LA DUQUESA DE LANGEAIS (3)

  01 Junio 2008
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Título original: Ne touchez pas la hache
País, año: Francia / Italia, 2007
Dirección: Jacques Rivette
Producción: Martine Marignac, maurice Tinchant, Luigi Musini, Roberto Cicutto y Ermanno Olmi
Guión: Pascal Bonitzer, Christine Laurent y Jacques Rivette, basado en la novela "La duquesa de Langeais" de Honoré de Balzac
Fotografía: William Lubtchansky
Música: Pierre Allio
Montaje: Nicole Lubtchansky
Intérpretes:

Jeanne Balibar, Guillaume Depardieu, Michel Piccoli, Bulle Ogier, Anne Cantineau, Barbet Schroeder

Duración: 137 minutos
Distribuidora: Baditri
Estreno: 30 abril 2008

Juegos de amor
Escribe Adolfo Bellido

Jacques Rivette es considerado como uno de los más grandes “oficiantes” de la época gloriosa de la revista de cine francesa Cahiers du cinema. Fue también uno de los primeros realizadores, agrupados en el movimiento de la Nouvelle vague, que inició una película. Pero no fue el primero en acabarla. Más bien fue el último de todos sus amigos (Chabrol, Rohmer, Truffaut, Godard...).

Paris nos pertenece, su primer largometraje, tardó varios años en terminarse. Y pudo ser gracias a la ayuda de algunos de sus compañeros de Cahiers que bien actuaron de productores o bien intervinieron como actores en la película. Se dice que la rodaban cuando podían en casa de algunos de ellos. Leyenda o verdad, pero la película por su tardanza en acabarse se convirtió en un hermoso mito. 

Fue el inicio de una carrera que transcurre a lo largo de más de cuarenta años y que se ha concretado en un cine personal, de raigambre literaria, realizado con parsimonia, como si se tratase de primorosos y estudiadísimos cuadros o escenarios teatrales. Teatro que deviene en cine.

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Pausado, gustoso de beber en fuentes literarias o históricas, Rivette trata de buscar las razones por las que pervive un presente repleto de contradicciones. Crítico, austero, sus obras son como altas montañas cinéfilas a cuya cima cuesta ascender. Pero una vez que se ha llegado al pico más alto se presagia el esplendor del lugar y la amplia visión que (allá) se descubre.

Si Godard hace películas innovadoras o Rohmer, en el pasado o en el presente, muestra la estupidez de las relaciones humanas, Rivette opta por ahondar en raíces literarias, bien basándose en obras de determinados autores o bien confiriendo a sus películas un sentido propio de narración novelesca o teatral.

Rivette es reconocido también (lo que supone la huida de más de un espectador) por la larga duración de sus filmes. El record lo ostenta Out 1 (1971) que en su versión completa dura nada menos que 13 horas. Comercialmente se explotó en un montaje de más de cuatro.

laduquesadelangeais1.jpgEncontrar un título del director de menos de dos horas es una labor casi imposible, aunque, como en el anteriormente citado, llegue él mismo a reducir el metraje a algo más de dos horas. Tal es el caso de La bella mentirosa (1991), película de la que existen dos versiones de 236 y 130 minutos. Se trata de un caso curioso ya que se explotó en ambas versiones. Película ésta que. como La duquesa de Langeais, se inspira en una novela de Balzac

Reposado en su lentitud, perfeccionista en el dibujo de los mínimos detalles, un orfebre de la imagen, ha basado algunas películas en personajes o novelas conocidas tomándolas como partida para denunciar la falsedad de una relación o los conflictos en los que el amor, en diversas formas, ocupa un lugar muy especial.

Ha dirigido mas de veinte películas, en cuyos guiones también ha intervenido junto a escritores cinematográficos que han repetido su tarea a lo largo de varios filmes. Tal es el caso de Pascal Bonitzer o Christine Laurent, quienes con Rivette aparecen como firmantes en su última etapa, mientras que la primera viene dominada por la escritura de Eduardo de Gregorio o Suzanne Schiffman.

Al comienzos de los años cincuenta, Rivette colaboró también (como director de fotografía) en cortos de Truffaut o Rohmer. Es el caso Una visita (1951), un corto del primero, o de Bernice (1954), dirigido por el segundo.

Un cine, el de Rivette, elaborado, repleto de filigranas, que nos conduce, entre otras, a películas tan importantes como La religiosa (1961) basada en Diderot, las dos partes de Juana de Arco (1994), Cumbres borrascosas (1995) sobre la novela de Emily Bronte, Cecilia y Julia van en barco (1974), La banda de los cuatro (1988), Vete a saber (2001), Historia de María y Julián (2003)...

En 1998 realizó una variación sobre Vértigo de Hitchcock titulada Secret défense.

Balzac y “las duquesas”

laduquesadelangeais2.jpgLa duquesa Langeais ha sido llevada varias veces al cine. La novela fue convertida ya en película en 1910 por André Calmettes. En 1942, es el escritor y dramaturgo Jean Guiraudoux quien adapta la novela que es dirigida por Jacques de Baroncelli. En 1995 será Jean Daniel Verhaeghe quien ruede una nueva versión para la televisión, con guión de Jean Claude Carrière.

La película de Rivette es fiel a su mundo... y al de Balzac. También se encuentra en la línea (en cuanto a la forma de narración) de algunos títulos histórico-novelescos realizados por Rohmer, como pueden ser La marquesa de O (1976) o La inglesa y el duque (2001). Una realización de aparente simpleza donde los actores lo son todo en esa especie de mezcla de novela, teatro, pintura y cine que es el filme. Una manera de hacer que sirve de pretexto para dar (aunque pueda parecer sorprendentemente) una lección cinematográfica de auténtica modernidad.

Pequeños travellings hacia adelante y hacia atrás como forma de encuadrar a los personajes, medidos encuadres, movimientos de los actores en la escena procuran una moderna forma de concebir el arte cinematográfico, de dar sentido a un momento.

El sentido de la representación

laduquesadelangeais3.jpgSe trata de presentar dos formas distintas de actitudes, de psicologías e, incluso, de definición de unas determinadas clases sociales, aquí integradas por un militar y una duquesa. Ambos representan la Historia en el devenir de unos hechos que van a ocurrir a lo largo de un periodo de tiempo distanciado en el tiempo y en el espacio.

El encuentro con la mujer que le conoció en Paris y le demostró su amor, sirve al joven general Armand de Montriveau para recordar “su” historia con Antoinette, ahora escondida en un convento de clausura. La acción se desarrolla a lo largo de una serie de años alrededor de 1820. Estamos en pleno periodo de la Restauración.

En el brillante comienzo, Armand, aquejado de una cojera que explicita no sólo el haber intervenido en muchas batalla sino también como la forma de definir a un personaje “herido”, se encuentra en una iglesia de Menorca. Y allí, sentado en el banco, escuchando misa, cree vislumbrar en el “escenario” que oculta a las monjas de clausura, a la mujer que busca. Un excelente momento dado por travellings contrapuestos que nos conducen a ese telón (en la reja de clausura) que separa los espacios en los que “habitan” ambos personajes.

Momento insuperable en cuanto asume la propia representación de la historia, enmarcándola dentro de la propia teatralidad de los actuantes: seres que “interpretan” los propios papeles que su clase les ha señalado.

Los movimientos de Armand para conseguir contactar con quien piensa puede ser Antoinette, señalan el inicio de la representación: las cortinas de la clausura se abren y desde el fondo sale a escena la duquesa-monja acompañada de la madre superiora. El espectador del acto representado (el general) permanece impasible situado al otro lado del escenario. Una mentira de la mujer (“es un familiar mío”) da paso al comienzo de unas confesiones que conducen irremediablemente al grito de la monja exclamando que no se trata de un familiar y sí de su amante. Grito desgarrador que define claramente la dificultad del contacto amoroso y que sirve para que el filme retroceda en el tiempo y nos cuente (desde el inicio) la historia del encuentro y separación amorosa (en caso de que alguna vez se produjeran tales hechos) de los dos personajes.

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La desaparición de una época

Lo que se cuenta es un conjunto de mentiras y engaños, de juegos donde los sentimientos son alterados o conducidos como si fueran un capricho. O como si toda la vida y lo que rodea a los personajes no fuese más que realizar unos determinados juegos en los que se admiten todas las trampas posibles. Y en los que las mentiras y las renuncias, verdaderas o falsas, se instauran como elementos de una sociedad totalmente decadente.

Entre la aristocracia y el ejercito, entre ambos grupos sociales, se encuentran los criados. Seres mudos, utilizados y ordenados por sus amos como meras fichas que se mueven sin demasiado sentido. Recuerdan tales personajes a los criados oprimidos (siempre silenciosos) del cine de Ophüls o aquellos del Valmont de Forman, con cuya sumisa presencia se presagiaba la cercanía de la Revolución.

Caprichos, envites, falsas renuncias, risas tan inoportunas y engañosas como los llantos. El amor es un capricho que deviene en un ansia de posesión. Tiras y aflojas. Formas de dominio. Verdad y mentira. Intento, sobre todo, de hacer algo, de sentirse vivos, a pesar que se viva en una sociedad que poco a poco se va apagando para dar paso, más pronto o más tarde, a otra nueva. La misma revolución de Antoinette es una ridícula quimera. Un trayecto, de todas maneras, que terminará de forma trágica. Todo es posible hasta esa cínica frase final de Armand insinuado que al fin y al cabo todo lo ocurrido, el resumen de lo producido, no ha sido más que un poema. A lo mejor, incluso, hasta simulado en lo trágico.

Literaria en lo bueno, sabiamente dosificada de textos de la novela, la película es un excelente ejemplo de fidelidad a un texto literario donde el paso de unos capítulos a otros viene cerrado (o encerrado) por medio de fundidos o arriesgadas elipsis.

Bella y hermosa película que dignifica el buen cine al tiempo que, como quien no quiere la cosa, explica, de forma implícita, una lección de la Historia.

Una pequeña referencia antes de concluir, ya que muy pocas críticas han hecho alusión a ello, y creo, sin embargo, que es un dato para retener: el productor del filme es Ermano Olmi, un director que también se define por la minuciosidad de lo que rueda. Ambos hombres (director y productor) desarrollan cines parejos. Una perfecta unión que hace posible que ambos artistas aparezcan hermanados en el conjunto de este bello filme. 

Y una anotación, ahora sí, final. El título original de la película no es La duquesa de Langeais. Rivette lo ha cambiado por el de No tocar el hacha. En el filme se cuenta la historia que hace referencia a ese “hacha” que no hay que tocar. O mejor utilizar, porque a lo que se refiere, idea sobre la que bascula toda la película, es muy simple: el tiempo, la necesidad o el problema de tomarlo o retomarlo, de dejar de barajarlo al antojo de cada uno, sin tener en cuenta que a lo mejor ya es “demasiado tarde” cuando se quiera actuar de otra forma. Tarde para todo, incluso para vivir.

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