UN FRANCO, CATORCE PESETAS (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: Un franco, 14 pesetas
País, Año: España, 2006
Dirección: Carlos Iglesias
Intérpretes: Carlos Iglesias, Javier Gutiérrez, Nieve de Medina, Isabel Blanco, Iván Martín, Tim Frederick Quast, Eloísa Vargas, Aldo Sebastianelli, Ángela del Salto
Guión: Carlos Iglesias
Producción: Televisión Española (TVE), Televisión de Galicia (TVG) S.A., Drive Cine, Adivina Pro
Fotografía: Tote Trenas
Música: Mario de Benito
Montaje: Luisma del Valle
Duración: 105 minutos

Emigrantes de cualquier época
Escribe Adolfo Bellido

La primera película de Carlos Iglesias está hecha con ilusión y cariño, y eso se nota. Detrás del niño protagonista se podrían descubrir muchos rasgos de aquél, el propio realizador, que un día salió de España hacia un desconocido país al que su padre había “huido” en busca de trabajo. Filme testimonial que habla de una España oscura, triste, donde no había trabajo y en la que no se vislumbra, ni mucho menos, el apogeo económico posterior. Para darle mayor rigor testimonial, el “padre” es interpretado por el propio Carlos Iglesias.

Una película sencilla que propone mirar hacia un pasado hecho de rabia, donde la gente vivía mal. La necesidad de salir fuera en busca de trabajo es una necesidad. Se necesita llegar a tener dinero para mandar a sus casas, para subsistir, viviendo muchas veces en el silencio, la soledad, la incomprensión. Lo de menos, para esas personas, es que fuera se respire de otra manera, aunque probablemente las nuevas formas influirán en la nueva forma de ver las cosas, pero ante todo se trata de buscar un sustento.

El filme posee un guión elemental si se quiere, pero efectivo, que narra la marcha de los dos protagonistas a Suiza y la posterior vuelta de uno de ellos, dispuesto a luchar, gracias a la fuerza de su mujer, por abrirse paso hacia los nuevos tiempos en su país de origen. No se deja nada a la improvisación. La película es enormemente clara y a veces demasiado explicativa en su desarrollo, algo que sin embargo no se siente como defectuoso. Es como si Un franco, 14 pesetas se pusiera a la altura de sus sencillos personajes para darnos la trama de una manera elemental, con características, casi, de un viejo celuloide centrado en un planteamiento documental.

Nada se deja de tratar, aún cuando se roce el tópico: desde el catetismo de los recién llegados a Suiza hasta sus historias de amor de allí, rotas por los lazos que aquí dejaron (una mujer y un hijo, una novia). Pero aquí y allá existen pequeños detalles que van enriqueciendo la película, acercándola al espectador, haciéndola tan necesaria como transparente: pequeños gestos e ideas como el de la llegada de la mujer y el hijo a Suiza en el momento que el protagonista acaba de vivir una apasionada noche de amor. Son los detalles de la dueña de la pensión entrando con la bandeja del desayuno, el hombre confundiendo en principio a la mujer con la amante, el anillo de matrimonio poniéndoselo rápidamente, las miradas entre los diferentes personajes que están en escena. O momentos como el de la fábrica a la que piensa que debe volver a su vuelta a España, la boda del amigo con el beso de su esporádica amante, la conversación entre padre-hijo en el río...

Visiones de distintos lugares con formas de pensar distintas. Generaciones de ayer y de hoy que tratan de adaptarse a nuevas formas de vida. La ilusión y la desilusión de la ida y la vuelta de un joven que no recuerda el lugar de donde salió hace años y que lo único que hace es comparar el agobio de Madrid con la belleza de los lugares suizos. Gente que pierde su identidad, que no es de ninguna parte, pero que en el fondo sabe que es un caminante en busca de un sitio para adaptarse.

Puede ser que la película resulte previsible. El espectador va por delante en muchos momentos. Y en otros se decanta por el sentimiento o la resolución fácil. Pero su facilidad y elementalidad es también parte de su eficacia. Pienso en la despedida del protagonista en su vuelta a España con el apretón de manos sincero por parte del catalán, un personaje con el que se enfrenta desde su llegada, o la visita final, de despedida, a la dueña de la pensión donde vivió para encontrarla casada y descubrir que uno de sus hijos es suyo. O la increíble secuencia de la clase con la intervención del joven (al fin y al cabo el narrador de los hechos) contradiciendo a la profesora en su explicación sobre el nacimiento de los niños: en España, dice, vienen de Paris y los traen las cigüeñas. Algo incomprensible en un joven que lleva muchos años en el lugar, ha tratado con otros muchos del lugar, y respira durante nada menos que diez años otro ambiente.

Pero de todas formas hay algo que resplandece por encima de la propia historia personal que vemos: la mirada sobre el emigrante por parte de los naturales del país. La escena del alquiler de la casa es altamente elocuente. Mientras unos vecinos protestan por la “llegada” de extranjeros, otros los aceptan como inquilinos y amigos. Una lección que debería ser entendida en la España actual y en el mundo global en el que vivimos. Cuando actualmente despreciamos a los emigrantes que nos llegan de cualquier lugar olvidamos que nosotros formamos parte no hace mucho de una generación de trabajadores que tuvieron que buscar su sustento en cualquier país de Europa donde se necesitaba mano de obra. Y donde se agradecía una sonrisa frente a las caras hoscas que se dejaban atrás. Algo que no solemos tener en cuenta a la hora de juzgar –mas que mirar, observar o ayudar– a aquellos que llegan desde la pobreza para abrirse paso en un nuevo mundo que para ellos supone el no va más. He aquí la gran lección que se desprende de esta honrada y necesaria película. No olvidemos quienes fuimos. No despreciemos a quienes, incluso sin papeles, nos llegan para realizar unos trabajos que la gente de acá puede llegar a considerar degradantes. Gente necesaria, útil. Seres como nosotros cuyo único “pecado” es haber nacido en un lugar donde la gente se muere porque no hay trabajo. El primer filme de Carlos Iglesias, mejor en guión, o incluso en idea, que en realización, no hace sino plantear la dignidad de las personas. La necesidad de considerar al emigrante como uno más de entre nosotros. Y de no olvidar que un día los españoles lo fueron. Ésa es su gran lección

Una buena definición de personajes, una mirada lúcida sobre las mujeres, sufrientes y a la vez fuertes, y sobre la equiparación, enorme distancia en aquellos años, entre dos países. Uno, Suiza, luminoso, respetuoso, democrático, acogedor (no siempre); el otro, España, oscuro, resentido, feo, pueblerino, dictatorial. El trabajo y el progreso frente al paro y el atraso de siglos. Todo ello indirectamente va recreando la película sin discursos, simplemente por medio de unas imágenes que muestran, insisto con total sencillez, la realidad de la emigración, la búsqueda de un mundo nuevo que pueda dar luminosidad a la tristeza de unas vidas. Por ello, y por esa necesidad de tender una mano, esbozar una sonrisa de aliento al paso de los emigrantes que hoy nos llegan, en busca de la luz y de una cierta, y difícil prosperidad, el filme es necesario.

No importa que a veces peque de blando, que toque la fibra sentimental. Es necesario para que pueda llegar al espectador y lograr un cierto grado de concienciación del problema. El que muchas cosas suenen a conocidas, o se vean venir, o incluso fuercen demasiado la situación (la estafa de los pisos) tampoco es obstáculo para valorar una película tan digna como necesaria.

Un debut esperanzador que espero tenga buena aceptación en el espectador. Su escaso presupuesto, sus buenos actores y su aparente huida de mensajes profundos o de diálogos rimbombantes son ejemplo de una limpia y simple tarjeta de presentación, que en algunos momentos, como en la secuencia de la Navidad, la llegada a Suiza, o el “duelo” de miradas entre las mujeres en la habitación del protagonista adquiere momentos de gran calidad.

Filme para ver y para darse cuenta que al lado de esas películas pedantes, insufribles y mentirosas filmadas por jóvenes realizadores existen otras sencillas, urgentes, veraces, necesarias, que aparecen de tarde en tarde sin levantar demasiado la voz. Son obras sencillas pero eficaces. E, insisto, necesarias para desde el hoy mirar al ayer y comprender ciertas “otras” identidades.