Mug (4)

  09 Febrero 2019

Sueños de libertad

mug-1Aunque la nueva película de Malgorzata Szumowska, Mug (2018), se adentra en algunas cuestiones esenciales de la Polonia de nuestros días, su alcance es profundamente universal. El tema sobre el que gira la narración cinematográfica sería el desprecio al otro, la intolerancia hacia los demás, la falta de empatía con respecto a los individuos que huyen de las rutas que marcan las consignas tradicionales.

El filme cuenta con una extraordinaria interpretación de Mateusz Kosciukiewicz, que da vida a Jacek, epicentro de Mug. Los diversos matices del protagonista se enfatizan con la estructuración bimembre de la película. Estas dos partes discursivas remiten a El cazador (1978), de Michael Cimino, o La chaqueta metálica (1987), de Stanley Kubrick. Así, en la media hora inicial de Mug, auténtico modelo fílmico sobre cómo presentar a un personaje y su entorno, apreciamos un joven vitalista y divertido, que juega con su perro en los bosques de la aldea polaca donde vive; se muestra radiante de felicidad con Dagmara (Malgorzata Gorol), su novia; y escucha emocionado su música predilecta: el heavy.

La barba, el pelo largo, la chupa de Metallica y los tatuajes configuran su indumentaria. Todo Jacek irradia entusiasmo y libertad, y este fulgor apasionado va a encontrar un muro en la sociedad polaca del siglo XXI, metonimia de cualquier país contemporáneo (incluso los democráticos), donde los prejuicios y la marginación de los considerados «diferentes» alcanzan hoy niveles preocupantes. En este sentido, Szumowska gradúa muy bien la correlación de todos los grupos que marginan, desde la familia al Estado, pasando por las parejas sentimentales y el clero.

Antes del fatal accidente que transformará la vida de Jacek, hay dos escenas relevantes donde las actitudes discriminatorias laten con fuerza (lo que hace la caída y posterior desfiguración de Jacek es exacerbarlas): la primera tiene lugar en el momento en que el cuñado (Robert Talarczyk) del joven se opone a que Jacek pueda emigrar a Londres («Los polacos deben vivir en Polonia»), y poco después le recomienda que se corte la melena («Así, pareces gilipollas»). En su intransigencia absoluta, el personaje del cuñado parece algo arquetípico y falto de credibilidad.

La segunda, por su parte, se despliega cuando Jacek conduce por las calles del pueblo con la música altísima de Metallica, y varios niños corren tras el vehículo insultándolo («¡Satánico! ¡Satánico! ¡Satánico!»).

Jacek trabaja en la construcción de un gigantesco Cristo en los pasajes naturales junto a su aldea. Se trata de una estatua que pretende superar la altura de la de Río de Janeiro. Ya de por sí, este proyecto arquitectónico nos revela la trascendencia de la religión católica en Polonia, uno de los países europeos, junto con España e Italia, donde este credo posee más feligreses. El Papa Juan Pablo II y el Sindicato católico Solidaridad, encabezado por Lech Walesa, fueron determinantes para el paso de la dictadura comunista a la democracia capitalista en Polonia.

Sin embargo, la enorme figura religiosa también le sirve a Szumowska para alertar, simbólicamente, de un cristianismo más preocupado por la ornamentación y la espectacularidad (en consonancia con la fuerza publicitaria del capitalismo), que por ayudar a los más desfavorecidos. Qué digna la secuencia donde Jacek rechaza las escasas limosnas de los parroquianos para su trasplante facial.

El punto de inflexión del filme acaece a la media hora del largometraje. Con un gran picado, vemos que Jacek está soldando en la parte superior del torso del monumento. Lo observamos distendido, relajado (la vida le sonríe, su novia le ha dado el visto bueno para el matrimonio). De repente, unos pequeños pasos en la tarima donde está subido le abren las puertas de la desgracia. Accidente. Oscuridad. Los planos difuminados, el sonido de los helicópteros, la llegada de la ambulancia potencian la tensión dramática, soberbiamente regulada en los siguientes minutos con las escenas interiores del hospital hasta que, por fin, descubrimos las secuelas de la caída: un rostro deformado, un ojo casi cerrado y las cicatrices que recorren la cara de Jacek.

mug-4

En un ámbito cinéfilo, nos recuerda al protagonista de Abre los ojos (1997), de Amenábar, encarnado por Eduardo Noriega. En la esfera literaria, conecta con la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein, en la novela homónima de Mary Shelley, de 1818; y a Gregor Samsa de La metamorfosis, de 1912, de Franz Kafka. El aspecto de Jacek, al igual que pasara con el insecto de Kafka o el monstruo de Shelley, provocará el rechazo de casi todos los individuos con los que comparte su vida, a excepción de su hermana (Agnieszka Podsiadlik) que, cual la Grete kafkiana, le brindará el único refugio de cariño y comprensión.

Tal como ocurriera con los citados personajes literarios, Jacek mantendrá intacta su humanidad, su esencia bondadosa, su deseo de amar y ser amado. Con estas palabras, define Szumowska al protagonista: «provoca ansiedad y a la vez risa y asombro, no sólo en su familia sino también en la aldea; me impresiona su energía pura y natural, con su honestidad en un mundo lleno de distorsiones. Jacek posee todas las características del héroe romántico. Es la definición de la libertad».

Existe una progresiva oposición a Jacek por los que antes lo rodeaban. Esto se distingue claramente en los personajes de la madre y la novia, sus antiguos referentes existenciales (al principio del filme, en una escena dentro del cementerio, nos enteramos de que su padre ha fallecido). La progenitora considera que alguien ha usurpado el alma y el cuerpo de su hijo, y se niega a reconocerlo como suyo. Dagmara ya no está enamorada de él, empieza otra relación sentimental, e incluso baila desnuda en el pub del pueblo, con el anhelo de olvidarse de Jacek.

Las escenas correlativas que plantea Szumowska resultan brillantísimas. En el puente sobre el río, en la parte inicial del filme, los novios prometen casarse, en unos planos repletos de romanticismo. En ese mismo espacio, ya en la parte última del largometraje, Jacek se sincera con Dagmara: «Tú has cambiado». Se trata de uno de los puntos clave de la película: no es Jacek el que se transforma, pese a su aspecto distinto (continúa vitalista, bromeando, escuchando canciones heavy), sino los individuos adyacentes a él, que se mueven en una ola de desprecio e ignorancia.

La directora efectúa una crítica valiente de los religiosos polacos. Las confesiones con el cura de la madre, el cuñado y Dagmara son humorísticas en el sentido de que llama la atención que, en pleno siglo XXI, los clérigos ansíen con vehemencia controlar la vida privada de las personas. El filme muestra cómo la sociedad polaca rinde pleitesía a los representantes católicos. Algunos individuos como Jacek no siguen la senda religiosa. ¡Qué significativas las escenas en la iglesia donde los feligreses cantan y Jacek permanece en silencio!

mug-5

Paralela a la crítica eclesiástica, Mug transmite un feroz ataque al consumismo, propio de los sistemas capitalistas. La primera escena de la película, magistral, muestra el enloquecimiento de los ciudadanos en la jornada de apertura de las rebajas en un almacén de ropa interior. Después de su accidente, Jacek se convierte en un juguete televisivo (acude a programas, ofrece numerosas entrevistas, es objeto de reportajes). Desde los medios de comunicación no existe una solidaridad por Jacek, sino el interés monetario por sacar partido a su imagen. La sociedad actúa de manera cómplice con relación a las artimañas audiovisuales. Qué reveladora la secuencia en la que, junto a los periodistas, una multitud de vecinos se reúne en torno a Jacek: no quieren preguntarle por su estado, solo hacerse selfies con él.

Otro punto importante del filme, que favorece el dinamismo de la obra, radica en el humor. Ya el propio Jacek es divertido y proyecta afabilidad en la mayoría de las situaciones. Quizá una de las escenas más graciosas sea la del simulacro exorcista, que Jacek, visiblemente harto, pone término: «Estáis de la puta cabeza». El plano aéreo final, con el enorme Cristo con la cabeza girada (el obispo se empeñó en que mirara en dirección a Río de Janeiro) provoca la risa, pero, a la vez, una profunda reflexión sobre un credo que ha perdido las raíces evangélicas. En buena parte de Mug, bajo el prisma de la gracia, se esconde toda una crítica al consumismo publicitario.

Visualmente, Mug es una película muy rica, con una potencia estética inolvidable. Sobresalen las secuencias a cámara lenta, como en el paseo a caballo de Dagmara y Jacek, que resalta el esplendor de su vínculo amoroso. Asimismo, el empleo fotográfico del efecto diorama, el conocido como tilt shift, distorsiona las imágenes con el objetivo de plasmar la creciente deshumanización de la sociedad polaca y, por extensión, la mundial.

El desenlace del filme queda abierto, con un primer plano de Jacek en la cristalera del autobús, donde se aleja del pueblo donde ha vivido desde que nació. No sabemos lo que le deparará el futuro, si encontrará o no personas que le quieran y respeten. Lo que está claro es que las canciones de James Hetfield y Lars Ulrich continuarán alentando su caminar.

Mug logró el Oso de Plata correspondiente al Gran Premio del Jurado en la última edición de la Berlinale.

¿Sería una fiera, que la música le emocionaba de aquel modo?
Franz Kafka, La metamorfosis.

Escribe Javier Herreros Martínez 

mug-3


Más artículos...