SPEED RACER (0)

  18 Mayo 2008
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Título original: Speed Racer
País, año: Estados Unidos, 2008
Dirección: Larry Wachowski y Andy Wachowski
Producción: Joel Silver, Grant Hill, Andy y Larry Wachowski
Guión: Andy y Larry Wachowski, basado en el cómic Speed Racer de Tatsuo Yoshida
Fotografía: David Tattersall
Música: Michael Giacchino
Montaje: Roger Barton y Zach Staenberg
Intérpretes:

Emile Hirsch, Christina Ricci, Matthew Fox, Joon Park, Scott Porter, Christian Oliver, John Goodman, Susan Sarandon

Duración: 129 minutos
Distribuidora: Warner Bros
Estreno: 9 mayo 2008

Pan y (video) juegos
Escribe  Juan Ramón Gabriel

Uno de los primeros recuerdos televisivos de la generación de los babyboomers españoles en cuyos hogares, a finales de la década de los sesenta, hubiera aparato de televisión, es la serie de dibujos animados Meteoro y su Match 5, anterior a las exitosas Heidi, Mazinger Z, Marco…

speedracer1.jpgCasi cuarenta años después, los hermanos Wachowski la han adaptado a la gran pantalla. Quienes conservamos aquellas imágenes de nuestra infancia nos sentiremos defraudados con esta traslación, sin el posible consuelo de refugiarnos en un ejercicio de nostalgia complaciente. La película es un nuevo y remozado producto dirigido a un segmento de espectadores que considerarían las imágenes primigenias como fotografías propias de un museo no ya histórico, sino arqueológico.

El propio filme incorpora a ese nuevo e ideal espectador: el más joven de los miembros de la familia Racer, Spritle, un jovencito de unos siete u ocho años que ejemplifica los valores propios de su edad: sedentario, con tendencia a la obesidad por su bulimia por los productos de bollería industrial; incansable comedor de palomitas; espectador compulsivo de televisión… y cuyo mejor amigo es su mascota: una especie de mona Chita rediviva.

speedracer2.jpgLa trama argumental se basa en la contraposición de dos modelos de producción capitalista: por un lado, el modelo ideal que representa la familia Racer, un modelo basado en un capitalismo industrial de base artesanal, de pequeña empresa familiar que recuerda a los gremios extinguidos; que quieren controlar el proceso de producción, pues para ellos no es sólo su modo de ganarse la vida, sino también una concepción del mundo: trabajo, esfuerzo, sacrificio, honradez y, lo más importante, vocación.

Por otro lado, un capitalismo posindustrial, tecnificado en extremo, detentador de los últimos avances robóticos, deslocalizado y mundializado, con unas plantas de producción que recuerdan más al entramado propio de la NASA  antes que al sector automovilístico; cuyo único objetivo es conseguir los mayores beneficios en sus cotizaciones bursátiles, para lo cual no dudan en utilizar medios gansteriles (sobornos, corrupción, extorsión, violencia). En fin, exponente de las grandes corporaciones deshumanizadas que socavan los principios sobre los que se asentó el originario capitalismo norteamericano.

En esta lucha desigual, la familia Racer pierde al hijo mayor, Rex, el más brillante corredor automovilístico, seducido por los cantos de sirena de los grandes emporios del motor y en franca oposición a los límites morales (y materiales) que su padre le impone. Expulsado del paraíso familiar, este ángel caído se arrepentirá y pasará a convertirse en un ángel custodio de todos aquellos conductores que son presionados por las grandes compañías y de su sustituto en el ámbito familiar: su hermano Speed.

speedracer3.jpgRex se convertirá en Racer X, un corredor enmascarado al servicio del inspector-detector, policía encargado de velar por el cumplimiento de la ley en las carreras automovilísticas y cuyo máximo afán es perseguir a los infractores de las normas. La expiación de la culpa de Rex correrá a cargo de su hermano Speed, que logrará coronarse como máximo campeón sin renunciar a los valores inculcados por su padre, valores que han sido mitigados en aras de un consenso familiar que la figura materna ha propiciado y que son necesarios modificar para poder plantar cara con éxito a la competencia desleal de los grandes trusts del automóvil.

La escenografía del film combina lo naíf con la estética pop. Aunque cronológicamente esté situada en la actualidad, ésta se reviste de todo un atrezzo que remite a la época dorada del imaginario estadounidense de la modernidad: finales de los años cincuenta y primeros años sesenta del siglo veinte, una época en donde los conflictos sociales y económicos no habían estallado en EEUU, que vivía una prosperidad sin precedentes.

La paleta cromática de la película hiere la vista del espectador con la estridencia de los colores: azul eléctrico, verde pistacho, violetas, fucsias, rojos intensos, toda una gama propia del mostrador de una heladería de diseño o de un apabullante surtido de luces de neón o del vestuario de la muñeca Barbie.

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Es tal el efecto de digitalización que se plasma en la pantalla, la hiperrealidad conseguida a través de los píxeles, que lo real-referencial desaparece, ocupándolo todo la estética del video-juego o de la Play Station. No hay distancia paródica, no hay el menor atisbo de ironía con respecto a la propia creación de sentido, alcanzándose un sin sentido como producto cinematográfico, puesto que posiblemente esta sea la finalidad perseguida: no hay una traducción del animé / cómic / dibujo animado a la gran pantalla, sino que el cine se convierte en un soporte expandido y con efectos de publicitación de los nuevos productos de ocio de base digital, frente a los que la diégesis fílmica ha de dejar de ser diegética para poder soportar las demandas y gustos de los nuevos consumidores.

Como la propia película escenifica, es el público y los medios de comunicación los que legitiman al triunfador de una sociedad que se desenvuelve con un ritmo frenético, “spídico”: que sacia su sed de aventuras y movimiento en la contemplación espectacular de tal movimiento en una época dominada por un capitalismo especulativo.

Como los antiguos romanos que acudían al Coliseo, los nuevos espectadores necesitan un espectáculo que contemplar y que llene su ocio, una vez cubiertas las necesidades primarias. El ocio es el mayor negocio. Panem et circenses.

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