El vendedor de tabaco (3)

  11 Junio 2019

Pulsiones muy freudianas

el-vendedor-de-tabaco-1El vendedor de tabaco es esa película que te cuenta una historia dentro de un contexto, tanto como el contexto en sí a través de una historia. Ese fondo es el inicio de la ocupación nazi de Viena; y esa historia, la de Franz Huchel (Simon Morzé), un joven de 17 años que se muda a la ciudad a trabajar en un estanco.

El relato se completa con el personaje de Sigmund Freud, que, en un segundo plano, ayudará al protagonista con sus problemas de amor. Su participación no es tan gratuita como pueda parecer, sino que la historia dibuja con destreza sus aportaciones teóricas más insignes en el mundo del psicoanálisis.

El comienzo de la película tiene un buen ritmo e introduce al espectador hábilmente en el tono propuesto. Ese inicio es visualmente una maravilla, gracias a unos paisajes naturales que se potencian con fenómenos meteorológicos como una tormenta eléctrica, y que, por otro lado, se ven apoyados con una buena mezcla de sonido. El director utiliza así la climatología como recurso estético varias veces a lo largo del film, destacando la escena del desnudo de la pareja en la nieve.

Aunque el primer encuentro con el profesor Sigmund Freud está completamente forzado para desarrollar el resto de la historia, pronto esta relación se gana la simpatía del espectador. De manera implícita, la película juega a desarrollar las teorías freudianas a través del personaje principal.

Franz se ve obligado a madurar precipitadamente ante la situación histórica que vive, y en ese proceso, sus «pulsiones» más sexuales comienzan a aflorar. El protagonista se ve estancado en una lucha por el equilibrio entre su Ello (su atracción por la joven Anezka), su Yo (su intento de racionalizar sus impulsos y entender su inconsciente) y su Superyó (la necesidad de pasar desapercibido en un contexto de represión social).

El mayor problema se encuentra hacia su último tercio de la historia. Y es que, a la película le pasa lo mismo que a su protagonista, que afirma «me siento como un barco que ha perdido el rumbo». Así, llega un momento en el que no tenemos claro dónde nos dirigimos o cuál es el objetivo del personaje. La trama deja de lado por un buen tiempo el que parecía ser el arco principal, y ante un escenario de altercados históricos que toma relevancia, el protagonista no parece llegar a involucrarse ideológica o emocionalmente hasta la resolución de la historia.

Debemos destacar la belleza de las secuencias surrealistas que representan el subconsciente del personaje principal. Algunas abusan estéticamente del contraste, pero es completamente lícito en una secuencia onírica.

Tampoco podemos dejar de lado en el apartado de «destacados», la magnífica actuación de su protagonista, ni la escenografía y vestuario tan cuidadosamente trabajados.

El vendedor de tabaco es una historia pequeña, dentro de un contexto grande. Una reflexión sobre el nazismo desde un segundo plano. Un joven lidiando con problemas amorosos junto al profesor Freud, mientras el nazismo incrimina, detiene, mata y pone la humanidad en entredicho. 

Y un estanco cuyo delito es vender «amor y deseo», porque ¿qué sentido tiene la vida sin un poco de placer?

Escribe Jorge García Casarrubios | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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