Jurassic World: Dominion (0)

  17 Julio 2022

La saga jurásica camina firme hacia su extinción

jurassic-world-dominion-0Leyendo la crítica de Angel Vallejo sobre Thor: Love and Thunder, este cronista no puede sino aplaudir sus jocosos comentarios y compartir su demoledor punto de vista sobre el hundimiento creativo de Taika Waititi, un neozelandés llamado a ser la nueva savia del Universo Marvel, pero en realidad un ejemplo perfecto de cómo el sistema fagocita cualquier originalidad y la convierte en un recurso comercial de escasos vuelos.

También Colin Trevorrow se presentó, con el cuarto episodio del Parque Jurásico (el primer Jurassic World) apadrinado por Spielberg, como la gran esperanza blanca, gracias a su labor de guionista y director. Visto el episodio 5, con sus insalvables carencias de guion (ante las cuales poco pudo hacer J. A. Bayona para elevar el nivel de la función), faltaba saber si el retorno de Trevorrow al mundo jurásico subiría el nivel o acabaría por hundirlo definitivamente.

Bien, el cataclismo que invadía la isla jurásica en manos de Bayona se queda corto al lado del Armagedón que preside el sexto episodio.

Viendo los distintos tráileres, uno puede pensar que hay momentos tensos, bellas imágenes, buenos efectos digitales y una trama que promete. Sí, en el tráiler. Pero la película dura casi dos horas y media: se necesita algo más para llenar ese metraje.

Tras un prólogo lleno de «noticias de televisión» para explicarnos qué ha sucedido en la Tierra tras el quinto episodio (un recurso que ya ha perdido su originalidad y se ha convertido en un cliché para largar gran cantidad de información al espectador antes comenzar la función), un asalto en alta mar, a un pesquero, en mitad del oleaje, nos advierte del primer peligro de este filme: ¡esa escena ya la habíamos visto en un episodio anterior!

Y ese es el problema: este episodio homenajea continuamente a los anteriores (bueno, la expresión correcta sería «fusila escenas e ideas» de sus precedentes). ¿Una forma de buscar la complicidad del público al que se dirige? ¿Una fórmula para situar al nuevo espectador en el mundo jurásico? ¿Simple pereza creativa?

Lo cierto es que la acumulación de citas, que en principio es como un juego a ver quién reconoce antes a qué episodio pertenece tal plano o tal escena, pronto se convierte en un lastre: demasiadas referencias, a veces metidas con calzador y, sobre todo, son momentos que «sacan fuera de la película» al público.

Pero eso no es lo peor. Falta hablar del guion.

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Personajes que aparecen aquí o allá sin mayor explicación. Ausencia total de lógica en lo que se nos narra. Cambio de rumbo de algunos protagonistas (malos convertidos en buenos, porque aquí, como en las pelis de Summers, «to er mundo e güeno»). Interminables explicaciones. Y, como guinda, ausencia total de sentido común.

Podríamos empezar por esos cinco o seis inicios, cada uno en un lugar del mundo, para presentarnos a distintos personajes que al final coincidirán en un remoto lugar de Italia, donde la nueva superpotencia de malvados prepara el fin del mundo para su propio beneficio. Sí, podríamos estar en una peli de James Bond, de hecho, lo parece por momentos. Más homenajes (o ideas fusiladas, ustedes deciden).

Podríamos continuar con las escenas en una ciudad de aires mediterráneos, con una interminable persecución «a lo Jason Bourne». Sí, es idéntica. Tampoco pretende disimularlo, a no ser por la presencia de unos dinosaurios que tan pronto son tan torpes que no pueden alcanzar a una joven corriendo por pasillos y tejados, como se convierten en veloces velocirraptores que alcanzan motos y, si es preciso, aviones en marcha. Ni el Godzilla de Roland Emmerich podría hacerlo peor.

Y, en fin, si entramos en la central de los supermalos (en realidad solo uno, ya hemos dicho que los demás son buenísimos o muy tontos, ustedes deciden), pues no hay ni un guardia de seguridad. Ni monitores o cámaras por los que ver la que se está armando. Y son sordos, indudablemente, porque ni un avión que cae sobre sus cabezas provoca la más leve duda sobre esos currantes que no se enteran de nada y continúan mirando pantallas.

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Eso sí, cuando se da la voz de alarma, salen huyendo a docenas los trabajadores. Pero ni un individuo que sea vigilante o personal de seguridad. Así, es lógico que se puedan encontrar con el malvado de turno para hacer justicia. Sí, lucha cuerpo a cuerpo con los chicos y chicas de la peli (sí, hay que recordarlo: Indiana Jones es un troglodita en el cine actual, aunque el prota lleve el mismo sombrero, aquí hay héroes, heroínas y… esto… dinosaurios y dinosaurias).

Y si no, siempre estará el T-Rex dispuesto a acabar con los malos cuando estos son prehistóricos, de feo aspecto y peores intenciones. Cómo aparece en el momento oportuno en un lugar al que difícilmente puede acceder… bueno, eso no tiene la menor importancia. Lo importante es encadenar lucha tras lucha y carrera tras carrera.

Confuso ya este cronista por la cantidad de problemas de lógica, la indigestión se acentúa cuando cada cambio de escena o resolución —casi nada creíble, por cierto— viene acompañado de un diálogo explicativo, por si el público —se supone que ciego— no lo entiende y necesita oírlo de boca de algún personaje.

Ese innecesario e inacabable desfile de explicaciones para tontos —los algo más avezados ya saben que lo que sucede es sencillamente inexplicable— acaba por aburrir al más predispuesto, por su falta de sutileza.

Pero podría ser peor… y, de hecho, lo es.

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Falta lo políticamente correcto. Además del desfile de dinosaurios de los colores más diversos (sí, también el LGTB está presente entre los saurios), podemos admirar un dinosaurio «con plumas» (no es un chiste, es literal) y el desfile de razas a cuatro patas discurre paralelo a la sobreabundancia de nacionalidades en el reparto. Hay que quedar bien con todo el mundo, por si alguien se ofende.

Aunque nada como el momento cumbre de los diálogos: la nueva heroína de la función (muy fuerte y muy morena ella) no tiene empacho en proclamar abiertamente al protagonista: «también me van las pelirrojas». Así, sin más. Simplemente para cumplir cuota obligada de corrección política. Un diálogo que muestra el nivel de sutileza de esta empanada jurásica.

Si decimos que aún puede empeorarse igual no se lo creen… pero los guionistas lo consiguen.

Tras ni se sabe cuántas batallas entre dinosaurios y humanos. Tras matanzas de considerable nivel, aunque sin una gota de sangre (ya se sabe cómo funciona lo políticamente correcto, si hay sangre es una peli para mayores), llega un final difícil de olvidar: por tierra mar y aire asistimos a bonitos planos de distintas especies compartiendo su hábitat mientras la voz en off (otra vez las noticias televisivas del inicio) nos habla de «compartir el planeta y convivir las distintas especies».

¡Un mensaje ecologista para cerrar la función!

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Justo lo contrario de lo que hemos estado viendo durante dos horas. ¿Se puede ser más incoherente en el mensaje? ¿O se trata simplemente de colocar otro eslogan acorde con los tiempos actuales, una etiqueta a un producto que para nada tiene que ver con mensajes de ese tipo? Seguimos contentando a todos.

Insistimos, hay que estar a la última. No sea que molestemos a algún grupo y nos boicoteen el estreno en cualquier barrio de un país tercermundista. O primermundista, nunca se sabe.

Que la película hable de plagas—de dimensiones bíblicas, naturalmente—, de manipulaciones genéticas —pero sin mala fe—, de la responsabilidad de la ciencia —algunos que se aprovechan, el resto son buenos— y temas similares no debe preocuparnos: no son el tema de Jurassic Park: Dominion, son solo un fondo, un decorado sobre el que exhibir carreras interminables, una pasarela para mostrar la última moda en el diseño de dinosaurios y un museo por el que desfilan los protagonistas de la saga original, ya convertidos prácticamente en dinosaurios algunos de ellos —atención a Laura Dern, una involuntaria parodia de la Norma Desmond de El crespúsculo de los dioses—, por más que repitan sus tics y algunas de sus frases de episodios anteriores.

Vale todo. Como no hay manera de que se entienda, se explica. Así, sin sutilezas, a la cara del espectador. Y luego, dinosaurio por aquí y carrerita por allá.

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Así una y otra vez. Sin avanzar el desarrollo de los personajes ni la trama. Sin apenas humor, por más que Jeff Goldblum haga algunos chistes, aunque finalmente también su personaje «toma conciencia» y pide perdón: ¿se puede ser más incoherente con este pobre personaje que era el animador oficial de los primeros episodios por sus comentarios poco correctos? Pocas veces un guion ha tenido menos coherencia.

Siguiendo el ejemplo de Marvel —cuya saturación de episodios está quemando etapas a marchas forzadas, como demuestra el otrora ingenioso Waititi con su torpe Thor: Love and Thunder— la saga jurásica camina hacia su extinción a pasos agigantados: con solo seis episodios ha conseguido arruinar el encanto de la propuesta original de Spielberg hace tres décadas —hoy se limita a poner su nombre como productor ejecutivo— y convertir las últimas películas en simples productos de marketing, quizá necesarios para ampliar las atracciones de sus parques temáticos.

Si este es el «cine de gran pantalla», ese que por su espectacularidad debe ser visto en salas y no en streaming casero, seguramente le quedan pocos veranos de grandes estrenos —esos míticos blockbusters veraniegos— a la industria del cine de evasión, convertida ya en una parodia de sí misma.

Normal que las plataformas ganen adictos. Al menos son más baratas.

Escribe Mr. Kaplan  

  

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