TODO ESTÁ ILUMINADO (1)

  12 Diciembre 2006

Título original: Everything is illuminated
País, Año: EE.UU., 2005
Dirección: Liev Schreiber
Intérpretes: Elijah Wood, Eugene Hutz, Boris Leskin, Laryssa Lauret, Jonathan Safran Foer, Jana Hrabetova, Stepan Sadumovsky, Oleksandr Choroshko, Gil Kazimirov, Zuzana Hodkova
Guión: Liev Schreiber
Producción: Warner Independent Pictures, Big Beach Productions
Fotografía: Matthew Libatique
Música: Paul Cantelon
Montaje: Craig McKay y Andrew Marcus
Duración: 102 minutos

La dificultad de recordar
Escribe Adolfo Bellido

Uno de los problemas del cine independiente norteamericano es que desea (a la fuerza) decir cosas importantes huyendo de las típicas frivolidades de Hollywood. Lo cuál, les lleva a plantear a sus autores, películas tan aparentemente complejas como diferentes. Mientras el cine de las grandes productoras intenta llegar de manera directa al espectador echando mano, la mayor parte de las veces, de historias insulsas, el cine independiente parece expresar sus “ideas” para escasos espectadores a los que consideran inteligentes, los autores de tal producto por supuesto. El problema es que las películas no hacen más que repetir hasta la saciedad los mismos elementos y situaciones con el fin de que la idea principal de la película quede muy clara.

Todo está iluminado parte de una novela que en ciertos sectores es objeto de veneración. Liev Schreiber, con bastantes películas en su haber como actor, es quién la ha dirigido: es su primera realización. El filme, a su etiqueta de cine independiente añade otra nueva, no tan novedosa en este tipo de producciones, la de ser la primera película de un director. O sea que a un cierto carácter de cine “diferente” se añade otro de cine nuevo dado por alguien no maleado por realizaciones anteriores.

El resultado final, con su mensaje y su (falsa) originalidad es un filme desequilibrado y de escaso interés. El realizador se empeña en construir tanto una película preciosista como diferente en la forma de encarar la narración. Cualquier elemento o idea parece valer para llegar al pretendido objetivo final: obtener una obra intelectual, profunda y de culto. A tal novela tal película. No importa que los movimientos de cámara, los cambios de ritmo o los objetivos distorsionados utilizados carezcan de una determinada razón de ser. Lo que únicamente parece pretenderse es realizar algo distinto. Orson Welles hace años realizó aquella maravilla titulada Ciudadano Kane utilizando elementos deformantes ¿por qué no conseguir aquí lo mismo bombardeando al espectador con objetivos de diferentes focales? La diferencia es elemental: en Welles aquella novedad técnica tenía una razón de ser, aquí, donde ni siquiera es novedad, se trata de gratuitos efectos cuya única legitimidad parece avalarse por las dioptrías de las gafas (casi de personaje de cómic) de nuestro insoportable protagonista, cuya única presencia parece estar en función de rentabilizar en parte la producción. Se debe pensar, por ello, que el Frodo de El señor de los anillos tiene la grandeza de un gran actor. Pero eso, como la utilidad del filme o la sabiduría del realizador, no son más que meras suposiciones.

Schreiber, quizás embelesado por el guión, servido por el mismo autor de la novela, cree, pues, realizar un filme nuevo y diferente en la forma. El fondo se da por supuesto que es muy importante. Por si las cosas no quedan claras, y para avalar el intelecto de los creadores, se utiliza lo simbólico como eje del relato. De esa manera las metáforas se repiten de forma constante. Cada plano es una entelequia metafórica.

¿De qué va esta historia que tiene como referente el Holocausto? Simplemente trata de mostrar –y demostrar por activa y pasiva– que los recuerdos deben siempre permanecer vivos, que todo el mundo debe tener presente lo que ocurrió en el pasado, sin olvidar lo vivido y padecido en un determinado lugar. El tener presente el pasado hará posible que los hechos no vuelvan a repetirse. Si, además, para no olvidar hay que atarse a lo vivido mucho mejor. Así, desde esa perspectiva, nuestro protagonista salido de la saga tolkiana, se dedica a atesorar objetos y más objetos que clasifica minuciosamente, casi con el mismo metódico procedimiento con el que pretendía resguardar el codiciado anillo. Pero donde había aventura y personajes (allí) aquí sólo existen ideas repetidas y mal expuestas. Aunque, eso sí, el poder de los recuerdos (aquí) parece tener la misma fuerza que el valor del anillo (allí).

Ya desde el comienzo, todo queda explicado de forma clara. Nadie puede confundir cuál es el mensaje de la película. Para ello se nos muestra cómo obsesivamente el personaje principal se dedica a coger, y catalogar, cualquier cosa que le recuerde un suceso vivido o un personaje conocido. Objetos, cosas de aquí y de allá, guarda y cataloga minuciosamente para que en el mañana sepa que existieron y formaron parte de la vida de alguien. Cualquier cosa que toma, por pequeña e insólita que sea, es un trozo de vida. Algo vivido debe ser identificado con unos personajes y unos objetos (identificativos de lugares, de personas), que refieran el determinado momento vivido, una realidad, en definitiva, que ha existido. El protagonista está en su perfecto derecho de acumular todo lo que cae en sus manos para archivarlo (y no en una traicionera memoria) en una especie de imposible registro personal. Cualquier cosa por pequeña que sea pasa a ser catalogada convenientemente. Tal insistencia resulta como mínimo discutible. El espectador no debe ser tan tonto para no darse cuenta, con una simple ojeada, del sentido que implica esa recolección de objetos agrupados a lo largo de las paredes de la habitación del protagonista: pequeñas piezas del gran puzzle que es la vida..

Nuestro protagonista en busca de nuevos recuerdos decide viajar desde Estados Unidos a Europa. Trata ahora de encontrarse a sí mismo o, mejor dicho, de encontrarse con sus propias raíces “perdidas” en algún lugar de Ucrania. Allí, en la segunda guerra mundial, vivieron los “suyos”, de allí huyó su abuelo. Se pudo salvar de la muerte gracias a la ayuda de una mujer. De esa forma evitó ser masacrado por el único delito de ser judío. Pero ¿qué ha sido de esa mujer?, ¿qué ha pasado con los otros familiares?, ¿cómo es aquel lugar en que nacieron sus antepasados?

No queda nada claro cómo el personaje entra en contacto con la familia que le va a servir de guía en un país que para él es extraño. Se trata de una rara familia compuesta, entre otros, por un joven pasota, un abuelo que se hace pasar por ciego y su (falso) perro lazarillo. Los tres personajes, y el perro, inician un viaje por el país en busca de lo desconocido. El conductor de un viejo coche es el falso/extraño ciego. En algún lugar tiene que encontrarse la verdad. Pero nadie parece conocer el pueblo que buscan... En la Ucrania de hoy parecen seguir existiendo viejas rencillas, demasiados silencios y los judíos no parecen ser vistos con demasiados buenos ojos.

El nombre del pueblo es ya de por sí una entelequia. El tiempo parece haber barrido los recuerdos de la mente de todos cuantos encuentran en el camino. ¿Dónde se esconde la verdad? Finalmente, los personajes encontrarán a una mujer que parece conocer el secreto. Una mujer que al principio confunde el protagonista con la salvadora del abuelo. Pero no, en realidad es su hermana. Toda esta parte, como es natural, es muy simbólica: una casa perdida en un campo inmenso. Es donde por “casualidad” llegan los protagonistas. Y en ese espacio casi fantasmal es donde explota la trágica verdad. Es el centro del filme, la gran sorpresa: lo único que existe del pueblo es una especie de lápida que recuerda el lugar donde se encontraba la ciudad destruida durante la guerra por ser habitada por judíos, así como a los habitantes que allí vivieron. El recuerdo se hace realidad, pero no solamente para el asombrado nieto, sino para todos sus acompañantes. La luz cegadora debe entrar en la oscuridad ficticia e iluminar lo que deseaba permanecer oculto.

Por si no quedara claro, el ciego recobra la memoria, es decir la vista “simbólica”. Su ceguera no es más que otro símbolo del filme. Tras ella se ocultaba la verdad que él mismo, habitante de aquel pueblo, viviera: se ha escondido en la ceguera para evitar recordar que él también habitó allí y que allí murieron sus compatriotas. Y que en cierto modo los traicionó en el recuerdo y en el olvido de sus orígenes. Ya que en esos años ha intentado olvidar que es judío. No hay otra solución para este personaje que el suicidio, mientras el joven pasota pasa a reconocer y aceptar su identidad. Probablemente incluso se convierta en otro obsesivo recolector de recuerdos. Para que nunca se pueda olvidar ni lo que ocurrió, ni lo que uno es. La película ha lanzado su último (y repetido mensaje).

Como se ve es muy importante, todo lo que se dice en el filme. Demasiado importante. De ahí que se carguen las tintas sobre lo que ocurre y se deje claro que se están diciendo cosas de mucha enjundia. Una total lección que invalida, en parte, la seducción del cine como arte de la sugerencia. Como acompañante al ocultamiento (o malos recuerdos) de la realidad se echa mano de las gafas del protagonista y de los objetivos deformantes. Debemos tener en cuenta que hay mucha ceguera por el mundo. Los mensajes se han elevado a la enésima potencia. Pero siempre los mismos. Que nadie olvide lo que acaban de ver, que recuerden que nunca hay que olvidar. Una obsesiva reflexión que aplasta al espectador en la butaca a lo largo de toda la duración de la película y cuya sorpresa final termina por sonar a un rebuscamiento con el que se cierre la consabida cantinela.

Película bastante cansina y un tanto adormecedora. Excesiva en su ansia de explicar las cosas. E incapaz de ir más allá de un mediocre independiente compuesto o descompuesto por un revoltijo de ideas repetitivas y escasamente consecuentes en una narración medianamente aceptable. A veces, demasiadas, este cine es un tanto coñazo, bueno lo que se suele denominar en USA cine independiente, porque hay muchas películas así llamadas que de eso tienen muy poco, como pueden ser las dirigidas por Robert Altman o títulos como el mismísimo (y absurdamente laureado) Crash.

Mejor sería rebuscar en el cine de ayer o sea en el pasado y encontrar por ejemplo gran parte de la obra (soberbia) de Cassavettes como realizador. Contemplándola se podría entender lo que puede ser un cine independiente que busca contar cosas desde nuevas formas expresivas. Algo de lo que Todo está iluminado carece en casi toda su totalidad.