Lazzaro feliz (4)

  07 Diciembre 2018

Bastante más que un cuento

lazzaro-feliz-1Alice Rohrwacher, la directora de Lazzaro feliz, es una de las grandes esperanzas del actual cine italiano, en su búsqueda de aquellos inolvidables filmes y directores del cine neorrealista y posteriores. De aquellos estupendos creadores poco queda. Ni el celebrado Garrone o Sorrentino van más allá de un cine egocéntrico, donde, incluso, han asimilado mal las lecciones de sus referentes como pueden ser las de Rosi, en el primer caso, o de Fellini, en el segundo.

La verdad es que nos llega poco cine italiano, entre nosotros predomina el cine francés en el caso de tener que elegir una cinematografía europea. Nada sabemos, aunque siga haciendo cine, de Gianni Amelio. Bertolucci ya no hace cine, Olmi ya ha fallecido, igual que uno de los hermanos Taviani, Tornatore sigue con sus juegos más o menos sensibleros.

El panorama del cine italiano no parece demasiado exultante cuando he aquí que aparece una mujer, Alice Rohrwacher, nacida en la Toscana en 1982, de madre italiana y padre alemán, que trabajó de apicultora, un trabajo sobre el que centrará su excelente película anterior, El país de las maravillas (2014). Un mundo, el del campo, contrapuesto de la ciudad, pero siempre, unos y otros, con permanentes conflictos.

Alice ha estudiado literatura y filosofía en Turín, además de formarse como guionista. En el cine ha pasado por multitud de oficios, por lo que se puede decir que conoce los mecanismos del oficio. Ha sido fotógrafa, montadora, guionista, ayudante de dirección. Ha colaborado en la realización de varios documentales, ha trabajado en algún corto y hasta el momento ha dirigido, con guión suyo, tres largos ampliamente premiados: Cuerpo celeste (2011), no estrenado en España, El país de las maravillas (2014) y Lazzaro Feliz (2018).

El país de las maravillas, bastante felliniana en la presentación del personaje principal femenino, fue una estupenda sorpresa en cuanto nos enfrentábamos a un cine inteligente, sugerente y vital, todo ello se refuerza en Lazzaro feliz tan admirable como desconcertante.

Rodada en 16 milímetros, en su primera parte parece fiel al cine de Olmi. Pero la figura del autor de tantas inolvidables obras, sobre las que domina El árbol de los zuecos, no es la única que se intenta hacer un hueco en las imágenes. Ahí, sobre todo en la segunda parte, están los ladronzuelos de Rufufú de Monicelli. Y en toda ella ante todo Fellini y De Sica. Incluso hay quien encuentra unas ciertas referencias de Pasolini o, incluso, de Buñuel.

De todas maneras el triunvirato Olmi-Fellini-De Sica será el dominante, pero siempre leídos por la directora de manera que lleva a los tres a su peculiar mundo y forma de narrar.

Dividido en dos partes, una referida al campo y otra a la ciudad, con una diferencia de años de una a otra, el filme toma como protagonista a un personaje, Lazzaro, que representa la bondad absoluta casi más que en una representación física en un plano idealista/metafórico, en la línea de la retrasada Gelsomina de La strada de Fellini, cuyo personaje la directora ya había relejado en El país de las maravillas.

Lazzaro no es Totó —el protagonista de Milagro en Milán— porque allí el bueno de Totó no aparece un ser explotado sino casi como un libertador en aquel mundo de infelices… en su vuelo final hacia los cielos. Aquí no, Lazzaro, bondad absoluta, una especie de Nazarín dispuesto a aceptar todo lo que le venga encima, es el amigo fiel, quien lleva a cabo, poniendo su sonrisa por delante, todo lo que le piden. Lo suyo es ayudar y si es preciso —sin saber por qué— pedir lo que le han quitado al amigo.

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Lazzaro es, en su ausencia de malicia, en su mirada limpia e imposible, ser de otro mundo, tanto en el ayer como en el hoy, o, incluso, lo será en el futuro. En un mundo de pobreza, donde unos campesinos son explotados por una marquesa (la aristócrata) sin ningún miramiento, Lazzaro pasa a su vez a ser explotado por los mismos explotados, en una cadena cuyo fin llegará hasta el más inocente.

En la primera secuencia (la descripción minuciosa, detallista, olminiana, de la pedida de novia) ya Lazzaro aparece mirando todo, comprendiendo o sin comprender, ingenuo, bobalicón, agradecido, contento en sí mismo y solo… porque Lazzaro es único. Y allí, en el cierre de la secuencia, le dice el que está encargado de defender las gallinas del ataque de los lobos que le sustituya un momento (y le encierra, olvidándose de él). Lazzaro, ¡cómo no! acepta y se queda sólo en la noche, mirando, quizá hablando, con la luna a la que mira y, a la que quizá, quisiera llegar (¡da tanta luz y es tan bella en la noche oscura!) como si se hubiera reencontrado con Ivo (Roberto Benigni) en La voz de la luna (1990) de Fellini. Algo que Lazzaro repetirá en la segunda parte del film: actitud, gesto (mismo plano repetido), mirada hacia arriba, hacia una luna que brilla y en la que quizá exista esa luz de la que carece la Tierra.

Seres, lobos, hombres. Magnífico retrato, lleno de ironía, triste humor (¿Scola por medio?) el que hace de la marquesa y de su séquito encabezado por quien la precede y chanchullea con los campesinos amordazados, sin saber nada de un mundo en el que, ¡oh sorpresa!, si existente teléfonos y hasta móviles. Una especie de charlatán de feria, apaciguador, emisario controlador, intercambiador (falso) de unas dádivas que al final terminan siempre en deudas de los campesinos. Es el servidor-carcelero del pueblo, el guardia a las órdenes de la marquesa, claro símbolo de una aristocracia envejecida luchando por mantener el poder, nada mejor para ellos que encadenar a un pueblo, al que se hace trabajar, desde la miseria, para aumentar (o defender) sus riquezas.

Lazzaro vive allá arriba, en un refugio, fuera del pueblo. Solitario como solitarios son los lobos de los alrededores que contestan a su llamada. Lobo animal y lobo hombre que se desmigaja en el personaje del hijo de la marquesa, desclasado, sin rumbo, sin encontrar su lugar en un mundo que le resulta aburrido, monótono, pero que no termina por escapar de él, pese a buscar una solución en su intento de pactar, a su manera, con los otros. Representa la decadencia de una clase sin integración en ninguna. Otra especie, pero distinta, de lobo solitario, como lo es Lazzaro. En un momento decidirá vivir como lo hace Lazzaro, pero sin ser como él.

En este sentido, el dominio del pueblo por parte de la aristocracia —en un final cantado— es sustituido por otro ente o sociedad dominante; no estamos demasiado lejos del cine de Visconti, como si de esa manera la directora quisiera también incluir al milanés en su caminar por la senda de gran parte del cine italiano, honrando a sus maestros.

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El gran engaño, aireado de esa forma en titulares de la prensa, dando a conocer la esclavitud de unos campesinos por la aristócrata (por cierto basado en un hecho real) y, por lo tanto da pie (falsamente) a romper la esclavitud y poner en evidencia los manejos de una clase para ostentar el poder. Y este hecho da paso a una segunda parte. Irrumpe la policía y el montaje de un pueblo aislado, en el que algunos sueñan con la ciudad lejana como símbolo de libertad, pasa a ser demolido por la presencia de la policía que desaloja las instalaciones, probablemente mande a juicio a la gobernanta, mientras los campesinos son llevados a otros lugares. Su tierra, la que han trabajado, pero no era suya, quedará solitaria, estéril, moribunda. Lazzaro va a morir… Es el final de lo que podríamos denominar la primera parte.

En ese intermedio, una voz en off, una narradora inexistente hasta el momento, comienza a contar un cuento. No hay ruptura, en realidad todo forma parte de un cuento, incluido Lazzaro, de un relato fantástico o al menos unido al realismo fantástico. Tanto vale eso, como unido a una hermosa parábola sobre la tierra y los seres, sobre los dominados y los dominadores, sobre el campo y la ciudad, sobre el tiempo que, de una manera u otra, vuelve a repetir los mismos actos: lo único que cambian son los actores principales o, mejor, los directores dominantes.

En ese cuento se nos habla de lobos y de hombres. El tiempo ha pasado y un lobo se acerca a Lazzaro para despertarlo o insuflarle vida. Lazzaro sigue siendo el mismo de cuando murió pero no los otros, devorados por el tiempo. Debe nuevamente Lazzaro ponerse en camino. Él, la bondad, quizá sin sentido, pobretona e ingenua, incapaz de remover nada, inútil pero hermosa, se pone en camino, primero para descubrir el abandono de su pueblo, después para marchar hacia la ciudad lejana. Un encuentro con unos curiosos ladrones le pone en el camino. No ha reconocido en ellos a los campesinos de antaño. Y es que ellos son otros, mientras que Lazzaro sigue siendo el mismo.

La segunda parte, ya abandonada la voz en off, se desarrolla en la ciudad. Allí tomamos contacto con los conocidos de la primera parte. Ahora pululan por la ciudad, convertidos en vagabundos, viviendo y durmiendo como pueden, el emisario aristócrata es ahora… un auténtico charlatán, casi un muñeco de feria, mientras que el hijo de la marquesa (muerta ella) está arruinado aunque sus plantes son de señorito (la invitación a la cena).

Todos ellos reconocerán a Lazzaro a pesar de que no ha envejecido, mientras que por ellos sí han pasado los años. Si la primera parte es una descripción magnífica de aquel sitio aislado, en el campo, donde los campesinos eran oprimidos, la segunda, prodigio de ironía, es su deambular por la ciudad. Son los desheredados de siempre, los que nunca han tenido nada. Y, ahora, a pesar del cambio de tiempos, siguen sin tenerlo.

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Esta parte, en la que aristocracia desaparecida ha sido devorada por la economía pujante del capital (simbolizada en el poder de los bancos), contiene secuencias magníficas: la marcha de los desheredados de siempre acudiendo a la invitación de una falsa comida suculenta dada en un inexistente palacio por el arruinado hijo de la marquesa (la compra de los pasteles y su entrega para que coman los que les habían invitado es soberbia en todo el desarrollo, en la forma de ser narrada).

Destaca, sobre todo, la secuencia de la Iglesia: en ella, al sonido de la música de órgano, acuden los vagabundos con Lazzaro, y allí, en una iglesia casi vacía («el concierto es sólo para invitados» dice ahora una monja carcelera), son expulsados, pero, eso sí, Lazzaro hará posible, con su propia magia (su mirada), que la música se vaya (escape) de la iglesia y sea compañera de los vagabundos.

Sólo queda el final, el sacrificio, o la segunda  muerte de Lazzaro por reivindicar el robo de los bancos (¿suena de algo?), por tratar de salvar lo poco que queda de su compañero-aristócrata-lobo, o, mejor, sacarle de la miseria en que vive para convertirlo, también, en un vagabundo. Como antes, en su reclamación en la entidad bancaria, Lazzaro morirá, y será muerto, sacrificado, por el propio pueblo: sin piedad…

Poco queda sino ver a un lobo que decide abandonar la ciudad. El símbolo, la parábola, cierra una hermosa y sugerente película, de lo mejor estrenado este año. Opta, el lobo, por irse lejos. ¿Qué sitio puede encontrar para vivir? Difícil respuesta pero quizá, en algún sitio haya un lugar para vivir. Sin duda, en otro tiempo, Lazzaro volverá a resucitar

Los detalles, los personajes, todo está cuidado al máximo. La fotografía luminosa en el campo se transforma en oscura en la ciudad. Los tiempos cambian, los dominios también. ¿Y la bondad? Lazzaro sigue siempre igual, con su sonrisa como lucha contra todo. Una sonrisa, una aptitud, si se quiere, tan tonta como inútil, pero es que los cuentos son así y este es, por encima de todo un maravilloso, hermoso cuento.

Escribe Adolfo Bellido López

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