UNA PALABRA TUYA (1)

  29 Agosto 2008
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Título original: Una palabra tuya
País, año: España, 2008
Dirección: Ángeles González-Sinde
Producción: José Antonio Féliz y Antón Reixa
Guión: Ángeles González-Sinde, según la novela Una palabra tuya de Elvira Lindo
Fotografía: David Omedes
Música: Julio de la Rosa
Montaje: Fernando Pardo
Intérpretes:

Juan Sanz, Antonio de la Torre, Malena Alterio, Esperanza Pedreño, Chiqui Fernández, Marilyn Torres, María Alfonsa Rosso

Duración: 100 minutos
Distribuidora: Alta Classics
Estreno: 22 agosto 2008
Página web:  http://www.altafilms.com/ 

Tristes tópicos
Escribe Daniela T. Montoya

Trabajar con materiales ajenos supone asumir el riesgo del posible desapego respecto al material de trabajo. O, aunque se acoja el proyecto con ganas, quizás demasiado entusiasmo, se puede transfigurar la esencia del mismo debido a un cambio en el punto de vista, es decir, una modificación en la interpretación de los elementos confluentes. Saltos o tropos de significados, que hacen que los contenidos pierdan credibilidad.

unapalabratuya1.jpgSumas de discrepancias es el resultado de la película Una palabra tuya, en la cual se hacen patentes el cruce de varias voluntades dispares. Lo que inicialmente aspira a una exageración paródica de la realidad social, es atravesado por el histrionismo y la fantasía del ensueño hasta llegar a hacer chirriar la continuidad más básica.

Basándose en la novela de mismo título escrita por Elvira Lindo (inventora, también, del “simpaticote” personaje Manolito Gafotas), Ángeles González-Sinde se hace cargo de la reelaboración del texto y la dirección para transmutar Una palabra tuya en texto fílmico. Narrada en primera persona, desde el punto de vista de la treinteañera Rosario (Malena Alterio), el hastío que ésta arrastra en su cotidianidad. Su disgusto ante la falta de perspectivas queda patente en la interrelación que mantiene con el trío (des)afectivo que componen su madre (Mª Alfonsa Rosso), su novio “Morsa” (Antonio de la Torre) y su antigua amiga de colegio Milagros (Esperanza Pedreño).

unapalabratuya5.jpgAbocada a un túnel sin salida, Rosario se encuentra en un punto de su vida en que duda entre aferrarse al machismo que luce con desparpajo su novio en ciernes, o dejarse embaucar por los delirios idílicos de Milagros. Microcosmos excesivos, pero cuyo contraste sirven para ahondar en el pesimismo recalcitrante con que Rosario alimenta su vida. Estos dos vértices de un trío imposible se complementan con dos flancos familiares: la madre, absorta en un tiempo pasado, ya antes de verse afectada por la demencia senil; y la hermana, fugada a otra gran ciudad para refugiarse en su nueva familia.

En conjunto son un compendio de vidas míseras. Existencias miserables que, por más que el tratamiento estético de la película se esmere por captarlos con cariño, del cúmulo de colores que quedan retratados no se desprende ni un ápice de alegría. El esmero con que los técnicos (de fotografía, de sonido, de diseño artístico, de montaje, etc.) componen las pulcras escenas que conforman Una palabra tuya resulta en balde al carecer de un sentido que les dote de vida.

El segundo largometraje que dirige González-Sinde tiene una estructura inteligentemente desestructurada, con constantes saltos temporales que están perfectamente entrelazados. Idas y venidas en los recuerdos que, sin chirriar en la continuidad del hilo conductor, a veces pueden resultar redundantes. Como redundante es, también, esa insistencia en evidenciar la desgracia de los protagonistas. “Soledad”, “solo”, “sola” son palabras que se repiten sin cesar denotando, así, el estancamiento de ideas (o la pírrica sustancia contenida en la obra literaria que toma como referencia). Repetición una y otra vez, como si con sus palabras nos tuvieran que convencer de lo que la película no es capaz de mostrar. ¿Hace falta que venga Jaime Rosales para nos recuerde cómo se retratan almas carcomidas por el desamparo? Reiteración que, además, en una lectura social, persiste en ese afán de querer hacer más míseras las vidas de sus pobres (literalmente) personajes.

unapalabratuya2.jpgPero nos desviamos del contexto de Una palabra tuya, ya que en ningún momento esta película tuvo por objetivo hacer un fidedigno retrato social. Más bien el planteamiento va a la zaga de la tradición cinematográfica nacional: la comedia agridulce, pero se queda a las puertas de lograrlo. Porque cuando se trata de esperpento no se puede ser condescendiente. Y González-Sinde no es capaz de desprenderse de esa dulzura políticamente correcta que entretiene las sobremesas de Cine de Barrio.

La directora carece del arrojo para encarar sin tapujos las situaciones surreales a las que nos conducen las carencias humanas. Por poner unos ejemplos, desde la necesidad de José Luis Rodríguez (Nino Manfredi) al tener que “actuar” como verdugo, en la memorable película homónima de Berlanga; hasta el puntillero Justino (en Justino, un asesino de la tercera edad, de La Cuadrilla), incapaz de jubilarse de su oficio; pasando por las filigranas que hace una familia gallega para seguir viviendo a costa de la pensión del abuelo, en la memorable (mal que pese al director de esta revista) Carne de gallina (2001, Javier Maqua).

En cambio, Una palabra tuya se apoya en la interpretación “graciosilla” de las protagonistas femeninas. A excepción de algunos momentos reseñables, como la espera de las dos hermanas ante el lecho de su madre, la película es un cúmulo de gañotas, que pueden ser efectistas en televisión, pero que en el contexto de una narración más continua como la del cine resultan exageradas. Una vez más, reiteración vacua para intentar salvar los trastos…

unapalabratuya3.jpgAnte la excesiva jocosidad de estas actuaciones, nos surgen unas dudas: ¿interpretaciones acomodadas a la continuidad, o requisito de producción pensando en el tirón de público que tienen sus personajes televisivos? Porque sabemos que, por ejemplo, a tenor de los resultados dramáticos obtenidos en cortos como Rémoras (de Marisa Lafuente, 2007), Pedreño tiene recursos más que suficientes para aportar el tono agridulce que requiere la historia. ¿Por qué será, entonces, que los cortometrajistas se arriesgan en ensalzar la capacidad interpretativa de los actores, asumidos como un valor añadido al conjunto, mientras que muchos de los largometrajes nacionales quedan anclados en la mera proyección (eso sí, en pantalla grande) de tipos archiconocidos en la televisión? ¿Acaso esperan levantar espectadores del sofá para acogerlos durante hora y media en una sala oscura? Pero no se puede apostar siempre al caballo ganador (en la pequeña pantalla), menos aún cuando las condiciones de la carrera cambian.

Por más que en Una palabra tuya la elaboración técnica sea impoluta, con un resultado conjunto brillante, hay un salto insalvable entre la afabilidad que busca la dirección y el contenido narrado. González-Sinde no ha podido apropiarse de la vida de sus personajes, por lo que su impronta afable se limita a la elaboración global y al tratamiento visual (¡que no es poco!).

Pero las zalamerías hilarantes, la sobreactuación excesiva y un punto de apoyo insulso conllevan el desapego del espectador.

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