Josefina (3)

  24 Noviembre 2021

La soledad sin retórica

josefina-0El primer largometraje de Javier Marco pertenece a ese cine intimista y contemplativo que opta por explorar los sentimientos que conforman el imaginario universal del ser humano. El argumento, mínimo, se centra en el encuentro entre dos personajes resignados a una solitaria existencia, fruto del dolor y el tedio. Juan (Roberto Álamo) lleva una vida rutinaria como funcionario de prisiones y Berta (Emma Suárez) es una madre que va cada domingo a visitar a su hijo preso (Miguel Bernardeu).

Ambos se encuentran en el autobús que los lleva a la cárcel, iniciándose así un acercamiento que genera la posibilidad de romper la atonía de sus vidas e insertar en ellas algo de ilusión y esperanza. La necesidad y el deseo frente al azar y el vacío existencial distinguen al antihéroe contemporáneo personificado en el hombre que come solo en su casa mientras ve la televisión o mira tutoriales en YouTube, o en la mujer agotada y triste que soporta las cargas familiares con un trabajo precario sin tiempo para el ocio ni el descanso.

Estamos ante una trama minimalista donde la concepción del espacio fílmico sirve para esbozar unos personajes cuyos silencios son más eficaces para transmitir emociones que las palabras. Los objetos y detalles que conforman ese espacio adquieren un valor significativo para trazar el perfil psicológico y sentimental de los protagonistas como forma de administrar la escasa información que el espectador recibe sobre ellos, lo que los impregna de una intencionada ambigüedad y llena la historia de expectativas y enigmas.

Es pues la emoción contenida y no la acción lo que mantiene la tensión narrativa suspendida en la percepción de un futuro tan incierto como imprevisible, sensación que se traslada por igual a protagonistas y a espectadores.

Este lenguaje cinematográfico trata el espacio como recurso descriptivo cuyo simbolismo se mantiene en un discreto segundo plano sin imponerse ni distorsionar el relato. Así, la parada del autobús con los personajes mirando al frente, representa tanto el tiempo de la espera como el miedo a interactuar con el otro, a conectar emocionalmente con él, a la posibilidad de exponerse y sufrir.  

El carácter sintético del discurso narrativo se apoya en una cuidadosa puesta en escena donde el estaticismo espacial de los planos largos se impone sobre la actuación dramática y dota al filme de un ritmo deliberadamente lento. La casa de Juan con los adornos heredados de sus padres, lo ubica en un mundo viejo y mediocre que no le pertenece, una burbuja que le impide alcanzar una identidad propia. Su hábito de arreglar objetos siguiendo los tutoriales de YouTube remiten al deseo de repararse a sí mismo, de darse otra oportunidad para renacer o reiniciarse en una vida compartida donde la emoción sustituya al tedio.

La vulnerabilidad de Juan y Berta, su soledad e inhibición emocional contribuyen a la verosimilitud de la historia como proceso de seducción silenciosa, llena de pausas y elipsis, que culmina en la prueba del traje que Juan ha encargado a Berta. En una escena de intenso erotismo, las manos de Berta, ajustando mangas y costuras, parecen acariciar el aire que rodea el cuerpo de Juan a través de la tela que se interpone entre ambos, refrenando y aplazando el deseo, hilvanado —nunca mejor dicho— con alfileres.

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De nuevo estamos ante una intimidad sin palabras donde el tratamiento de la imagen y la composición del espacio se imponen como lenguaje de un cine que bebe de Bresson y recuerda a directores como Jaime Rosales. Pues todo está previsto y pensado para conseguir ese efecto de personajes aprisionados por una rutina sin salida: las calles vacías y grises salvo algún coloreado grafiti, la luz plana y agresiva de los pasillos de la prisión y las geométricas latitudes que etiquetan y comprimen la realidad, la vida contemplada por el voyeur a través de las rectangulares pantallas de los ordenadores.

No faltan los momentos de humor con connotaciones metaficcionales: el dibujo de los traviesos cupidos que miran a Berta y Juan mientras se tocan sin tocarse, la simpática Josefina que se burla del creador de la ficción que le ha dado vida, la mentira que ha puesto en marcha el mecanismo narrativo de la intriga y la impostura epistolar de Juan-Cyrano.

 El impertinente comportamiento de las máquinas, la avería del coche y el robot aspirador, son otros factores narrativos que posibilitan el encuentro de los protagonistas y su posterior distanciamiento. Como dice Chejov, todo tiene sentido y función en una historia.

La sencilla naturalidad con que fluye el argumento es fruto de la coherencia del guion y el cuidado montaje en el que el director es experto. Según sus palabras, este proyecto se gestó y desarrolló a lo largo de siete años mientras se consolidaba su colaboración con la guionista, su compañera Belén Sánchez Arévalo. La productiva eficacia del dúo fructificó en diez cortometrajes con amplio recorrido nacional e internacional (El vestido, Amianto) y fue reconocida con el Premio Goya 2021 al mejor cortometraje de ficción (A la cara).

En suma, una película que, sin ser original, resulta gratificante gracias al talento de sus creadores para construir una obra bien diseñada y escrita. Profunda en su aparente sencillez y economía estilística, resulta grato y relajante detenerse, en estos tiempos de agitación, y observar emociones sin sobresaltos.

Escribe Gloria Benito

  

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