EL INCIDENTE (1)

  10 Julio 2008
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Título original:

The Happening

País, año:

Estados Unidos - India, 2008

Dirección:

M. Night Shyamalan

Producción:

Barry Mendel, Sam Mercer, M. Night Shyamalan

Guión:

M. Night Shyamalan

Fotografía:

Tak Fujimoto

Música:

James Newton Howard

Montaje:

Conrad Buff IV

Intérpretes:

Zooey Deschanel, Mark Wahlberg, John Leguizamo, Spencer Breslin, Ashlyn Sanchez, Betty Buckley, Edward James Hyland

Duración:

91 minutos

Distribuidora:

20th Century Fox

Estreno:

13 junio 2008

Sermones
Escribe Mister Arkadin

El tramposo Shyamalan

elincidente2.jpgPrácticamente todo el cine de Shyamalan se centra en estructuras pseudo tenebrosas, con abundantes dosis de discursos simples sobre la existencia, la muerte, el más allá o el más acá y, en definitiva, de la necesidad (y esencia) del amor como elemento salvador. Ello a través de guiones generalmente tramposos, cuyo mejor ejemplo sería su segundo largometraje El sexto sentido (1999).

En cierta medida El protegido (2000), una curiosa y fallida película sobre el tema de los superhéroe, y esa especie de cuento poético que es La joven del agua (2006) parecen carecer, al menos en una rápida mirada, de las principales señas de identidad de su cine.

Este director indo-norteamericano que hasta se ha permitido escribir un guión infantil, Stuart Little (1999), afirma admirar el cine de Hitchcock del que presume ser seguidor. Quizá por eso, como claro y pobre homenaje al maestro, le gusta salir en sus películas. Y, a lo mejor por ello, trata también de dotar sus filmes de un cierto sentido de humor. Al menos es lo que el director dice, porque la realidad es que el sentido del humor no se ve por parte alguna.

Shyamalan, la mayor parte de las veces desde propuestas claramente reaccionarias, o como mínimo ambiguas, es capaz de convertir sus películas en sermones por los que se nos invita a convertirnos a sus creencias so pena de ser devorados por todos los males del mundo. Títulos como Señales (2002) o El bosque (2004) así lo proclaman.

Quizá si algo hay que agradecer a su cine es el saber huir de costosos efectos digitales, incluso sus películas recuerdan, por la aparente precariedad de medios, el típico cine serie B, donde los efectos especiales eran simples.

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Las reglas del juego

Su último título no se separa demasiado del resto de su producción. Su guión, por ejemplo, carece de cualquier tipo de lógica narrativa. Se le ocurren ideas que cree geniales y puebla de ellas el filme sin importarle si tienen sentido o no dentro del relato. No queremos decir que sus películas sean flojas por adentrarse en mundos irreales o historias fantásticas. Lo que afirmamos es que las historias se estructuran de acuerdo a unas determinadas miras sin tener en cuenta las reglas con las que se ha construido el relato.

elincidente1.jpgLas películas son juegos en los que el director nos invita a participar. Y como es natural, los juegos tienen una reglas que deben ser aceptadas. Eso hay que tenerlo en cuenta en todos los géneros fílmicos y muy especialmente en el fantástico. De eso Hitch sabía mucho.

El incidente es deudor sobre todo de la excelente La invasión de los ladrones de cuerpos de Siegel, al producirse un extraño e inexplicable ataque contra los seres humanos. En este caso se produce una rebelión en toda regla de la naturaleza, al “decidir” vengarse del mal trato que recibe de parte de la humanidad. Para ello, emite una serie de toxinas (o lo que sea) que alteran el comportamiento de los seres y les conduce hacia su destrucción por medio del suicidio. Y así, desde esta idea, comienza ya el delirio del realizador, apareciendo sus características trampas. No se puede explicar, por ejemplo, por qué unos personajes son “contaminados” y otros no. No se entiende el suicidio de unos y la “liberación” de otros que también están “ahí”. Inexplicable que unos se autodestruyan, otros queden estáticos (¿acaso homenaje a El año pasado en Marienbad?) y otros caminen hacia atrás... Cosas del director... Sus embromados, e inadmisibles, engaños.

Pero si la referencia principal desde el punto argumental hay que buscarla en Siegel, la estructura del filme, su atmósfera, debe mucho al cine de Carpenter.

Hay ideas buenas, como siempre ocurre en los filmes de Shyamalan, pero se desechan o  terminan por inutilizarse ante la monótona repetición de los mismos hechos. Es buena, por ejemplo, la idea de los suicidios colectivos y algunos están bien resueltos: la primera mujer que se mata en el parque, los obreros que se tiran del edificio que están construyendo, o los producidos por los disparos que se ven a ras del suelo, Pero en estos dos últimos casos lo mismo se reproduce hasta la saciedad.

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Temas, subtemas: destrucciones masivas

¿De qué va la película? Se ha dicho ya: una venganza de la naturaleza contra el hombre. Las plantas se vengan ante el mal trato recibido. Antes de llegar el filme a esa conclusión, en la clases que imparte el protagonista éste lanza una pregunta a sus alumnos: ¿por qué las abejas están desapareciendo de una parte de los Estados Unidos? Escena que sigue a continuación de las primeras muertes que han tenido lugar a primera hora de la mañana (como los atentados del 11-S o del 11-M)) en Central Park y sobre las que se sustentará todo el filme. Posteriormente, en la parte que narra la huida de la familia protagonista, un campesino (que ama sus plantas) explica que es la naturaleza la que ha comenzado su venganza. Y lo dice él que parece mimar a sus plantas.

elincidente3.jpgLa resolución de los momentos no es siempre buena. El director no sabe sacar partido a la idea base. Convierte algunas secuencias en ridículas, tal es el caso, ya al comienzo, en  la forma de narrar la supresión de las clases y, la muy falsamente dada, “evacuación” de los alumnos al enviarles a sus casas como si se tratase de unas anticipadas vacaciones. Y qué decir de la secuencia de la rápida e incongruente marcha de los coches de un pueblo, en donde, además, parecen tener cabida todos los viajeros de un tren que trataban de huir de la catástrofe. Desde luego Shyamalan no es un genio a la hora de mover (y de estudiar las reacciones generales) de un determinado grupo de personas.

Shyamalan parece apostar por la truculencia (la persona destrozada por el tractor, el cuidador del zoo comido por el león) pero la realización en esos momentos es precipitada y su fuerza es escasa. Aunque lo peor, no es eso, sino el sin sentido de muchos de sus momentos. Haré mención a uno muy concreto: la marcha del padre de la niña en un coche donde los que le conducen a su destino le esperan sin problemas, personajes que tampoco se sabe por qué van hacia ese lugar (a no ser, claro, que tiengan que llevar al personaje indicado, o sea, “por exigencias del guión”), ni cómo posteriormente –ante el “suicidio” por choque del coche contra el árbol– el único que queda con vida es el padre la niña. Pero, tranquilos, a continuación procede a suicidarse a la vista de los sufridos espectadores.

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Predicando el amor familiar

Tal historia de poca enjundia y encerrada en sí misma, por medio de la clásica huida de unos personajes en busca de su salvación, se plantea desde el claro sentido de predicación propio de su director. La salvación, sermonea, solo será posible para los que amen o formen el necesario puente de amor desde la verdad integradora de la unión familiar. Al comienzo, la mujer protagonista, un personaje absurdo en sus reacciones (la incitación y rechazo a las llamadas del móvil a través de las cuales es requerida por un pretendido amante) vive en su aislamiento esporádicos ataques de culpabilidad. Nada ha contado de tal relación a su buen y abnegado marido: un puro héroe dedicado a abrir los ojos y la mente a todos los que le rodean. Ya hemos dicho que el marido, como es natural, es un profesor: un docente, un educador.

Preocupado por los que le rodean, el profesor tiende su mano a unos y a otros. Hay que conducirles por el camino del conocimiento responsable. Su misión es abrir mentes. Y, para que no quepa duda de ello, la máxima de Einstein escrita en la pizarra expresa tanto un camino como el aprender a estar permanentemente en guardia. Es, en definitiva, un ser inocente, incapaz de entender lo que ocurre a su alrededor, pero que desde su entrega a los demás es capaz de salvar al mundo o, al menos, al reducido entorno familiar.

La familia sin amor, distanciada, tendrá que desaparecer (claro, ni es familia ni nada). Mientras se encuentre unida no habrá problema, se librará de todo mal que le cerque. La confesión (lavado de culpas) de la mujer al marido de su desliz abre paso al reconocimiento del héroe que es a su vez el pater-familia acogedor y defensor de la institución. La mujer sabrá reconocer, reverenciar y amar al marido.

Por si no bastara con todo lo anterior, descubrirá el encanto de la maternidad: “lleva de la mano a una niña” que es (no queda demasiado claro en la película) o hija de sus mejores amigos o de sus hermanos. Tanto da, la idea es la misma. Y así se expone claramente “la niña siempre ira cogida de mi mano”. Lo cuál implica protección, preocupación por la infancia, elemento fundamental para el mundo futuro. Todo arropado por el signo del amor. De ahí los reiterados planos de las manos juntas de la mujer y de la niña...

Naturalmente en este camino simbólico hacia la salvación se habrá llegado al descubrimiento de por qué se produce el mal y, por tanto, cuál es la resolución que debe tomarse. Así, el matrimonio también decidirá unir sus manos y llevar el amor a su más alta expresión. Sin renunciar a amar y proteger a la hija ajena a la que convierten en suya (sin que al parecer la niña eche de menos a sus verdaderos pero “perdidos” padres) hacen realidad el único fin al que aspira la sacrosanta (y bendecida) unión matrimonial: tener hijos. Así se expresa en el apoteósico (?) final feliz y edulcorado, donde todos siguen viviendo como si nada hubiera pasado. El “primer” ataque se reduce a un pequeño periodo de tiempo. De todas formas, de acuerdo a la estructura de los seriados filmes de horror, la amenaza sigue latente en otro lugar... El final feliz queda en “suspenso”.

Mezcla poco afortunada, pues, entre una llamada ecológica responsable y el consabido sermón sobre las excelencias del amor fraterno y matrimonial. Todo ello según el evangelio de Shyamalan, que explicita además quiénes serán salvados en el Apocalipsis que nos acecha.

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Terror, misterio, suspense

Una cosa son las reglas impuestas por el guión y otra muy distinta el adaptarlas al gusto del guionista de acuerdo a cada momento. Lo que claramente supone proponer rotundas trampas. Un sentido de la mentira y la falsedad que arruinaba la tan aclamada como superficial El sexto sentido. Sigue sin cambiar el realizador su forma de hacer desde entonces. Aquí, por ejemplo, presenta una aleatoria naturaleza vengativa capaz de “pasar” su furia por los protagonistas (se encuentran en un instante en el ojo del huracán destructivo: el viento, la muerte rodeándoles pero deciden quedarse quietos, cerrar los ojos  –¿concentración?, ¿rezo?–  para, sin explicación posible, salir indemnes: la “venganza” pasa de largo (les roza sólo) aunque luego (la película tiene que continuar) les vuelve a cercar al refugiarse en una casa. 

Casa esa, en la que se refugian los protagonistas, habitada por una especie de bruja (el chiste que se hace sobre el lugar lleva a afirmar que estamos en la vivienda de El exorcista o ¿acaso no es un chiste?) y que supone una de las mejores secuencias del filme a pesar de sus continuas líneas erróneas, por ejemplo la dificultad de admitir al habitante de la casa (¿también simbólico?) y su improbable existencia en tal lugar. Pero, al menos aparecen algunas buenas ideas, aunque mal desarrolladas. La mejor: la separación del protagonista y la niña de su mujer al encontrarse, respectivamente, en la casa y en el cobertizo (aunque la pregunta es ¿qué han ido a hacer allí la niña y la mujer?), dos lugares (he aquí la mejor idea) distantes pero que se comunican... por la voz.

No falta el azar diseminado a través de la acción, como pruebas de fuego para los personajes y como compendio del sermón propugnado por el director.

Como no puede ser menos en el cine norteamericano actual, también se nombra (en vano) el terrorismo, como probable autor del ataque producido y que ni siquiera se sabe de dónde viene. Algo inherente al cine actual: la obsesión del mundo, bajo la égida americana, que se siente amenazado por todas partes.

Oscila el filme entre el cine de terror y el de catástrofes sin asentarse en uno u otro género. Y sin que uno u otro planteamiento se aclare suficientemente. Por ejemplo, no tiene demasiado sentido la planificación en la que se “muestra” tanto el sufrimiento (trabajoso) del árbol como su planeada venganza por el simple hecho de que la niña se suba en un columpio anclado en dicho árbol. Se llega, casi, hasta sentir el jadeo del viejo vegetal...

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Y más

A veces, por eso de ser fiel a Hitch, Shyamalan decide plantearse las cosas con humor. Así, por ejemplo, la secuencia (bastante ridícula) en que el personaje principal habla (dentro de una casa) a una planta para que no se vengue de él, que tanto las quiere...y cuyas palabras concluyen al darse cuenta de que se trata de una planta... de plástico. Estos monólogos a tumba abierta (y tan propensos al ridículo) sólo pueden hacerse creíbles por una realización portentosa en la que todo (planificación, cámara, mirada...) funcione a la perfección (1). Cosa que aquí no ocurre.

¿Amor como salvación? Sí, claro, es válido, pero todo depende de la forma en que se realice. Lo imposible a veces puede resultar posible (2). Pero en este caso todo son lugares comunes. Y el contacto de unas manos (3) no sirve como compendio del amor.

elincidente6.jpgUno de los puntos de mayor interés del filme radica en la representación ofrecida por los medios de comunicación de los sucesos misteriosos. Shyamalan, en esas intervenciones, es conciso, claro y sugerente.

El director sigue insistiendo en la temática de siempre. Nos pide que “recemos” por el bien del mundo (de su mundo), nos arrepintamos por lo malos que somos, tengamos en cuenta que la salvación está sólo en el matrimonio, y en la “bendición” que supone el nacimiento de los hijos (claro, fruto del amor). Sólo de esa forma pasaremos a vivir en un mundo feliz, donde suenen trinos de pajaritos al tiempo que desde lo alto nos llegan los cánticos angelicales. Y si no llega esta paz terrenal, tranquilos ya que al morir, si hemos cumplido todo ello, pasaremos a reinos de perenne luz. Todo es cuestión de creencia..., lo que ocurre es que esas ideas (contadas en el cine Shyamalan, además desde la ingenuidad y el reaccionarismo) deben explicarse a través de una forma coherente, tanto por lo que respecta al guión como a la realización.

En El incidente fallan muchas cosas para ser una apreciable película: el tiempo fílmico y “real”, la estructura, el guión, la falta de entidad narrativa, la floja dirección de actores. Películas como ésta hacen buena a la modesta y curiosa (desde planteamiento parecidos) La niebla de Stephen King de Darabont. Al lado de Shyamalan, John Carpenter es un maestro.

*****

(1) Piénsese, como gran ejemplo de la calidad de unos monólogos aquéllos que pronuncian algunos personajes fordianos delante de la tumba donde se encuentran enterrados sus seres queridos (Pasión de los fuertes, La legión invencible...).

(2) Ordet de Dreyer, por ejemplo, hace posible lo imposible en el milagro final de la resurrección.

(3) Juntar unas manos, comunicar amor, puede tener o no fuerza en el cine. No depende de la idea y sí de cómo se realice. Puede comprobarse cómo una simple caricia en la mano adquiere una gran fuerza en Cien clavos de Olmi.

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