The Farewell (2)

  12 Noviembre 2019

Mentir sin estridencias

the-farewell-1Tras su incursión en el cine como directora y guionista (Postumus, 2014), Lulu Wang, joven cineasta estadounidense de origen chino, vuelve al terreno de la comedia dramática con The Farewell.

Esta producción chino-americana representa tanto la fusión industrial de los dos países como la de una mirada equidistante respecto a ambas culturas. A partir de un episodio familiar que evidencia la necesidad de las mentiras piadosas como forma de cohesión y garantía de la convivencia y estabilidad sociales, Lulu Wang construye una historia  de contrastes entre tradición y modernidad, mediante un argumento donde el duelo y la aceptación de la muerte posibilitan la salida de la crisis personal de la protagonista.

En los créditos iniciales se lee que esta película está «basada en una mentira real», tal como confesó irónicamente la directora en una entrevista concedida al popular programa de radio The American Life. El carácter autobiográfico se proyecta en una historia que relata las vivencias de Billi (Awkwafina), una joven estudiante llena de dudas, inseguridades y miedos sobre su futuro y  decide viajar con su familia a Beijing para acompañar, en sus últimos momentos, a la abuela paterna, aquejada de un cáncer incurable.

Durante su estancia en  la capital china se ponen de manifiesto en el grupo familiar sus diferencias culturales y generacionales respecto a la muerte y sus ritos, hecho que sirve a la directora y guionista para ofrecer un humorístico esbozo de la actual megaurbe y de las señales  que ha dejado la globalización económica en su  imagen externa.

El lenguaje del cómic se cuela en las grandes panorámicas y planos picados de los enormes rascacielos replicados en extensiones casi infinitas, que hacen invisible el suelo de las calles como un Manhattan multiplicado y desmedido. Las excentricidades de una desigual y asimétrica planificación urbanística se exhiben en un paisaje de construcciones discordantes e inacabadas donde se han sustituido los antiguos barrios  por suburbios gigantescos.

Esta imagen aérea simboliza el individualismo norteamericano, ya asimilado por Billi, cuando se enfrenta a la familia en una defensa purista de la verdad como respuesta moral a su relación con la abuela enferma. Frente a ella, la familia defiende el fingimiento como muestra de tradición, amor y deseo de felicidad para los seres amados.

A lo largo del desarrollo argumental, la solidaridad de las viejas costumbres se va imponiendo a la fría soledad de Billi, entre comidas compartidas, banquetes de falsas bodas y tiernos momentos compartidos con la abuela y su particular filosofía de vida. En ella encontrará la protagonista su motivación para aceptar los cambios de rumbo de su existencia.

Con considerable ironía, la directora puebla el filme de personajes y paisajes propios de las nuevas clases medias, aburguesadas y emergentes, de la China actual. Los interiores son territorio abonado para los plásticos y brillos que encontramos en los grandes bazares de las ciudades occidentales, con su dosis inevitable de mal gusto. El estilo kitsch más popular se percibe en los adolescentes adheridos al móvil, con chándal y rizos artificiales; en los interiores de casas, restaurantes y salones de eventos; en las fotografías y preparación de bodas convertidas en espectáculos al más puro estilo americano.

Con esta historia de duelo y renacimiento se hace hincapié en los efectos de una inmigración sentida como necesaria pero no deseada, pues el sentimiento de pérdida y desarraigo persisten por encima del bienestar material. Los personajes de la historia representan a todos los que se ven obligados a abandonar sus territorios, pero no sus orígenes y creencias.

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Al final, lo que el migrante incorpora es aquello relacionado con la supervivencia y el deseado progreso; se cambia en la envoltura contingente, mientras que los valores profundos permanecen como núcleo esencial y clave de futuro. Este es el mensaje que nos transmite la película de Lulu Wang, y lo hace de forma amable, sin correr grandes riesgos, pues se trata de un producto de fácil asimilación para el gran público y que se adecua perfectamente a las exigencias de la industria del cine americano actual.

De acuerdo con esta propuesta comercial, la elección de actores y actrices se entiende también como garantía de éxito de taquilla. El elenco cuenta con notables colaboraciones como la de Diana Lin en el papel de Lu Jian, la madre de Billi. La misma competencia y veteranía de esta actriz, china de nacimiento y australiana de adopción, la encontramos en el hongkonés Tzi Ma, como padre de Billi, al que vimos en el papel de General Shang en La llegada (2016).

Destaca especialmente la actuación —primera y de momento única— de Shuzhen Zaho como Nai-Nai, la abuela octogenaria y reserva de vitalismo y sabiduría. Más plano y menos convincente resulta el trabajo de la rapera y ocasional actriz Awkwafina, excesivamente encorsetada en su rol de joven enfurruñada y reivindicativa. Tampoco triunfó en la cuarta versión de Ocean’s 8, la de Gary Ross, al rebufo de la trilogía de Soderbergh.

Resulta notable el trabajo de la directora de fotografía Anna Franquesa Solano en su primera colaboración, junto a la discreta música de Alex Weston. Lulu Wang pertenece a esa joven generación de cineastas que sabe rodearse de buenos profesionales que aseguren la viabilidad del producto.

El filme tuvo su reconocimiento al ser premiada en la Sección Oficial de Sundance y en la Seminci. Quizá tuvo que ver el toque realista de los diálogos en mandarín, un acierto que aporta verosimilitud a una historia que se deja ver con agrado, por su dosis de entretenimiento, costumbrismo y aproximación a los laberínticos enredos de la naturaleza humana. ¡Sin molestas ni perturbadoras honduras, claro!

Escribe Gloria Benito

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