Downton Abbey: Una nueva era (3)

  11 Junio 2022

Película coral que aborda facetas importantes

downton-abbey-0Estamos en la casa palacio de Downton Abbey, con la encantadora y frívola familia Crawley. Un grupo muy inglés y sarcástico, decadente en su majestuosa mansión, siempre de punta en blanco y semblantes lánguidos.

Está basada en la serie de TV Dowton Abbey (2010), con 52 episodios, en una mansión de la campiña inglesa. Segunda entrega en la gran pantalla de las aventuras de la familia Crawley (en la primera recibían la visita oficial del rey y la reina de Inglaterra, ocasión que culminaba con un baile a la altura de la familia real).

Se desarrolla la obra en 1928. La guasona anciana Violet (Maggie Smith) recibe de herencia una villa en La Riviera francesa tras la muerte de un noble francés junto al que, de joven, pasó una semana. La familia Crawley ve la cosa sospechosa y deciden viajar hasta el lugar para conocer la casa, al hijo del difunto y a la viuda de este, que no soporta la idea de que una de «sus» propiedades pase a manos de estos refinados y fríos ingleses.

Mientras, los que se han quedado en Downton Abbey deciden acoger el rodaje de una película muda, aunque el cine sonoro ya comienza a despuntar de manera definitiva para los productores, lo cual precipitará cambios importantes en un rodaje que atañe a la historia.

Y deciden aceptar la oferta de la productora cinematográfica para rodar un filme en la mansión porque, siendo los Crawley muy finos y todo eso, no tienen pasta para reparar las goteras del tejado del palacio y la productora les pagará un buen capital por prestarle varias habitaciones, ante el espanto de Violet: «Preferiría antes trabajar en una mina», dice cuando ve la labor de los cineastas que han de repetir una y cien veces la misma escena hasta que salga bien.

Pero mientras a unos les resulta horrible la idea de recibir en su mansión a todo un equipo de rodaje, para otros, eso de poder ver y vivir a actores y actrices maquillados y en plena faena de rodaje es una idea magnífica; así, los sirvientes están encantados.

Violet, la condesa viuda de Grantham ha heredado una villa en el sur de Francia de un viejo amigo. Mientras tanto, el director de la película obtiene el permiso de Mary para rodar la película en Downton Abbey. Para perderse la «espantosa película» de Mary, como la llama Robert, él y otros miembros de la familia viajan al sur de Francia para resolver el misterio de por qué el amigo de Violet le dejó una villa.

Julian Fellowes se propuso, en 2019, traspasar su franquicia al formato cinematográfico. Se enfrentaba al desafío de captar público sin sacrificar el gusto de los más adeptos. Lo cual consiste en evitar la nostalgia sin caer en el servilismo y cierta conveniencia.

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Es una película satisfactoria que tiene una dirección sólida y bien lograda de Simon Curtis, quien sabe conservar y vigorizar otras producciones al reinterpretar en lenguaje cinematográfico los usos y costumbres de uno de los culebrones de mayor éxito en TV, que supo mimetizarse con este medio. El resultado contiene el picante suficiente para que el público y seguidores de la serie disfruten de un viaje al sur de Francia apto para espectadores bisoños e incluso cándidos. Todo ello con modos muy cuidados y la elegancia del cine inglés.

Además, con el interés de incorporaciones que, al margen de la siempre encantadora presencia de Nathalie Baye, Laura Haddock y Dominic West, bordan de manera exquisita sus encarnaciones de intérpretes de cine mudo en la transición al sonoro.

La película se centra en dos subtramas principales encajadas con elegancia y eficiencia. La primera, el rodaje de una película en la mansión, que le da al filme un delicioso y atractivo encanto en lo que suele denominarse cine dentro del cine (La noche americana y otras); una incursión a esa época en la que el Hollywood de la época pasaba del cine mudo al sonoro.

La segunda, la herencia en el sur de Francia y sirve para que el guion de Julian Fellowes desvele su principal misterio y rinda un tributo en toda regla a la grande e imprescindible Maggie Smith, que está sensacional como siempre.

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En realidad, llama la atención el largo desfile de intérpretes de primera que aparece en los títulos de crédito, que convierte esta película en una de las más corales y memorables que imaginarse pueda. Trabajo coral de muy buenos artistas, brillante, con otros actores y actrices, además de los ya mencionados, como Hugh Bonneville, Michelle Dockery, Imelda Staunton, Hugh Dancy, Tuppence Middleton, Elizabeth McGovern, Allen Leech, Joanne Froggatt, Samantha Bond, Laura Carmichael, Raquel Cassidy, Sophie McShera, Penelope Wilton, Rob James-Collier, Phyllis Logan, Jim Carter, Brendan Coyle, Lesley Nicol, Jonathan Coy, Kevin Doyle, Lesley Nicol, Jonathan Coy, Michael Fox, David Robb o Dave Simon. No hay mejor elenco, por esto los menciono, porque pertenece a todos esta magnífica película.

Además, los personajes son tratados con mucho cuidado y cariño, y el guion y la dirección muestran su mejor cara, sin que ninguno presente una mueca de contrariedad o discrepancia. Todo en un tenor muy británico, protocolario, en una película que resulta ágil, agradable a la vista, amena y divertida.

Gran fotografía de Andrew Dunn, estupenda música de John Lunn, vestuario de lujo, gran puesta en escena y un montaje certero que concluye en una cinta, aunque teatral, grata y que atrapa.

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En suma, la cinta funciona como una máquina de relojería, que logra equilibrar la enorme cantidad de personajes, con los cuales hace malabares virtuosos. Fellowes y Curtis consiguen darles a todos sus propias pequeñas tramas y momentos para brillar, aunque en alguna ocasión haya un poco de exceso dramático. Especialmente los que se habían quedado «de apoyo» tienen por fin más minutos de pantalla o se redimen con un final feliz.

Igualmente resulta muy interesante, sobre todo para el cinéfilo, el capítulo dedicado a los rodajes en aquellos años veinte, cuando el cine mudo daba paso al cine hablado, con docenas de detalles curiosos que podemos intuir los que estamos en estos temas. Por ejemplo, la presión de las productoras por pasar cuanto antes al sonoro pues el cine mudo quedaba obsoleto y el público pedía diálogos; y la manifiesta incompetencia de alguna actriz bonita, incapaz de articular dos palabras en regla, y entonces el director se veía en la obligación de doblarla.

En suma, una historia que nos recuerda cómo en aquella entrada en los años treinta, años de difíciles y de tránsito histórico, la época en que las grandes casas y salones suntuosos de familias aristocráticas tocaban a su fin. Downton tenía que ponerse al día. Hollywood y el dinero yanqui podían arreglar el gran tejado del palacio y más, pero se imponen también otros cambios más sustanciales.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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