Klaus (3)

  11 Febrero 2020

El don de la oportunidad

klaus-0Pocas cosas más importantes en esta vida que hallarse en el lugar adecuado en el momento preciso. Sin menoscabo de que el talento creativo, la experiencia y el trabajo duro y constante jueguen un papel importante en el éxito, el hecho de que la plataforma de streaming más exitosa del mundo buscase películas navideñas de animación, resultó ser el impulso definitivo para Klaus, una película que llevaba fraguándose diez años y que había sido rechazada varias veces por un buen número de productoras.

Y eso que Sergio Pablos, su promotor, no era ningún novato. Tenía un currículum impresionante, desarrollado en los principales estudios de animación de EEUU y podía presumir de ser el creador de una de las más exitosas sagas de animación de los últimos tiempos: Gru, mi villano favorito.

Sin embargo, todo eso no parecía ser suficiente para sacar adelante un proyecto tan clásico como original: una película sobre el personaje de Santa Claus que pretendía contar todo lo que de verídico pudiera haber en la leyenda.

Netflix apadrinó el proyecto y este por fin salió adelante tras muchísimas negativas. Las navidades de 2019 iban a contar con su propio icono.

Porque esta es una de las principales características de Klaus: es un producto icónico, estrenado cuando toca, y que hace que el plus de emotividad que añaden las fechas navideñas juegue en su favor para convertirla en un pequeño clásico. Es lo que hace estar en el lugar adecuado en el momento justo.

¿Debemos abstraer todas estas circunstancias para valorar la obra? Si lo hacemos, desde luego, puede que su catalogación baje unos cuantos quilates. Estar en un sofá con tus hijos, en Navidad, viendo una película sobre Santa Claus que tiene escenas verdaderamente emotivas, influye muchísimo a la hora de evaluarla. Esta fue mi circunstancia y así se refleja en mi nota. Si por el contrario pongo ojos de crítico —como voy a hacer ahora mismo—, y me dedico a analizar objetiva y minuciosamente el filme, puede que encuentre menos motivos para sobrevalorarla. Procuraré, de todas formas, ser justo en virtud de otras circunstancias.

Desde un punto de vista técnico, Klaus es una película clásica, de animación tradicional y sin grandes alardes visuales, aunque con un acertado juego de luces y sombras. Recuerda a los mejores filmes de animación Disney tanto en el diseño de personajes como en la construcción y tratamiento de los escenarios, lo cual no es extraño: Pablos ha sido creador de caracteres principales en películas como El jorobado de Notre Dame, Tarzán, Hércules o El planeta del tesoro para la Disney, antes de encargarse de su saga Gru en Universal/Illumination, y eso seguro que le influyó a la hora de crear los ambientes para su película.

Los caprichosos movimientos de las ventiscas, la nieve, el fuego y otros elementos naturales que, cobrando vida propia, entran en el juego del realismo mágico, le dan ese espíritu reconocible y añejo de los largometrajes de Disney, algo que juega en su favor para meternos en la historia.

Pero del mismo modo, el diseño de los antagonistas o el excesivo histrionismo del personaje principal —doblado por un Quim Gutiérrez al que no veo aquí en su mejor momento— el desarrollo de la historia y las peripecias de los protagonistas, suenan a algo ya visto, caminos demasiado trillados que no invitan a considerar que nos hallemos frente a una obra verdaderamente original, algo digno de pasar a la historia de la cinematografía.

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Sin embargo, los hallazgos de Sergio Pablos no se pueden circunscribir a la parte técnica, de la cual cabe decir que cumple más que sobradamente con los altos estándares de una animación norteamericana, lo cual no es poco decir. Las aportaciones del madrileño se encuentran en el enfoque que da al relato: ese saber dotar a una narración mítica de fundamentos realistas, humanos, sin que se le escape detalle por justificar —los renos volantes, la chimenea, el carbón como regalo para niños malos—, haciendo que todo cuadre perfectamente y dando la sensación de que nos hallamos ante una historia redonda, que no pierde la magia por mucho que quiera bajar a la tierra.

En este sentido, Klaus ha logrado lo que la mayor parte de las historias que compiten con ella en la carrera por los Oscar no han conseguido: emocionarnos realmente, al dotar de veracidad a aquello que hasta ahora sólo podía contemplarse como relato fantástico y mostrando cómo las leyendas se construyen desde un sustrato real que luego será magificado y magnificado para recordarse mejor.

Klaus cuenta la historia de un cartero indolente, malcriado, que es enviado por su padre a superar una prueba al círculo polar ártico, para que madure. Hasta aquí no hay nada novedoso, y la verdad es que el desarrollo del personaje está claramente orientado a despertar nuestra antipatía. Desde el punto de vista de la narración, no hay sorpresas: podemos anticipar que logrará madurar, que encontrará el amor, que superará ciertas dificultades y que no habrá nada que rompa esta evolución hasta convertirse en un hombre decente, mediante el aprendizaje de la humildad y el espíritu de sacrificio.

Pero he aquí que irrumpen los personajes secundarios, cada uno con su propia historia, que empiezan a dotar de riqueza al conjunto más allá de la consabida historia de redención de Jesper, el cartero. El motivo principal que guía la acción de la película es una sentencia muy navideña: «un verdadero acto de generosidad siempre engendra otro», y la cadena que surge de cada pequeño acto intenta redimir no sólo a Jesper de su egoísmo y molicie, sino al pueblo de la guerra eterna, a distintos personajes de la melancolía o el cinismo y al conjunto de la humanidad de la desesperanza.

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Metas muy altas, delirios de soñador... características típicas de un cuento navideño pero contadas con oficio y no pocas sorpresas, hasta llegar a un epílogo que recupera la magia para cerrar un conjunto notable que merece figurar junto —e incluso superar— a todas sus competidoras de este año en la carrera a los Oscar.

De nuevo la cuestión de la oportunidad: Klaus era el prototipo de película oscarizable, de buenos sentimientos y excelente factura, que ha irrumpido en el momento justo y con una temática universal. Quizá no revolucione la animación, pero junto a Toy Story 4 es la mejor de las cinco que compiten en los premios de la Academia. En ese sentido, hubiera sido de justicia que ganara.

El trofeo ha sido para Pixar, pero aún así, el logro ha sido enorme. Quizá Sergio Pablos encuentre ahora menos puertas cerradas a la hora de producir una película. Lo que parece magia, y de la negra, es que un creador de su talento tenga estas dificultades para sacar adelante un proyecto.  

Escribe Ángel Vallejo


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