaz de realizar aquella obra esperanzadora sobre el clamor de los indignados.

Clamor que, desgraciadamente, hoy, parece barrido por el viento, como el propio Basilio. En el caso de los manifestantes, barridos por la comodidad, o acaso seguridad, pero ¿en qué? En el de Patino, por una enfermedad que se hacía ya notar.

SIETE

1996-basilio-libro2017. Domingo, 13 de agosto, 11.30 de la mañana. Recibo un SMS de Israel, al que sigue una llamada de Sabín. Me dan la noticia que no conocía. Basilio ha fallecido. “Las redes sociales han dado cuenta enseguida de la noticia”. No lo he sabido por eso. Soy reaccio a las redes sociales. Nunca las he necesitado en mi vida…

La noticia me deja KO. Realmente el día en que asistí, y estuve con Basilio, en la proyección de Libre te quiero, sabía que había muerto. Ya, con él, no había posibilidad de comunicación alguna. Preguntaba a amigos de Madrid por su estado, pero nadie parecía saber nada.

Unos meses antes, un día antes del evento, me llamaron para decirme que en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes se le iba a hacer un homenaje o le iban a dar no sé qué. Que estaría presente y habría una mesa redonda dominada por los de siempre, los que necesitaban salir en las fotos junto a una persona que ya no era nadie o casi.

Sentí una cierta repugnancia de aquel acto que me parecía fuera de lugar. Sobre todo porque aquella persona, ya sin casi voz propia, nada podía decir. Era como alguien manejado a distancia, como aquellos muñecos que aparecían en La seducción del caos. No sólo había perdido la memoria (él que era una de las memorias del país), también la libertad. Me era imposible dar el visto bueno a un acto que me parecía una barbaridad. Quizá me equivocara. Quizá lo aguiluchos bailones, ojeadores, sólo estuvieran en mi mente. A lo mejor, desde su mente no sé dónde, Basilio soñará en paraísos recobrados mientras a su lado otros intentaban ser figuras descoloridas de flashes, portadas, televisiones. Quién sabe.

OCHO

Basilio se ha ido. Nos ha dejado un poco más huérfanos, también menos libres. Los señalados en este largo artículo han sido sólo algunos de nuestros encuentros. Ha habido más, como la presentación en la FNAC de Valencia de la colección de DVDs con sus trabajos audiovisuales y otras jornadas, mesas redondas en la Universidad de Valencia o en la Filmoteca.

Muchas horas de encuentros, de charlas, de confesiones, de realidades que parecían cuentos o de cuentos que parecían realidades. Sus proyectos que no fueron, su gran cultura, su saber, sus dudas, sus mismas negaciones u ocultaciones. Una vida, como la de todos, de luces y sombras pero, en muchos casos, sin la intensidad que la suya.

Ha tenido que sufrir persecuciones, incomprensiones, desconocimientos y hasta le ha sido hurtada, aunque a escondidas, la autoría de algunas de sus películas que, desde la comicidad (no se puede llamar de otra manera) se han querido atribuir algunos de sus colaboradores.  

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NUEVE

Gracias, Basilio, por tu obra, por tu amistad, por ser como fuiste, por tu sentido, desde la duda, de la búsqueda de la verdad desde tu libertad. Esa que está en tu cine, como ejemplo fehaciente, y que nadie podrá nunca usurparte, aunque lo intente.

Tu cine, siempre vivo, expectante, solícito, descubriendo los mil senderos señalados en tus maravillosos juegos centrados, muchos, en nuestra ciudad, a veces triste, a veces alegre, siempre dubitativa, ronroneante, tratando de mirar al futuro y de buscar, aquí y allá, esa libertad que es posible dentro de lo imposible. La libertad, la personal, la nuestra, que nadie podrá quitarnos jamás. Y no, no debiste enfadarte porque a veces algunos (de esos grandes críticos, cinéfilos) me negaron estar en una mesa a tu lado. Lo prefería, la verdad, porque, desde mí, en tal caso lo único que quería certificar era una cosa: la amistad. Sólo eso, que era un amigo de verdad.

Por supuesto, no era Basiliev quien había hecho la película rusa incluida en Casas viejas, ni siquiera Patinov, o a lo mejor sí porque tú fuiste la mujer de Tarde de domingo, Lorenzo, Berta, Benito, Hans, Escribano, Rodrigo, Octavia y todos y cada uno de los personajes de los maravillosos documentos que realizaste. Eras todos y uno. Desde tu memoria personal convertida en memoria de la realidad de un país.

Eras, Basilio, la memoria viviente de un pueblo que busca la libertad.

Espero que tu hija, desde el conocimiento que ha tenido de ti, sea un ser libre. Que haya sabido, sin duda, cómo eres, y que mi libro, aquel en el que analizaba tu obra, le haya servido, como decía en las palabras que a ella (entonces una niña de ¿5?, ¿7? años) dediqué: “A Teresa, para que este libro sea una ventana abierta por la que se asome desde su paraíso nunca perdido a la obra de un hombre que ama la libertad: su padre, Basilio Martín Patino”.

Escribe Adolfo Bellido López

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Notas

(1) Ricardo Muñoz Suay fue uno de los ayudantes de dirección del primer largometraje de Basilio, Nueve cartas a Berta.

(2) He escrito muchos artículos sobre Patino y su obra. Destalles sobre el rodaje de Octavia o el acto en el que se le concedió el Honoris Causa en la universidad salmantina, artículos que han aparecido en esta revista digital Encadenados. Aparte de ello está mi comentario sobre Madrid en la revista Nickelodeon. Varios sobre su cine, en especial Nueve cartas a Berta, en los boletines del cineclub Universitario de Salamanca. Sin olvidar, claro está, los libros Basilio Martín Patino, un soplo de libertad, editado por la Filmoteca Valenciana y el festival de cine Cinema Jove, y Espejos en la niebla, un ensayo audiovisual editado por el festival de cine de Huesca. Y más, muchos más.

(3) De arribistas y escaladores está el mundo lleno. Aprovechados que hinchan sus currículos para darse importancia, se les considere o se tiendan alfombras rojas a su paso. Ocurrió, no sé si sigue ocurriendo (¡allá tal personajuillo!) con un alegre (¿periodista?, ¿cinéfilo?) que había dejado caer en Wikipedia, y sitios similares, que nada menos que él, con diez añitos había puesto en marcha el cineclub de la Universidad Laboral de Cheste. Sí, con esos añitos y cursando primero del bachillerato de entonces (final de los sesenta, comienzo de los setenta). Falacia que hace reír mucho a los encadenaditos chestanos y a los que vivieron el nacimiento y progreso de aquel inolvidable cineclub, del que hablaré algún día en mis memorias de Amarcord, si tengo ganas y tiempo no sólo el mío, el que tengo ahora, sino el que la vida me concede. Eso sí, simplemente, ahora, para la historia diré que aquel cineclub que dirigí, organicé, coordiné desde sus inicios, y que llegó a ser importante, lo puse en marcha en noviembre de 1971, proyectándose en el Paraninfo de aquel centro educativo para un grupo de unas 300 alumnos Viento en las velas de Mackendrick.

(4) Basilio nunca ha sido un documentalista, entre otras cosas —muchas veces me lo ha comentado y estoy de acuerdo— porque el documental no existe. Algo que también Godard ha certificado ante el papel prioritario del montaje: varias imágenes tomadas en sitios diferentes unidas por el montaje propician el mensaje (por llamarlo de una manera, no muy adecuada, pero válida en un sentido generalista). En definitiva, que el documental no existe: es una falacia, en el mismo sentido o sinsentido del propio cine.

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