Entre dos aguas (4)

  11 Diciembre 2018

La leyenda del paso del tiempo

entre-dos-aguas-1En La leyenda del tiempo, Isaki Lacuesta nos contaba dos bellas historias, ambas relacionadas o enfocadas a relacionarse con la figura de Camarón de la Isla. Con Entre dos aguas —título que homenajea a otro grande del mundo del flamenco, Paco de Lucía— retoma una de ellas.

Ambos filmes —especialmente el segundo— nos hacen plantearnos ciertas dudas sobre la supuesta frontera entre ficción y documental. Y es que, ¿existen realmente esos límites? Jacques Rivette dijo que toda película es un documental de su propia realización, y razón no le faltaba.

Pero además, son muchos los cineastas y los teóricos que han defendido la no existencia de una gramática cinematográfica. Todo aquello que se enseña en los libros o en las escuelas y universidades —elementos tan básicos como el eje o el plano-contraplano— son simples formas para tratar un contenido, pero no son las únicas ni mucho menos.

Porque en el fondo el cine no se hace bien o mal, el cine simplemente se hace. No hay normas a las que atenerse, todo vale. Es cierto que esto nos puede llevar a una espiral relativista sin nada a lo que agarrarnos, pero así es como son las cosas. Nadie puede afirmar poseer la manera absoluta para hacer películas, porque no existe.

Como seres humanos clasificamos las cosas porque así nos sentimos más tranquilos, creemos que tenemos todo bajo control. Pero por mucho que hagamos esto las barreras que imponemos son falsas, y por lo tanto no hay un cine de ficción y otro cine documental, lo que hay es sencillamente cine, en general.

Obviamente en nuestro día a día utilizamos estos términos porque es cómodo y necesario, además tenemos que establecer un lenguaje universal que todos podamos comprender. Pero no hemos de olvidar ni dejar de tener presente que nada está cerrado férreamente, y que tanto los límites como el lenguaje son invenciones nuestras.

Volviendo a los filmes de Isaki Lacuesta, creo que la cuestión no es entonces  plantearnos cuánto de documental o cuánto de ficción tienen la obras, sino cuánto de alma, entrega y pasión. Y de eso tienen mucho.

El proyecto en sí es una preciosa poesía sobre el paso del tiempo, elemento indispensable para entender la vida y el cine. Decía Tarkovsky: «El tiempo y el recuerdo están abiertos el uno para el otro, son como dos caras de la misma moneda». Y eso es precisamente lo que se plasma en Entre dos aguas.

Retomar la historia de los hermanos Isra y Cheíto doce años después es una gran decisión. Poco importa el debate entre ficción y documental, lo que es verdaderamente relevante son ellos, sus vidas, sus relaciones y el transcurrir de los años. Porque lo real y lo verdadero trascienden más allá de ellos mismos, por eso tampoco importa cuánto de manipulación o de interpretación haya en estos dos hermanos.

A ello cabe sumarle la dedicación y el detalle con el que están tratadas las imágenes. Concretamente en Entre dos aguas el soporte foto-químico de 16 mm dota a la obra de un color y una textura de elevado preciosismo, al que también ayudan tanto las bellas composiciones de los planos como las localizaciones elegidas. Y no solo ello, sino que el hecho de haber rodado en este formato guarda una coherente conexión con el tema del paso del tiempo.

Y es que lo analógico supone una impresión del tiempo en un elemento físico, el celuloide. La luz que desprenden los seres vivos, los objetos y los lugares en un momento determinado quedan grabados en la película. Esto dota a la obra de un carácter artesanal y mágico que ayuda a establecer un vínculo mucho más estrecho con lo rodado.

Me gustaría terminar atendiendo al metraje en sí, citando algunas de las numerosas curiosidades e ironías que Lacuesta y su equipo nos regalan: el barrio pobre de chabolas con cuatro torres residenciales detrás, una de las cuales esta coronada por el hogar del jefe de los traficantes de droga; los hermanos que acuden a la cárcel a salvar a los presos con la religión, el preso que se lía un pitillo con un trozo de la biblia; la bandera de España que se alza, el hombre sin dinero que se ve obligado a buscar almejas entre el barro...

Escribe Pepe Sapena

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