LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Don’t come knocking
País, Año: Alemania / EE.UU., 2005
Dirección: Wim Wenders
Intérpretes: Sam Shepard, Jessica Lange, Tim Roth, Gabriel Mann, Sarah Polley, Fairuza Balk, Eva Marie Saint
Guión: Sam Shepard
Fotografía: Franz Lustig
Música: T-Bone Burnett

A la búsqueda del pasado
Escribe Adolfo Bellido

Wenders vuelve a hablarnos de América con ese tono suyo pesimista en el que confluye tanto el amor al cine y a lo que representa (la fascinación por una realidad ficcionada) como la nostalgia por un pasado que al transformarse en presente forma parte ya de otro mundo.

Nos encontramos, pues, ante una nueva mirada sobre los espacios abiertos y los sentimientos cerrados en algún lugar de un camino perdido y solitario, remoto y desconocido. No hay vuelta atrás en un viaje siempre plagado de despedidas y donde lo real e imaginario se funden con la repetición de los esquemas de tantas películas del oeste, donde el héroe promete volver algún día, antes de que aparezca la palabra fin, en busca de la chica a la que acaba de besar y de la que ahora se despide. ¿Y qué pasará cuando vuelva? Claro, en el caso de que vuelva. Algo que sólo podemos adivinar porque detrás del fin de la película aparentemente no hay nada.

Aquí, un actor en declive, que ayer fue una estrella, decide hacer lo que su personaje ha hecho en tantas películas del oeste como ha trabajado: coge el caballo y se pierde en la lejanía en busca de un más allá que se intuye, pero que no se ve. Marcha hacia los lugares en los que vivió, o en los que estuvo rodando hace años, cuando el éxito y la juventud formaban parte de su vida. Lo que ocurre es que esta cabalgada hacia delante se produce sin haber terminado la película que está haciendo. La ha dejado, pues, sin acabar. Como su vida.

Pero si la vida real es difícil y debe afrontarse en su momento sin que se vea muy claro dónde está el fin, la película necesita de eso, de un término. De ahí que un especialista en seguros decida ir tras la pista del actor para sacarle del pasado y traerle a ese presente que, en una sala de cine, mientras se proyecte la película, será el mismo presente: en la película cada tiempo es nuevo y siempre en cada nueva proyección, aunque sea antigua, será presente. Aunque no haya nada más allá de ese final. En el mundo reducido a un espacio cerrado que es la pantalla, el tiempo siempre permanecerá inalterable. ¿Acaso se muestra un mundo tranquilo? Si es así, sólo lo será mientras se rueda. El mundo más allá del rodaje se muestra duro y trágico. ¿Es solución para salirse de él encerrarse en unos espacios cerrados en los que no entre la vida, en los que no quepan los conflictos? Eso es lo que afirma el caza recompensas, que ahora no es sino un empleado de una compañía de seguros que busca al fugado para que cumpla su contrato. Un personaje tan curioso como enigmático, interpretado por Tim Roth.

El guión lo han firmado Shepard y Wenders. Sus caminos se vuelven a encontrar varios años después de aquella hermosa París, Texas. Shepard es también el principal actor. El falso, pero convencido, cowboy que va tras de su pasado. Todo lo que representa y es hoy en día ese personaje queda perfectamente definido por la “visita” del agente de seguros a la roulotte en la que vive. Las dos mujeres que allí se encuentra, el desorden o la propia suciedad del vehículo lo expresa con claridad. Pero, ¿qué busca realmente el vaquero huido? ¿Encontrar su mundo anterior, compararlo con el de sus películas o parar un momento en el camino para preguntarse por su sitio en el mundo? ¿Es el de antes o es otro? ¿Ha logrado algo en su vida? ¿Es algo más que un actor fracasado, solitario e ignorado? El encuentro con la madre le lleva a percibir que aquél no es el mundo que busca. Su antiguo compañero, que le observa desde su llegada al pueblo, es rechazado por el actor. Es imposible que sea aquél con quien estudio. Aquella imagen le devuelve a un ser en plena decadencia física y él aún, aunque cada vez menos, cree mantener su estatus de ser inmortal que le concede la pantalla. Las jovencitas que le ven pasar piensan que debe ser un actor, pero no que sea “el actor”. Ya no es conocido. Los recortes de prensa que encuentra en el cuarto donde le ha instalado su madre nos hablan de su éxito y de su decadencia, de sus problemas con las drogas, de su estancia en la cárcel, de sus múltiples y frustrados amores a los que siempre, como en sus películas, probablemente prometió volver.

Desde la nostalgia del tiempo pasado nos hablan también algunos de los actores de Llamando a las puertas del cielo, son antiguos intérpretes, como es el caso de Eva Marie Saint o George Kennedy. Ellos, en el hoy, en sus pequeños papeles, aparecen como estrellas del ayer para aseverarnos que no son fantasmas, que aún siguen vivos... aunque prácticamente ya han desaparecido del mundo del cine.

En el encuentro con la madre, Howard (Sam Shepard) reconoce que entre los dos existe un abismo, el mismo que le está transmitiendo la ciudad en la que se encuentra. Ahí ante todo recibirá una noticia sorprendente: una mujer le comunicó hace años a la madre que había tenido un hijo con Howard. Un dato que llevará al personaje a buscar a la mujer y encontrar al hijo. Una forma, quizá, de dar sentido a su vida, cerrarla o abrirla a unas nuevas perspectivas. Pero el encuentro con el hijo es frustrante. No quiere admitir que “ese” hombre ya bastante mayor y vencido sea su padre. Un hijo que se niega a reconocerlo, aunque sólo sea porque es su fiel reflejo. El hijo ve la realidad actual que para nada tiene que ver con la fantasía que se despliega en las paredes de la cafetería de la madre, donde se muestran los carteles de la película que rodó allí en el pasado. Entonces era un triunfador. Y surgieron las promesas de amor a la madre y la repetida promesa de vuelta. Padre e hijo se encuentran y se dan cuenta que en ellos se repite el fracaso de unas vidas. Son perdedores. El intento de Howard de poner remedio (o un “parche”) a su vida no da resultado. Su antiguo amor, personaje interpretado por la propia mujer de Shepard, Jessica Lange, no está dispuesta a aceptar que el tiempo no ha cambiado. El presente no es el pasado. Éste no puede recuperarse. Son excelentes todas las secuencias entre la pareja. Magníficos los diálogos, los gestos, los matices de la interpretación. Para la mujer de su hijo Howard es (citando el título de la película de la que ha huido) El fantasma del oeste. Y los fantasmas no están vivos.

La inicial renuncia o enfrentamiento del hijo al padre se irá suavizando ante la presencia de un nuevo personaje, la joven Sarah Polley (la protagonista de La vida secreta de las palabras de Isabel Coixet). Una joven desconocida para Howard, pero que es la hija que ha tenido con otra mujer. El destino une a los distintos personajes. De manera perfecta Wenders va presentado separadamente toda una serie de seres que van uniéndose. El azar juega sus cartas para que puedan conocerse. La reacción de la chica al descubrir al padre (después de que ella ha recogido en la funeraria las cenizas de su madre) es muy distinta de la del hijo por una razón: para ella el padre es el cine, el mito del presente. No ve al fracasado, sino al actor de éxito, al cowboy victorioso. Lo deja muy claro en un instante. A ella ante todo le interesa el cine: como Truffaut, la joven no tiene duda sobre qué debe escoger entre la vida o el cine. La cámara cerca de los personajes, gira a su alrededor tratando de explicar todos sus movimientos de acercamiento y de unión: un círculo que se pretende que no tenga fin, para no tener que abandonarlo.

La despedida final entre los hijos y el padre es emotiva. El moderno cazador de recompensas, que sólo pretende huir del mundo que no le gusta, aislándose de él y cumpliendo sus misiones, lleva al protagonista a cumplir su contrato: a terminar una película como tantas otras veces, a repetir el socorrido final de la marcha hacia una nueva aventura. Probablemente Howard quedará (como muestra el congelado final de su película) parado en el camino, sin posibilidad de redención, condenado a la soledad y a transitar por su vejez sin más destino que su propia destrucción. Pero también ha unido a unos jóvenes, les ha mostrado que otros caminos son posibles. Marchan por un camino donde un cartel anuncia dos poblaciones de nombres curiosos Desvío (1 Km), Esperanza (58 Km). Los dos hermanastros y la novia del chico van cantando en un coche, el que el padre les ha regalado. ¿Dónde llegarán? ¿Qué buscan? Quizá un presente diferente donde puedan vivir y ser felices, o al menos haberse podido encontrar a sí mismos por esos extraños deseos del azar. Es posible que sólo sea un ensueño que se romperá en un momento, pero de momento buscan ser.

Como siempre en Wenders, el paisaje tiene una gran importancia en este falso western donde las ciudades de ayer se han transformado de una manera un tanto curiosa. Son las mismas casas, la misma soledad, los mismos personajes, pero los edificios albergan ahora otras actividades... como los gimnasios. Pueblos vacíos, o casi, donde sólo el polvo, el viento, la tormenta lejana trata de poner su rúbrica o un fondo a unos personajes que tan poco son tan distintos a los del ayer.

Filme que habla sobre el tiempo y sus estragos, las esperanzas (tantas veces falsas), los fracasos, la soledad. Que muestra lugares perdidos en cualquier camino, donde alguien, sólo un aparente forastero, llegará de vez en cuando para volver a marcharse. ¿Terminarán por desaparecer el lugar y los personajes? ¿Se reducirá todo a las propias cenizas del recuerdo de unos tiempos que quizá fueron mejores o peores? Quien sabe, aunque, eso sí, entonces los pretendidos (y falsos) héroes creían poder dominar el mundo y ahora bastante hacen (como seres emergentes del pasado) con evitar ser olvidados, con seguir vivos.