BUDA EXPLOTÓ POR VERGÜENZA (2)

  22 Marzo 2008
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Título original: Buda az sharm foru rikht
País, año: Irán - Francia, 2007
Dirección: Hana Makhmalbaf
Producción: Maysam Makhmalbaf
Guión: Marziyeh Meshkini
Fotografía: Ostad Ali
Música: Tolib Khan Shakhidi
Montaje: Mastaneh Mohajer
Intérpretes: Nikbakht Noruz (Baktay), Abdolali Hoseinali (chico talibán), Abbas Alijome (Abbas)
Duración: 81 minutos
Distribuidora: Wanda Vision
Estreno: 29 Febrero 2008

¿Juegos de niños?
Escribe Purilia

A Hana Makhmalbaf el cine le corre por las venas ¡y de qué forma! Claro que “de casta le viene al galgo”. Benjamina de una familia de cineastas, es hija del director iraní Mohsen Makhmalbaf y de la guionista Marziyeh Meshkini, y sus hermanos son la directora Samira Makhmalbaf y el escritor y fotógrafo Maysam Makhmalbaf. Una familia unida que vive por y para el cine, trabajando y colaborando juntos e intercambiándose los papeles cuando es preciso.

Formada en la escuela de cine fundada por su padre, la Makhmalbaf Film School, Hana aprendió, desde pequeña, a amar al cine a través del magisterio de su progenitor, pero sobre todo aprendió de él  “cómo ser mejor persona”, según confiesa.

budaexplotoporverguenza3.jpgCreadora precoz, su primer cortometraje, realizado cuando sólo tenía nueve años (The day my aunt was ill), causó un gran revuelo en el festival de Locarno de 1997. A los catorce años rodó su primer largo (Joy of madnes / La alegría de la locura), un documental basado en la película, A las cinco de la tarde (2003), dirigida por su hermana, y publicó el libro de poesía Visa for one moment.

Y con sólo dieciocho años realizó su primera película de ficción, Buda explotó por vergüenza, con la que ha conquistado al público y a la crítica europea, obteniendo varios premios: dos en el Festival de San Sebastián 2007 (Especial del Jurado y “Otra mirada” de TVE –unos recientes galardones que premian el cine en el que el universo femenino es el protagonista–), dos en el Festival de Berlín 2008 (Premio Generation KPlus y Premio de la paz), además de mejor película en el festival de cine de Benalmádena y otras nominaciones de prestigio.

El cine iraní en general (Majidi, Kiarostami, Panahi, Ghobadi…) y de los Makhmalbaf en particular (Mohsen, Samira y ahora Hana) es especialmente lírico, sus imágenes están impregnadas de la poesía de Farrokhzad, Shamlou, Hafez, Khayyam y otros poetas iraníes, sin por ello distanciarse de lo real, aunque sea a través de lo subjetivo. De esa mezcla de realidad y subjetividad brota un cine a medio camino entre la ficción neorrelista y el documental, sincero, sencillo, despojado de lo accesorio, simbólico y con toques surrealistas, que entabla con el espectador un diálogo íntimo y secreto tan  significativo por lo que oculta como por lo que revela.

Muchas de estas características se encuentran en la película que nos ocupa, un documental de ficción, rodado con actores no profesionales en el que prima la sencillez (argumental y de recursos), la sinceridad, la denuncia y la mirada limpia e impotente de una mujer serena y madura, a pesar de su juventud, comprometida con su apellido, su cultura y su condición femenina.

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La historia se desarrolla en Afganistán un país en el que, según la directora, “todo son problemas”, devastado económica, social y culturalmente por años de guerras, de ocupaciones sucesivas (rusos, talibanes, americanos), de violencia gratuita, de miseria y abandono, en el que los niños han sido y son sus primeras víctimas inocentes. Testigos directos de la barbarie, ahora la reproducen en sus juegos cotidianos con la misma crueldad con que la han visto aplicar a los adultos, y en su mimético comportamiento, las niñas serán sus más frágiles y accesibles objetivos.

Baktay es una niña afgana de seis años que vive en una de las muchas cuevas del valle de Bamiyán al pie de las montañas donde los talibanes destruyeron las dos estatuas gigantes de Buda. Mientras cuida de su hermanito bebé oye a su vecino Abbas recitar orgulloso el alfabeto y repetir, en voz alta, un cuento escrito en su cartilla. La insistencia del niño le provoca el deseo de ir al colegio y aprender a leer ella también esas bonitas historias. Baktay se hace, no sin dificultades, con un cuaderno y un pintalabios a modo de lapicero y emprende el camino a la escuela, un accidentado viaje hacia el desencanto en el que tendrá que sortear todo tipo de dificultades interpuestas por cuantos (mayores y niños) va encontrando en su recorrido.

budaexplotoporverguenza2.jpgHana construye una parábola desalentadora sobre la situación actual de Afganistán, utilizando el mundo infantil como espejo-representación de las atrocidades realizadas por el mundo adulto a la vez que invita a la reflexión sobre las consecuencias que estos comportamientos violentos e intransigentes tienen sobre las generaciones más jóvenes, depositarios de la esperanza en un futuro diferente. “Los niños son los adultos del mañana. Si se acostumbran a la violencia, el futuro del mundo correrá un gran peligro” dice.

Como en el mundo de los mayores, hay dos posicionamientos respecto al porvenir, en el mundo infantil representado: por un lado, los poderosos, encarnados por los niños-soldado que juegan a matar, lapidar y sojuzgar (“cuando sea mayor, te mataré” dice un niño de éstos) bajo distintas apariencias, y enfrentados a ellos, los sometidos, representados por Baktay, el grupo de niñas prisioneras y Abbas, el niño pertinaz que sigue recitando sus lecciones, sin parar, a pesar de ser sometido a humillaciones y abusos.

budaexplotoporverguenza1.jpgNo hay héroes en la película, ha dicho la directora: “Ni siquiera la niña, ya que no consigue su objetivo. Incluso acepta morir”. No se mide la heroicidad sólo por la consecución del fin propuesto sino por el grado de perseverancia y tenacidad puesto en alcanzarlo, y Baktay es una pequeña luchadora, representación del tesón, la perseverancia y el valor de muchas mujeres musulmanas que se revelan contra la hostilidad y la invisibilidad para reivindicar su lugar en la sociedad aún a costa de la propia vida. “Espero que la película pueda cambiar algo y mejorar la situación de estas mujeres y de las de todo el mundo".

Abbas es, por encima de Baktay, la figura más emblemática y espiritual de la película. Capitula exteriormente ante los abusos, acepta las burlas y las vejaciones con resignación  y acepta morir como le piden; pero en su fuero interno hay convicción y afirmación (como demuestra con su cantinela incansable), confianza en que a través del conocimiento y la sabiduría se puede llegar a un estado superior. Representación del idealismo melancólico, su tierna figura de infante, cubierto de barro, le equipara a un pequeño Buda infantil que acepta la muerte (aunque sea en un juego) como única posibilidad de seguir viviendo y alcanzar la libertad. 

Los escenarios naturales y el paisaje humano revela el grado de desolación en que vive este pueblo devastado: casas escavadas en la roca sin luz ni agua, niños que se quedan solos en las cuevas, atados con una cuerda al pie para que no se escapen, mientras sus madres van a trabajar, a lavar o al mercado; niños que pululan por paisajes escarpados y poblados de minas, huérfanos que sobreviven sin amparo, comerciando con lo que pueden y que parecen no importar a nadie… 

Denuncia político-social y cultural, reivindicación de la infancia como etapa de formación para la paz, de los derechos de las niñas y mujeres a ser tratadas con dignidad e igualdad, demanda de la educación y la libertad como baluartes de futuro… Lástima que deseos tan sinceros y llenos de honestidad no descansen sobre una estructura narrativa y dramática sólida, una fotografía menos preciosista, un montaje con ritmo, una planificación menos reiterativa, una mejor dirección de actores y una interpretación más verosímil.

Para hacer una buena película no es suficiente estar cargado de buenas intenciones, elegir una temática humanitaria impactante, un reparto que inspire empatía y un entorno visualmente plástico y contundente. Sin  duda ingredientes esenciales no son suficientes para sustentar una historia. El guión, la fotografía o el montaje sí son pilares básicos y los actores pueden echar a perder todo el trabajo si no están a la altura. Aquí el primero es muy discreto, la fotografía y el montaje, correctos, los personajes arquetipos y la interpretación de los niños poco naturalista.

La protagonista es una niña preciosa, inocente, tierna, pero poco expresiva, aguanta los primeros planos pero le falta naturalidad en sus acciones y diálogos, a veces, se mueve con indecisión, sus gestos no se corresponden con la situación… Un defecto que se ha intentado corregir con el montaje externo, a la manera de los maestros de la escuela soviética del laboratorio Kulechov, pero que no siempre funciona.  
La dirección de actores es una tarea que habitualmente pasa desapercibida cuando éstos dan la talla, pero que campea estrepitosamente cuando falta. Jean Renoir y Billy Wilder,   nunca la descuidaban, como tampoco nuestro querido Hitch, que además advertía de lo complicado de trabajar con críos ("Nunca trabajes con niños, con animales o con Charles Laughton"). Si además no son actores profesionales la tarea es doblemente arriesgada. La directora ha confesado que tuvo que trabajar con ellos como si el rodaje fuera un juego, pero ni aún así se trasluce esa intencionalidad.

Una película en la que prima la empatía, la solidaridad y la ternura sobre la reflexión y a la que le falta expresividad, contundencia, profundidad, ritmo… y sobra metraje. No obstante, necesaria e interesante por lo que denuncia, reivindica y espera conseguir.

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