Van Gogh, de los campos de trigo bajo cielos nublados (3)

  05 Marzo 2019

Almas conectadas

van-gogh-1Pocas semanas antes de morir, Vincent Van Gogh (1853-1890) pintó un par de cuadros que él describe en una de sus últimas cartas a Theo como «inmensas extensiones de trigo bajo cielos nublados», dos paisajes en los que expresa tristeza y extrema soledad. Un preludio, a tenor del desenlace, de la oscuridad que se cernía sobre su alma.

Uno de ellos es el conocido como Trigal con cuervos (50,2 x 103 cm). El otro es el que lleva precisamente el título Campos de trigo bajo cielos nublados (50,4 x 101,3 cm), dos lienzos de inusual formato apaisado pintados al óleo por el artista, en Auvers-sur-Oise, en julio de 1890.

Ambos comparten una simplicidad compositiva muy significativa, en la que sobra todo lo superfluo. El artista divide el espacio en dos franjas horizontales: en una un campo de trigo, en la otra, el cielo.

En el primer cuadro, unos cuervos inquietantes revolotean sobre un trigal en movimiento, agitado por el viento. En el segundo, que inspira una gran tranquilidad, los campos de trigo húmedos recuperan la calma que queda después de la tormenta, sin ningún elemento perturbador. La pincelada, como los tonos, son cambiantes, de uno a otro, como lo era su propio ánimo pero la sensación de infinitud permanece.

Inspirada por estas obras precursoras de su fatal destino, entre octubre de 2017 y abril de 2018, la exposición Van Gogh tra il grano e il cielo, comisariada por Marco Goldin, reunió en la Basílica de Palladio en Vicenza (Italia) 40 pinturas y 85 dibujos del artista, procedentes del Museo Kröller-Müller de Otterlo (Holanda).

Dejando constancia de este acontecimiento el director italiano Giovanni Pascaglia (1), dirige el documental del mismo título Van Gogh tra il grano e il cielo / Van Gogh entre el grano y el cielo (2018) donde analiza la vida y obra del artista holandés a la vez que visibiliza su conexión con la figura de su mayor y más apasionada coleccionista: Helene Kröller-Müller.

Helene Müller (1869-1938) nació en Alemania en la familia de un industrial del acero y a petición de su padre se casó en 1888 con el empresario holandés Anton Kröller, que expandió el negocio familiar. Con él tuvo cuatro hijos y una convivencia conyugal basada en la mutua confianza.

Cuando Vincent murió, Helene tenía 21 años. No llegaron a conocerse nunca. Sus mundos eran opuestos. Pero a través de su obra y de sus cartas sintió una conexión espiritual con él que derivó en una admiración y veneración sin límites.

Rica, culta y aficionada al arte, empezó su colección sobre Van Gogh en 1909 (antes ya había adquirido obras de otros artistas), asesorada por el crítico de arte y profesor de dibujo de su hija, H. P. Bremmer (admirador incondicional de Van Gogh), llegando a acaparar la mayor colección privada existente sobre el artista, y la segunda más grande del mundo después de la del Museo Van Gogh de Amsterdam.  

En 1911, después de superar una grave enfermedad, Helene decidió construir un museo dedicado al arte moderno para albergarla. Eligió para ubicarlo un lugar en plena naturaleza, el hoy Parque Nacional de Hoge Veluwe, cerca del pequeño pueblo de Otterlo (Holanda), una inmensa propiedad donde también fijaría su residencia.

Quería que fuera grandioso, como una gran catedral del arte y acudió a Italia para inspirarse en su arquitectura, pero su marido se arruinó después de la guerra y el proyecto se paralizó. En 1935, con graves problemas financieros, Helene tuvo que donar su colección y sus propiedades al Estado, que finalmente se encargó de construir el museo, a partir del diseño de Henry Van de Velde, aunque menos fastuoso de lo previsto. Fue inaugurado en 1938. En él Van Gogh tiene una galería dedicada exclusivamente a su obra que alberga casi trescientas piezas, entre pinturas y dibujos, que el matrimonio Kröller-Müller adquirió a lo largo de veinte años, entre 1909 y 1929.

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La película se vertebra en torno a dos ejes narrativos principales: el de la conexión espiritual entre Vincent y Helene («dos almas buscando una fe absoluta») y el de la trayectoria artística y vital del artista contada a través de los cuadros más representativos que se exhiben en la muestra de Vicenza.

Los testimonios de reconocidos expertos en ambos personajes (2) colaboran para dar rigor a sus respectivos recorridos biográficos salpicados a veces por las palabras, en primera persona, de uno y otro, escritas en su correspondencia. La de Vincent con su hermano Theo y la de Helene con su amigo y confidente Sam Van Deventer (1888-1972), un hombre veinte años más joven que ella, al que conoció en 1906 y con que el mantuvo una extensa e íntima comunicación epistolar toda su vida. En sus cartas, Helene (como Van Gogh) vierte su alma. En ellas habla de sus problemas, miedos, deseos, dudas…

La estrecha relación, no exenta de suspicacias, que mantuvo con Sam Deventer fue la causa de la ruptura con su hija mayor, según nos cuenta su biógrafa Eva Rovers, aunque ella cree que nunca fue infiel a su marido.

Desde el interior de la iglesia de Auvers-sur Oise —pintada por Van Gogh poco antes de morir— la actriz Valeria Bruni Tedeschi narra esta historia de «afecto, reconocimiento y respeto», que Helene Kröller-Müller profesaba por Vincent Van Gogh. Porque más allá de su pintura, Helene admiraba la calidad humana del artista, la dimensión espiritual de su alma y su búsqueda incansable de lo absoluto, en la naturaleza y entre la gente más sencilla y necesitada.

Helene se identificaba con el tormento interior de Vincent y sentía, desde su posición de confort, su misma angustia existencial, el mismo desasosiego espiritual, ante temas como la iglesia y la religión. «Creo o no creo en Dios», escribe en una de sus cartas, atormentada por la duda. Creía que sus almas estaban conectadas en la búsqueda de una fe absoluta más trascendental, alejada de la ortodoxia religiosa convencional. Como le ocurrió a Van Gogh,   Rovers cree que Helene halló en el arte la espiritualidad que no encontró en la religión, una especie de consuelo para llenar ese vacío interior.  

La empatía de Helene hacia Van Gogh se reflejaba también en su preferencia por la vida sencilla y la soledad. Le gustaba aislarse del mundo encerrada en su estudio. Allí escribía, comía e incluso dormía en una pequeña cama en la que apenas cabía tendida. Lo que no deja de parecer la extravagancia de una mujer rica jugando a ser austera.

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Piscaglia construye el retrato de una mujer excepcional, sensible y comprometida que no dudó en ayudar durante la guerra cuidando enfermos en un hospital de Lieja. Allí es donde ve el sufrimiento humano y siente que Van Gogh es el artista que mejor lo ha representado hasta trascenderlo.

En el campo del arte, la considera una visionaria que supo anticipar la importancia que la obra de Van Gogh tendría en la pintura posterior: «Habrá dos movimientos artísticos principales, uno inspirado en Van Gogh y otro que seguirá la tradición», escribe en sus cartas. Cree que su gran atención a la figura del artista ha contribuido en gran medida al reconocimiento actual de su obra.

Sin embargo, no repara en los aspectos más controvertidos de su personalidad, como aquellos que la vinculan con el nazismo. Se cree que conoció a Hitler y se sabe que dos de sus hijos pertenecían al NSB (movimiento nacionalsocialista holandés), aunque renunció, cuando uno de ellos murió, a que en su lápida se hiciera referencia al partido.

Este tipo de simpatías, sin duda, nunca hubieran sido del agrado de Vincent, cuya sensibilidad  ideológica estaba más próxima a la de los parias de la tierra.  

El hombre sencillo que se menospreciaba a sí mismo y se desvivía por ayudar a los más pobres, capaz de mimetizarse con ellos (como hizo con los mineros del Borinage) no dudó en denunciar la injusticia social que padecían, representando el sufrimiento de los trabajadores, especialmente en sus cuadros y dibujos sobre los tejedores y el campesinado. A unos los retrata trabajando con máquinas que los deshumanizan y a los otros realizando las duras tareas del campo o de la vida doméstica, con colores oscuros, pinceladas vigorosas y la intensidad expresiva de Millet y Rembrandt como inspiración.

El recorrido biográfico por la exposición de Vicenza recala, precisamente, en su estancia en Nuenen (1883-1885), que le puso en contacto con la sacrificada vida de estos colectivos. Obras como Campesinos plantando patatas (1884), Tejedor al telar (1884) o la magistral Los comedores de patatas (1885) reflejan esta cruda realidad social. Él también se consideraba un obrero, y el campesino, el tejedor, el minero… le inspiraban; decía que ellos estaban más cerca del ciclo de la vida. 

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Otros cuadros significativos de la exposición son Terraza de un café de noche (1888) o Camino con ciprés bajo cielo estrellado (1890), entre otros. Marco Goldin repara además en algunos de los preferidos de Helene, con los que se rodeó su ataúd cuando murió, como Cesta con limones y botella (1888), La mecedora (1889) o Borde de un bosque (1883), el primer cuadro de Van Gogh que compró.

El profesor George Mayer relata el paso de Vincent por la Academia de Bellas Artes de Amberes donde está registrado, según consta, con el número 8488 y donde solo pasó unos meses porque creía que aquel no era su lugar.

Después llegaría su estancia de dos años en Paris (1886-1888), junto a su hermano Theo, instalado en la Rue Lepic, 54, en el barrio de Montmartre, donde se impregnó de la efervescencia impresionista para crear su propio estilo.

Finalmente, su decisión de vivir en el campo. Su paso por Arlés, donde sus cuadros son una explosión de color; la visita de Gauguin; su internamiento en Saint Rémy, donde la pincelada se retuerce hasta hacerse circular, como su propio dolor; y sus últimos dos meses en Auvers-sur-Oise, donde pinta sus últimas obras, tranquilas, horizontales…

Escribía Van Gogh en una de sus cartas a Theo «…no soy un paisajista; si hago paisajes habrá siempre dentro de ellos vestigios de figuras». En estos últimos paisajes pintados antes de morir (la película de decanta por la versión oficial del suicidio), no aparece ninguna figura humana. Será porque en la inmensidad de esos campos de trigo bajo cielos nublados, desnudos de figuras, entre el trigo y el cielo, lo que permanece del ser humano, su esencial vestigio, es aquello que está pero no se ve: su alma.

Escribe Leo Guzmán

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Más información sobre Van Gogh:
Loving Vincent 

Para visitar la galería Van Gogh en el Museo Kröller-Müller:
Muiseo Kröller-Müller

Notas:

(1) Giovanni Piscaglia es un reconocido director italiano de video, graduado en Ciencias de la Comunicación y la Semiótica por la Universidad de Bolonia (2008) y diplomado en Video Design por el IED de Milán (2010). Ha realizado videoclips, cortometrajes, videoinstalaciones, videoarte, videowalls y desde 2010 también documentales sobre teatro y ópera. Desde 2012 ha escrito y dirigido más de cuarenta documentales para el canal Sky Arte HD sobre arte, teatro, diseño, literatura y retratos de artistas varios como Bob Wilson, Bill Viola, Leni Kravitz, James Turrell…

(2) Las personalidades que participan en el documental son: Lisette Pelsers historiadora del arte y directora del Museo Kröller-Müller; Leo Jansen, editor crítico de las cartas de Van Gogh; Sjraar van Heugten, exdirector de colecciones del Museo Van Gogh de Amsterdam, hoy en día historiador de arte independiente y una de las principales autoridades del mundo sobre la obra de Van Gogh; Marco Goldin, comisario de la exposición de Vicenza; Eva Rovers, biógrafa de Helene; Georges Mayer, profesor honorario de Historia del Arte de la Real Academia de Bellas Artes de Bruselas; y Pascal Bonafoux, escritor y profesor de Historia del Arte en la Universidad de París 8.

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