LARS Y UNA CHICA DE VERDAD (1)

  11 Mayo 2008
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Título original: Lars and the Real Girl
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Craig Gillespie
Producción: John Cameron, Sarah Aubrey y Sidney Kimmel
Guión: Nancy Oliver
Fotografía: Adam Kimmel
Música: David Torn
Montaje: Tatiana S. Riegel
Intérpretes:

Ryan Gosling, Paul Schneider, Kelli Garner, Emily Mortimer, Patricia Clarkson

Duración: 106 minutos
Distribuidora: Versus
Estreno: 25 abril 2008

¿Dónde está Jerry Lewis?
Escribe Mister Arkadin

larsyuachicadeverdad1.jpgEs esta otra película, dicen, adscrita al (mal llamado) cine indie, una etiqueta, opino, demasiado utilizada en la actualidad (y sin mucho sentido) para identificar cualquier producción más o menos rara (o inclasificable) que nos llega desde los Estados Unidos. Claro, que preferentemente este cine (alejado del bello primitivismo de las obras de John Cassavetes, y de sus compañeros generacionales) se alimenta de filmes dirigidos por nuevos directores y producidos por productoras denominadas (con poco sentido) independiente. Sólo a medias pueden así ser consideradas al ser, en la mayoría de los casos, una especie de ramas (escasamente florecientes) de productoras grandes.

Se trata, sin duda, de juegos económicos cuya finalidad es asegurarse incondicionales apoyos que van desde la presencia de las películas en el festival de Sundance hasta el patronazgo de distribuidoras variopintas que, sobre todo en Europa, pugnan por estrenar productos raros, aplaudidos (por su exotismo) por la crítica. En muchos casos se trata de filmes de escaso o nulo valor. Pero hay que ver lo bien que suena eso de indie.

larsyuachicadeverdad2.jpgNo puede compararse, ni considerar que pertenecen a este movimiento, películas recientes tan dispares como la excelente La familia Savages (2007) de Tamara Jenkins o esta cosa de Lars y una chica de verdad (2007) de Craig Gillespie. No se parecen ni en idea ni en realización. Ni tan siquiera en cuanto a producción.

Con todo, tienen tres cosas en común: sus guiones fueron escritos por mujeres (la primera por la propia directora, la segunda por Nancy Oliver); fueron nominadas al Oscar al mejor guión (aunque ninguna se lo llevó); y sus directores han realizado hasta el momento dos largometrajes.

Lo asombroso es que se haya escrito por ahí que Lars y una chica de verdad sigue la línea del cine de Frank Capra. Será, me imagino, por eso de la (falsa) bondad que destila el producto y que se desparrama por todo el “pueblo de cuento” en que transcurre la historia. Pero no, las películas de Capra ni sólo son eso, ni van de eso.

Y mucho menos narran historias plagadas de personajes tan absurdos como el protagonista de este descerebrado filme. Basta fijarse únicamente en la forma en que ha sido dibujado para comprender la razón por la que el filme camina hacia el desastre. Un filme que puede hacer las delicias por ejemplo de un cómico tan poco gracioso como Roberto Benigni. Pero nunca de Jerry Lewis.

¿Una historia de verdad?

larsyuachicadeverdad3.jpg¿De qué va esta historia? Nos habla de un tipo conflictivo incapaz de relacionar con los demás. Tímido hasta lo patológico decide, para que le dejen en paz, inventarse un amigo imaginario: una mujer. Hasta aquí nada que objetar, de hecho algunos filmes han optado por la creación (por parte de algunos de sus protagonistas) de un ser que exclusivamente vive en su cabeza. Y hay de todo. Desde títulos cómicos a dramáticos, sin olvidar, claro, inclusiones en el género terrorífico (1).

Lo malo viene en la forma de “incluir” a la amiga imaginaria... y en el desarrollo posterior de la trama. Lars intenta hacer realidad sus deseos comprando una muñeca hinchable de tamaño natural. El objeto de tal juguete es, claramente, sexual, pero Lars reconvierte tal sentido en el de una gran amistad.

El carácter sexual de una trama de este tipo lo vio Berlanga en Tamaño natural (1974) con guión del gran Rafael Azcona. Ahí, como en cierto aspecto aquí, el protagonista trataba de huir de la soledad cohabitando con una (falsa) mujer con la que poder satisfacer todos sus deseos. Una mujer-símbolo-fetichismo-sumisa que (allí) en ningún momento pudiera contradecir a su “amo”. Pero el personaje de Michael Piccoli, el protagonista de ese filme, no era un cretino. Y Lars sí lo es.

Lars, al comprar la muñeca se convence de que tiene una amiga con la que charlar y construir un mundo. Una muñeca que tendrá un nombre, Bianca, y una historia. Y, ahora viene lo más sorprendente: Lars la convierte en un personaje más del pueblo. Todos los habitantes reconocerán, aceptarán y, si es preciso, llegarán a sufrir cuando “caiga enferma”.
Una de las cosas más increíbles de la película es que Lars no es ni siquiera un niño, al menos en edad. Es un joven adulto que tiene un trabajo, a quien adora su cuñada (o, como mínimo, le resulta curioso o inquietante), empeñada no se sabe muy bien por qué en sacarle de su mundo de soledad.

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Lars y los demás

Lars, que no parece tener problemas con sus compañeros de trabajo, siente pavor ante una joven que acaba de entrar en la empresa y que (misterios de la película) hace carantoñas a Lars. Curiosamente, y sin explicación aparente, el solitario protagonista es un asiduo asistente a la iglesia del pueblo.

Tal cretino, como algún crítico ha escrito (2), tiene cierta semejanza con aquel Forrest Gump que tan buena carrera comercial hizo (Forrest Gump, 1994, de Robert Zemeckis), pero al menos el personaje de aquella película por momentos podía resultar simpático (poco, eso sí).

Lars es un pobre descendiente de aquel Gump (lo cual lo eleva a la categoría de paupérrimo), reconvertido aquí en un ser sin ninguna gracia. Hay otra gran diferencia entre ambos títulos: los que rodeaban a Forrest Gump en mayor o menor medida eran seres que no participaban de la estupidez del protagonista. Aquí no, todos cuantos intervienen alcanzan también la categoría de cretinos integrales.

La historia de Lars y su muñeca amiga contagia a todo el pueblo, incluidos el reverendo de turno y la psicóloga o psiquiatra que “ayuda” al protagonista. La muñeca, por arte del guión, es aceptada por todo el pueblo como ser real. Nadie tendrá reparo en preguntarle sobre su vida y en monologar con ella (por fortuna no contesta, algo que explica convenientemente Lars).

Lars contagia su “enfermedad” a toda la colectividad. Nadie negará la existencia real de la inexistente mujer. El protagonista –por arte de un guión de “libro”– conduce al resto de los personajes a su mundo, haciéndoles participes de la historia que se va montando día a día.

Como es natural, para el buen desarrollo de la película, Lars comprenderá (sin la compañía de Bianca) lo bien que se lo pasa jugando en una bolera con unos jóvenes conocidos, acompañado además de la compañera de trabajo, que tan buenos ojos le pone. Lo que se ha perdido nuestro Lars. Con la chica de verdad (Margot) puede hablar de “verdad” y moverse con ella por la ciudad, sin necesidad de recurrir a una silla de ruedas. Además, hasta se puede enamorar y ser correspondido. Todo muy bonito de acuerdo al “primoroso” guión, aunque realmente el espectro no encuentre demasiada diferencia entre la joven real –aquejada también de profundo cretinismo– y el juguete de marras. Lo que ocurre es que “el oscuro objeto del deseo” es claramente otro.

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En los momentos finales, el cretinismo de la película es generalizado de manera que todos los elementos volcados en y desde la historia (guión y dirección preferentemente) deciden imbuirse en tal tara y ser fieles al pueblo y a sus habitantes. A Lars, entonces, para estar con su chica de verdad, no le queda otro remedio que “eliminar” a Bianca. Y con el beneplácito de toda la comunidad. Pero no matándola, no, todo se hará dentro de un orden. Así que la chica de mentira caerá enferma. El pueblo entristecido acompaña a Lars en los tristes momentos que corresponde a la enfermedad, muerte y entierro de Bianca. El reverendo llegará, incluso, a pronunciar en el cementerio un panegírico de la “fallecida”. Antes, la gente de un hospital ha hecho lo imposible por evitar el “fallecimiento” del juguete. Al llegar a este punto tenemos la seguridad que estamos asistiendo, de  principio a fin, a un tratado sobre el cretinismo.

Hacer que Lars lea en una escena del filme una parte de El Quijote a su “amiga”, parece pretender identificar tan absurdo personaje con el caballero ideado por Cervantes. Para tal inmersión del personaje en un mundo de fantasía es una barbaridad. La guionista, en este punto, demuestra no tener ni idea de lo que simboliza el personaje cervantino. Si intentáramos hallar una conexión entre Lars y Don Quijote estaría, de forma muy tangencial, en la presencia de dos personajes huidizos, solitarios, dados a ensoñaciones. Pero de muy distinto calibre y con insalvables distancias narrativas.

Un guión de “libro”

El guión, debido a Nancy Oliver, muy apreciada por muchos televidentes por sus narraciones para al menos siete capítulos de A dos metros bajo tierra, se puede considerar de “libro”.

Lo es en cuanto está repleto de trampas (algunas bien ensambladas) como la que se refiere al “nuevo” (o verdadero) nacimiento de Lars, es decir, a su integración en el mundo. Fijemonos: Lars y Margot hablan en la noche después de salir de la bolera. Él comenta que está nevando, a lo que ella le responde que no, que aquello que ve es el deshielo. Posteriormente asistimos (ante el advenimiento de Lars al  mundo de los seres reales) al comienzo de la primavera. El símbolo resulta forzado, innecesariamente explicativo, pero parece resultón. Así, la conversación que escuché al terminar la película entre una pareja de jóvenes. Él le dijo a ella que si se había dado cuenta de la “maravillosa idea” de que al final fuera primavera. Y también dos huevos duros.

Sorprende (negativamente) el tratamiento cinematográfico dado a la película. Resulta absurdo haber narrado esta historia desde un planteamiento realista. El naturalismo desplegado en la historia intenta llevar la cotidianidad a un relato colgado en el mundo del “cuento”. Como lo era ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra o, desde otro planteamiento, El hombre tranquilo (1952) de John Ford.

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Siempre recordaremos a Jerry Lewis

A lo mejor lo ideal hubiera sido narrar esta película en plan cómico. Y aquí entraría, sin duda, Jerry Lewis. Porque Lars hubiera ganado mucho si hubiera sido una película del buen cómico. Nadie como él para hacernos creer que un pececito no le quería, ya que se le murió cuando le sacó de la pecera. Para que, por supuesto, pudiera respirar. Esta película hubiera sido para Lewis actor, dirigido por él mismo o por Frank Thaslin.

Jerry Lewis era capaz de expresarnos, y de hacernos llegar, su tristeza por ese pez muerto desde la mirada infantil de un ser perdido en un mundo que no le comprendía. Un personaje absurdo en un mundo también absurdo, incapaz de ser querido, escondido siempre en su devastadora timidez. Quizá el personaje de Lars podría, en el ayer, haber devenido en Lewis, y haber vivido una historia afín a su dislocado mundo. Pero los tiempos han cambiado. Y Lewis hace mucho tiempo que ha dejado de hacer cine.

La  película de Craig Gillespie, director tan sólo de otra película, bastante temible, titulada Cuestión de pelotas (2007), es pobre en recursos y su manera de dar “vida” a lo que narra la convierte en marciana e indigesta. ¿Cambiará de rumbo en su tercer filme? La esperanza es lo único que se pierde. Ya se sabe: ante todo ¡más madera!

*****

(1) Por citar un ejemplo en este género no estaría mal recordar el excelente filme de Robert Mulligan titulado El otro (1972).

(2) Aurea Ortiz, en La cartelera del diario Levante, de la semana 2 a 8 de mayo 2008, denomina al personaje el “Forrest Gump indie”.


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