16 CALLES (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: 16 blocks
País, Año: EE.UU.., 2006
Dirección: Richard Donner
Intérpretes: Bruce Willis, Mos Def, David Morse, Cylk Cozart, Alfre Woodard, Casey Sander
Guión: Richard Wenk
Producción: Alcon Entertainment, Cheyenne Enterprises, Nu Image, Millenium Films, Equity Pictures, Medienfonds, Emmett/Furla Films
Fotografía: Glen MacPherson
Música: Klaus Badelt
Montaje: Steve Mirkovich
Duración: 118 minutos
 

Los tiempos están cambiando
Escribe Sabín

Richard Donner fue en gran medida uno de los máximos responsables de la desaparición del cine policiaco serio, sobre todo a partir del éxito de Arma letal, que le llevó a repetir hasta la saciedad una fórmula que acabó siendo una parodia de sí misma: películas de parejas (conocidas como buddy movies) con una mínima historia y un máximo de explosiones y frases presuntamente ingeniosas. La fórmula fue tan imitada y explotada que llegó a un callejón sin salida, ofreciendo espectáculos tan lamentables como Hollywood, departamento de homicidios, de Ron Shelton, un absoluto fracaso tanto económico como artístico que seguramente obligó a más de un ejecutivo de alguna multinacional a tener que leer algún guión nuevo (quien sabe si por primera vez en su vida) en busca de materiales más originales.

Tras acabar convirtiendo el cine de policías en comedia y la ciencia ficción en otro callejón sin salida (su adaptación de Timeline nunca tuvo un guión fiable y acabó en una mezcla absolutamente indigesta) parece ser que las grandes multinacionales le han retirado el apoyo anterior a Richard Donner (o que él se ha salido del sistema, vaya usted a saber), lo cierto es que su última producción se nos presenta como un producto con factura clásica, con guión coherente, sin atisbos de superproducción y, asómbrense, con una contención impropia del responsable del mayor número de explosiones y tiroteos en la historia del cine.

16 calles es una buddy movie sorprendente, rodada en gran parte con cámara a mano, sin explosiones a lo Arma letal, sin un solo cadáver en todo el metraje (exceptuando uno en el prólogo, pero ya está muerto al inicio del filme y no es por disparos, sino por sobredosis) y, por si fuera poco, con dos elementos absolutamente revolucionarios en un director como Donner: no hay ni un solo policía “bueno” en la función y el final “con sorpresa” es, por una vez, absolutamente sorprendente y convincente, en el que nuestro protagonista, Jack (interpretado con sus tics habituales por Bruce Willis), se declara culpable de ser un policía corrupto y acepta cumplir una condena... eso sí, una oportuna elipsis nos llevará en el epílogo a un par de años después, con nuestro antihéroe ya regenerado, celebrando su nueva vida, precisamente el día de su cumpleaños.

La historia muestra el itinerario físico y moral de un policía en horas bajas que debe entregar a un testigo en un juicio, para lo cual debe limitarse a recorrer las dieciséis manzanas que separan la comisaría del juzgado. Una anécdota mínima, propia de cualquier clásico, en la que el viaje físico va acompañado de una reflexión sobre sí mismo, de un planteamiento sobre todo lo que le rodea (la corrupción en el cuerpo policial) y, finalmente, la toma de una decisión sorprendente: dejar escapar a su testigo al que toda la policía quiere matar (un pobre desgraciado) y presentarse él mismo como testigo en el juicio porque, a fin de cuentas, se trata de denunciar una corrupción policial que Jack conoce de primera mano, puesto que él mismo es uno de los policías corruptos.

Anécdota mínima pero contada con convicción. Si bien hay persecuciones y enfrentamientos, la violencia gratuita brilla por su ausencia. Importa la trama, no la forma de disfrazarla con un festival pirotécnico. En síntesis, parece como si Donner hubiera descubierto que existe el Dogma (por aquello de filmar sin grúas, con cámara a mano, siguiendo las “improvisaciones” de los personajes, en la calle, sin decorados) o, para no parecer tan exagerados, como si hubiera recobrado la cordura de un director que sabe filmar tanto escenas intimistas (recuérdese Lady Halcón), como espectaculares (como demuestra Superman, una película que se ha revalorizado con el tiempo) y que apuesta por una historia, por contar algo, y para ello pone su cámara al servicio del guión y no, como venía sucediendo en su última etapa, al revés: como no había nada que contar se inundaba todo de ruidos, disparos, carreras y explosiones gratuitas.

La decisión de Jack de declarar contra todos, incluido él mismo, ya viene anunciada desde el comienzo por un defecto físico, esa cojera que le acompaña, un detalle de caracterización del personaje viene a recuperar algo tan elemental en el cine como la capacidad de sugerencia: sus problemas físicos son la evidencia de que en su interior algo tampoco “anda” bien. Un detalle de guión que se agradece ya que, al igual que otros elementos apuntados (la pastelería que quiere construir el testigo que él vigila), se pide al espectador que aporte algo, no que sea un mero elemento pasivo.

Sin ser una gran película, se agradece el giro que ha dado Richard Donner en su cine, aunque uno sigue sin tener muy claro a qué se debe, ya que la producción no aparece en manos de su mujer (la habitual Lauren Shuler-Donner que había compartido créditos en los últimos años con él), sino de una serie de productores más o menos desconocidos, entre los que sólo recuerda este cronista el temible nombre de Boaz Davidson, responsable en su día de un indigesto éxito titulado Polo de limón y productor estrella, junto a Menahem Golan, de la no menos temible Cannon Group, una productora que en los ochenta y los noventa fue el estandarte del cine policiaco con héroes de la calaña de Charles Bronson y Chuck Norris.

Definitivamente, los tiempos están cambiando.