Eiffel (3)

  19 Noviembre 2021

Un hombre con una idea muy grande que ha perdurado

eiffel-0El final de la década de 1880 fue un tiempo de grandes inventos y avances científicos. Eiffel, el protagonista de este filme, fue todo un personaje a la hora de afrontar desafíos para la posteridad, desde una ingeniería de vanguardia. El historial de tan insigne ingeniero es impresionante en hazañas grandiosas, un historial quizá demasiado rico como para que quepa en una sola película. Pero su director Martin Bourboulon lo intenta con aciertos y también con lagunas. Veamos.

La película se sitúa cuando Gustave Eiffel (Romain Duris, mezcla proporcionada de hosquedad y sentimentalismo) ha diseñado y finalizado su parte técnica y de gran valor innovador, la armadura para el regalo de Francia a los Estados Unidos: la Estatua de la Libertad. Ahora está en lo más alto de su fama y el gobierno francés le presiona para que diseñe algo espectacular para la Exposición Universal de París de 1889. Pero nuestro ingeniero no parece interesado.

Eiffel era por aquellos entonces un hombre modesto y, según el filme, lo que definitivamente lo empuja y motiva a acometer la empresa de la torre fue una mujer, un amor perdido tiempo atrás con la que vuelve a encontrarse veinticinco años después.

Se nos van desvelando los secretos de Adrienne Bourgès (Emma Mackey, grandes ojos, mandíbula destacada y pómulos arquitectónicos), mujer a la que amó, que desapareció de su vida años antes en Burdeos y con la que se reencuentra en una reunión fortuita fruto de una recepción. En la actualidad es la esposa de un prestigioso columnista de prensa (Pierre Deladonchamps, muy apropiado para el papel), también antiguo conocido, de cuyo apoyo precisa Eiffel para erigir su estructura férrea sobre el tranquilo paisaje de París junto al Sena.

En la historia, Eiffel no sólo tiene que concebir la torre, diseñarla, efectuar complejos cálculos de resistencias y bombas hidráulicas para los pilares del armazón, sino que, además, tiene que motivar a los operarios que la construyen: asunto un poco difícil porque andan sin cobrar un céntimo, aunque estén de acuerdo con el proyecto.

No conforme con todos esos problemas de calado, nuestro protagonista tiene que lidiar con los vaivenes de su corazón que aún late por y para Adrienne, su musa que ha vuelto del pasado para encender de nuevo el fuego del amor pasional, un amor ahora prohibido que irrumpe con inusitada fuerza en ambos amantes y que será la llama que inspire la idea de cambiar para siempre la faz de la capital francesa. Según el filme, las heroicas proezas de Eiffel ocurren al tenor de una dama también impresionante que trabaja entre bastidores: «very loving». Y Eiffel acepta el desafío, para deleite de algunos con la historia romántica que atraviesa la película.

En estos aconteceres hay un detalle: Eiffel no entiende la verdadera razón por la que Adrienne lo dejó plantado. Esta circunstancia le da a la película una dimensión trágica importante, unido a que ella se haya casado con el tiempo y, además, con un hombre influyente que puede hacer que la balanza de su proyecto de torre se incline a un lado u otro.

O sea, no sólo hay un triángulo amoroso, sino que hay también compitiendo justamente la opción de que se lleve a cabo o no el proyecto por la influencia del esposo con la prensa, el sistema financiero o el comité encargado de decidir, incluido un ministro del Gobierno.

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Todo esto hará que finalmente la Madame decida abandonar de nuevo la relación para no enojar a su esposo más de la cuenta, para que Eiffel pueda llevar a buen término su empresa.

Además, había personalidades de la cultura y de las artes que se oponen a la «odiosa columna de metal atornillado», como afirmaran Guy de Maupassant y otros.

Película en tono clásico e impecable factura de Martin Bourboulon; guion con alguna laguna anecdótica para el caso de Thomas Bidegain, Caroline Bongrand, Martin Bourboulon, Martin Brossollet y Natalie Carter (demasiados autores).

Los biopics de creadores en la gran pantalla, motivan que el artista, sea pintor, músico, escritor, cineasta, fotógrafo, dibujante, escultor o arquitecto, deban, casi necesariamente, tener un gran conflicto personal y un amor tormentoso, como para que su obra cobre cuerpo, envergadura y gane en creatividad, según los cánones del género; pero en realidad lo que cuenta esta película, lejos del género biográfico, es una pieza abreviada de ficción histórica, pues se trata de una recreación libre de la vida de Eiffel.

Cinta que habla del hombre que levantó la torre más famosa y alta del mundo por aquellos entonces, hasta casi rozar el cielo: trescientos metros de altura y montada con hierro pudelado. Esa archiconocida torre sufrió igualmente, con el tiempo, una importante transformación (emocional) que hizo que acabara erigiéndose en el icono de París y de la cultura francesa en general.

Según se cuenta, cuando se construyó la intención era derrumbarla veinte años después. Además, mientras su creador se empleaba a fondo en levantarla, soportaba las críticas de las élites intelectuales parisinas y algunas fuerzas políticas y económicas, por lo que la empresa no fue fácil; más bien a contracorriente. En el filme se apunta que para evitar que fuera derruida o hacerlo más difícil, Eiffel decide cambiar los pernos de las juntas por remaches.

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Sucedió, no obstante, que al poco de inaugurarse, las más de diez mil toneladas de hierro sellaron esas voces de lamento y protesta, de forma que la ciudad decidió dejarla donde estaba, como memoria del aparato nacional e industrial francés, y de la confianza en el progreso y el arte bien entendidos.

Lo que fueron los avatares y aconteceres de su construcción, los problemas técnicos, sociales, culturales e incluso éticos que levantó, resultan sobradamente sugestivos. Pero la película decide adentrarse en la otra historia que convive paralelamente en la película: la relación amorosa entre Eiffel (estupendo Duris) y la prácticamente desconocida Adrienne Bourgès (una Emma Mackey que brilla con luz propia), que fue amante de Eiffel en su juventud y que, por razones accidentales, había desaparecido de su vida.

El reparto es ante todo y sobre todo un Romain Duris en plenas facultades y con gran repertorio, y Emma Mackey que, amén de bellísima, lleva a cabo un trabajo interpretativo sensacional. Acompañan actores y actrices franceses de primera como Pierre Deladonchamps (muy bien), Armande Boulanger, Juliette Blanche, Michèle Clèment, Julien Sarrazin, Philippe Hèrrisson, Bruno Raffaelli, Pierre Le Baleur, Alexandre Steiger, Andranic Manet, Jéremie Petrus, Jéremy Lopez, Damien Zanoli, Sophie Fougère, Frédéric Merlo y Clémence Boué.

Nadie sabe las razones que llevaron a Eiffel a cambiar de opinión y aceptar el proyecto de la torre para París, duda histórica que aprovecha la película para contar el romance apasionado y revivido, que podemos visionar en dos momentos: 1860 y 1887. Los diversos y dramáticos acontecimientos, desde que se conocieron en juventud hasta transcurridos los años, se van aclarando con una precisa combinación de flashbacks.

Esta es la película francesa más cara del año pasado, y a fe que da señales inequívocas de los veinte millones de euros de presupuesto que se han invertido. Como afirma Crespo: «gastados en una grandiosidad y megalomanía, sobre todo, emocional que no inventa nada, pero que queda como respetable biopic no tanto del hombre debajo de la Torre, sino de la Torre misma».

El filme es un melodrama en toda regla que, aprovechando la gran obra de ingeniería, intercala todo lo que puede sobre el romance del gran ingeniero, al punto de rozar un exceso de romanticismo tumultuoso que se extiende a lo largo del metraje.

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Incluye escenas de amor intensas, aunque larvadas por una cámara astuta y una fotografía de gran nivel en tonos ocre, de Mathias Boucard. Acompañando una estupenda y sólida música de Alexandre Desplat.

Sólida destreza en el campo de la puesta en escena que recrea época, vestuario, decorados y vehículos. Los efectos digitales representan de forma convincente y con sorprendente realismo las etapas por las que pasó la denominada «escalera al infinito».

Hay algo digno de destacar como un elemento no sé si de error o sencillamente cursi, de parte de Bourboulon. Me refiero a que la oposición inicial a la bendita torre no fue meramente una cuestión de burócratas, financieros o políticos. Estuvo motivada también y, sobre todo, por ese sentimiento público de resistencia que siempre aparece cuando se propone un proyecto innovador y rupturista. Esto es una obviedad por demás sabida. Entonces, cargar todas las tintas en el entramado de influencias que conlleva el romance efectivo (el marido…) puede resultar bastante ñoño.

Otrosí digo: me parece de todo punto pueril el guiño a la forma de «A» de la torre, que sugiere claramente la influencia de la musa imaginaria de Eiffel (A)drienne, lo cual es de risa, de no ser que imaginemos cómo habría sido la tal torre metálica, si ese amor (por cierto, imaginario) se hubiese llamado Petronila.

Mas la verdad es que lo importante de la película —y cumple su objetivo— es escenificar una carrera contrarreloj para subir al cielo y terminar a tiempo la enorme construcción para la Exposición Universal del 5 de mayo de 1889, que conmemoraba el primer centenario de la Revolución Francesa.

En suma, la lucha de un hombre con una idea muy grande que ha perdurado. Un filme que es: «una apuesta que ha dado sus frutos para esta popular película que no oculta sus objetivos y, en última instancia, cumple sus promesas» (Lemercier).

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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