EL ASESINATO DE RICHARD NIXON (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: The assassination of Richard Nixon
País, Año: EE.UU.., 2004
Dirección: Niels Mueller
Intérpretes: Sean Penn, Naomi Watts, Don Cheadle, Jack Thompson, Brad William Henke, Nick Searcy, Michael Wincott, Mykelti Williamson, April Grace
Guión: Niels Mueller, Kevin Kennedy
Producción: Anhelo Productions, Appian Way
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Steven M. Stern
Montaje: Jay Cassidy
Duración: 95 minutos

La moral del éxito
Escribe José Luis Barrera

Es curioso el recorrido que esta película ha hecho hasta verse proyectada en las pantallas de las salas de exhibición de su país de origen: debido a que hurga en unas llagas demasiado vivas de la reciente historia de los Estados Unidos, el filme se ha ido retardando desde que se proyectó como guión, hasta que se ha plasmado en imágenes. Ha sufrido una silenciosa censura. La causa es porque alertaba con mucho tiempo de adelanto de algo que ocurriría un terrible día 11 de septiembre de 2001 en Nueva York: el atentado terrorista de las Torres Gemelas. El filme viene a decir algo tan tremendo como que si no hubiera sido Al Qaeda, hubiera podido haber sido el perpetrador de tan horrible hecho cualquier ciudadano norteamericano.

Cuenta El asesinato de Richard Nixon la historia de un gris ciudadano americano que en el verano de 1974 trabaja como empelado en un almacén de material de oficina, en un empleo que le obliga a mentir y hacer continuos trapicheos qua a él le aburren y repugnan. Su sueño e ilusión es dejar este empleo y montar, por su cuenta y junto con un socio que es mecánico, un sencillo negocio de montaje de neumáticos a domicilio. Pero le es imposible conseguir créditos de los bancos por su insolvencia. Su vida cotidiana cada vez desemboca más en el desastre: riñe con su hermano y su esposa le abandona, asiste a la injusticia cotidiana de ver cómo desprecian a su socio por el color de su piel. La frustración es cada vez mayor y el asco que le genera la sociedad que le rodea, por su falsedad e hipocresías es cada vez más grande. Sólo falta ahora (estamos en 1974 ) que se haya destapado el escándalo de Watergate, donde el presidente de la gran nación americana ha sido sorprendido en las más flagrantes mentiras.

En medio de una situación tan lamentable y frustrante, decide entonces nuestro protagonista emprender una drástica solución para salir de su alienante situación y recuperar su dignidad y la de su país: realizar un gesto muy significativo e impactante que la despierte y recupere, para lo cual prepara un atentado que consistirá en estrellar un avión que él secuestrará contra la misma Casa Blanca y así destruir y castigar al mismo presidente de la nación más poderosa del mundo: Richard Nixon. A partir de este momento el apocado y gris empleado se torna en una especie de ingenioso y resuelto caballero dispuesto a realizar una aventura descabellada, imposible y estremecedora.

No es la primera vez que el cine americano nos delata en sus películas las reacciones que los ciudadanos, inmersos en un país que prima el triunfo y el éxito como único y supremo valor personal, reacciona, ante la imposibilidad de no conseguirlos de un modo sumamente negativo y hasta violento. Un patente ejemplo lo tenemos en el personaje de Bill Travis, el taxista que contemplaba la miseria del sueño americano por las calles de noche en la célebre Taxi driver. Aquí el esquema de aquella película parece repetirse.

Contarnos cómo un individuo corriente y pacífico puede trasformarse en un paranoico que por perder su puesto en la sociedad se transforma en enloquecido terrorista es el cometido de este filme, al que le falta quizá más poder de convicción a la hora de mostrarnos los mecanismos de transformación del protagonista y eso que el actor Sean Penn realiza una labor casi perfecta en su interpretación, si no fuera por algunos breves excesos.

A la vez, El asesinato de Richard Nixon adolece de una cierta frialdad emocional, pero sin embargo no deja de interesar porque es una película cuya situación e historia se podría fácilmente trasplantar a nuestros días.