Terminator: Destino oscuro (1)

  07 Noviembre 2019

¿Nueva etapa? Bueno, dejémoslo

terminator-destino-oscuro-11En los años 70, una actriz española definió el rol de los intérpretes en nuestro cine de aquella época con una frase lapidaria: «Tanta teta tienes, tanto vales». La alusión, claro, se refería a ese cine de desnudos justificados y guiones más atentos a mostrar generosamente cuerpos —sobre todo femeninos— que desarrollo de personajes.

Hoy, en Hollywood, la premisa es la misma, pero allí el sexo está prohibido y los guiones se limitan a reciclar materiales preexistentes, por lo que la definición vendría a ser: «Tanta saga tienes, tanto vales».

Las sagas, lo único que hoy cuenta para los ejecutivos de los estudios. No vale inventar algo nuevo, porque no saben si funcionará. Hay que seguir acumulando episodios de sagas galácticas, de superhéroes, de comedias disparatadas o de Jason Bourne, Bond, James Bond, y sus imitadores. Poco más.

En ese contexto, la saga de Terminator es un caso curioso, no en vano habla de «Día del Juicio Final», es decir, en el que la Tierra acabará… o mejor dicho, acabó, porque estaba fechado a finales del siglo XX.

Y, evidentemente, no sucedió… o quizá sí, al menos en los despachos de los grandes estudios de Hollywood, donde quizá hace dos décadas que no quedan auténticos creativos, nuevos ejecutivos, y han sido sustituidos por máquinas que se limitan a hacer un trabajo repetitivo. Meticulosamente, eso sí.

La saga de Terminator

En 1984, un desconocido James Cameron (que venía de trabajar con Roger Corman en la serie B, con títulos de bajísimo presupuesto) estrena Terminator, un relato de ciencia ficción con una clara apuesta por el terror, donde Schwarzenegger es un robot (llamado T-800) venido del futuro para acabar con Linda Hamilton en el presente; en el fondo, el tradicional asesino psicópata que persigue a la chica que logra escapar en el último momento. Un éxito y película de culto apenas unos años después.

Ya asentado en la industria, Cameron prácticamente copia el guion de su anterior película para crear Terminator 2: El día del Juicio Final, en la que toma dos decisiones que demuestran por qué pronto sería el director/productor de dos de los títulos más taquilleros de la historia: Titanic y Avatar.

Esas dos decisiones clave son: primera, convertir al musculoso Arnold Schwarzenegger en el bueno de la función, ya no es la amenaza sino la salvación (entonces Arnold era sinónimo de éxito seguro; luego… se dedicó a la política y mejor corramos un tupido velo); y segunda, convertir a los efectos especiales en los auténticos protagonistas de la película: imaginativos, sorprendentes, nunca vistos hasta entonces y copiados hasta la saciedad incluso hoy, sobre todo la parte del T-1000, el nuevo robot capaz de transformarse en cualquier cosa que toca, mucho más avanzado que el viejo T-800 de Arnold.

Entonces, Cameron abandonó el barco para ocuparse de otros que, aunque naufragaran, le llenaron los bolsillos.

Y la saga, efectivamente, naufragó.

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Jonathan Mostow había dirigido un barato e imaginativo film de persecuciones con camiones (Breakdown, 1997) por lo que los brillantes ejecutivos de turno lo eligieron para Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003), una peli llena de carreras de camiones, persecuciones llenas de destrozos y dos decisiones que casi arruinan el futuro de la franquicia: primera, la mala de la función era una terminatrix que calcaba los gestos y modos de su hermano mayor, el de la peli anterior (el T-1000 capaz de transformarse en todo); y segunda, finalizaba con el día del juicio final, aunque aquí sin juicio ni nada: la humanidad se iba al garete.

Y sí, aparecía el Schwarzenegger bueno, pero volvía a morir, una vez más, al final de este tercer episodio, siempre por el bien de la Humanidad. Aunque ya no quedara nadie para agradecer su detalle.

Así, con esa honestidad de planteamiento, pero con ese pesimista final… la continuación de la saga se hacía complicada.

Aunque, como siempre que hay dinero y falta de imaginación por medio, los ejecutivos de turno se inventaron una continuación fácilmente olvidable: Terminator: Salvation (2009), en la que la acción se centraba en el futuro, en concreto en la lucha que mantenía el John Connor, líder de la resistencia —del que tanto habíamos oído hablar en la saga pero poco habíamos visto pelear—, con las máquinas de Skynet. Schwarzenegger aparecía sobre todo digitalizado —la edad ya no perdonaba— y era un film con cierto aire al mundillo de Mad Max.

Los ejecutivos tomaron en aquel caso dos decisiones clave que a punto estuvieron de arruinar, una vez más, la saga: primera, no había contacto con el mundo actual, sino que todo era ciencia ficción y sin gotas de terror —recordemos, las claves del éxito inicial—, por lo que el público oficial de la saga andaba perdido; y segunda, dieron la dirección a McG, un director —es un decir— que venía con una tarjeta de visita inmejorable: las dos entregas de Los ángeles de Charlie… quizá la peor saga de la historia, aunque en unos meses volverá a nuestras pantallas.

Con esta tarjeta de visita, el destino de la Humanidad y de la saga tenía pocas posibilidades de futuro.

Pero hubo un futuro, aunque sólo fuera para demostrar que no es cierto aquello de «No hay quinto malo».

Ahí está Terminator: Génesis (2015), de Alan Taylor. Aquí hubo unanimidad de público y crítica: no gustó a nadie. No encajaba con las líneas temporales de la saga, no se entendía —pese a la simpleza de su guion, todo sea dicho—. Nada dejaba huella, ni siquiera en taquilla.

Así que James Cameron ha vuelto a la saga, en su sexto episodio, para intentar reflotar un barco que andaba más hundido que el Titanic.

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Llega Terminator: Destino oscuro (2019)

El difícil equilibrio entre todo lo anterior y algo nuevo, ese era el gran desafío que debía abordar Cameron desde su posición de nuevo productor estrella de la saga, aunque no ha sido director —al menos oficialmente—, tarea que ha recaído en un antiguo diseñador de efectos especiales que llegó al cine, precisamente, con una ingeniosa parodia de los superhéroes y superasesinos que nos invaden: Deadpool (2016).

En esta apuesta por reflotar la franquicia a toda costa, Cameron ignora los episodios 3, 4 y 5… y si hay alguna más, también. Es decir, todo lo que no ha sido directamente suyo (los dos primeros episodios), no vale.

Pero no juega limpio con su propio material, porque crea un universo paralelo que va contra… contra… bueno, dejémoslo ahí.

Ojo, en este párrafo viene el «spoiler»: prescinde del final de su primera peli y del de la segunda para incluir un prólogo que lo cambia todo. Así, porque sí. Y lo cambia porque el personaje de Schwarzenegger, el T-800, que ya se había convertido en el héroe de la función, reaparece en una escena difícil de justificar, para crear una realidad paralela, en la que John Connor ya no es el líder de la resistencia humana. Y hasta aquí puedo leer.

Superado el problema de qué hacer con las secuelas que se realizaron sin el beneplácito —y el cheque— de James Cameron, se trata de crear algo nuevo, capaz de sorprender al público y llenar los cines.

Empiezan los problemas: en un mundo políticamente correcto, sobran los machotes de los 80 y han de entrar ellas en acción, también duras, con más músculo que cerebro, envejecidas, pero mujeres al fin y al cabo… o casi, porque la nueva heroína de la función en realidad es… bueno, dejémoslo.

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Y llega el turno de recuperar a los originales de la serie: primero ella, la exmujer del propio Cameron: Linda Hamilton vuelve a su papel de hace 30 años… con 30 años más, porque ella es humana, no androide. Da gusto verla envejecer tan bien con armas arriba y abajo, comentarios irónicos y… y poco más.

Y por último él, el incombustible —es un decir— Schwarzenegger… que a duras penas se mantiene en pie, por lo que actuar, lo que se dice actuar… bueno, dejémoslo.

Lo que no se entiende es cómo el T-800 que interpreta está envejecido, si se supone que es una máquina. Al parecer, el interior se conserva intacto y es sólo la piel que le recubre la que ha envejecido. ¿Ustedes lo entienden? Efectivamente, este cronista tampoco.

La trama, eso, la trama. La misma que la del segundo episodio: individuo flacucho, aparentemente un alfeñique, pero se transforma en todo lo que le viene en gana. Sí, como el T-1000 de Terminator 2. De hecho guarda mucho parecido con aquél, salvo que México está de moda y aquél era blanco de ojos claros, mientras este individuo tiene unos rasgos más mejicanos.

¿Cabe una lectura política acerca del invasor con aspecto mejicano al que deben enfrentarse las dos rubia de ojos azules, heroínas de la función? Bueno, dejémoslo ahí para los más sesudos.

Lo políticamente correcto lo invade todo. Todo, todo.

¿Hemos hablado de la presencia femenina? ¿Y de los múltiples finales para contentar a todo el mundo? ¿Y de la gran cantidad de violencia? ¿Y del sexo? Ah no, sexo no, aunque hagan maravillas con los encuadres para no mostrar un pezón cuando los y las androides llegan a la tierra en pelota viva. El sexo no encaja con el público joven al que se dirigen estos productos. Porque lo dicen los ejecutivos de Hollywood. Sangre la que quieras. Sexo… bueno, dejémoslo.

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¿Os he dicho que todo está lleno de mujeres? Pues imaginaos quién será la futura líder de la resistencia… (uy, creo que me ha traicionado un artículo por ahí), pues sí, pero el cambio de roles de machos por hembras ya estaba en Terminator 3… aunque esa no era de Cameron, luego no cuenta.

Aquí se ignora todo lo anterior y se reinventa lo mismo… o sea, copiamos pero sin que lo parezca porque… bueno, dejémoslo.

Y puestos a no entender, uno se pregunta cosas que quizá no tienen que ver con la película: gran parte transcurre en México, porque el tema está de moda —ahora, no en el futuro hipotético: cosas de Trump y del Oscar a cineastas mexicanos—, pero curiosamente se rueda aquí, en España, en Madrid, Murcia y Almería, por más señas… y naturalmente en Hungría; el este de Europa es lugar obligado de rodaje hoy en día para las multinacionales. Buenos precios y abundantes reducciones de impuestos ayudan lo suyo. Seguramente. Eso sí, tenemos intérpretes españoles en el papel de mexicanos, con acento y todo. En una saga de Cameron. Histórico, oigan.

Lo increíble no es la incoherencia del guion, ni la falta de emoción en las largas peleas (todas calcadas del episodio 2, que sí era de Cameron), ni los efectos especiales rutinarios (calcados también del… bueno, dejémoslo).

No. Lo malo es que ni siquiera sorprende, apasiona o te molesta. Ni siquiera eso. Todo transcurre en una apatía previsible. Visitando lugares comunes. Repitiendo escenas. Copiando chistes. Ciñéndose a clichés ya muy antiguos.

Uno no entiende realmente qué hace aquí Cameron. Vale, está lo del cheque, pero ¿sólo por eso?… bueno, dejémoslo.

¿El destino? Con secuelas como ésta, será oscuro, sin duda.

Escribe Mr. Kaplan

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