SIN DESTINO (2)

  16 Febrero 2008
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Título original: Sorstalanság
País, año: Hungría/Alemania/Gran Bretaña, 2007
Dirección: Lajos Koltai
Intérpretes: Marcell Nagy, Tibor Mertz, Péter Haumann, Judit Schell, Zsolt Dér, Áron Dimény, András Kecskés, Daniel Craig
Guión: Imre Kertész
Producción: Renegade Films, H2O Motion Pictures, Magic Media Inc., EuroArts Entertainment, Hungarian Motion Picture Ltd.,
Fotografía: Gyula Pados
Música Ennio Morricone
Montaje: Hajnal Sellö
Duración: 140 minutos

La condición humana
Escribe José Luis Barrera

Convertir el dolor en espectáculo: he aquí una de las tentaciones a la inmoralidad ética que puede producir el arte y por lo aquí respecta, el cine. Más cuando lo que, por ejemplo, una película nos puede mostrar es el dolor y el sufrimiento elevado a sus últimas consecuencias: un filme que nos hable del Holocausto, ese terrible crimen multitudinario, perpetrado en nombre de unos racionalistas ideales.

sindestino1.jpgEso es lo que a este comentarista siempre le ha molestado de esas películas exitosa que fue La vida es bella: pese a su pretensión ejemplarizadora, hacer humor de algo tan hiriente como la vida inhumana de un campo de concentración. En la película Sin destino hay algunos momentos que chirrían hacia lo inmoral, porque quiere adornar con el arte lo que es en sí “inadornable”. Me refiero, por ejemplo, a los coros compuestos por el gran músico Ennio Morricone y que acompañan contradictoriamente algunas escenas de esta película.

Sin destino está basada en la novela homónima de Imre Kertész, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2002. Y recuerda en su estilo y temática a algunas otras cintas hechas sobre el Holocausto judío. En su fotografía, casi en blanco y negro, recuerda a La lista de Schindler; en su protagonismo solitario y casi en primera persona nos remite a El pianista; y en su descripción terrible de los males del Holocausto a otros filmes, como pueden ser La zona gris o La guerra de Hart.

sindestino3.jpgA lo mejor nos puede parecer que la historia que se narra ya está muy contada en cine, pero en verdad, todo lo que sea recordarnos la gran locura en la que se embarcó el régimen nazi (con la destrucción sistemática de todo un pueblo, algo que puede ocurrir en cualquier otra sociedad que pierda sus referentes morales), es algo que debe estar siempre presente para las nuevas generaciones.

Sin destino nos narra las experiencias de un chico judío húngaro de catorce años en los campos de concentración alemanes y sus intentos de reconciliarse con dichas experiencias después de la guerra. Cuando regresa a su Budapest natal, nota la indiferencia, e incluso, la hostilidad de la gente en la calle. Sus antiguos vecinos y amigos le impulsan a sacar esas horrorosas experiencias fuera de su mente, mientras un comprensivo intelectual sigue refiriéndose a los campos como “el círculo más bajo del infierno”. El muchacho no puede relacionarse ni reducirse a ningún caso ya establecido, y le dejan solo para que pueda revivir el significado de su experiencia por sí mismo.

sindestino2.jpgLa película está dividida en tres tramos. En el primero, describe con ritmo rápido y de un modo fragmentario la vida de György en el seno de la comunidad judía: aquí, las secuencias son breves y poco descriptivas. Por su parte, en el segundo tramo, que describe la terrible situación de los campos de concentración, se hace de un modo más pausado, rehuyendo todo momento efectista del terrible sufrimiento que se ocultaba tras las alambradas de los campos de concentración. Al final, se narra la liberación sin ninguna clase triunfalismo y el regreso a su patria, donde la indiferencia y la actitud de desinhibición hacia los sufrimientos producidos hielan el corazón.

Como en la obra literaria en la que se inspira la película, ésta nos ofrece una amarga reflexión sobre la misma condición humana, cuya dignidad queda muchas veces degradada por el infierno de maldad al que a veces desciende, y por la indiferencia y la falta de compromiso ante el dolor y el sufrimiento de los demás, escudándose en razones sociales o políticas: meras excusas que ocultan nuestra egoísta comodidad. Hay que olvidar, no para perdonar, sino para  acallar la voz de las conciencias.


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