Miamor perdido (2)

  10 Diciembre 2018

Ni contigo ni sin ti

miamor-perdido-1Para decodificar la estructura de un género cinematográfico se necesita conocer a fondo las reglas que rigen ese tipo de escritura para, de esa forma, poder despojar o manipular el relato y aportar un punto de vista original. Emilio Martínez Lázaro, con una larga historia en el cine español, se ha acercado en numerosas ocasiones a la comedia romántica, a la comedia en la que se analizan las relaciones de pareja.

Nos puede cegar la perspectiva si únicamente nos atenemos a sus dos últimos filmes, el díptico que compone 8 apellidos vascos y su continuación, 8 apellidos catalanes. Bendecidos por la taquilla, sobre todo el primero, no son desde luego los mejores avales para hablar de un género en el que Martínez Lázaro se ha expresado de mejor manera a través de las ya lejanas Amo tu cama rica (1991) o Al otro lado de la cama (2002). La primera era una comedia agridulce que descubrió a Ariadna Gil como actriz, y la segunda un juego con el musical, que se convirtió en su momento en uno de los filmes más taquilleros, propiciando una secuela; dos ejemplos de que la comercialidad no tiene por qué estar reñida con la calidad.

La elección de Dani Rovira como protagonista del filme podría indicar una continuidad con los dos filmes precedentes, pero desde las primeras imágenes ya intuimos que Miamor perdido fija su mirada en la comedia clásica pasada por el túrmix de la propia tradición del realizador a lo largo de los años en este género, y en la que, partiendo de situaciones reconocibles, se pretende aportar un toque de originalidad apartándose de los caminos más trillados.

Mario (Dani Rovira) y Olivia (Michelle Jenner) son dos personas incapaces de mantener una relación de continuidad con sus parejas, tras un encuentro provocado por el azar (el choque), unen sus caminos en lo que parece ser un amor recíproco. La filmación en pantalla ancha, los colores brillantes y cálidos de la fotografía, y el enamoramiento inicial que se va afianzando entre ambos, con gatito incluido (recuerdo para Desayuno con diamantes), nos remite precisamente a las comedias clásicas.

Una vez trascurrida esta primera parte introductoria, el filme va girando hacia un tono más sarcástico, en el que sin abandonar el tono humorístico se va mostrando el tema principal de la película: el miedo al compromiso de los dos personajes. Una pareja que por miedo a un previsible fracaso futuro es incapaz de vivir el presente, de tal forma que al no comprometerse entienden que se encuentran más seguros sentimentalmente, por lo que ambos deciden torpedear su propia relación.

A partir de ese momento comienza una guerra de sexos en la que ambos personajes, con sus separaciones y encuentros, con sus verdades y mentiras, se enfrascan en una pelea emocional —y física— que termina en un atolladero, pues sufren cuando están juntos pero también lo pasan mal cuando se encuentran separados. La comedia inicial deja paso a una mixtura de sensaciones agridulces donde cada personaje parece que se retroalimenta del conflicto y no tanto de ese enamoramiento que persiste entre ellos como invisible nexo de unión.

Un punto de vista, esta guerra de sexos, que aparece aquí y allá en la filmografía de Martínez Lázaro. Alimentaba el conflicto entre Ariadna Gil y Pere Ponce en Amo tu cama rica, aparecía también entre los cuatro personajes protagonistas en Al otro lado de la cama, en el triángulo amoroso de La montaña rusa y, de una manera más dulcificada, en Ocho apellidos vascos.

Las relaciones equiparadas a la imagen de una montaña rusa, que aparecía en la película del mismo nombre y que se repite ahora también aquí para simbolizar el recorrido sentimental de Mario y Olivia. El vértigo, las subidas y bajadas, las risas y el miedo de la atracción son el reflejo de lo que les va ocurriendo.

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Unas relaciones que el director, en un juego por retorcer y mostrar los mecanismos internos de esa comedia, exhibe también en la parte final de la película a través de la obra de teatro en la que ambos protagonistas participan. Volvemos a asistir, ficción dentro de la ficción, a una especie de highlight en el que la pareja expone frente al público aquellas vivencias que el espectador ya conoce. Un recurso que sirve para ahondar en el tono cáustico aunque termina siendo reiterativo, sobre todo teniendo en cuenta la amabilidad con la que finaliza el relato (aunque sepamos el tipo de relación que les espera a esta pareja).

De igual forma resulta un tanto forzado el uso de los tópicos geográficos, en este caso, la caracterización del personaje de Olivia como valenciana (el gato que sólo entiende el valenciano, Chimo Bayo, la pastilla, etc.) pues realmente ese elemento sociológico/autonómico no aporta valor a la definición del personaje ni sirve para contextualizar la historia. Quizá no sea tan fácil dejar atrás el éxito de 8 apellidos vascos.

Nos queda una comedia amable en la que, como indicábamos al principio, se vislumbra el conocimiento de los mecanismos de la comedia y donde aparecen referencias a autores como Woody Allen o Bogdanovich, o las comedias desatadas de enfrentamiento de sexos (desde La guerra de los Rose a Sr. y Sra. Smith), con un dibujo muy apropiado de los personajes secundarios; pero donde el resultado final no termina de destacar para lo que se espera de un corredor de fondo del cine español.

Ojalá Miamor perdido triunfe en taquilla como los filmes anteriores del director por el bien del cine español y de la industria que se genera alrededor de las producciones cinematográficas. Y aprovechando que Martínez Lázaro dice que quiere ponerse cuanto antes manos a la obra con otros proyectos, no estaría mal un giro respecto a esta última etapa, sobre todo para profundizar en otros enfoques pues algunos de sus trabajos más interesantes se han movido en otros géneros, como fue el caso del interesante thriller, injustamente olvidado, La voz de su amo.

Escribe Luis Tormo  


Más información:
Entrevista con Emilio Martínez Lázaro

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