PINTAR O HACER EL AMOR (1)

  12 Diciembre 2006

Título original: Peindre ou faire lamour
País, Año: Francia, 2005
Dirección: Arnaud Larrieu, Jean-Marie Larrieu
Intérpretes: Sabine Azéma, Daniel Auteuil, Amira Casar, Sergi López, Philippe Katerine, Helene de Saint Pere, Sabine Haudepin, Roger Miremont
Guión: Arnaud Larrieu, Jean-Marie Larrieu
Producción: France 2 Cinéma, Rhone-Alps Films, Les Films Pelléas
Fotografía: Christophe Beaucarne
Música: Philippe Katerine
Montaje: Annette Dutertre
Duración: 98 minutos

Amores compartidos
Escribe Adolfo Bellido

El cine francés, salvo raras excepciones (como la sorpresa de El secreto de Anthony Zimmer), camina, al igual que el cine italiano, por senderos erráticos, sin que se puedas encontrar, salvo las esporádicas películas de realizadores reconocidos, obras realmente sugerentes, importantes, o al menos con ese grado de interés, o esos detalles que nos hacen esperar nuevas obras de esos realizadores. Eso sí, las películas de nuevos realizadores están imbuidas de lo que llamaríamos exceso de pedantería. A ese amplio grupo pertenece la incoherente Pintar o hacer el amor, que algunos críticos han recibido con entusiasmo excesivo.

Multitud de temas aparecen en la película sin que sepa definitivamente a qué carta quedarse o cuál es, en definitiva, la meta propuesta. Hay datos, en su comienzo, para derivar la película al tema del tiempo, una propuesta generalista sobre el paso inexorable de los años, hasta el punto que se llega a un momento en el que los personajes deben enfrentarse a sí mismos y saber qué han hecho o dejado de hacer con sus vidas.

He aquí un matrimonio modélico (?) que lo tiene todo. No sabemos, aunque esas parecen ser las intenciones de los dos hermanos que han dirigido el proyecto, si ya entre ellos no existen el amor, si sus vidas se han adaptado a unas determinadas costumbres, a las reuniones con otros amigos tan insatisfechos (?) como ellos, oprimidos (?) por la sociedad que exige trabajo y más trabajo. Debo aclarar que todos los interrogantes que voy añadiendo supone que al parecer esos temas se apuntan (incluso los directores lo proclaman en una entrevista) o se tratan en el filme. Pero su importancia es tal que no se ve. Una cosa es insinuar, sugerir y la otra perderse en multitud de temas que aparecen porque uno se empeña en que aparezcan o porque así se creyó (creyeron los realizadores) al escribir y realizar el filme. Una buena película no tiene por qué ser una especie de crucigrama al que le faltan palabras por incluir. Es, por supuesto, sugerencia, nunca el insistir sobre las situaciones para que todo quede claro, pero lo que no puede ser es inventar lo que no hay.

El paso del tiempo también (y ahora echamos mano a elementos más o menos simbólicos) vendrá remarcado por la profesión del protagonista: un meteorólogo, un estudio del tiempo y de sus variaciones. Las mismas que van a existir en los protagonistas en su transitar de una estación de la vida a otra.

En esas idas y vueltas tratando de encontrarse en una nueva situación de la vida (el protagonista acaba de jubilarse) la mujer descubre en el campo una casa ideal para vivir, para producir un cambio en la vida. Su gusto es la pintura y se ha parado allí en un lugar idílico, un idealizado o desconocido paisaje existencial, para recogerlo con sus pinceles. Mientras está pintando conoce a un ciego que se mueve como si viera, que parece ser el más lúcido de todos los que le rodean y que además es el alcalde del pueblo. El personaje no ve pero siente, reconoce. Y para colmo se llama Adán.

Ante la existencia de una casa en venta en el entorno, la mujer convence al marido de comprarla. Y nuestros dos protagonistas se van al campo. Él parece que empieza a interesarse por el cuidado de las plantas y ella sigue pintando. Cada uno con lo suyo. Los vecinos, el alcalde y su mujer, acuden a visitarles, y ella (la mujer del alcalde) pide a la pintora que desea tener un retrato hecho por ella. A pesar de decirle que nunca ha pintado retratos, la mujer insiste. Acepta al fin y allá suben al estudio. Ante la sorpresa de la pintora, la mujer, esbelta, bella, se desnuda totalmente. El juego de la seducción ha comenzado. Por si la cosa no está clara, el personaje se llama Eva.

El edén donde Eva seductora incita probablemente a Adán a seducir. El simbolismo sigue presente en el relato. Las situaciones se complican en la amistad de esos amigos que terminan por intercambiar las parejas. El ciego Adán lleva a la Madeleine (la pintora) al cuarto para hacer el amor. Se supone que su marido (William) se ve en la imperiosa necesidad de hacer el amor con Eva. Posteriormente en el recuerdo del intercambio de parejas en el matrimonio surge la imperiosa necesidad de amarse. Y de entrar también en el juego con otras parejas que por lo visto se dedican a visitar casas para comprar para eso mismo: hacer el amor con los vendedores. La conclusión del relato es que nuestros protagonistas saben ya lo que hacer en sus vidas, hacer el amor con quien sea y como se pueda para así mantener vivo el amor entre ellos.

O sea que toda esta historia de pecados originales está salpicada por un regusto muy francés donde el intercambio amoroso termina por ser el centro y eje de esta increíble historia, que de otras maneras dio en tiempos pasados colorido a ciertos filmes “S”. ¿Pintar o hacer el amor? Parece ser que lo primero lleva a lo segundo o lo segundo es la conclusión de lo primero. O quizás ni eso. Pintar no sea más que una forma de recibir una serie de sensaciones cuyo fundamento llevará en definitiva a descubrir o establecer el juego del amor. La verdad es que se mire por donde se mire esta historia de “vida”, según los autores, parece una historia de “encuentros y desencuentros”. No es lo mismo descubrir algo que se desconoce que zambullirse en unas relaciones o adicciones en las parecen introducirse como forma de evitar el tiempo. ¿Han perdido nuestros protagonistas la inocencia falsa en la que vivían? ¿Su encuentro amoroso les introduce o les echa del edén? El tiempo otoñal da paso a una primavera donde todo es posible y se acepta como viene. Insisto que tales propuestas incomprensibles, están esbozados pero no elaboradas. Son simples pinceladas dispersas como si el pintor trazara líneas sin sentido: unas manchas al azar para ver si el todo se recompone. Pero no hay tal. Todo aparece forzado, risible, difícilmente admisible.

Al final, sobre los personajes se hace la noche. Y ahora no hay un ciego que les dirija, aunque es probable que ellos mismos estén ya ciegos, cegados, por tantas cosas, que sean capaces de ver en la noche. Desmesurada, incapaz de seguir un determinado camino, la película termina sin que el confuso espectador pueda ir más allá de lo que las imágenes dan. Desde luego lo demás está tan escondido que el juego sólo puede ser seguido por sus creadores.

Si se desea profundizar en la amistad, la relación o intercambio de parejas, en el amor, en el matrimonio, no estaría mal que se acercaran a una obra de John Updike llamada Parejas y que dice más que esta nadería francesa con pretensiones de gran película, al menos por su lenguaje tan rocambolesco como inútil.