EL SECRETO DE ANTHONY ZIMMER (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Anthony Zimmer
País, Año: Francia, 2005
Dirección: Jérôme Salle
Intérpretes: Sophie Marceau, Yvan Attal, Sami Frey, Gilles Lellouche, Daniel Olbrychski, Samir Guesmi, Dimitri Rataud
Guión: Jérôme Salle
Producción: Fidélité Productions
Fotografía: Denis Rouden
Música: Frédéric Talgorn
Montaje: Richard Marizy
Duración: 90 minutos

Hitch revisado
Escribe Adolfo Bellido

Un largo travelling siguiendo unas piernas de mujer. Sobre ellas, sin rostro, inciden las primeras imágenes del filme. La mujer llega a una cafetería. Una espera de alguien que no llega. Las piernas, la seducción como objeto de la mirada, siguen en primer plano. Un mensajero trayendo un mensaje: la están siguiendo, entre en un tren y siéntese al lado del hombre que le parezca. Entre medias de estos planos el aparente centro del filme. Una reunión de gente importante: policías franceses, agentes internacionales, rusos vengativos. Buenos y malos, vaya usted a saber. Pero al fin y al cabo un punto de enlace, escasamente importante, de la historia. Para que se entienda sería el celebre falso “tema” sobre el que Hitch montaba sus historias: la apariencia que daba pie al relato, el McGuffin. Un punto de partida cuya importancia era prácticamente nula. Es la necesidad de comenzar una historia. La necesidad de que la película se inicie. ¿Y de qué se habla en esa reunión? La verdad es que no se entiende demasiado bien. De un tal, y desconocido personaje, el Anthony Zimmer del título, al que se busca por una serie de operaciones con dinero. Un ser desconocido, con identidad oculta. Alguien que cambia de lugar y también de rostro. Una persona a la que nadie nunca ha visto, desconocido para todos porque su cara no tiene rostro. En la reunión se proyecta esa imagen: una cara que no es más que un borrón.

Ya tenemos dos acciones centradas en una. Alguien a quien siguen (aunque no se sabe la razón) y la búsqueda de alguien al que nadie jamás ha visto. Un comienzo realmente interesante en cuanto el espectador entra decididamente en una intriga, en el interés por una historia de búsqueda, de intriga dominada además por la obsesión de esas piernas de mujer carentes también de rostro.

La mujer desconocida para el espectador entra en el andén de la estación. La cámara, siempre centrada en sus piernas, sigue obsesivamente su caminar. Sube a un tren. Busca a alguien desconocido al lado de quien sentarse, con el que entablar un diálogo para engañar a sus perseguidores. La búsqueda de un desconocido que sirva de señuelo. La elección al azar de un incauto y vulgar individuo que se crea capaz de enamorar a una maravillosa mujer. Y se produce el encuentro. La mujer se sube al asiento para dejar su cosas. Para ser mirada por el hombre. Se sienta delante de un hombre como cualquier otro, que lee o aparenta leer. La mujer se acomoda en su asiento. Naturalmente sigue su plan. Y el plan es seducirlo, llevarlo a su terreno. Será a través de ese encuentro cuando la mujer escondida detrás de unas gafas oscuras se muestra al personaje “inocente” al que se quiere introducir en la intriga. Y por tanto también al espectador: es como si nosotros tomáramos el punto de vista del viajero. Los diálogos, y lo que tiene lugar en ese encuentro más bien inesperado para el viajero, están medidos en su brillantez. Miradas, silencios, palabras. Sabemos algo de él: es un lector de novelas policíacas que va a pasar unas vacaciones a una casa rural. De ella, el espectador como el hombre, sabe poco. Tan sólo que alguien la sigue.

La “operación” ha comenzado. El hombre “inocente” es “capturado” por las artes de la mujer. El hombre es joven, parece algo despistado, es simpático y parece estar muy sorprendido ante la extraña aventura que está teniendo lugar. Las invitaciones al juego, las incitaciones comienzan. ¿Por qué no pasa conmigo el fin de semana, le ofrece la mujer? Y el hombre acepta. De sorpresa en sorpresa pasa de una casa rural perdida no se sabe doónde a un gran hotel nada menos que en la Costa Azul. Ante su sorpresa, la mujer tan pronto se le insinúa, le besa, como le rechaza. ¿De qué va esto?, parece preguntarse el hombre. Una noche pasada en un incomodo sofá y por la mañana, cuando la mujer ha salido, el hombre solo en la habitación, recibe la visita de unos extraños que quieren matarle. Evidentemente, para ellos es el tal Zimmer con el que la mujer había quedado (¿para qué había quedado: acaso para conocerse?). Incluso en su muñeca lleva un reloj que la mujer le ha regalado cuando le dice que si no se da cuenta que su reloj es de hombre, y en cuya parte posterior lleva inscrito el nombre del personaje buscado. La victima “inocente” huye de los asesinos utilizando la escalera de incendios. Un plano maravilloso e insólito se va a producir. Las pastillas que el personaje toma por la ansiedad caen sobre las escaleras. Cuando las van a coger las veremos vibrar. Es claro: alguien baja a toda prisa por las escaleras. Son los desconocidos “asesinos”. Habría que preguntarse por qué el hombre ha adivinado nada más mirar por la mirilla de la habitación que esos hombres no traen un saludo amistoso, o vienen simplemente a preguntar. No importa. Parece que no le han gustado sus rostros y por eso ha salido a toda prisa. Una explicación tan válida como otra cualquiera.

¿Les suena la historia de la película que estamos viendo? A poco que se indague en su totalidad se encontrarán en ella, aparte de la trama de historia inicial muy fiel a la del cine de Hitchcock, la senda de numerosos filmes del maestro del suspense. Para comenzar, hemos asistido a una secuencia muy parecida a Con la muerte en los talones a la que posteriormente se añadirán otras ideas de esa película, como es sin duda la búsqueda de un ser al que nadie nunca ha visto, y cuyo protagonista es confundido con él. Es sin duda el celebre Mister Kaplan, que pasa de un lado a otro sin que nadie pueda reconocerle o saber cómo es. En la película actual, la continuación a la secuencia del tren tiene lugar en la Costa Azul, el lugar donde se desarrolla otra película de Hitch: Atrapa a un ladrón, que aquí parece reconvertirse en Atrapa a Zimmer o algo por el estilo.

Los datos sobre el desconocido Zimmer siguen insistiendo en su relación con Kaplan: los trajes en hilera, idénticos, instalados en una especie de zulo que sientan bien al ser escogido al azar, la confesión del jefe de la policía al protagonista indicándole que saben desde el principio que no es Zimmer, la mujer que al igual que no es –como pasaba como Eva Marie Saint– quien parecía, pero que la policía utiliza como cebo para llegar al centro la organización de espías, la casa de la colina igual que la parte final de Con la muerte en los talones, o las sorpresas encadenadas y, sobre todo, una historia de amor que fluye a lo largo del filme, integrándose en el relato, aunque no tan bien como en el cine de Hitch. Aquí, la historia de amor, también es centro del relato, pero se muestra como mucho más forzada. Junto al planteamiento amoroso fluye la historia de alguien aparentemente inocente que se ve metido en persecuciones sin cuento, pero que como gran lector de novelas policíacas desconfía de todo y de todos. Y sabe cómo resolver los asuntos. Al final, claro, el amor triunfa. Los seres encontrados al azar se aman por encima del tiempo y de las circunstancias. He aquí el tema central del filme, el que hace posible que la historie funcione, que lo insólito resulte, en su dificultad, hasta absolutamente creíble.

Lo mejor que se puede decir de esta película atrayente, insólita en su cliché pre-establecido es que no parece francesa. En nada, ni en su estructura, ni en sus magníficos diálogos, ni en la construcción y desarrollo de sus brillantes secuencias.

Pero en gran parte del cine que nos llega todo tiene que tener un pero que rebaja la calidad de la película. Y eso ocurre aquí cinco minutos antes del final, cuando se intenta explicar la intriga, o llevarnos al encuentro del misterioso Zimmer. Es el instante en que el relato se hace imposible. Parece mentira que un filme tan inteligente termine por caer en una especie de broma, pirueta o traca final difícilmente admisible. Incluso, aquí, se traiciona a Hitch. El maestro nunca ha sido un mentiroso. Sus películas se corresponden a una elocuente lógica, que el director traiciona en su interesante filme, como forma de salida a una trama demasiado compleja. Es entonces cuando lo que era un excelente filme policíaco se tambalea en sus propuestas aunque mantiene intacta la, a veces desmadejada, historia de amor. Al fin y al cabo, la historia de amor es el centro de este filme y el de las películas del maestro. Salle, incluso, trata de centrarse, sin demasiado respeto, en la historia del falso culpable o del falso inocente que para el caso es el mismo, tránsito de muchas historias de Hitch. En una o en otra medida, aquí y allí, todos los personajes tienen algo que esconder tras sus acciones y sus rostros. Donde lo de menos son esos periódicos a través de los cuales parece comunicarse, sin que se explique cómo y para qué, el referido y mentiroso Zimmer. En este sentido si la película se mantiene fiel al personaje estamos ante una mentira dentro de otra. Y ante un amor cambiado por otro.

Película, insisto divertida, sorprendente, que funciona como un puzzle debidamente integrado, algo que es y no es, que parece contar con todas las fichas aunque sin duda le falten algunas. Una grata sorpresa a la que solo hay que achacar el increíble final. Y que cuenta además con dos actores principales sorprendentes entre los que se crea una química realmente singular. Algo que hoy día es muy raro encontrar.

Para ver, para disfrutar, para no creerse su final. Pero bueno, no todo va a ser como uno desea.

Hitch es mucho Hitch, pero en realidad Salle consigue casi salir airoso del empeño. Algo que pocos directores han conseguido.