ANIMALES HERIDOS (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Animales heridos
País, Año: España, 2005
Dirección: Ventura Pons
Intérpretes: Jose Coronado, Cecilia Rossetto, Aitana Sánchez-Gijón, Marc Cartes, Cristina Plazas, Patricia Arredondo, Gerardo Zamora, Aina Clotet, Francesc Albiol, Teresa Manresa, Abel Folk
Guión: Ventura Pons
Producción: Els Films de la Rambla, Televisión Española (TVE), Televisió de Catalunya (TV3)
Fotografía: Rafa Lluch
Música: Carles Cases
Montaje: Pere Abadal
Duración: 92 minutos

Seres heridos por el amor y la soledad
Escribe María Sánchez González

De nuevo el director catalán Ventura Pons apuesta por las historias corales de personajes perdidos en la gran ciudad, como ya lo hiciera en películas anteriores como Morir (o no). Y también de nuevo repite su costumbre de trabajar, más que sobre guiones originales, sobre la obra de conocidos escritores catalanes. En esta ocasión se inspira en tres de los seis relatos que componen Animales tristes (Animals tristas), de Jordi Puntí.

Animales heridos es una tragicomedia donde cada uno de los personajes actúa movido por instintos viscerales, en lo que parece ser la lucha por la supervivencia y la superación de unas heridas producidas, sobre todo, por el amor y la soledad. Unos instintos que a veces se transforman en deseo y en infidelidades, otras en consumismo y preocupación por lo superficial y otras rozan incluso la obsesión y lo enfermizo. Pons juega con los contrastes entre el vacío existencial de la neurótica esposa (Cecilia Rosetto), del adinerado Silvio (José Coronado) –quien lleva una doble vida con su amante (Aitana Sánchez Gijón) en la habitación de un hotel que puede verse desde la ventana de su casa–, y la soledad del inmigrante peruano que se siente lejos de los suyos o del joven matrimonio de clase media que no tiene demasiado en común.

Así, en un escenario que, con una acertada música de fondo de Carles Cases, transcurre en la capital catalana –la Diagonal o el Camp Nou, entre otros lugares–, y en la Costa Brava, y con referencias a la cultura y al carácter de los catalanes de la boca de los propios personajes, cada uno de éstos se presenta como un animal que, con cierto toque fetichista, mira u olfatea a su presa y cura sus heridas físicas o emocionales o lame las de aquellos que se encuentra en su camino.

Existe en la cinta, pues, un exceso de apoyo en la metáfora que le da título, hasta el punto de que es utilizada, al final de la misma, para enlazar o hilvanar las historias de unos personajes cuyas relación entre sí no está demasiado clara al principio, cuando se suceden las distintas historias de forma independiente. Tal vez subyace la idea de que pueden haberse encontrado por casualidad, del mismo modo que podían haber hallado a cualquier otro, o eso es lo que se deduce del encuentro entre el inmigrante y la amante de Silvio.

Y es que parece que a Pons no le interesa tanto mostrar el trasfondo de los protagonistas o las razones por las que se comportan de este modo, sino más bien sus propias reacciones. La única explicación que cabe es la que aporta un narrador que, por encima de todos ellos y con cierta frialdad y superficialidad, actúa como elemento distanciador entre éstos y el espectador.

Un recurso que al principio de la película consigue aportar cierta originalidad y ritmo pero que, a medida que va trascurriendo la historia, resta fuerza y libertad a unos personajes que, del mismo modo que el espectador, quedan supeditados a esta voz en off que parece saberlo todo y que se encarga de reiterar por activa y por pasiva el sentimiento de soledad y las heridas que dan titulo a una cinta donde, igual que sucediera en Amor idiota, el narrador anula el potencial de Pons como director teatral que demostró en producciones anteriores como El porqué de las cosas. Eso, sin olvidar descuidos técnicos importantes, como el que hace que el micrófono de pie asome en contadas ocasiones en la parte superior de la pantalla.