Black phone (2)

  26 Agosto 2022

Miedos adolescentes

black-phone-0He aquí una película de terror incompleta, pero en la que no faltan ideas. Dirigida por Scott Derrickson sobre el guion de una novela de Joe Hill, el hijo del escritor del terror por excelencia, Stephen King.

Nacido en 1972, es el segundo hijo de Stephen King. Uno de sus hermanos, el más pequeño, Owen, también es escritor. Interviene, como actor, en la película Creepshow (1982), dirigida por George A. Romero, sobre cinco relatos de terror de su padre. Su nombre real es Joseph Hillstrom.

El nombre por el que se le conoce es un homenaje a Joe Hill, un músico y líder obrero de origen sueco, que murió ejecutado en 1915 acusado de un supuesto crimen (existe una película danesa sobre él: Joe Hill, de 1971, que recibió el premio del jurado en el festival de Cannes).  

En sus primeros escritos trata de darse a conocer por sus méritos y no por ser hijo de Stephen. De hecho, no revela su verdadera identidad hasta 2007. Ha recibido varios premios por sus novelas y relatos de fantasía y terror. Es también un gran amante de los comics. Junto al dibujante chileno Gabriel Rodríguez inicia una serie de novelas gráficas bajo el título de Locke & Key, llevadas a televisión (2011).

Antes, en 2008 y 2009, dos de sus relatos sirven para dos cortometrajes. En 2013, una de sus novelas se convierte en un largometraje, desde entonces su obra ha dado lugar a películas y serie televisivas, una de las últimas se basa en los comics dibujados por Gabriel Rodríguez. Consta de 12 episodios realizados entre 2021 y 2022.

Scott Derrickson, director

Nacido en 1966, además de director es guionista y productor. En total ha dirigido 2 cortos y 7 largometrajes, prácticamente todos estrenados en España: Hellraiser: Infierno (2000);  El exorcismo de Emily Rose (2005); Ultimátum a la tierra (2008), un mediocre remake del interesante filme del mismo título realizado por Robert Wise en 1951; Sinister (2012); Líbranos del mal (2014); Doctor Extraño (2016) y Black Phone (2021).

Graduado por la Biola University. Su licenciatura versa sobre humanidades, medios audiovisuales  y teología.

Actualmente se prepara para rodar Paradise Lost, de John Milton.

Línea ocupada

El hijo de Stephan King escribe un guión en el que entremezcla dos novelas de su padre: Cuenta conmigo, sobre todo en la primera parte, con It, niños víctimas, secuestros, asesinado, globos. Una mezcla que da lugar a una irregular película, cuya primera parte es superior a la segunda.

En la primera, se nos presenta al personaje principal, un chaval, buena persona, pero al que casi todo le sale mal, como muestra la escena primera del partido de béisbol. Nuestro protagonista es un buen estudiante al que los matones de siempre le tratan de fastidiar la vida; su familia está totalmente desestructurada desde, se supone, la muerte de la madre.

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El padre, un tipo iracundo, borracho, que trata a sus hijos, sobre todo a la hija, a golpes, y que parece vivir del cuento, tiene muchas cartas a favor de ser el gran malo de la función, aunque luego resulta que no es para tanto. Su dolor, soledad o vete a saber qué, los descarga contra su hija, uno de los mejores personajes del filme, aunque se considera alguien secundario, cuyo problema (el de la hija) es tener pesadillas premonitorias. Sueña con los chicos que van a ser secuestrados, con el asesino, la casa donde vive.

Estamos en un pueblo, otra de las claves de la obra de Stephen King, o una sociedad reducida en la que comienza a producirse extrañas desapariciones de jovenzuelos, todas ellas unidas a su entorno, o mejor, al del hermano. Un personaje que daba para mucho más de lo obtenido. Pesadillas, las suyas, que le causan terror, en sus bruscos despertares, a lo que luego se une el castigo del padre que la apalea duramente con una especie de cinturón, curiosamente muy parecido al que usa el verdadero secuestrador y criminal de niños.

En su comienzo, la película se centra en la cotidianidad del joven protagonista, sus amistades y la persecución que sufre por los matones. Y como especie de paréntesis vamos asistiendo a la desaparición/secuestro de unos y otros por un personaje enigmático que en las noches aparece como un diablo (disfraz que utiliza en la segunda parte del filme cuando secuestra al personaje principal), que regala globos antes de introducir a sus víctimas —con globos incluidos— en una furgoneta tan oscura como él mismo.

Uno a uno, ante la impotencia policial, y las pesadillas de la muchachita, va transcurriendo la película hasta que el secuestro de Finney, nuestro protagonista, nos lleva a otra película, todo ella centrada en su prisión en un sótano, alejado de todo contacto con el exterior, donde es arrojado.

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Una puerta se abre de vez en cuando para que aparezca el diablo (las máscaras, sin mucho sentido, que va poniéndose el secuestrado) para traerle comida y que a veces se deja abierta para que nuestro ¿héroe? decida subir unas escaleras largas que llevan al piso de arriba, donde es esperado por el asesino sentado y con una especie de enorme cinturón. Sí, allí, mirando hacia abajo (aunque a veces se duerma, probablemente producto de tanta espera) y frente a la escalera está el malo, malísimo, para ajusticiar a Finney, cuando se decida, peldaño a peldaño, a subir la escalera, pensando que allí está su salvación.

El sótano cuenta con un colchón para que el chaval no tenga que dormir en el suelo, o sea que el malvado se presta a tener detalles bondadosos con sus víctimas. Lo que no se sabe muy bien es por qué se presenta siempre enmascarado, ¿a quién va a despistar? ¿Acaso se trata de no ser conocido por el protagonista? Una de las máscaras es la del diablo, podría entenderse que el diablo viene a buscar a quienes se han portado mal, pero no es así ya que secuestra a cualquier personaje.

El dato más curioso de esa habitación es el teléfono negro (título del filme) único elemento colocado en las desnudas paredes de aquel habitáculo que, eso sí, cuenta con un ventanuco tan alto que no puede ser alcanzado.

¿Cuál es la razón del teléfono? ¿Sirve para comunicase con el exterior o acaso para que el desquiciado asesino hable con sus víctimas? Nada de eso, ese teléfono, una especie de elemento que puede ser considerado inocuo, inconexo o con trasfondo psicológico, a gusto del espectador, sirve para recibir llamadas… del más allá, de los amigos o enemigos de nuestro secuestrado personaje. Llamadas que le dicen lo que debe hacer o dejar de hacer, le engañan o le engatusan como forma de perderse o de salvarle. Un elemento, el teléfono, todo lo intrigante que se quiera, con un sentido paranormal, algo propio también de King padre.

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La asfixia, la angustia de Finney en su prisión pasa por diferentes fases, lo mismo sucede por lo que respecta a su interés en la narración. Se trata, en definitiva, de juegos sobre juegos. Y a todo esto la hermana, Gwe, sigue con sus pesadillas horribles, algunas de ellas impulsadas por ella misma para encontrar a su hermano y hasta para… ¡conducir a la policía que en un momento del filme se pondrá en sus manos, o mejor dicho en su mente, para resolver el caso!

No lo conseguirá porque —sin que se entienda mucho, la verdad— el director, recién exportado del mundo Marvel, enreda toda la parte final de tal forma, que hasta deja intuir un caso de dobles personalidades: dos hermanos, dos casas.

Como es natural, la lucha entre el demonio que quiere dominar, y llevarse a Finney, como se llevó a sus compañeros, va a terminar bien para el protagonista, pero mal para el dichoso diablo, a pesar de que en uno de los momentos finales acude a, se supone, acabar con una víctima tan pesada acompañado de un inmenso perrazo negro.

Y en esta, una de las últimas escenas, se produce la más falsa y ridícula de la situación. Nuestro héroe saca de ni se sabe dónde un trozo de carne de tamaño gigante para que el animal se dedique a dar buena cuenta de ella, mientras él puede escapar de su encierro. Finney sale victorioso de su lucha contra los degenerados diablos que quieren acabar con los jóvenes del mundo.

Sin ser un filme desdeñable, este título, muy propio de la familia King, se deja ver, tiene algunos momentos dignos. De cualquier forma, sus mimbres daban para mucho más partido que el sacado por su realizador.

Escribe Adolfo Bellido López

  

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