BORDADORAS (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Brodeuses
País, Año: Francia, , 2004
Dirección: Éléonore Faucher
Intérpretes: Lola Naymark, Ariane Ascaride, Thomas Laroppe, Marie Félix, Arthur Quehen, Jacky Berroyer, Anne Canovas, Elisabeth Commelin, Marina Tomé, Christophe Hatey, Annie-Claude Sauton
Guión: Éléonore Faucher, Gaëlle Macé
Producción: BIM Distribuzione, Bavaria Film, Wega Film, Les Films du Losange
Fotografía: Pierre Cottereau
Música: Michael Galasso
Montaje: Joële van Effenterre
Duración: 89 minutos
 

Emociones filtradas
Escribe Purilia

La ópera prima de la directora francesa Éléanore Faucher –que hasta este momento sólo había realizado dos cortometrajes: Les toilettes de Belle-Ville (1993) y Ne prends pas le large (1998)–, viene avalada por varios premios internacionales, entre ellos el Gran Premio de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2004 y otros que valoran sobre todo la calidad del guión.

Claire, una joven independiente de 17 años, oculta su embarazo de cinco meses a su familia y entorno. Sin novio oficial y sin apoyo, su intención es dar en adopción al bebé, una vez éste haya nacido, manteniendo su estado, hasta ese momento, en el anonimato. Por ese motivo, abandona su trabajo habitual en un supermercado y busca ocupación en casa de la Sra. Mélikian, una mujer armenia, bordadora de alta costura, que acaba de perder a su único hijo en un accidente de moto. La mujer, rota de dolor por su pérdida, emplea a Claire como ayudante y ambas encuentran, en la soledad conjunta que las une, un alivio a su desconsuelo.

La idea surgió un día, según palabras de su directora, “después de hacer un sencillo zurcido en un jersey”. Un pretexto, aparentemente simple, que en ella hilvanó el recuerdo de su madre y el de su propio embarazo. La prenda, tejida muchos años atrás por su progenitora, le había sido confiada por ésta cuando se quedó encinta. “Sin embargo, mi inspiración gira en torno a mis padres y a la idea de transmisión”. Maternidad, costura y herencia son algunas de las sensaciones que Faucher utiliza para tejer un guión íntimo e intimista, aunque sin emotividad, más intuitivo que explícito, sustentado por la imagen, la música y la puesta en escena.

Decía François Truffaut que la gran diferencia entre las películas de Hollywood y las europeas es que las americanas son, en primer lugar, películas de situaciones y las europeas son películas de personajes. Bordadoras no sólo no es una excepción, sino que refuerza esta tesis. La anécdota argumental es simple, la cronología intuida, el tiempo un elemento aleatorio, la trama inexistente… en cambio, las relaciones entre los personajes, lo que dicen y lo que callan, sus sueños, pensamientos, emociones, actitudes, comportamientos… son su esencia sustentante.

Sus protagonistas son dos mujeres de dos generaciones diferentes y con dos soledades complementarias que, en el crucial momento que están viviendo, se necesitan mutuamente. Estar juntas será decisivo para ellas.

Claire se nos presenta, desde el primer plano de la película en que aparece (plano general de un paisaje con la joven en pie, en el centro, en medio de un campo de coles oblicuo), como una chica fuerte, independiente y equilibrada en medio de un entorno hostil. Tiene una familia con la que no vive, y las relaciones con sus padres son distantes; sólo su hermano pequeño, Thomas, le inspira ternura. Es demasiado joven para enfrentarse a una situación tan inesperada y se siente sola; por eso trata de resolver su embarazosa situación, literalmente hablando, de una forma abrupta: entregando a la criatura, sin permitirse emociones ni soluciones alternativas. El desapego de su madre, en un momento tan decisivo de su vida es en gran medida la razón. No se atreve a confesarle su estado y cuando está dispuesta a hacerlo comprende que no puede contar con ella.

La fría relación entre madre e hija se condensa en una de las mejores secuencias de la película: la madre visita a Claire, para interesarse por ella, y reprocharle que no le haya comunicado lo que está haciendo en ese momento. Claire empieza a desvestirse, en silencio, poco a poco ante ella, quitándose una a una sus prendas de abrigo hasta que deja al descubierto su prominente barriga, que habla por sí misma; entonces, la madre pregunta: “¿Qué pasa?”. “Nada”, responde Claire, a la que en el plano siguiente vemos llorar desconsoladamente. La madre parece no ver o no querer ver lo evidente. Por el contrario, la Sra. Mélikian detectó su estado la primera vez que vio a la joven. No es extraño que la muchacha encuentre en ella el apoyo y la comprensión que su madre le niega y que se aferre a ella con desesperación. “No puedes contar conmigo así, ¿Y tus padres?” –le reclama en cierto momento la mujer.

La Sra. Mélikian acaba de perder a su único hijo en un accidente. Sin lágrimas, sin ganas de vivir y en silencio vive su duelo encerrada en la soledad y la oscuridad de su casa. No obstante, no cierra sus puertas a Claire, a la que acoge como ayudante. Su compañía será luminosa para ella. Unidas por el bordado y por su mutua soledad, ambas mujeres, puntada a puntada, hallarán la manera de seguir adelante.

Estos dos personajes tan profundos están soportados por dos excelentes actrices: Lola Naymark, recordada por su papel en El señor Ibrahim y las flores del Corán, da credibilidad y carácter a la joven Claire, y Ariane Ascaride (Sra. Mélikian), musa y soporte de películas como Marius y Jeannette, Al ataque, La ciudad está tranquila, Marie Jo y sus dos amores…, construye un personaje que contrasta con sus papeles anteriores. Contenida, silenciosa y triste descarga todo el peso de su interpretación en la profundidad de la mirada, los gestos, su cadenciosa forma de moverse y de hablar…, su poderosa presencia.

Composiciones significativas, onirismo y un íntimo y oculto contenido simbólico parecen peregrinar por las imágenes de esta historia impregnada de lirismo, aunque poco emotiva para el espectador. La directora no ha apelado a la identificación emocional para transmitir el dolor de una madre ante la pérdida de su hijo o el desconcierto de una muchacha ante el próximo nacimiento del suyo. Vivencias tan proclives al exceso y al desbordamiento han sido tratadas con cierto distanciamiento sirviéndose de la sobriedad, el silencio y la música contrapuntística para contener emociones tan profundas. El peligro es que, a veces, al filtrar tanto las emociones esa distancia se convierte en frialdad.