El cuadro (4)

  09 Noviembre 2019

Un juego experimental de múltiples lecturas

el-cuadro-1Andrés Sanz debuta en el largometraje con la película El cuadro (2019), una introspección en clave de thriller, sobre Las meninas de Velázquez, que invita al espectador a entrar en un juego de espejos muy atrevido/atractivo.

Las meninas (1656) es una de las obras más estudiadas y analizadas de la historia de la pintura. A pesar de lo cual no existe una versión consensuada sobre su significado. Más de tres siglos y medio después, expertos, eruditos, investigadores, aficionados… no han podido desentrañar su misterio. Un cuadro tan hermoso, enigmático e inquietante que fascina por igual a cualquier espectador que lo contemple.

Andrés Sanz, confiesa ser uno de esos espectadores atrapados desde la infancia por la magia de esta obra maestra de Velázquez. La primera vez que lo vio expuesto en el Museo del Prado, con solo seis años, casi a oscuras en un montaje especular muy de la época, dejó una impronta tan profunda en su subconsciente, que no es extraño que ahora tantos años después haya elegido este cuadro, que para él es el cuadro por antonomasia, para debutar en el largometraje.  

No obstante fue el azar («objetivo») el que propició ese reencuentro con el pintor y su obra, nos cuenta el autor. Aquella impresión infantil dormida se despertó un día de forma apremiante después de visitar  la exposición La familia de Felipe IV (ese era el título del cuadro antes de 1843) que el Museo del Prado realizó en 2013. A partir de entonces comenzó su particular odisea para sacar el proyecto adelante.

Seis años después el resultado es una película documental «de misterio», personal y heterogénea, en la que introduce el mundo animado del stop-motion (cuyo referente son los hermanos Quay) junto a entrevistas filmadas, imágenes de archivo, fragmentos de películas, maquetas, fotografías, grafismos… para crear un universo audiovisual donde coexisten la puesta en escena teatral, la composición plástica y la planificación cinematográfica en un juego experimental de lenguajes heterodoxo, creativo y muy dinámico.

Hay películas que transpiran la pasión que sus creadores han puesto en ellas y El cuadro es una de ellas. Andrés Sanz no quería que su película fuese un documental convencional sobre una obra de arte con narrador, testimonios y bellos encuadres. Buscaba sobre todo emocionar y eso requería de una estructura dramática acorde con la intriga que despierta el cuadro.

Lo ha conseguido creando un imaginativo thriller de suspense dividido en doce capítulos (que según nos confiesa es casual, aunque nos hace dudar porque hay más doces ocultos por descubrir) introducidos por un prólogo de ficción donde un personaje (Eusebio Poncela) sueña que ve el escenario de un crimen, a través de la cerradura iluminada de un armario cerrado.

En este universo inventado a partir del mundo real todo es posible y de la misma forma que lo hizo Velázquez en su cuadro, Sanz se introduce también en el suyo para entrevistar a los personajes reales que aportan su testimonio y conocimientos. Son ilustres historiadores como Jonathan Brown, Francisco Calvo Serraller, Svetlana Alpers, José Manuel Cruz Valdovinos y  Fernando Marías; expertos conservadores de arte como Manuela Mena, Michael Gallagher, Keith Christiansen y Javier Portús; o grandes artistas como Antonio López y Eve Sussman, entre otros.

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Andrés Sanz habla con profundo respeto de la generosidad y entusiasmo con que cada una de estas personalidades entraron en su juego de espejos, para desde su experiencia profesional y personal, sobrecogidos por la magnitud de la mente del genio y de la obra, ofrecer con humildad y emoción, su particular interpretación y opiniones. Coincidentes, unas veces, antagónicas otras, alternativas, complementarias…

Cada uno de ellos ofrece interesantes aportaciones (recopiladas en más de 60 horas de grabación) que el director edita en su particular «montaje de atracciones» para crear un  discurso emocional sobre «esa escenificación de la realidad en la que todo es ficción» como se refiere Calvo Serraller a la representación pictórica y que puede hacerse extensible también a la película.

Es precisamente al historiador, ya fallecido, al que está dedicado El cuadro. Su testimonio es quizás, ya presintiendo la muerte, el más oscuro y emotivo de todos. Serraller ve el cuadro como «el mejor teatro de sombras que se ha hecho jamás», una interpretación de la melancolía y del paso del tiempo (pasado, presente y futuro), una mezcla de agonía, esperanza e ilusión, en el que campan los fantasmas, los pintados («Es un cuadro de fantasmas») y los que deambulamos ante él («Ellos son los que siempre están ahí, nosotros somos solo sombras»). 

También resulta conmovedor escuchar a un artista de la talla de Antonio López plegarse ante el talento de Velázquez o a Manuela Mena revelar apariencias ocultas donde otros ven solo evidencias…

Andrés Sanz es un consagrado cineasta, con formación artística. Estudió Bellas Artes en Madrid y cine en Carolina del Norte y San Francisco. Una larga (debutó en 1994) y fructuosa carrera le avala, con diez cortometrajes muy creativos, a sus espaldas, entre los que destacan Emily, Greensboro (1995), Bedford (2006) y Flat Love (2009). Todos ellos multipremiados (y que pueden verse en el enlace al Blog de Encadenados que añadimos al final).

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Son películas en las que no solo impresiona la factura técnica y estética sino el planteamiento conceptual de un autor que pretende llegar más allá de lo obvio e interpelar a un espectador activo, como le gustaba hacer a Patino, a Buñuel, a Duchamp… o al mismo Velázquez. ¿A quién miran los personajes del cuadro sino a nosotros los espectadores?

Convencido de que «el espectador hace al cuadro», Sanz propone un juego metacinematográfico que pretende involucrarle (sea cual sea su bagaje cultural) en la trama, para que él mismo, al final, llegue a su propia conclusión.

No era tarea fácil, pero consigue gracias a una hábil estructura narrativa, un escrupuloso  montaje, un ritmo dinámico y una banda sonora minimalista, muy efectiva (de Santiago Rapallo), hilvanar un discurso multicapas, adaptado a todos los públicos, sin desdeñar la metáfora ni la ironía, que no se agota en un solo visionado.

El resultado es una película muy creativa, didáctica y apasionante que mantiene el interés y activa la mente.

Escribe Leo Guzmán


Más información sobre Andrés Sanz:

Dirigiendo cortometrajes: Andrés Sanz (El Blog de Encadenados)
Flat Love

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