Midsommar (3)

  03 Agosto 2019

El miedo a lo visible e invisible

midsommar-0Hace poco más de un año se estrenaba una de las películas que definieron el pasado año y redefinieron el cine de terror moderno de los últimos años. Estamos hablando de Hereditary, obra novel creada por un nombre totalmente desconocido, Ari Aster, quien ejercía de hombre orquestra (guionista, productor y director) proponiendo una historia verdaderamente angustiosa que se podía leer a diferentes niveles y que paulatinamente se revelaba como una suerte de Exorcista de nuestros tiempos.

Lo cierto es que sorprende el poco tiempo que ha pasado entre Hereditary y este nuevo estreno, Midsommar, su segundo filme. Igual de implacable y con una estructura narrativa similar que funciona como un tour de force in crescendo hasta la traca final. Midsommar lanza a la cara otra historia terrorífica que ya desde su magistral inicio inflige un dolor inaudito en la mente del espectador.

Resulta curioso cómo en ambas obras el miedo que provoca Ari Aster proviene principalmente del otro, del prójimo, de lo que puede llegar a hacer una persona, ya sea por influencias externas, por creencias religiosas, por desesperación, traición o desamor. En ambas, el miedo proviene de un familiar, de un amigo, de una pareja o de un grupo de pertenencia del propio individuo protagonista. No hablamos del miedo a lo desconocido, sino de lo malo por conocer. Hablamos de lo que se percibe y no se ve hasta que cristaliza en realidad.

En Midsommar arrancamos motores con Dani, una joven muchacha que espera pacientemente la respuesta de su familia a sus llamadas y correos electrónicos para descubrir finalmente que han fallecido en un suicidio colectivo orquestado por su hermana. La muchacha se refugia en su novio, un joven que no la quiere y a quien él maneja a su antojo. Juntos terminarán invitados por otro amigo a unas fiestas en un pueblo perdido entre las montañas suecas para celebrar el solsticio de verano.

Dentro del festival del terror

Pronto quedará patente que uno de los motivos de ese miedo invisible e ingrávido que sobrevuela el metraje proviene de la relación tóxica que Dani mantiene con Christian. Él tiraniza su relación con ella por cómo la trata (al igual que tiraniza también la relación con sus amigos y compañeros de doctorado), por cómo la maneja, por cómo se sale con la suya. Pero no es un abusador visible: no grita, es afable y educado y es la analogía perfecta de lo que supone el peligro invisible.

A nivel antropológico, Midsommar nos enfrenta a la cara oscura del folklore nórdico. A una cultura diferente, con unas creencias diferentes, más propias de la mitología y las leyendas populares, que hacen cosas para otros impensables y las hacen a plena luz del día. Son actos terroríficos que —aquí sí y a diferencia de Hereditary— se adivinan desde el minuto en el que nos introducimos en ese mundo de luz y de color bañado en flores y cánticos. Ese es el terror visible, abominable, pero más real y explícito del que puede ejercer Christian sobre el control de Dani. ¿Debemos respetar unas tradiciones arraigadas en un pueblo por monstruosas que sean?

Desde luego, Midsommar es una cinta de terror en la que no hay terror, o al menos no el terror clásico y formulario que todos conocemos. De ahí que muchas de las críticas que el filme ha recibido incidan en su ausencia de secuencias de miedo al uso. Y es que Ari Aster está reinventando el género a su manera. Ya lo hizo con su primer filme y ahora lo confirma de nuevo y a través de múltiples referencias cinéfilas: El mago de Oz, The wicker man, La semilla del diablo o Alicia en el país de las maravillas son algunas de las que se manejan.

También a nivel técnico todo resulta apabullante: una excelente fotografía cegadora con saturación de colores intensos, unos planos que envidiaría hasta el mismísimo Spielberg, unas estampas de cautivadora belleza a la par que acongojante, un guión inteligente con diálogos depurados y un grupo de actores que cumplen correctamente con su cometido. Y atención a una Florence Pugh a la cabeza, actriz jovencísima a la que ya se le augura un prometedor futuro inmediato.

Midsommar demuestra la brillantez con la que el realizador maneja las situaciones, dosifica la exposición de lo que se ve en pantalla, mete momentos de carnaval grandguignolesco e invierte las estructuras narrativas lógicas (la secuencia inicial es probablemente la que produzca más miedo de todo el filme) para hacer la cinta de terror que le da la gana. Y nosotros le aplaudimos por ello.

Escribe Ferran Ramírez

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