Jojo Rabbit (3)

  08 Febrero 2020

Heil, Gila!

jojo-rabbit-00Para mucha gente, parece haber algo profundamente irreverente en el hecho de que un judío interprete a Hitler en una película. Del mismo modo que ya lo hiciera un gitano —Chaplin, en El gran dictador—-, ahora el emergente Taika Waititi, director del momento con cada vez más protagonismo en series —Lo que hacemos en las sombras o The Mandalorian— y largometrajes —Hunt for the wilder people, Vaiana, Thor: Ragnarok—, se enfunda el traje beige y el brazalete de la esvástica para componer un Führer caricaturesco, histriónico y con variados registros que van desde lo amable hasta lo amenazante e histérico, pasando por lo grotesco.    

Pero puestos esos epítetos, no parece que la irreverencia pueda predicarse de su tratamiento al sufrimiento de los judíos, los homosexuales, los discapacitados o cualquiera de los grupos que fueron masacrados en el Tercer Reich y que aparecen representados en la película. Más bien, los espacios de consideración y ternura diseminados a lo largo del filme, se han centrado fundamentalmente en estas víctimas.

Por otro lado, Waititi se ha atrevido a mostrar desde el humor lo ridículo de ciertas actitudes de los nazis, y desde el sarcasmo y la sátira, ha caracterizado a sus principales gerifaltes, reservando para sí el papel del líder supremo. Pero lo que llama la atención es que se ha guardado retazos de humor blanco y caricatura amable para señalar la condición de algún personaje que, perteneciendo a la Wehrmacht, no podía ridiculizarse del mismo modo que las bestias sanguinarias de la Gestapo. La humanidad sin fisuras de este protagonista en concreto se nos soslaya a lo largo del metraje, pero cuando aparece en su rotundidad comprendemos muchas cosas, tanto de su biografía como de su comportamiento. Siendo un elemento secundario y caricaturesco, es uno de los que más llama la atención por su complejidad cuando se descubre el pastel.  

Así pues, nos hallamos muy lejos de aquello que con tanta polémica se quiso representar en La vida es bella: ni Benigni se atrevió a ponerse a sí mismo en el papel de verdugo, ni el protagonista infantil que hizo de hijo suyo fue nunca consciente de los horrores del nazismo, precisamente porque su padre decidió ocultárselos. Los personajes eran allí de una pieza, y sólo albergábamos dudas de la integridad del médico de los acertijos, que acaba resolviéndose de una manera oscura, en cierto sentido coherente con el relato del verdadero nazismo: es éste quizá el único atisbo de ambigüedad moral de una película que no tenía demasiados grises.

Por contra, en Jojo Rabbit el niño (Roman Griffin Davis) vive el nazismo desde dentro: pertenece a las Juventudes Hitlerianas y su mayor anhelo es matar a un judío. Por si fuera poco, tiene como amigo imaginario al propio Adolf Hitler (Waititi), con quien departe habitualmente y de quien obtiene guía espiritual, en ocasiones por encima y en contra de lo que dice su propia madre, una maravillosa y tierna Scarlett Johansson que se adueña de la pantalla y es consciente de esa pérdida de autoridad moral sobre su hijo, pero que no renuncia a quererlo y cuidarlo.

Visto así puede sonar terrible, pero Waititi se encarga de darle un punto justo de comedia al drama, de manera que lo horrible suena mayormente ridículo, sugiriendo la idea de que a veces la realidad es más absurda que espantosa, o que a fuer de espantosa resulta grotesca. Uno no puede evitar recordar, salvando las debidas distancias, al maestro que hizo del absurdo de la guerra un arte: Miguel Gila.

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No es una idea fácil y ni siquiera —hay que reconocerlo— se lleva a cabo siempre con la mayor fortuna a lo largo de la película: hay momentos en que los chistes parecen manidos o poco trabajados, abundando el histrionismo frente a lo ocurrente. Pero la tónica general es de equilibrio y acierto, alcanzando en ocasiones altísimas cotas de emotividad. Sólo por esos momentos ya vale la pena el visionado de la película, y hay que decir que éstos se acumulan en su final: la poética conclusión de la escena de los cordones de los zapatos, Sam Rockwell haciendo gala de su oculta condición, el libro de Jojo mostrándose por fin en toda su plenitud, la escena final entre Thomasin McKenzie y Roman G. Davis, tan sutil, discreta y delicada como potente por su significado y por culminar, de la mejor manera posible, con el carrusel de emociones en que Waititi nos ha subido casi sin esperarlo: humor, amor, tragedia... un epítome de la naturaleza humana plasmado en un impulso sencillo, pero liberador, con el Heroes de Bowie de fondo.

Pero antes de la conclusión, Waititi ha ido dotando de sentido a su película de un modo un poco más prosaico, aunque no por ello menos señalable.

La idea fuerza de la película parece ser la de cómo la propaganda y la manipulación —especialmente en la infancia— es el principal elemento al que se recurre con objeto de asegurar la pervivencia política de un régimen que debía durar mil años. Como puede imaginarse, Waititi no está hablando solamente del Reich, ni pretende transmitir la idea de que aquello no puede volver a pasar. Más bien late en el desarrollo del filme la convicción de que aquellas técnicas de manipulación están hoy más presentes —por lo invisibles, por lo masivas y cotidianamente asumidas— que lo estuvieron entonces, y que no debemos descuidar, frente a su efectividad, la educación de nuestros hijos.

En una u otra medida, los padres ausentes —el uno en el frente, la otra en avatares políticos— hacen que Jojo caiga presa del espíritu de los tiempos. Será su enfrentamiento con el principio de realidad el que haga —mediante la amistad, el amor y el horror— que Jojo evolucione hacia otra cosa.

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Hay que decir que está transición no se halla lo suficientemente bien explicada en la película, y que a veces se solventa mediante elipsis un tanto groseras. Waititi parece haberse preocupado más de imprimir su estilo al guion, basado en el libro de Christine Leunens (Caging Skies) que de ser fiel a lo que la autora narra en su obra. Ello tiene un aspecto positivo y otro negativo.

El negativo ya ha sido señalado: no hay una explicación satisfactoria, por insuficiente, de la transformación del protagonista. El positivo es que Waititi ha añadido matices que, según parece, no se encuentran en la obra literaria: ésta es un drama, y lo de Waititi es una tragicomedia; ni siquiera el personaje de Hitler aparece como amigo imaginario en la novela, y por la evolución de este personaje —que también la tiene, de un modo divergente al de Jojo—, cabe decir que ha sido un añadido notable.

Hay muchos más elementos —generalmente estéticos— que hacen recomendable el visionado de la película: todos los actores y actrices están muy bien, incluso los niños, y la música de Michael Giacchino es maravillosa: a los elementos extradiegéticos, de composición propia, cabe añadir un prólogo y un epílogo sorprendentes: I wanna hold your hand de los Beatles y la ya mencionada Heroes de David Bowie ¡cantadas en alemán!

En resumen, una película de alta sensibilidad, ni mucho menos perfecta, pero sí estimable. Una joyita menor que puede disfrutarse en familia porque, sin ocultar el horror, lo encara de un modo diferente: sin morbo, sin moralina, sin excesivos maniqueísmos, mostrando el poder redentor del humor, pero también su capacidad para desnudar la tiranía, disfrazada tantas veces de ideal salvífico.

No se la pierdan.

Escribe Ángel Vallejo 


Más información sobre Taika Waititi:
Thor: Ragnarok
Vaiana 

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