LA PRINCESA DE NEBRASKA (1)

  30 Junio 2008
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Título original: The Princess of Nebraska
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Wayne Wang
Producción: Yukie Kito y Donald Young
Guión: Michael Ray, basado en el relato "La princesa de Nebraska" de Yiyun Li
Fotografía: Richard Wong
Música: Kent Sparling
Montaje: Deirdre Slevin
Intérpretes:

Patrice Banaïas, Pamelyn Chee, Brian Danforth, Li Ling, Qing Lin

Duración: 77 minutos
Distribuidora: Karma films
Estreno: 20 junio 2008

Cámara histérica
Escribe Marcial Moreno

Existe ya un corpus cinematográfico suficiente para configurar lo que podría ser un nuevo género, al que llamaríamos el cine de la cámara histérica. A diferencia de los géneros clásicos, lo definitorio en este caso no sería el contenido de las películas, ni la trama, ni la época histórica en la que emplazan sus relatos, sino el modo de filmación.

theprincessofnebraska1.jpgEs bien cierto que todo género conlleva un determinado modo de ser presentado, pero éste resulta siempre subsidiario respecto al contenido, es la herramienta apropiada para ofrecer la mejor versión de lo que el autor nos quiere decir. La forma se reconoce en los diversos géneros, pero no los define.

En las películas de cámara histérica ocurre al revés. No importa de qué traten, sino cómo lo hacen. En este sentido, debemos exigir al menos tres características a aquellos candidatos a integrarse en este selecto grupo: en primer lugar, que la cámara no permanezca quieta ni un solo segundo. A mano, al hombro o como sea, pero siempre moviéndose. En segundo lugar, nada de encuadres tradicionales o equilibrados. Cuanto más fuera de campo mejor, y cuanto más cueste reconocer lo que estamos viendo aún mejor. Algo así como lo abstracto llevado a la pantalla. Y por último, pero no menos importante, el desenfoque. Cuanto más desenfocada esté la película más genuinamente de cámara histérica será.

theprincessofnebraska2.jpgY nos preguntaremos ¿y todo esto para qué? Para nada, es un valor en sí mismo. Los aficionados al género no necesitan más para gozar. Luego dirán que así se consigue esto o aquello, pero será siempre lo de menos. Entre sus raciocinios será habitual la referencia a la penetración psicológica de los personajes, como si fuera necesario desdibujar la imagen (desenfoque) o acercarse hasta la retina del ojo y más allá (encuadres) para describirla. ¿No dicen que la psicología es una característica que se aloja en el cerebro? Pues si pudieran entrarían con la cámara hasta él. Vamos, que Centauros del desierto, por poner un caso, dejaba de lado la psicología de los personajes. Demasiado plano general.

También nos hablarán del poder de sugerencia, pero con un sutil desplazamiento respecto a otras maneras de entenderlo. Aquí no se trata de que el director quiera sugerir al espectador una determinada idea y para ello utilice los medios más pertinentes, sino al contrario. Ahora el punto de partida es: “Vamos a sugerir cosas”. “¿Qué cosas?”. “Las que sean, cada cual sabrá”. De modo que todo vale, pues nada hay que sustente la imagen. En lugar de abrir un campo de significación (que, naturalmente no tiene por qué estar cerrado o limitado), o que se hace es demostrar la vacuidad que esconde la tramoya.

theprincessofnebraska3.jpgBien, pues La princesa de Nebraska es un genuino representante de este género formal. Reúne todas las características que hemos enumerado, y poco más. No hay una lugar hacia donde el relato se dirija, no hay una idea matriz que lo mantenga a flote. En un momento dado, parece que nos quiere hablar de la vieja y la nueva China, pero lo resuelve en dos sesudos e insoportables conversaciones. No hay una construcción mínimamente interesante de los personajes. Se ve que de tan complejos que son hacen lo que quieren y cuando quieren, sin guardar una mínima coherencia, si acaso la estupidez y la mala educación de la protagonista, pero no sé si esa era la intención.

Y mucho sugerir: ¿Qué pasó en Nebraska? Algo malo en una clínica, y ya está, que cada cual piense lo que quiera. Y para rematar la faena, un buen rato de la protagonista en silencio frente a un muro. ¡Uf, qué existencialista!

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