Los hermanos Sisters (3)

  02 Junio 2019

La fundación de un espacio

los-hermanos-sisters-0El western es inmortal. No hay género más apegado a unas coordenadas espacio-temporales tan restringidas, y sin embargo sigue produciéndose en los lugares más variopintos y en las condiciones más adversas. Y no sólo eso, sino que por si fuera poco es capaz de ganar premios en los festivales de prestigio, como le ocurrió a Los hermanos Sisters en Venecia, donde obtuvo el León de Plata a la mejor dirección.

La razón de su persistencia quizá sea que se trata del género más puramente cinematográfico que existe. La comedia, el musical o el terror pueden encontrar otras vías de expresión en diferentes manifestaciones artísticas, pero el western nace con el cine y es impensable si no es junto a él. Así lo han entendido autores de la más diversa procedencia, como el francés Jacques Audiard, quien nos ofrece aquí una incursión en el género que películas como Un profeta ya vaticinaban. No hay tanta distancia entre ellas como puede parecer.

La acción se inicia en Oregón en 1851 (reconstruido, al igual que los distintos emplazamientos que irán surgiendo, en Almería, Navarra o Rumanía), en plena fiebre del oro, con la expansión hacia el oeste que la acompañó. Ése es el marco en el que se desarrollará una historia típica de persecución, violencia, traiciones y venganzas. Y con ella la eterna confrontación entre la barbarie y la civilización que a duras penas se abre paso.

Los hermanos Sisters son unos asesinos a sueldo del Comodoro, potentado que les encarga sus trabajos y que encarna el emblema del poder difuso y oculto, de ahí que apenas aparezca en pantalla. En este caso siguen a Morris, un investigador privado, también empelado del Comodoro, quien tiene la misión, a su vez, de perseguir al descubridor de un compuesto químico que revolucionará la obtención del oro. Morris tiene que encontrar al autor del hallazgo y los Sisters llegarán tras él para arrebatarle la fórmula sin reparar en los medios utilizados.

A partir de ahí, durante la primera mitad de la película, se desarrolla una road-movie a caballo en la que destaca la descripción del entorno y la caracterización de los personajes, y a través de ellos la evocación de una época que se mueve en el filo de lo que está dejando de ser y lo que se apresta a sustituirla.

Son muchos los momentos que entroncan en lo mejor de la tradición del cine del oeste. Se puede destacar entre ellos la escena en que Eli dobla el chal, referencia clara al capote de Ethan Edwards en Centauros del desierto, completada después con la hermosa escena en la que el pistolero compra un poco de ternura a la prostituta desorientada ante la extraña petición que le hace. También el descubrimiento del cepillo de dientes, signo de progreso que seduce primero a Eli y más tarde a su hermano, en un gesto, en primer lugar, de acercamiento entre ellos, pero al mismo tiempo de lo imparable que resulta el nuevo modo de vida que se va apoderando del caos.

La oposición entre hermanos es una metáfora de ese mundo en transformación que habitan. Mientras Charlie es el violento, borracho y malhablado, Eli intenta introducir un poco de racionalidad en la vorágine que los atrapa. Él representa la superación de la brutalidad que rige en su entorno. No sólo es quien sabe leer, sino que se replantea su vida, quiere abrir una tienda, cuida su aspecto, protege a su hermano y busca una intimidad con él que Charlie ni entiende ni aprecia. Cuando afirma que nunca había llegado tan lejos, Eli cree ver en ello un gesto de cariño, una apelación a la esquiva fraternidad sepultada bajo obligaciones profesionales, pero Charlie habla de distancias geográficas, «en línea recta».

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Sin embargo, igual que la civilización requiere en ocasiones de ejércitos para ser salvada, la brutalidad de Charlie fue la que los liberó del terror ejercido por su padre, y no las buenas maneras de Eli. En esa contradicción, en los esqueletos enterrados bajo las leyes, en las comunidades construidas a punta de pistola, es en la que se resume la esencia del western, y con él la de cualquier civilización.

También los otros dos personajes están muy bien trazados. Tanto Morris como Warm poseen esa especie de bondad ingenua que se contrapone a la crudeza del medio que los acoge. Ellos son el ansia por redimir un mundo caótico que todo lo arrastra con su caos. Al encontrarse se reconocen, y a través de ese reconocimiento inauguran lo que vendrá y cuyas huellas ya se perciben por doquier.

La película es un relato oscuro, como oscuros son los tiempos que se viven. Desde la escena inicial, donde las tinieblas apenas son rotas por el fuego de las pistolas, casi toda la acción se desarrolla de noche, de tal forma que lo particular, lo personal, pierde peso en favor de una ola difusa que todo lo arrastra. La violencia se impone por encima de sus artífices y sus víctimas. En cierto modo puede leerse lo que se nos cuenta como un viaje desde aquellas tinieblas a la claridad que finalmente acoge a los protagonistas en el regazo de la madre.

El tránsito de una a otra no es súbito, sino que la semilla que superará la furia fundacional está ya plantada y comienza a dar sus frutos, y no sólo en las ideas utópicas de Warm. Se rastrea en las casas en construcción, en los hoteles caros y exquisitos, en los restaurantes donde las buenas maneras son innegociables, y en esa deslumbrante imagen de San Francisco ante la que los hermanos quedan fascinados. La ciudad es mostrada a través de los ojos de los Sisters, quienes se integran en la multitud al tiempo que la cámara se alza sobre ella para acentuar la sensación de descubrimiento. Como dice Morris, estamos en un mundo que se está creando con la velocidad que se emplea en recorrerlo. Es casi la mirada la que lo crea, como es, podríamos añadir, la mirada del western la que ha construido el territorio sobre el que se desarrolla.

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La comunidad que se anuncia, y no sólo en la voluntad del químico, es la que se erige a modo de tentativa entre los cuatro personajes. Esa alianza, un tanto ingenua por la facilidad con la que se convierten a ella los hasta ese momento forajidos, en especial Charlie, inicia una nueva época que se consuma con la muerte del Comodoro.

Lo interesante de esa muerte, deseada por lo que significa más que por el mero instinto de supervivencia o de venganza, es que ya no respeta la lógica que él mismo inauguró. No es producto de la violencia de la que el personaje era partícipe e instigador, no es el resultado de la rueda en la que todos están inmersos, sino que ha tenido lugar, entendemos, de forma natural, y será objeto también de un funeral civilizado. Es la metáfora, a su pesar, de los nuevos tiempos que llegan.

La película describe una mitología, y lo hace de forma brillante. Cuando pretende dar cuenta de ella, explicarla, pierde fuelle. La referencia al padre para entender el comportamiento de los hermanos no sólo resulta innecesaria sino que desmerece el tono elegíaco que había sabido construir. Y eso sin hablar del leve toque moralista que resuelve la acción, al mostrarnos que es la ambición, la de Charlie queriendo apropiarse de todo el oro sin las cautelas necesarias, la que acarreará todos los males.

Los hermanos, cansados, mermados físicamente, con Charlie por fin indefenso al perder su brazo de matar, regresan al hogar materno, en un plano que remite de nuevo a Centauros del desierto, pero que forma parte ya del imaginario del western, un género que no muere porque, tras la apariencia de lo exótico, habla del eterno humano.

Escribe Marcial Moreno  

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