DOOMSDAY, EL DÍA DEL JUICIO (0)

  09 Agosto 2008
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Título original: Doomsday
País, año: Inglaterra - Sudáfrica - Estados Unidos, 2008
Dirección: Neil Marshall
Producción: Steven Paul, Benedict Carver
Guión: Neil Marshall
Fotografía: Sam McCurdy
Música: Tyler Bates
Montaje: Andrew MacRitchie y Neil Marshall
Intérpretes:

Rhona Mitra, Bob Hoskins, Alexander Siddig, Adrian Lester, Sean Pertwee, Darren Morfitt, Emma Cleasby

Duración: 105 minutos
Distribuidora: Universal
Estreno: 24 julio 2008

Violencia a “go-go”
Escribe Mister Arkadin

Neil Marshall debe considerarse autor en el total sentido de la palabra. Y además sentirse muy orgulloso por ello. Suyo es el argumento, guión y dirección de este poco juicioso título que sigue la senda de sus dos anteriores (y poco “presentables”) obras, Dog soldiers y The descent, en las que algunos –por llamarlos de alguna forma– bienintencionados escribientes de cosas de cine vislumbraron grandes hallazgos. Los que eso proclamaron son voluntariosos seguidores de películas (gratuitamente) violentas. Ridículas en tales fines en comparación con la rabia, odio y crudeza que destila este filme.

Violencia injustificada

doomsday1.jpgAhora, al igual que en otros títulos sanguinolentos, los críticos (?) expertos en cine carroñero o adeptos a videojuegos de pim, pam, pum y plas, plas, plas, parecen sentir gustillo ante la sangre, violencia y enseñamiento que se encuentra en esos descompensados y, más bien, repugnantes filmes.

Aquí todo ello es gratuito. Se ordenan las imágenes para apresar a masas de jóvenes expertos en manipular juegos de ordenador, y que se encuentran alienados en su propensión de comunicar –e insertarse– abundantes dosis de adrenalina. Compulsivos efectos de muertes bárbaras sin fin: descuartizamientos, canibalismo, refinadas torturas, ojos, brazos, cabezas que vuelan... forman parte de una narración hueca en su miseria. Por no haber no hay ni un argumento coherente. Tan sólo una idea extendida hasta la saciedad. Un filme tratado y desarrollado como una droga aditiva para mentes desorientadas.

Hoy, varios de los lectores de algunas revistas editadas o de la red, no se preocupan por saber si el escritor de tal crítica, o comentario cinematográfico, tiene determinado currículum en la materia, sabe o no de cine, ha visto muchos o pocos filmes, o si, en definitiva, es un experto profesional o un imberbe acabado de llegar y en fase de destete. O si tal revista o foro es independiente o se “debe” a determinados (oscuros o claros) intereses.

Es a algo a lo que nos ha llevado la era de Internet. Aunque tal “mundo” no es de hoy, bebe ya en el pasado. Y si no que se le pregunten a Amenábar, que no hace mucho (¿seguirá pensando hoy lo mismo?) se permitió “golpear” inmisericordemente títulos como Centauros del desierto o Vértigo (la ignorancia es muy arriesgada). La ronda (y no precisamente de Ophüls) sigue y el virus, como en este horripilante filme, se extiende. Hasta el punto que algunos defienden la grandeza visionaría de este “día del juicio” inundado de tanta bazofia.

Copia que algo queda

doomsday2.jpgNo hay nada interesante en esta película por mucho que se esfuerce algún crítico en buscar un asidero para encontrar lo salvable de un título que ni siquiera es original. Una mirada alucinada y alucinógena sobre un futuro que en vez de miedo da risa. Lo peor es que el desarrollo de la repetitiva historia, que ni siquiera es cine, tampoco llega a ser un cómic adulto.

Neil Marshall mezcla con escasa fortuna una historia policíaca de intriga con virus y sociedades futuras. Para remate, el final abierto permite dar paso a una segunda parte. Capaces serán de ello. Y que encima dé dinero.

Para hacer tal infanticida propuesta más importante se ofrecen pinceladas políticas en la que aparecen asesores fascistoides que no se sabe dónde piensan huir en su intento por salir de la situación vivida. También aparece un personaje, una especie de jefe de los servicios de inteligencia –Bob Hoskins lo interpreta– que se mueve por los distintos lugares, o aparece, de acuerdo a las caprichos del director-guionista cuando menos se espera: la escena previa al final, por ejemplo.

¿Realizada en pleno alumbramiento extático? No se puede entender de otra manera tal cantidad de ideas expresadas a lo largo de larguísimas persecuciones, luchas y matanzas: el único sentido del filme. De sus 105 minutos casi noventa deben estar repletos de sangre y fuego. Los muertos, con o sin sentido, apilados por medio de sistemáticos descuartizamientos, se desgranan en una proporción media de uno al minuto o aún más rápidamente.

Argumento de toma y rasga

doomsday5.jpgEl contar esta “gran historia” puede servir como ejemplo de la incongruencia, y el sin sentido de su “autor” (ya se sabe de esos que dicen un filme de...). La cosa se inicia en 2008. Un virus incapaz de controlarse ataca a la población de Escocia. El gobierno inglés, se supone que con la celeridad del “rayo”, construye (se dice que siguiendo el diseño de la antigua muralla) un muro de acero alrededor de esa parte de Gran Bretaña. Todo él (¡qué inventiva!) vigilado por soldados ingleses con sus mejores armas. Nadie puede pasar esa frontera.

La gente que del lado de allá de la muralla muere como moscas (¿tendrá el virus alguna implicación ideológica en esta época de miedos y crisis?) se rebela e intenta entrar en la tierra limpia de enfermedad: la Inmaculada Inglaterra. En uno de esos altercados (con muertes de todo tipo que la enfermiza cámara recrea en planos cortos) una niña pierde un ojo. Ante la incesante rogativa de la madre, la niña (por compasión) es cogida en brazos por uno de los soldados que se va a elevar al otro lado del muro en un helicóptero: el héroe la salvará (¿un rasgo de piedad entre tanto desatino?). Después, el objeto volador pasa al otro lado y las puertas de la muralla se cierran y se sellan... Y los del otro lado a morirse como es menester. Fin del prólogo.

Avanza el relato. ¿Qué pasará ahora? Seguro que la niña tiene protagonismo. ¿Acaso será portadora del virus?

Estamos en 2035, el muro sigue cerrado. Parece que allá, en toda (¡toda!) Escocia la vida ha desaparecido. Pero en las puertas de la muralla acerosa se sigue vigilando, aunque ahora todo está muy robotizado. Las armas se disparan sin necesidad que nadie las ponga en funcionamiento.

¿Y qué ocurre? Pues que Inglaterra ha sido condenada por la Comunidad Internacional por tal cierre de fronteras. Se considera que el país ha actuado de forma inhumana. Pero aparte de ese cierre de fronteras (idéntico al que Inglaterra ha propugnado) ¿qué ha hecho el Mundo por arreglar la situación? De eso nada se dice. Tan sólo se ha pasado de un encierro a otro: Escocia e Inglaterra han sido aisladas del resto del mundo.

Estamos ahora en 2035, una fecha aleatoria que bien podía ser otra cualquiera. Los servicios ingleses acaban de descubrir dos cosas: el virus mortal acaba de hacer su aparición en Londres mientras que en Escocia (casualidades del destino) se ha detectado  vida. Si ahí hay vida es porque alguien debe haber descubierto un antídoto contra el virus. Así que se deciden dos cosas: dar a Londres el mismo trato que a Escocia (aislar la ciudad del resto) y enviar a un comando a Glasgow para que descubra el antídoto. Para ello deberán encontrar a una especie de científico que trabajaba en aquella ciudad. Una eminencia, se dice, que será quien deberá tener la solución para combatir el mal.

Para colmo de males el segundo mandamás inglés, enseguida primero, es un fascista de mucho cuidado. Para que nada le falte se rodea de una especie de guarda pretoriana, o sea agentes amigables que le protegen.

¿Y la niña del prólogo? ¿Realmente, como suponíamos es la culpable de la propagación del virus? Nada de eso, la pequeña se ha convertido ahora en una brutal jefe policial al servicio de... ¿quién? Ni se sabe porque en ningún momento –ni siquiera en 2008– se dice nada de Su Serenísima Majestad Británica.

Nuestra policía, eficiente en sus métodos disuasorios doctrinales bajo la advocación de la violencia, tiene a gala cumplir eso de que a los enemigos ni agua. Ella es la requerida para comandar la misión de entrar en Escocia y traer la medicina salvadora. Entre otras cosas ella nació allí, aunque casi no se acuerde de ello. 

Toda la película ahora se centrará en la llegada del grupo a Glasgow y en su posterior paseo por las regiones de Escocia, acosados por los curiosos habitantes actuales del lugar (salvados no se sabe cómo) y que se dividen en dos grupos: una extraña secta entre punky y heavy, que utiliza conciertos para asar a sus víctimas y ofrendar su carne en salvaje comunión (caníbales en estado puro) y el elenco del aparente científico sabelotodo (al que se iba a visitar) convertido en una especie de rey Arturo dominador de un castillo en un ambiente prototípico de la edad Media.

Al borde del sin sentido

doomsday6.jpgEsa mezcla de estilos, esa destrucción sistemática de civilizaciones, no es obstáculo para que en el filme aparezcan armas cargadas con balas sin fin, coches y camionetas que no agotan su combustible y super-coches (más propios de James Bond) escondidos en imposibles galerías subterráneas (¡desde 2008!) y perfectamente empaquetados en voluminosas cajas, donde coexisten junto a teléfonos móviles de última generación, alta tecnología... y todo tan perfecto que, a pesar de los años, funciona a la primera. ¡Qué tomadura de pelo!

Breves diálogos seguidos de escuetas palabras (“a por ellos”, “malditos hijos puta”, “por ahí”, “que vienen”, “cabronazos”, “no nos cogereis”... y lindezas por el estilo), se alternan con secuencias donde lo único importante es la acción por la acción. Ahí dominan las luchas, persecuciones, desmembramientos y torturas.

En cualquier forma, la película debe ser rápida e inútil, que no dé tiempo a ser pensada. Un caos ejemplar que muestra una didáctica de la ausencia de rigor, reflexión e inteligencia. Se trata de insuflar al espectador grandes dosis de violencia como forma de llevarle a degustar mundos prohibidos y escondidos: desechos insatisfechos de mentes retorcidas.

Copia que algo queda

Con todos estos ¿alicientes? transcurre la película que para mayor originalidad decide entrar a saco en un variado repertorio cinéfilo. Veamos.

Hay comics violentos y futuristas. Pero poseen una determinada estética y un personal mundo autoral. Este filme recuerda a un (mal) cómic. Pero no sólo de eso vive esta película. Sus fundamentos tratan de centrarse en el mundo del propio cine. Y aquí las referencias son tan múltiples como irrisorias, ante unas pretensiones incapaces de ser cumplidas.

doomsday3.jpgDesde el punto de vista formal se nos ofrece una fotografía de tonos azulados junto a unos exteriores dominados por la lluvia y la noche (sobre todo en la primera parte). Hay incluso una somera mirada sobre una ciudad moderna. En estos puntos el referente inmediato es Blade Runner.

Temáticamente las alusiones son más variopintas. El Glasgow actual donde entra el comando (atravesando la muralla circundante) está claramente inspirado en las dos películas de John Carpenter sobre rescates futuristas en Nueva York y Los Angeles. El ambiente punky y el futuro sin futuro en el que se mueve la patrulla se inspira en los filmes de la serie Mad Max (y especialmente el “concierto” a la tercera parte).

No terminan ahí las identidades. Y es que la caja de sorpresas que es Doomsday entra a hacha y florete con cualquier tipo de cine y género. En un momento determinado aquello emula a James Bond y a ciertos títulos de Tarantino y su amigo Rodríguez... y aparece el coche rojo encontrado intacto después de muchos años: ¿cómo funcionarán estos artefactos en un mundo sin gasolina?

¿Quieren más? Claro, cómo no, en el sentido opuesto del futurismo se rebusca en los tiempos pasados (1). Así en el reflejo de la Edad Media, con castillo incluido, se nos acerca a modelos típicos de aquel cine de príncipes valientes, caballeros negros, robines de los bosques, inquisidores... sin olvidar el sentido fantasmagórico que Tim Burton impuso en Sleepy Hollow.

Más aún, otro cine representado es también –sí, aunque no se lo crean– el de “romanos”, el peplum, con sus luchas de gladiadores, sus espectadores circenses clamando por sangre, tripas y sesos... Y pueden seguir buscando otras muchas alusiones. Seguro que las encuentran.

Torpe, escasamente imaginativa, más propia de dosis parciales de LSD que de arte o calidad, el filme es ante todo un batiburrillo repleto de gratuita violencia. Un ataque en toda regla a la inteligencia. Redes simplonas para engatusar a quienes se dejen engañar por un montaje rápido, de planos cortos propio de un mal videoclip o un anuncio publicitario. Lo cual no implica que haya (que los hay) excelentes clips y spots.

Doomsday, desde su obsesión hipnotizadora, no lo es. Aunque algunos escribientes que en sus ratos libres ejercen de comentaristas deportivos, perdón, quiero decir de expertos cinéfilos, terminen por confundir El Quijote con El código Da Vinci. Y así nos va.

*****

(1) El bueno y pacífico (a pesar de su amor por el cine violento) compañero de trabajo en esta revista, Israel, amante del cine de terror, quien también detesta este filme, dice que Doomsday se mira en El ejército de las tinieblas de Sam Raimi. Dicho queda.

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