Identidad borrada (2)

  12 Abril 2019

Denuncia de las terapias contra la homosexualidad

identidad-borrada-1Reconocido por su trabajo como actor (Loving, Jeff Nichols, 2016), Joel Edgerton  ofrece en su segundo largometraje como director una visión muy crítica sobre las consecuencias de los supuestos tratamientos para erradicar la homosexualidad en comunidades cristianas.

Ya sea por cosas de la casualidad o del destino, la película viene a ratificar la vigencia, en los ámbitos más conservadores de la sociedad, de la creencia en las posibilidades de eliminar la identidad sexual mediante procedimientos físicos y psicológicos semejantes a los que utilizan sectas o grupos fanatizados. Las recientes noticias sobre los cursos para curar las consideradas «patologías de orientación sexual» por el Arzobispado de Alcalá de Henares, y la ambigüedad de las recomendaciones del Papa Francisco sobre la conveniencia de «consultar a expertos» confirman la necesidad de un filme como Identidad borrada.

El guión sigue fielmente las líneas trazadas por el libro homónimo donde Garrand Conley narra su traumática experiencia en el programa Refugio, gestionado por la organización privada a la que acudieron sus padres para que su hijo fuera curado de lo que se consideraba una aberración similar a adicciones como el alcoholismo o las drogas.

Lucas Hedge (Manchester frente al mar, Kenneth Lonegan, 2016) encarna al adolescente Jared Eamons, el alter ego de Garrand, verdadero protagonista de las torturas infringidas por los conductores del programa que dirige con mano de hierro Victor Sykes (Joel Edgerton).

El problema de Jared se ve incrementado por el contexto social y religioso en que viven él y su familia. Russell Crowe interpreta al padre, Marshall Eamons, un pastor y predicador baptista, representante de la preeminencia de las creencias religiosas  sobre otras consideraciones destinadas a comprender a su hijo o procurar su bienestar. Por ello, sigue el consejo de recurrir a expertos, en este caso los jerarcas religiosos de su comunidad. Con notable acierto, Russell Crowe muestra el blindaje moral de un personaje firme en los principios de su fe y sin dudas sobre la forma de resolver un problema que no se esfuerza en comprender. Si cada opción religiosa posee un catálogo de pecados y su correspondiente redención, la terapia del centro escogido para reconducir la presunta desviación sexual de Jared cuenta con una nómina  ejercicios para reeducar la conducta.

Con una organización paramilitar y un uso recurrente de rituales y castigos propios del lavado de cerebro, el proyecto de reconversión desarrolla todo un programa que aplica reglas bien conocidas: aislamiento de la familia, acrecentamiento del sentimiento de culpa y oraciones y plegarias a modo de mantras espirituales. El método incluye tanto el entrenamiento externo, con la práctica de una gestualidad que exalta lo masculino, como el interno, dirigido a la adquisición de un perfil psicológico varonil a base de machaconas consignas. El sufrimiento, derivado de la conciencia de una singularidad considerada anomalía, se intensifica con las prácticas de sumisión y obediencia ciegas, que se exigen al individuo para su integración en lo que se presenta como «normalización social».

Esta película no trata de indagar en los conflictos que plantea el descubrimiento y  aceptación de la identidad sexual (La vida de Adèle, Call me by your name) sino de los retos y contradicciones de una sociedad que se resiste a admitir la diversidad de género en todos los ámbitos: familiar, educativo y social. Pues la confusión y el dolor del protagonista trascienden su intimidad para invadir la de los miembros de su entorno más cercano: la familia.

Como se puede leer en los créditos finales, en EEUU hay treinta y seis estados que aplican y difunden la idea de que la homosexualidad es una enfermedad susceptible de ser tratada y eliminada. Si el padre representa la fe absoluta, la madre (Nicole Kidman) da vida a un personaje que se debate entre sus creencias religiosas y la necesidad de comprender y apoyar a su hijo. Los dos progenitores se complementan en un juego de contrarios que enfrenta la fe con la ternura que terminará por imponerse en este drama biográfico basado en hechos reales.

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La actitud y comportamiento maternos evolucionan desde el miedo a la transgresión de las normas hasta el instinto para percibir la desazón de Jared, y el valor para denunciar las irregulares prácticas del programa. Su función en la historia es similar a la de las heroínas que rescatan a las víctimas, es decir, conduce el relato hacia un horizonte de esperanza. Al hacerse solidaria con la rebelión del hijo, se hace también con la complicidad de los espectadores implicados en el desarrollo del argumento.

Pues aunque el relato no está exento de la emoción resultante de una hábil administración de la tensión narrativa, el tono del filme es mesurado y sin estridencias. La sencillez del lenguaje visual, de la puesta en escena y de los movimientos de cámara podría responder a la necesidad de desatender la forma para evidenciar el contenido, de por sí suficientemente excesivo y conmovedor.

La película dura casi dos horas y se aguanta bien, lo cual es indicio de que, al menos, el director y guionista domina el oficio de contar. Ya que de eso se trata: de contar una historia terrible con naturalidad, de mostrar los hechos en su progresión lineal con leves retrospecciones al uso. Un argumento sin complicaciones estructurales ni formales, de una sencillez que roza lo simple, pero muy claro y pedagógico.

Joel Edgerton, en su inicial carrera como inventor y realizador cinematográfico, ha optado por un relato que se limita a poner sobre la pantalla los acontecimientos  pertenecientes a la memoria de una persona real llamada Garrand Conley.  Esta vez ha optado por una narración dramática, muy distinta de su anterior filme, El regalo (2015), un thriller.

Aquí no se tratan temas universales, no se investiga, no se indaga en los conflictos, no se penetra en el interior de los personajes. El relato se queda en la superficie de los hechos. Quizá, por eso no sea una gran película, pero es una película necesaria.

Escribe Gloria Benito

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