Ralph rompe Internet (2)

  24 Diciembre 2018

Deconstruyendo a Disney

ralph-rompe-internet-1Disney sigue con su adaptación a los nuevos tiempos. Es loable ver cómo la mayor empresa de entretenimiento del mundo intenta coordinar su agenda con las nuevas tendencias políticas y sociológicas o, por qué no decirlo... ideológicas.

Rompe Ralph, la primera entrega de esta saga, hizo un amable intento de humanizar a los villanos, que dentro de cada cuento se comportaban como tales sin necesidad de serlo en su «vida real». Esta revisión metanarrativa tuvo momentos muy felices, como la de terapia de grupo de malvados, que procuraban consolarse unos a otros frente al desprecio general de los consumidores, que sólo veía su imagen pública de profesionales del mal.

Además, la serie nos regaló a Vanellope, una «princesa» Disney sui generis que, no siendo la protagonista principal, supo ganarse al público por su encanto.

Ralph rompe Internet invierte ahora la carga del protagonismo y a pesar de llevar en el título el nombre del grandullón es una película mucho más centrada en Vanellope.

Así pues, dispuesta a romper estereotipos, Disney fija el discurso en las preocupaciones de una chica aburrida con su destino, que se reduce a correr siempre las mismas carreras en el mismo juego y con los mismos resultados. Esta metáfora sobre el lugar de la mujer en la historia, reducida al ámbito del hogar y sobreprotegida por un hombretón, salta en pedazos precisamente cuando éste pretende ayudarla a sobrellevar el aburrimiento. Un acto bienintencionado y fallido, la lleva paradójicamente a liberarse de tutelas y encierros y recorrer mundo en busca de una solución al desastre, no encontrando sino una disolución del problema: lo que la aprisionaba debe desaparecer, no repararse: no puede arreglarse aquello que intrínsecamente está mal diseñado.

Surge el conflicto cuando el hombretón inseguro debe o no dejar volar libremente a la «frágil» niña. El contraste entre aspecto físico e interioridad está mostrado de un modo sutil, pero incontestable: la fuerza de la determinación de la pequeña se opone a la debilidad de la autoconfianza del grandullón. Un poco típico, pero disculpable en medio de una trama que en principio promete.

Porque la película raya a gran altura cuando Disney enfrenta los desafíos de la deconstrucción de su propia historia. Todo comienza a cambiar cuando Vanellope se encuentra con Shank, la líder de una banda de malhechores que, como la pequeña, también conduce coches con gran habilidad. El encuentro fortuito, bien integrado en la trama por el salto que se da entre diversas generaciones de videojuegos, es aprovechado no sólo para mostrar cómo ha cambiado el mundo del entretenimiento tanto en lo que respecta a los roles de género —algo que ya se veía en Rompe Ralph con el personaje de Calhoun—, como en lo que hace referencia a las temáticas, sino para pasar con comodidad el test de Bechdel sin impostura alguna. La conversación entre dos mujeres sobre su propio destino es el eje fundamental de la película, siendo además ambas, líderes en sus respectivos mundos.

Muy poco después llega el primer acto de una escena memorable: la reunión de todas las princesas Disney en una habitación donde irrumpe accidentalmente Vanellope, con el consiguiente análisis sobre si la niña es o no una de ellas. Hay que quitarse el sombrero ante los guionistas, que consiguen darle otra vuelta de tuerca la interpretación cuasi freudiana de Disney a lo largo de las décadas, y no sólo una vez, sino dos a lo largo del metraje.

Paralelamente, Ralph se enfrenta a una crisis de identidad cuando su protegida/amiga vuela del nido. Hay que lamentar quizá que no hay una respuesta tan madura de este personaje, lo que ensombrece un tanto su protagonismo y acaba desvirtuando el buen tono de la película. Pero este detalle se desvela como necesario para que, mediante el conflicto, la película avance hacia sus conclusiones.

No todo habían de ser parabienes, por supuesto: algunos personajes son decididamente mejorables o hasta prescindibles, como esa gurú de Internet vinculada a los canales de vídeo, y que no es más que el síntoma de una crítica fallida.

Porque Ralph rompe Internet falla estrepitosamente allá donde esta crítica es más necesaria. Si bien la descripción gráfica de Internet adaptada a una película de dibujos animados es acertada —aun bebiendo de fuentes estéticas anteriores como las de la fallida Emoji— y algunas caracterizaciones sobre las redes sociales son ocurrentes, Disney deja ver su querencia por el negocio cuando frente a la enormidad de Internet y su modelo de entretenimiento masivo, sólo aparecen críticas hacia los usuarios, señalando a los haters como responsables de su lado oscuro.

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Ni una palabra contra las grandes corporaciones como Google, Facebook, Amazon o eBay; nada sobre la venta de datos privados, sobre las Fake news... los culpables son los usuarios y la Deep web, un antro lleno de delincuentes peligrosos. Hasta el spam aparece como una broma amable en un mundo luminoso, sin sombras ni manipulaciones.   

La anterior agudeza crítica desaparece de repente, y se torna evidente que la deconstrucción de la narrativa Disney era algo así como una disidencia controlada enfocada hacia los cánones clásicos, pero sin traspasar las fronteras de lo políticamente correcto. Algo que resulta sumamente extraño en un autor como Rich Moore, el gran artífice de la muy ácida e irreverente Zootrópolis.

Porque luego, abundando en esa cada vez más extendida idea de que lo masculino es destructivo, se retoma el estereotipo de que los chicos sólo saben «romper cosas» para solucionar problemas. Esto no es novedoso en Disney, puesto que ya se ha visto reflejado en el personaje de Poe Dameron en Los últimos Jedi —a quien se ha llegado a calificar como epígono de la masculinidad tóxica—, y ahora se retoma de nuevo con Ralph, quien debe enfrentarse a sí mismo «deconstruyéndose» —literalmente— para poder asumir unos errores que provocan un caos mundial.

Nadie puede negar que algo de verdad hay en esto, pero tampoco debería obviarse que Disney sólo ha recorrido una parte del camino en su denuncia de la desigualdad y el sexismo. Puestos a deshacerse de roles injustos, quizá fuera hora de deconstruir en todos los sentidos también a los personajes masculinos, y así no presentarlos tantas veces como brutos «descerebraos», guiados por instintos primarios o básicamente tontos.

En este sentido, la igualdad debería parecerse más al equilibrio de una plomada que a la danza de un péndulo.   

Escribe Ángel Vallejo


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