Lakewood (3)

  27 Junio 2022

No hay salida

lakewood-0Que el australiano Phillip Noyce vuelva a dirigir un filme cuando tiene 70 años cumplidos no deja de ser una curiosidad. Que la protagonista casi exclusiva sea Naomi Watts (británica, aunque estrella del cine australiano) invita a revisarla. Lakewood es una variante del cine con un solo personaje aislado y amenazado, cuya única ayuda es un teléfono móvil…

Un vistoso proyecto que en su primera mitad te deja con la boca abierta, finalizando con un largo travelling ascendente que abandona a la protagonista sola en el bosque. Un plano cenital brutal.

Lástima que eso suceda en el minuto 38 de película porque, pese a su brevedad (84 minutos), Lakewood no logra recuperar el pulso en el resto del metraje.

La propuesta resulta más atractiva si recordamos cómo conocimos a Phillip Noyce.

Fue en 1989 cuando se estrenaba en nuestros cines una producción australiana producida por los creadores de la saga Mad Max (Terry Hayes y George Miller), basada en una novela de Charles Williams y dirigida por Noyce, un director de prestigio en su país, pero desconocido en nuestras pantallas.

La atractiva premisa enfrentaba a una pareja con problemas conyugales (Nicole Kidman y Sam Neill) con un ambiguo psicópata, en un barco perdido en alta mar, sin posibilidad de escapar. Era un proyecto sobre el que trabajó durante años Orson Welles, aunque finalmente no llegó a dirigirlo.

Posteriormente, la carrera de Phillip Noyce no alcanzó casi nunca ese nivel de brillantez en la puesta en escena. Se dejó seducir pronto por los grandes estudios y casi siempre saldó sus apuestas por el cine comercial con buenos resultados en taquilla (como los dos títulos de Jack Ryan: Juego de patriotas y Peligro inminente, donde la voz autorizada era la de Harrison Ford, muy por encima del director), pero con críticas abiertas de los intérpretes por su falta de autoridad frente a los productores (especialmente recordadas las de Sharon Stone por el masacrado thriller erótico titulado Sliver/Acosada, un refrito de Ira Levin e Instinto básico, donde el director simplemente obedecía órdenes).

A principios del siglo XXI, firmó otros dos títulos de productora, con cierto aire de cine más serio (nuevas versiones de El Santo y El americano impasible) y su nombre desapareció de nuestras pantallas hasta Salt (2010) un cine de acción a mayor gloria de Angelina Jolie donde, lógicamente, la estrella tenía la última palabra muy por encima del director.

A partir de ahí, prácticamente se refugió en la televisión, estando a cargo de distintas series resueltas con más o menos solvencia. Hasta Lakewood.

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A pleno sol

Si el retorno de Noyce al ambiente enfermizo de su primeriza Calma total prometía una atractiva velada, más emoción ofrecía la posibilidad de dar la vuelta a uno de los títulos de suspense más atractivos de los últimos años: The guilty (2018).

El original danés mostraba a un policía en una noche de atención telefónica y toda la película transcurría en esa sala, en tiempo real, con ese personaje intentando solucionar un caso de secuestro y posible asesinato. Un desafío resuelto con notable pericia y un suspense bien calculado.

Tanto que Netflix realizó su versión norteamericana, con Jake Gyllenhaal de protagonista y Antoine Fuqua tras las cámaras. Culpable (2021) se limitaba a copiar el original danés durante gran parte del metraje, aunque los pequeños cambios, curiosamente, no desmerecían la propuesta original.

Paralelamente, Noyce rodaba su Lakewood, con una premisa igualmente atractiva: una madre, que ha discutido una vez más con su hijo adolescente, sale a correr por los bosques cercanos, como cada día. Lleva unos cascos y un móvil. Pronto ve pasar coches de policía y llegan noticias: un individuo con un rifle se ha atrincherado en el colegio de su hijo y está disparando a la multitud.

Poco más se puede desvelar de la trama principal, porque arruinaríamos parte de la función.

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Una función que Phillip Noyce sirve con un notable dominio de la puesta en escena, huyendo de florituras excesivas y del esteticismo; usando, quién lo iba a decir, la cámara de la forma más adecuada en cada momento, y dotando a cada elemento del paisaje de una funcionalidad dentro de la trama.

Así, la escena inicial del conflicto familiar está resuelta con una cámara inquieta, a mano, que sugiere la inestabilidad que reina entre madre e hijo: él no quiere levantarse para ir al instituto, ella no sabe cómo acercarse a su hijo. Literalmente, una barrera los separa: el mueble para evitar que ella abra la habitación. Una foto en un estante sugiere una tragedia familiar.

Ya en el camino, el paisaje va cambiando: inicialmente es una carretera asfaltada, símbolo de la civilización. Pero pronto se adentra en un terreno más hostil, mientras llegan mensajes confusos sobre lo que está pasando. El camino pasa a ser de tierra, luego apenas un sendero que se adentra en la selva. Hemos abandonado la comodidad de la civilización. Literalmente.

Noyce alterna el uso del dron para aislar a la protagonista en el bosque, con planos cercanos, siempre en movimiento, acompañando la carrera de una Naomi Watts extraordinaria, en un papel en el que está casi el 100% del metraje en pantalla.

Por la carretera hemos visto pasar un coche de policía. Sin más importancia. Luego un par de vehículos con las luces encendidas y las sirenas. Ya perdida en el bosque, oímos las sirenas de máss policía. Algún flashback breve nos informa de la muerte del padre hace un año. Una fecha clave para el resto de la familia.

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Todo lo visto hasta el minuto 38 forma un crescendo fabuloso con dos momentos clave: el larguísimo primer plano de Naomi Watts cuando cree comprender lo que pasa con su hijo (subrayado con una oportuna lágrima) y ese clímax en el que surge la duda: ¿qué tiene que ver su hijo con el asalto al colegio? (subrayado con el travelling con dron y la cámara alejándose de ella, abandonándola en el laberinto del bosque, sin escapatoria).

Podemos sentir claustrofobia. Sí, al aire libre. Pero no hay salida, imposible regresar a la «civilización» en poco tiempo.

Mientras, en el instituto se intuye la tragedia y ella cada vez hay más barreras para llegar a tiempo. La oportuna caída por doblarse un tobillo o el golpe en la cabeza no hacen sino confirmar lo que todos ya sabemos: ella no llegará a tiempo para impedir un desenlace sangriento… sean quienes sean los protagonistas.

Curiosamente, la sobreabundancia a través del móvil de emisiones en directo y llamadas a los amigos, a la policía o al instituto no hacen sino confirmar otro tema que intuíamos: está sola, tanta información no ofrece ninguna solución.

En segundo plano, es una película sobre la incomunicación… como ya insinuaba la escena inicial con su hijo adolescente.

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Películas de dos actos

Si hubiera aguantado al mismo nivel la segunda mitad, estaríamos hablando de una obra maestra (o casi). Pero no lo consigue.

Ese metraje posterior suena a trampa, a repetición de la jugada para estirar la duración, no hay grandes novedades tampoco en la planificación, ni momentos que ofrezcan sorpresa.

Salvo esa lacrimógena penúltima escena. Una escena quizá necesaria para que sirva de catarsis, pero a la que se llega con alguna concesión de guion difícilmente justificable.

Si el cine tradicionalmente se divide en tres actos (con planteamiento, nudo y desenlace), los títulos que apuestan por jugar sus bazas en dos únicos actos pueden funcionar bien si el carácter simétrico se orquesta con habilidad.

En el cine de terror este cronista recuerda un pequeño clásico: Llama un extraño, dirigido en 1979 por Fred Walton. La repetición de las mismas llamadas telefónicas tiempo después, la repetición del pánico en la casa cerrada, con los niños, funciona como un reloj. Una lección de suspense. Algo que, por cierto, no logró alcanzar su remake posterior, Cuando llama un extraño (2006), de Simon West.

Pero si hubiera que recordar ejemplo de películas divididas en dos partes simétricas que funcionan de maravilla, sin duda hay que pensar en dos grandes títulos de Kubrick: Barry Lyndon y La naranja mecánica. Ascenso y caída del pobre Redmond Barry y ese auténtico viacrucis de Alex, tras un tratamiento Ludovico que le ofrece, en teoría, la redención de sus pecados iniciales. Sí, esa estructura en dos actos puede generar obras maestras.

Pero Phillip Noyce no es Stanley Kubrick y eso pasa factura.

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La primera parte de Lakewood (también conocida por su título original canadiense: The desperate hour, probablemente más acertado para resumir lo que estamos viendo casi en tiempo real) recuerda al joven Phillip Noyce, con una puesta en escena imaginativa y una cámara que acompaña de la forma adecuada en cada momento: desde la inquieta cámara a mano inicial (tensión entre madre e hijo en el amanecer) al plano en que el dron se eleva y la deja a ella allí, minúscula, perdida en mitad del bosque (un excelente plano cenital).

La segunda parte, recuerda al rutinario artesano plegado a las exigencias de Hollywood, ya sea con una nueva adaptación de Ira Levin o con un nuevo episodio de Jack Ryan: aquí acudimos a la reiteración de los planos aéreos con el dron, la repetición de las llamadas telefónicas o las soluciones poco creíbles (como ese coche que viene a llevarla para que pueda estar presente en el desenlace de la trama), a la aparición de personajes gratuitos para hacer avanzar la trama (el del taller de coches, a quien nunca vemos) o «falsa información» para que el espectador imagine otra película.

Nos quedamos con los primeros 38 minutos que reivindican el cine de una época en que contar la historia con la imagen todavía era importante. Nada de explicaciones habladas por si no hemos comprendido algún mensaje. Era la época dorada de John Carpenter, Walter Hill, Francis Coppola, William Friedkin, Steven Spielberg, Robert Zemeckis… nombres que, aunque sigan vivos y algunos en activo, ya no cuentan en las grandes producciones.

Pero su cine sigue vigente y sus filmografías contienen no pocas lecciones de cine-cine.

Escribe Mr. Kaplan | Imágenes Vértigo Films

  

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