Viaje al paraíso (1)

  29 Septiembre 2022

Los diez mil placeres culpables

viaje-al-paraiso-0A Ol Parker —el artífice de este Viaje al Paraíso— lo conocimos como realizador con la secuela de Mamma Mia!, una cinta musical liviana y atractiva, como su predecesora, que resultaba un monumento a lo extrañamente contagioso y al kitsch de buenas intenciones. Recordemos por un momento su argumento.

Además de ofrecer un segundo volumen de grandes éxitos de la música de ABBA, se dedicaba a contar la historia de cómo se conocieron los personajes de la primera película a la vez que narraba sus vidas en el tiempo presente, y todo ello en la mágica isla griega de Kalokairi.

Les contamos esto porque este nuevo filme escrito y dirigido por Parker podría ser una nueva vuelta de tuerca al mismo argumento, o casi. Si, además, tenemos en cuenta que el reparto de la secuela estaba trufado de grandes nombres (recordemos: Meryl Streep, Pierce Brosnan, Colin Firth, Andy Garcia, Cher...), ahora tenemos a dos estrellas del firmamento hollywoodiense que aún tienen más calado entre las masas, especialmente si los ponemos juntos.

Hablamos, y los mencionamos por si hay alguien despistado que no ha visto el cartel promocional o desconoce el plantel de la película, de George Clooney y Julia Roberts, que sí, salen juntos y un poco revueltos. Nunca antes, en sus trabajos previos en los que ya habían coincidido, habían compartido tanto tiempo de pantalla.

De todas aquellas personas que somos mínimamente adeptas de los dos astros (o incluso de sólo uno de ellos), ¿quién en su sano juicio no pagaría una entrada por verlos?

Volvamos a su argumento. Aquí tenemos a un matrimonio divorciado que literalmente no se puede ni ver, pero se ve obligado a su reencuentro para asistir a la graduación universitaria de su hija. Esta emprenderá un viaje vacacional a Bali con su mejor amiga y compañera de estudios para celebrar la finalización de la etapa académica. Pero una vez allí, conocerá a un joven asiático con el que meses más tarde decidirá casarse. Por supuesto, sus padres viajarán hasta Bali para asistir al enlace, pero tramarán secretamente una tregua entre ellos para intentar reventar el matrimonio, ya que piensan que los jóvenes muchachos cometerán el mismo error que cometieron ellos hace 25 años.

Dicho de otro modo, al igual que en la segunda parte de Mamma Mia!, volvemos a tener como elementos sustentadores una boda a la vista, una isla de ensueño como telón de fondo y un discurso sobre el antes y el ahora de los personajes protagonistas. Como si estuviéramos hablando de un género cinematográfico hecho a sí mismo.

Esta vez, claro, no tenemos canciones de ABBA para ilustrar el cuento. Pero tampoco las necesita. Porque Ol Parker demuestra tener mano, arte y salero para las comedias románticas y tiene un dúo insuperable. Tanto, que incluso se echa en falta algún secundario carismático, ya que las tramas de los jóvenes enamorados, por ejemplo, terminan por importarle más bien poco al espectador.

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Ellos dan el golpe

Todo el resto lo llenan, y de qué manera, unos exultantes Clooney y Roberts. Ellos son los encargados de recordarnos —como sucedía en la comedia clásica del Hollywood dorado— la importancia de tener en pantalla el poderío de dos estrellas rutilantes como ellos para ilustrar una divertida lucha de sexos.

También nos subraya implícitamente que la comedia romántica distinguida está desapareciendo. Porque Viaje al paraíso ofrece justo lo que se espera de ella, y tampoco hay que pedirle más, siendo una cinta adorablemente ligera y satisfactoriamente deducible y, sobre todo, sin pretensiones mayores que ser autoconsciente del producto que es. Todos sabemos cómo se desarrollará y cómo finalizará, pero nos da igual porque el argumento nos lo conocemos de memoria e incluso secretamente deseamos que se cumpla punto por punto.

Desde luego, podemos achacarle un adulterado exceso de belleza en todos los sentidos. Nadie se cree que ambos actores desembarquen en la isla con trajes de diseño carísimos y zapatos de lujo y se paseen entre la maleza sin siquiera mancharse. Tampoco es muy creíble que toda la acción se desarrolle en cuadros escénicos sacados de un parque temático: se alojan en un resort de infarto, van de fiesta en fiesta a la luz de la luna, se bañan con los delfines, compran en un mercado a pie de calle que parece una postal... Pero con tan sólo ver a ambos actores discutiendo como chiquillos, en bañador y en una playa paradisiaca, tenemos más que suficiente.

No pretende ser mordaz, ni ácida ni irónica, como algunos de los grandes clásicos de este género, aunque bien es cierto que muestra un endiablado ritmo de diálogos chispeantes entre los dos protagonistas. Más bien quiere ser bonita, conmovedora, juguetona, y un poquito —sólo lo justo— dolorosa. Porque ciertamente, el producto revela también inesperadamente alguna reflexión sobre las segundas oportunidades, el amargo reflejo entre generaciones, o el fracaso de la convivencia matrimonial. Al final, deja esa sensación de haber visto algo evidente pero sumamente cuidado y elegante que ha logrado sacarnos una sonrisa de los labios.

Porque sí, es todo lo tonta, cursi, facilona, encantadora y resultona que uno espera que sea. También es el equivalente a un empacho de revistas de vacaciones y de parejas guapas que visten con ropa que tú nunca podrás comprar, y que viajan a un Bali que tú nunca conocerás, aunque vayas. No en vano, el Bali que vemos en la cinta está rodado en Australia y está absolutamente transformado en un sueño alejado de la realidad.

Pero poco importa porque estamos delante del filme de los diez mil placeres culpables.

Escribe Ferran Ramírez 

  

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