Cliff Walkers (2)

  23 Noviembre 2022

La Mafia China

cliffwalkers-0La trayectoria del director de Sorgo rojo (1988) ha estado modulada por la estrategia del Partido, del Partido Comunista Chino. Su triunfal debut en la década de los años ochenta del siglo pasado se inscribía dentro de cierto aperturismo político del Régimen, propiciado por Deng Xiaoping, artífice de la superación del  desastroso, ruinoso maoísmo económico (la planificación estatal sin cortapisas: el gran salto adelante et alia), el primer dirigente chino que anteponía la necesidad  del desarrollo y crecimiento de su país a los apriorismos ideológicos: «Gato blanco o gato negro, da igual; lo importante es que cace ratones», proverbio que en España se difundió gracias a Felipe González, aventajado admirador y discípulo del dirigente comunista.

Así pues, el talento de Zhang Yimou brilló con intensidad y con el viento a favor de su gobierno. Había que denunciar los excesos del autor de El libro rojo y se permitía cierta crítica velada a la infausta Revolución cultural, así como aproximaciones historicistas a épocas anteriores al estallido revolucionario.

Zhang Yimou filmó Ju Dou (Semilla de crisantemo) en 1990; La linterna roja (1991), las cuales le reportaron prestigio cinematográfico y fama internacional, todas ellas protagonizadas por su musa Gong Li. Incluso se (le) permitió algún acercamiento a la realidad más inmediata, actual de China con Vivir (1994).

Posteriormente, el director se refugiaría de las inclemencias y vaivenes políticos de su gran nación mediante el cultivo de cierto cine genérico (La joya de Shangai, de 1995) o cultivando el género wuxia: Hero (2002), La casa de las dagas voladoras (2004), hasta la más reciente Sombra (2018).

Su última película responde a una apología de la Revolución, a un ditirambo por los héroes de la revolución, dedicatoria con la que termina este aparentemente rendido y sentido tributo a los artífices anónimos de la gran gesta china del siglo XX. Al fin y al cabo, el patrocinio del gobierno, del Partido, destaca sobremanera en los títulos de crédito, en un afán de reivindicación y de orgullo nacionalista.

El recurso a los patrones genéricos, a los moldes codificados, así como un manierismo sobrevenido por la falta de libertad, por el constreñimiento ideológico, son las herramientas con las que Yimou esculpe, forja un filme tan anacrónico como formalmente académico. El panegírico de la heroicidad correspondía a la épica. Esta en el siglo XX se convirtió en propaganda o en parodia.

La primera, en los regímenes totalitarios o en la producción hollywoodiense que ensalzaba las hazañas bélicas durante la Segunda Guerra Mundial. La parodia, a través del género de espías, con un primer momento de formalización gracias al maestro Hitchcock en su etapa inglesa, y una segunda etapa de sátira por el propio director de Rebeca, en su etapa norteamericana (El hombre que sabía demasiado -1956-; Con la muerte en los talones -1959-; Cortina rasgada -1966-).

También el género de espías se ha nutrido de antihéroes cínicos y canallas, tal como la saga de James Bond, o los personajes de John LeCarré o de Tom Clancy. Un pedestal único e inimitable en el género épico merece la mirada elegíaca, poblada de nostalgia, de un John Ford, pero estas son palabras mayores.

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Así pues, Zhang Yimou perpetra una película de espías que mimetiza el aroma del cine de los años treinta, origen del subgénero. El escenario es la China ocupada por las tropas niponas en dicha década, con lo cual la anécdota argumental facilita la estética formal. Nos encontramos con una película clásica, de estudio; rodada en interiores, en una atmósfera helada en que los artificiales copos de nieve lo recubren todo. Las calles son laberintos por los que se desenvuelven persecuciones automovilísticas propias del cine de gánsteres, del Chicago de los años treinta. Lo mismo sucede con la indumentaria: abrigos, gabardinas y sombreros oscuros, que contrastan con la blancura de la nieve invasiva.

El argumento, como debe ser, es un puro reclamo para captar la atención de un espectador occidental que, a los diez minutos de película, ya no distingue a un personaje de otro y al que los nombres se le superponen en una catarata lingüística de la que es incapaz de discernir el blanco del negro, un patronímico del siguiente.

A grandes rasgos, el filme narra una operación de comandos, cuya misión es encontrar y sacar de la zona japonesa al único superviviente de un terrible lager japonés, para que su testimonio conciencia a la sociedad de las inicuas intenciones y acciones de los soldados del imperio del sol naciente. Este comando está constituido por cuatro chinos de observancia comunista, instruidos en la URSS.

El director se atiene matemáticamente a un formalismo que resulta monótono, plano, romo, viéndose obligado a imprimir algo de nervio mediante secuencias trufadas de violencia excesiva, casi rozando lo gore (torturas, ejecuciones, enfrentamientos callejeros…), a fin de captar nuestra atención, aunque el resultado consista en apartar la mirada de la pantalla.

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Para más inri, el objetivo del comando es saboteado desde principio por las recurrentes infiltraciones, delaciones y traiciones. Todo se convierte en una puesta en escena, en un entramado para detectar y cazar a los infiltrados-traidores de ambos bandos. También se nos aliña y enaltece el sacrificio del comando comunista, el martirologio de los militantes, con algunos toques melodramáticos.

La historia de los hijos mendigos del cabecilla comunista que, abandonados en aras de la causa por sus concienciados padres, ahora sobreviven como pedigüeños a las puertas del Gran Hotel Moderno, en una ciudad cuya rotulación es doble: en ideogramas chino o japoneses, junto con el alfabeto cirílico, propio de la lengua rusa.

Tras muchos sinsabores y muchas penalidades, la misión se lleva a cabo. Una secuencia extra, un añadido mostrado durante la proyección de los títulos de crédito alerta al espectador sobre la lectura que debería haber hecho de lo visto; sobre el espíritu libertario y paródico que late en los fotogramas del filme.

La secuencia añadida es un guiño explícito, directo, a El padrino (1972), de Coppola. En concreto, aquella en que Clemenza ejecuta a Carlo, el marido de Connie, cuya traición a la familia condujo al asesinato de Sony (James Cann). Esta muerte reafirma a Michael como nuevo Don. En la secuencia, Clemenza estrangula con una soga a Carlo, mientras los convulsos pies de éste rompen el parabrisas del coche.

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Esta secuencia es calcada al final por Yimou, cuando el infiltrado comunista en el gobierno nipón ejecuta de idéntico modo al comunista traidor que no ha soportado la presión y en medio del pelotón de fusilamiento (secuencia inicial del filme) se arredra y decide colaborar con los japoneses. De modo circular, la película también se ha cerrado con una nueva secuencia de ejecución, pero ahora favorable a los intereses comunistas, una especie de némesis de la secuencia primera.

El mensaje está meridianamente claro, en medio de la confusión: la dirigencia del partido es una Mafia y lo que hemos visto es una película de mafiosos. El poder comunista está actuando en China y en el resto del mundo como el Hampa. Por eso ese escenario tan gansteril. Por eso toda una serie de guiños que ahora adquieren un nuevo significado. Por eso ese manierismo formal que ha de recurrir a un discurso críptico.

Cuando el Concilio de Trento terminó, la claridad renacentista se vino abajo, en aras de una línea serpenteante y barroca. Pues Yimou hace lo mismo. También en España consiguieron arremetidas contra la Dictadura los filmes de Bardem (Muerte de un ciclista), Berlanga (Bienvenido, Mister Marshall; Los jueves, milagro; Plácido) o incluso los del falangista Nieves Conde (Surcos) y el cine de Borau (Furtivos).

Ahora se capta mejor el guiño argumental: el guion parte de El desafío de las águilas (1968), de Brian G. Hutton, con ese comando lanzado en paracaídas en medio de la blanquísima nieve, cuya misión es un macguffin para engañar a los alemanes. Un director, por cierto, al que idolatra el cine de Tarantino, a su vez homenajeado por nuestro director, en un rizar el rizo sin límite.

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Un gran trampantojo para captar el interés del espectador como aquí para colar una crítica sutil y velada. De ahí esa secuencia incomprensible de la Embajada Rumana, otro guiño en este caso a Misión imposible (1996), de Brian De Palma, secuencia que se utiliza para desencadenar la conclusión y que unos y otros empiecen a matarse con fruición. También ahora se capta el hecho de que la reunión más importante tuviese lugar en un cine, en un cine en el que se está proyectando nada más ni nada menos que La quimera del oro (1925), de Chaplin.

Efectivamente, esa es la nueva política que impregna a la China actual: la búsqueda desenfrenada del becerro de oro, ante la cual Yimou opone la mirada humanista de Chaplin. Igualmente, se percibe el sarcasmo de esos niños mendigos que pululan alrededor del Gran Hotel Moderno. O sea, la China actual, un puro escaparate en el que sobrevive la pobreza. También se puede interpretar la obsesión por la infiltración, el propio reclamo del espionaje, como una acerba sátira contra el mecanismo de expansión mundial de la influencia china-comunista: no se apela al enfrentamiento directo, sino a la paulatina infiltración económica.

La música también desempeña una función importante. El compositor es Yeong-wook Jo, el mismo de Old Boy (2003) y de La doncella  (2016), del surcoreano (como el músico) Park Chan-wook, unos acordes que nos retrotraen al Morricone de las películas de Leone, o a la música del Tarantino de Kill Bill. Y seguimos rizando el rizo de las referencias y las intertextualidaddes.

Zhang Yimou ha tenido que recurrir a un confuso argumento genérico: el intrincado espionaje, para poder denunciar la opacidad del régimen político de su país. Apelamos a esta lectura parabólica, a esta mirada alegórica, pues de lo contrario el filme sería un castillo de naipes que no soportaría el más mínimo soplido crítico.

Y Zhang Yimou se merece cierto respeto.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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