Alita, Ángel de combate (2)

  19 Marzo 2019

Cyberpunk millennial

alita-1Quizá el encabezado de esta crónica merezca una explicación detallada, y esta misma podría, por sí sola, contribuir a la construcción de la crítica.

Alita, Ángel de combate es la adaptación de un manga japonés de principios/mediados de los noventa dirigido por Robert Rodríguez, realizador estadounidense de ascendencia mexicana nacido a finales de los sesenta, y guionizada por James Cameron, canadiense afincado en California.

Ambos han entregado no pocos taquillazos a sus respectivas productoras, pero Cameron, además, es uno de los Reyes Midas de Hollywood, y con su toque produce al menos un clásico por década.

La referencia a las fechas de nacimiento y origen de los responsables de Alita, Ángel de combate no es baladí, puesto que desde ella pueden rastrearse algunas de las características de una película irregular, pero efectiva, que quiere romper las taquillas de medio mundo simplemente anotando el pedigrí de sus creadores y el otro medio recurriendo al sustento de un manga clásico de los noventa.

Parece claro que Alita es un filme ciberpunk, dado que sitúa su acción en un ambiente distópico y postbélico, en el que las máquinas y los humanos se fusionan en entidades alquímicas dando lugar a individuos sobredotados, que destacan en la lucha o el deporte.

Pero en este intento de explicación deberíamos hacer un esfuerzo suplementario para justificar el término «milenial», porque tradicionalmente este apelativo se atribuye a los adolescentes de la época actual, jóvenes nativos digitales que viven en el ciberespacio y se comunican por redes sociales, colmados de comodidades y ahítos de irresponsabilidad, copitos de nieve singulares y frágiles que apenas soportan la mínima afrenta a su integridad moral.  

Pero no, exageraciones sobre los snowflake aparte, la generación milenial es anterior, y refiere a los que, con la llegada del nuevo milenio, entraron en la adolescencia y ya habían vivido con total conciencia los años de bonanza de los maravillosos noventa y el desplome de las torres gemelas en el año 2001.

Suele comenzar a contarse como integrantes de esta generación a los nacidos entre 1977 y 1981 y dejan de pertenecer a ella los nacidos a partir de 1996. Es decir, esta gente protagonizó el revival del Skate Board, denominado Skate Punk —vean cómo todo va cuadrando— y su banda sonora eran fundamentalmente grupos de hardcore californiano como Dead Kennedys, NOFX, Descendents, The Offspring y sobre todo, Bad Religion.

Ni que decir tiene que el hilo directo con la literatura ciberpunk estaba trenzado con obras como Neuromante de Gibson, Hyperion de Simmons o la iniciática Akira de Otomo, y que cualquier californiano o texano que tuviera un mínimo de conciencia cultural en aquella época gloriosa habría tenido contacto con todas estas corrientes, no sin contemplar, por encima de sus hombros, la omnipresente y amenazante espada de Damocles nuclear que pobló las pesadillas de los jóvenes de los últimos ochenta.

Así pues, no es difícil colegir que de todas estas confluencias puede obtenerse una película como esta. Del mismo modo que Ready Player One remitía a los ochenta, Alita aparece fuertemente vinculada al elemento cibernético y al Skate Board, a los paisajes apocalípticos y al colapso económico de la burbuja puntocom acaecida entre 1997 y 2001.

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Y eso es lo que nos encontramos, pero aderezado con unos espectaculares efectos especiales de 2019, la presencia magnética de Jennifer Connelly y el oficio de un actor tan polivalente como Christoph Waltz.

No crean que ahora voy a tirar cohetes. Alita da menos de lo que promete. Creo que no podemos obviar el florecimiento de series ñoñas en los años noventa y su influencia en las historias románticas de adolescentes que se recogen en sagas como Crepúsculo y que tangencialmente aparecen en el guión de Alita.

La crudeza ciberpunk de la película se ve edulcorada por esa extraña historia de amor adolescente que, a pesar de un interesante giro final, no acaba de encajar en un relato distópico. Faltan aquí la intensidad del desespero, la aberración de una vida sujeta a la máquina, el olor del ferodo, el dolor de la amputación y la alienación en la reconstrucción. Todas estas situaciones se dan en la película, del mismo modo que se insiste en la sociedad estamental, la imposibilidad de alcanzar el cielo y la existencia de un precio para cada persona.

Pero son elementos que aparecen como diluidos, estilizados... apenas dañan al espectador. Pareciera que migajas de la snowflake generation se hubiesen colado en un relato milenial.    

A ello se añade el lento avance de una historia que no entrega sino píldoras de la compleja trama principal: casi todos los misterios siguen intactos una vez acabados los títulos de crédito, y parece una provocación el mostrar al villano —Edward Norton— como un ser todopoderoso e intocado del que apenas sabemos nada, como alguien que espera ser desafiado por la protagonista... en próximas entregas.

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Es decir, la película ni siquiera disimula ser parte de una saga, ni deja de refugiarse en el manido recurso al hangover.

Nada de esto estaría mal, de no ser porque da la sensación de no haberse hecho con elegancia.

Es decir, Rodríguez y Cameron ni siquiera nos muestran una historia parcialmente acabada. Un ejemplo de lo contrario sería el Avatar del canadiense: sabemos que la historia continúa, pero el primer capítulo muestra la conclusividad que ya Aristóteles exigía en su Poética a cualquier obra dramática. Aquí, da la sensación de que la película termina sin aclarar muchas cosas, y que esta falta de aclaración no se debe sólo al ansia recaudatoria —al hecho de garantizarse la presencia del respetable en próximas entregas—, sino a la torpeza de los realizadores.

Porque éste es otro de los elementos que cabe anotar en el debe: el montaje es a veces chapucero.

Ya noté un primer destello en la primera escena, cuando de repente mutan el escenario, la música y la acción en un salto abrupto que recordaba a los cambios de rollo de las antiguas películas de celuloide. Esta misma sensación se tiene en ocasiones a lo largo del metraje, y es una situación impropia de realizadores consagrados.

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Alita no es, sin duda, la única película que últimamente se salta las reglas de la continuidad entre escenas o capítulos de una saga, pero el caché y la experiencia de sus responsables exigiría un mínimo de destreza y elegancia.

Por lo demás, es un entretenimiento estético suficiente. Muy típico de la época de los videojuegos de combate callejero, trufado de acción y escenas espectaculares. Pero se echa en falta la densidad en el misterio, un ambiente realmente opresivo, y unos malos que de verdad asusten. Es decir, falta la esencia ciberpunk, el alma en la máquina.

Veremos si el oficio de los realizadores consigue solucionar esto en próximas entregas. De momento, no parece que nos hallemos ante el inicio de una saga memorable.

Escribe Ángel Vallejo


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